Ciudad

El cohete y la pérgola

Federico Vegas: Últimamente se pretende hacer una integración entre arte y arquitectura a la fuerza, una histeria que ha generado innumerables engendros, como lo demuestra el impúdico obelisco en la tradicional plaza San Jacinto.

Por Federico Vegas | 28 de abril, 2010

El 19 de abril visité el obelisco inaugurado en la plaza San Jacinto y la pérgola que cubre parte de la nueva plaza en Los Palos Grandes.

Cuenta la leyenda que el presidente dijo asombrado ante el obelisco:

—Esto parece más bien un cohete.

A lo que contestó Farruco con una de esas frases que harán historia por lo caricaturescas:

—Si, presidente, ¡un cohete ideológico!

Lo que el cohete tiene de fálico y bélico, de recién llegado y descentrado, de impuesto y pintoresco, no es casualidad: calza perfectamente con la celebración entre militarista e improvisada que lograron hacer los gobernantes para el 19 de abril. Estuvo a punto de estar en la plaza Bolívar y luego en la plaza O’Leary, lo cual confirma su espíritu errante. Si en la Roma de Sixto V (finales del XVI) la colocación de seis obeliscos sirvió para organizar los nuevos grandes ejes y espacios públicos, esta versión metálica del 2010, buscaba una plaza donde estorbara poco y no hubiera demasiados reclamos, y ha terminado en un lugar sin perspectiva, como si fuera una parada más en su angustiosa búsqueda de un destino y una razón de ser.

Mientras se bautizaba en la plaza San Jacinto ese cohete que jamás despegará, se inauguraba en Los Palos Grandes una nueva plaza donde antes había un pequeño Centro Comercial, de manera que lo que el cohete tiene de superpuesto, la pérgola de la nueva plaza lo tiene de fundacional. La comparación del cohete con la pérgola es tentadora, como todo lo que incluye una evidente oposición entre lo masculino y lo femenino. Y la pérgola es decididamente femenina. Tan receptiva y protectora, pero, a la vez, con una coquetería que revela cual es su principal deseo: ser bella. De hecho no da demasiada sombra. Exhibe hasta las dos principales cualidades de la belleza: la luminosidad y la delicadeza.

Todos los monumentos de una ciudad ofrecen una valiosa lección, incluso los adefesios, los mutilados, los erradicados, o los impuestos por el poder más mezquino. Es saludable y necesario advertir estos diferentes significados y funciones. En unos casos por los recuerdos que incitan, como la India de El Paraíso —y cuánta falta nos hace constatar que tenemos memoria—; en otros casos por el cariño que sentimos —y cuánta falta nos hace sentir algo de amor al recorrer la ciudad—; o por su carga de absurdo —y cuánto  ayuda recordar lo importante que es tener un prudente sentido del ridículo—; o por el abandono y agresiones a que son sometidos, como el monumento a Colón —y cuán útil puede ser reconocer nuestros simplistas barbarismos.

Algo escuché de una estatua de O’Higgins que estaban fundiendo en Haití y no dio tiempo de traer para la inauguración de la plaza. Decidieron colocar una versión en yeso que pintaron de color bronce. El gobernador debió acortar su discurso porque una lluvia pasajera le estaba dando al héroe aspecto de albino pecoso. Al final resultó una estatua velada, más que develada. El cuento es de los años cincuenta; imagino que la versión final ya es la fundida, pero, ¿cuál significado persiste?

Toda ciudad es un inmenso y cambiante museo. Nebrija define “museo” como un lugar consagrado a las musas. Antes nos explica que estas llegaron a ser nueve, todas hijas de Zeus y de la Memoria. Son gratos sus nombres y más aún sus ocupaciones, como Caliope, “la de la bella voz”, o Clío, “la que celebra”. Cuenta también Nebrija que las labores de estas niñas ayudaban a que “con más voluntad se oyese y con menos trabajo se conservase la memoria de lo pasado, y no pereciese la historia de las proezas notables”. Pero desde sus inicios la mitología les presagió una cierta decadencia: de formar un conjunto inseparable pasaron a dedicarse por separado a una sola de las artes y no a todas; de alimentar profecías y cultos misteriosos pasaron a patrocinar eventos. Y lo más grave, comienzan educando a Museo, hijo de la Luna, y terminan encerradas dentro de él.

Estas divisiones han venido acompañadas con la aparición de otras musas a las que no siempre les ha sido fácil integrarse al santoral. Siempre recuerdo la frase de André Bazin cuando se discutía si el cine era o no un arte. En medio de la discusión Bazin propuso una nueva pregunta: “¿Qué es el arte ahora que existe el cine?”. De las nueve musas, o de cuantas hayan llegado a ser, la que tiene mayor capacidad de convocatoria es Euterpe, “la que deleita”.

Quizás sea más justo hoy en día hablar de hitos y no sólo de monumentos. Parecieran haber sutiles semejanzas entre el “hito” y el “hipo”. Lo que en el hipo es una calamidad en el hito puede ser una cualidad. El hipo es sorpresivo y recurrente, responde a impulsos interiores y es siempre involuntario; los mejores hitos urbanos tienen esas características, especialmente la involuntariedad. Es la propia ciudad, desde sus inexplicables corazonadas, la que decide espontáneamente qué le asombra y qué le emociona.

Tanto los hitos como los monumentos se han visto afectados por un cambio fundamental: las ciudades de las tramas se han convertido en ciudades dominadas por redes. Las tramas son visibles, legibles, permanentes, uniformes, multifuncionales. Su efectividad depende de ser reconocibles, palpables. No hay mejor ejemplo de una trama que nuestro damero colonial, ese coherente sistema de casas y patios, cuadras y plazas.

La ciudad de las redes, en cambio, está diseñada por funciones, no por formas. Su diseño es consecuencia, o residuo, de la comunicación y el intercambio a través de lo invisible, de sistemas que no dependen de la geometría y el orden espacial para funcionar. Quien lanza una red al mar envuelve a los peces sin que estos la adviertan, igual ocurre con las redes telefónicas y eléctricas, y por supuesto con la web. Estos sistemas sólo los advierte el usuario, el que participa y se conecta. Cuando A y B se comunican, nada saben de lo que ocurre espacialmente entre ambos. Al avanzar por una red de autopistas el paisaje sólo parece existir en la ventana del automóvil.

En ciudades subyugadas por las redes, carentes de ejes y continuidades, de centros y secuencias, cundidas de sistemas que pretenden ser invisibles, ¿qué vida y personalidad pueden tener los hitos? Muy poca, pues un monumento necesita de cierta estabilidad y ubicación. Si vamos al origen griego de la palabra, vemos que “hito” viene de “fijo”. Esto es tan cierto que habría que plantearse otra interrogante: ¿Pueden existir hitos funcionales y temporales con la misma fuerza que los formales y espaciales?

Supongo que en una ciudad de redes el hito ya no es el tótem que está al centro sino los amuletos que crecen como una epidemia en la periferia. Doy un ejemplo: tienen más presencia en la ciudad los cajeros automáticos que el Banco Central. Esa omnipotencia transforma objetos como el blackberry en íconos culturales, en imágenes que van más allá de su utilidad específica.

Pero sabemos que hay ciertas persistencias. Incluso en la ciudad de las redes las plazas y los monumentos quieren continuar siendo expresiones inequívocas de una conciencia histórica. pretenden apoderarse no sólo de un espacio, sino también de un tiempo que convierten en “época”. Hay algunos ejemplos, muy pocos, de plazas y monumentos que, a un mismo tiempo, conservan el pasado, reflexionan sobre el presente y logran proponer acciones para el futuro.

En el caso de Caracas el sólo hecho de conservar nuestra herencia resulta una acción titánica. Llevar las plazas y los monumentos a su estado original requiere de esfuerzos prodigiosos. Me atrevo a decir que durante el siglo XX se eliminaron más plazas y monumentos que las que se construyeron. Podríamos hablar de una ciudad de “Plazas muertas”, pues estas desaparecieron de la paleta del urbanista a partir de 1950, cuando se propuso una nueva estrategia que sustituiría la ciudad de la casa, el patio y la plaza, por la de la quinta, el jardín y el parque.

¿Qué nos exige el futuro? Antes de iniciar una dieta conviene estar seguros de poder conseguir las verduras que debemos comer. Caracas, aparte de estar sometida a una famélica dieta artística y urbana, no está segura de que alimentos puede encontrar, de allí su escepticismo y falta de apetito. Al recorrerla no encontramos espacios y fachadas ansiosas de dialogar con el arte. Las musas se han ido refugiando en los espacios privados. Compárense las obras de Soto en la plaza Venezuela con las del Cubo Negro o el Teresa Carreño.

La integración de las artes que logró Villanueva en los años cincuenta hoy la vemos como una hermosa agonía. Los logros de la UCV han venido a ser un final y no el principio de una gesta. La supuesta fusión expresaba una evidente separación, de superposición en el mejor de los casos. Esa armonía y entendimiento que organizó Villanueva fue el último acto de amor en un divorcio al que ya nos hemos acostumbrado.

Últimamente se pretende hacer una integración entre arte y arquitectura a la fuerza, una histeria que ha generado innumerables engendros, como lo demuestra el impúdico obelisco en la tradicional plaza San Jacinto. El cohete ideológico (rojo para simbolizar lo bueno, negro para lo maluco) constituye un clásico caso de cómo buscar un acomodo en la ciudad de las redes. Esa tubería sublimada constituye un acto pasajero, no la estructuración de una experiencia espacial, de nuevos ejes o centralidades caraqueñas. Su aporte urbano es nulo. Ciertamente es un acto político, pero aporta tanto a la geometría de la ciudad como puede hacerlo sacar dinero de un cajero automático o hablar por celular en una esquina. Se trata de un evento casual, no de un episodio histórico. Es, en definitiva, una malacrianza. Tiene una sola ventaja: su propia unicidad, aislamiento y forma de construcción lo hará fácil de retirar, lo que la musa Clío celebrará pues ha de traer de nuevo la paz a San Jacinto.

La pérgola en la plaza en Los Palos Grandes es símbolo de una estrategia totalmente distinta. Ella es parte integral de la naturaleza de una nueva plaza. La inteligencia de este diseño, realizado por el arquitecto Edwin Otero, le ha permitido revivir la tradición de la plaza caraqueña, resolver importantes necesidades presentes y, lo más importante, señalar una posibilidad para nuestro futuro urbano: la creación de una trama de nuevas plazas que conviertan a las diferentes urbanizaciones que se concibieron aisladamente en el siglo XX, en un urbanismo integrado. Será un deleite conversar bajo la pérgola cualquier 19 de abril, o 24 de diciembre.

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La foto del Obelisco fue cedida por Marienna García-Gallo, pueden seguir su blog pulsando aquí.

La foto de la plaza de Los Palos Grandes fue cedida por Eduardo Arévalo Jaimes, pueden seguir su blog pulsando aquí.

Federico Vegas 

Comentarios (11)

Sofía A.
28 de abril, 2010

Las intervenciones urbanísticas que mencionas demuestran claramente dos filosofías, sobre la ciudad, la ciudadanía y la política. Un monumento, para intimidar, una plaza, para vivir.

Adriana Villanueva
28 de abril, 2010

Es triste lo que escribes, Federico, si bien es cierto que a lo que Villanueva apostó en los años 50 terminó siendo el final y no el principio de una gesta. Villanueva era un optimista y sentía que la Ciudad Universitaria era tan solo preámbulo de lo que se debía esperar de futuras generaciones para quienes lo natural sería la correcta fusión de arquitectura, arte y naturaleza.

David
28 de abril, 2010

Que Caracas sea en sí misma un gigantesco no-lugar, un espacio de tránsito constante, una masa estéril de inevitable decadencia; definitivamente debe promover el hecho de que no sea posible la convivencia sino la confrontación. La carencia de espacios donde “estar”, donde experimentar y celebrar la ciudad, es una consecuencia de la ausencia absoluta de una educación estética, de una visión cultural progresista que devenga en sentido de pertenencia. Excelente artículo.

Federico Vegas
28 de abril, 2010

Mi agradecimiento a Marienna García-Gallo y a Eduardo Arévalo Jaimes por sus excelentes fotografías. En esas dos imágenes está todo dicho. Nótese en una la discordancia entre el cohete y el reloj de sol.Y en la otra el sutil diálogo entre los chorros de agua y las columnas de la pérgola.

Orlando
28 de abril, 2010

Las ciudades demuestran nuestros conceptos de vida, nuetros hábitos, nuestras expectativas. Muestran al mundo nuestros hábitos de limpieza o la falta de ellos, nuestro sentido de la belleza o nuestra ignorancia de la belleza, nuestro orden y anarquía. Y es que la ciudad del siglo XIX es la extensión del hogar de sus habitantes. Con espacios cada vez mas pequeños y costosos, las ciudades se han convertido en lugares de intercambio, de recreación y descanso. Venezuela era y es, hoy más que nunca, un país sin rumbo, desorientado, y falto de un liderazgo que indique el rumbo correcto, aun en el urbanismo.

dayling – vecina de la zona
29 de abril, 2010

Estuvimos (mi familia y hssta la mascota) en la inauguración de la Plaza en Loa Palos Grandes, su acto estuvo a la altura, a la altura de unos ciudadanos de primera clase. Así queremos y merecemos ser tratados todos. Esta es una obra que muestra que sí se puede soñar, tener y lograr una nueva Venezuela, una nueva Caracas, una ciudad donde se respire y viva la belleza.

María Teresa
29 de abril, 2010

Excelente artículo, sobretodo por la esperanza de una proporcionalidad entre improvisación y efemeralidad, en mi modesta opinión. Pregunto: ¿no puede la ciudad de las tramas encontrarse con la de las redes? ¿qué son los barrios de ranchos: redes o tramas?

Frank Marcano
30 de abril, 2010

Excelente ensayo Federico. La sutileza de tus comentarios permiten que comprendamos las dimensiones de estas dos inauguraciones realizadas el 19 de abril de 2010: marcan dos concepciones de lo urbano: la ciudad de los habitantes o la de los burócratas. Tramar las plazas en la ciudad venezolana no es un lujo superfluo es una imperiosa necesidad y quizás, la única forma de recuperarla y convertirla en un espacio para la vida. Gracias a Edwin Otero por ese presente bicentenario que nos ofrece.

verónica fares
2 de mayo, 2010

Excelente aproximación al contenido de ambas intervenciones, Claros arquetipos de la polaridad en que vivimos, esquizofrenia urbana de un sociedad guiada por la psicopatía, el miedo, la intolerancia y el desapego a su memoria. Felicidades por evidenciar lúcidamente el desasosiego de Caracas

Horacio Pietri
4 de mayo, 2010

Certeros sus comentarios, sin embargo queda por fuera otro adefesio inutil que no agrega nada al peladero de chivos que es la plaza Alfredo Sadel en las Mercedes….me pregunto por que ese odio hacia la sombra de los arboles que es lo que invita al transeunte, al hombre comun y de a pie, a sentarse y y pasar un rato. No hablo de arquitectura, hablo del lenguaje comun del ser humano sencillo que busca un lugar para detenerse a leer, o simplemente un alto en su dia: La plaza las Delicias, la Plaza de la Campina, lo que queda del Parque la Paz, la que fue la plaza del Panteon antes de convertila en eso que llaman foro Libertador, y hasta los mismos Proceres, con su aire “Facha”, la desaparecida plaza La Estrella, y asi sucesivamente. Pongo a su disposicion un libro editado por la Gobernacion del Distrito Federal, en tiempos de la dictadura Perezjimenista, dedicado a las plazas y parques de Caracas, como una memoria fotografica de lo que alguna vez fuimos en medio de esa modernidad.

Laura Lancini
31 de julio, 2010

El Cohete y la Pergola = Edificio Polar en la Plaza Venezuela, flanqueado por dos adefecios que muestran en sus niveles Pent-house el primero una inmensa bola tricolor “Pepsi Cola” y a su derecha una inmensa taza roja “Nescafe” ni arte ni parte… enfin. el pobre Edificio Polar pareciera asfixiado y como atrapado sin salida – hostilidad y mal gusto – en lo que han convirtio a nuestra ciudad. Esa foto que vi en facebook logro desvelarme completamente… Muchas gracias Sr. Vegas, hace falta calentarnos a ver si pasa algo o es que estamos irremediablemente condenados a ser la estacion de gasolina 1, de America del Sur?

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