Artes

La Ilíada vuelta a contar

Joaquín Marta Sosa: Los clásicos son la fuente inagotable e insuperable de todo lo que fue, es y será.

Por Joaquín Marta Sosa | 3 de Mayo, 2010

La verdad es que los clásicos deben contarse y leerse una y otra vez. Son la fuente inagotable e insuperable de todo lo que fue, es y será. Homero y sus dos cantos contienen esa savia de la que parece manar constantemente la luz del nuevo día 8aunque no siempre clara), y así nos lo viene a probar Alessandro Baricco (Turín, Italia, 1958) con una suerte de reescritura de la Ilíada (Homero, Ilíada) emprendida a la manera de una cantata dramática dicha en catorce voces singulares, dos plurales a dos voces, y una tercera a tres. Cada voz tiene una misión, la de narrar el drama desde un punto muy particular de la historia, haciendo hincapié en aquellos factores que resultan esenciales en cada caso. Creseida impreca sobre la crueldad de la guerra para las mujeres y sus hijos. Agamenón centra su retórica en la futilidad de la codicia. Patroclo desgrana su recitativo alrededor de los enconos capaces de deshacer a las personas más íntegras. Andrómaca nos alecciona sobre lo próximas que suelen caminar la cobardía y la temeridad. El río, voz que irradia fuera de la humanidad envuelta en la guerra, canta las virtudes de Aquiles, inútiles pues como a cualquier otro le espera la muerte. La nodriza llora el destino aciago, igual para vencedores y vencidos, de todos los que amamantó.

Valiéndose de ese recurso, Baricco emprende una doble reescritura de la Ilíada. De un lado reestructura la narración epopéyica convirtiéndola en dramática, disuelve los cantos homéricos y los convierte en voces de personajes elegidos por su significado a lo largo del asedio sobre Troya, y extingue la continuidad narrativa reemplazándola por secuencias de drama que se van refiriendo unas a otras, hasta trenzar la totalidad esencial de la obra. La segunda reescritura, que se sostiene gracias a la primera, consiste en convertir la versión homérica de la Guerra de Troya en un asunto más amplio y profundo: el de condensar la totalidad del alma humana, de todos sus sentimientos y emociones posibles en cada una de las secuencias de la que una voz se hace cargo. De este modo, la Ilíada se revela como un tratado del alma humana en lo que ésta tiene de invariable como centro abrasador de pasiones en permanente erupción. La especie humana aparece fundamentalmente como avorazada por unas emociones que no dejan lugar para la paz, o el equilibrio, o la equidad anímica. El hombre es un animal sufriente y pasional, y devorador, y conciente de ello se estremece pero sigue devorando.

Agarrándose de esa última noción pero términos de su contemporaneidad, esta reescritura que Baricco lleva a cabo, apunta a un hecho crucial en relación con nuestra especie. En el fondo seguimos siendo depredadores y la guerra es la expresión de nuestros colmillos, de nuestras garras, de nuestras ansias por el dominio de territorios bienes y gentes. Pero estas depredaciones nuestras cargan con un rasgo singular, el de estar dirigida a la especie misma con lo cual nos representa como la única que se devora una vez que los desafíos de depredación del entorno han devenido en irrisorios (ningún bosque o montaña se puede defender) o imposibles (jamás domaremos los terremotos o detendremos el sol). Por tanto, la pulsión depredadora no tiene otro destino que sojuzgar al prójimo tanto como sea posible, incluso más allá de cualquier necesidad.

Esta modalidad de la depredación que nos es propia (y que se apropia de nosotros), a su vez se “humaniza” en la Ilíada original, al menos tal y como Baricco la “traduce”. La guerra se convierte en un enorme espectáculo, en una escenificación de las virtudes y de las miserias, del talante moral y de las exigencias del poder, de la fuerza del corazón y de las sutilezas de la mente. En síntesis, una potente puesta en escena de la historia de lo humano, condensada en una guerra, en un lugar, en un tiempo, en unos personajes. Allí está la pulpa de todo, la materia limpia y oscura del largo, fatigoso y bello deambular de la especie en este minúsculo nicho suyo que es la Tierra, de la que inútilmente intenta salir para encontrarse con que cada vez que logra avanzar un paso en ese camino, carga con una rémora que lo hace imposible, al menos en su sentido absoluto, pues donde vayamos siempre somos nosotros los que vamos, llevando a cuestas lo que somos. Así es Troya, donde aqueos y troyanos (lo subraya especialmente la versión de Baricco) no dejan de ser tales pues no pueden sino ser lo que han sido y son, en la vida y en la muerte, en el llanto y en la gritería victoriosa, en la mujer doliente o firma y en el hombre heroico o temeroso.

Esta especie a la que pertenecemos, no lleva la paz en su naturaleza, ni la compasión, ni la reconciliación. De esa esencialidad nos puede librar, a veces y no del todo ni a todos, la conciencia del horror, la espeluznancia de las mortandades, los espejos morales fabricados con tantas dificultades y que nos devuelven un rostro pavoroso que repelemos. Esos son los signos de la civilidad, que ni siquiera la destrucción de Troya pudo aniquilar. Somos, es la metáfora central de esta obra, una especie que huye de sí misma manchada por ríos de sangre y que intenta limpiarse de ellos.

Y los dioses no tienen culpa alguna, sólo los ejemplares de la especie humana, de allí que Baricco haya prescindido, a diferencia de Homero, de todos ellos, apenas referidos como remotas fantasmagorías en algunos momentos de la cantata. Así que su personal concertato lo concluye con una apostilla donde imagina que la especie humana podrá “rescribirse” como él he “rehecho” la Ilíada: “Lograremos, antes o después, sacara a Aquiles de aquella mortífera guerra. Y no será ni el miedo ni el horror lo que lo lleve de regreso a casa. Será cierta belleza, una belleza distinta, más cegadora que la suya, e infinitamente más apacible (…) Una real, profética y valiente ambición por la paz yo la veo únicamente en el trabajo paciente y escondido de millones de artesanos que cada día trabajan para suscitar otra belleza, y la claridad de luces, límpidas, que no matan.”

La guerra que nos deslumbra en el canto homérico, en verdad no ocurre en Troya (claro, también en ella) sino en los siete mil millones de corazones humanos que hoy habitan el planeta, y en varios millones de ellos sigue levantando banderas de orgullo y prepotencia. Y muchísimos de ellos no están lejos de nosotros. Pero también aquí el destino de esas naves es encallar en un destino sin gloria.

¿Quién habrá inventado la gloria?

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Alessandro Baricco
HOMERO, ILÍADA
Anagrama, Barcelona, 2005

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Foto: raitana_mora

Joaquín Marta Sosa 

Comentarios (4)

Jose Ovaldía
4 de Mayo, 2010

Este silencio absoluto habla montañas

José
7 de Mayo, 2010

Para los ilustradores: el caballo de Troya no está en la Ilíada

Elena
22 de Mayo, 2010

Hoy se estrena la obra dirigida x Jorge Curi en el Teatro Victoria en Montevideo. GRAN EXPECTATIVA!!!

Ulises Laertiada
21 de Octubre, 2010

Amigo Joaquín, Ud. es pruebas de sus propias palabras cuando afirma que “Homero y sus dos cantos contienen esa savia de la que parece manar constantemente la luz del nuevo día (aunque no siempre clara).” Otra afirmación suya lo demuestra: “Somos, es la metáfora central de esta obra, una especie que huye de sí misma manchada por ríos de sangre y que intenta limpiarse de ellos.” Por favor, sin arrojar teas falsas a algo que arde de belleza y esplendor desde el principio de los tiempos. Después remata con lo siguiente: “La guerra que nos deslumbra en el canto homérico, en verdad no ocurre en Troya (claro, también en ella) sino en los siete mil millones de corazones humanos que hoy habitan el planeta…” Qué simplista. No quise mencionar los errores ortográficos y de redacción.

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