Artes

Mario Duarte no es de este mundo

De rock star a los sets de la pantalla chica como el amigo nerd de Betty, la fea, de actor cómico a director transgresor, el colombiano Mario Duarte siempre quiere escaparse de sí mismo

Por Albinson Linares | 24 de abril, 2010

Esa tarde del marzo pasado, en un departamento del barrio bogotano de La Macarena, algo torturaba al ex tonto socarrón de Betty, la Fea. Mario Duarte sintió miedo y recordó cuando le tocó encarnar a Nicolás Mora, y no se lo contó a nadie porque le daba pena. Los aplausos de la treintena de espectadores del Festival Iberoamericano de Teatro que lo vieron en la obra ¡Haberos quedado en casa, capullos! no llenaban el vacío que sentía en la boca del estómago. En la pieza encarna a un padre que se sienta junto a su hijo para iniciar una diatriba sobre los límites de la libertad, el ocio lúdico, los riesgos de perder la vida en el trabajo y las constantes memorias de su niñez.

¡Haberos quedado en casa, capullos! es una serie de cuatro monólogos celebrados en sendos escenarios de este barrio surcado por estrechas callejuelas en las que abundan bares, bistrós y trattorias. Los 35 espectadores de cada interpretación ven a los actores a su lado, sentados en una barra, vociferando en la calle a través de las ventanas de un edificio o sentados frente a ellos en el living de un departamento.

La cacareada distancia de las tablas, el preciado estrado que eleva a los actores hacia las musas es abolido. Derredor suyo cada intérprete está cercado por la mirada impertinente, fija, obsesiva del público que es parte del escenario, de la puesta en escena.

Mario le pone punto final, es responsable del sabor de boca que el público se lleva a casa. Baja las escaleras, envarado y somnoliento. Se sienta frente a su “hijo”, abre una cerveza águila fría y exclama: “No vas al colegio mañana. Vas a salir a ganarte la vida. Y vas a conocer lo que significa ganarse la vida ahora; así, cuando seas mayor, te puedes reír de todas las formas de ganarse la vida. Sobre todo de las honradas. Que son las que más risa dan”. Entonces se inicia un descenso hacia los infiernos. Una catarsis final donde no hay violencia, sólo retazos de recuerdos tiernos mezclados con desencanto puro, con la furia fría.

En la tragedia occidental es un tema recurrente que a un hombre le sea dado pronunciar un discurso antes de morir. Aunque en nada varía su destino, se le permite maldecir al fatum y a los dioses largamente. Esa potente mezcla de narcosis narrativa, borrachera digresiva y delirantes juicios que arrancan carcajadas es lo que experimenta el público en esta obra.

Pero esa tarde Mario se percató de que el niño con el que trabajaba había cambiado. En 16 meses pasó de ser un chiquillo lector, aplicado en cada escena, a un jovencísimo rockero que lo miraba desafiante, retándolo como si fuese su padre real. Recordándole que él también miraba así a su edad, antes de que la vorágine del rock lo sacara de casa.

“¡Ah, es eso, carajo!, con razón”, exclama el actor al sentarse en una poltrona luego de dilucidar junto a Marc Caellas, uno de los directores de la obra, los motivos de su reciente desazón. Cargado con el temperamento de su personaje agita los hombros y habla con dos chicas. Bromea y las hace reír mientras todos ven el atardecer sangriento de esta Bogotá encapotada. Una rubia dice que le encantaría que lloviese y salir por las calles de La Macarena recitando Shakespeare. Quizá quiere ser una de las hijas del Rey Lear.

“Hago teatro porque me encanto con las cosas. A veces no hay planes pero la gente se empeña en creer que sí. Voy a sentarme unos minutos tranquilo, para pensar mejor y ya vuelvo”, dice Mario y se aleja. Un viejo de barba con cierto aire solemne apura un trago y exclama con crudo acento paisa antes de irse: “Lo de Mario es fuerte porque tiene al público cerquita. Él los siente, los ve y muchas veces no le gusta lo que ve. Los actores olvidan que el público es su espejo y a medio metro es imposible no verlos”. Era el guionista Alberto Quiroga.

Al fondo de la sala el intérprete sorbe con lentitud una cerveza como para sacarse de encima la sombra del padre que acaba de encarnar. O el pánico leve de tener un hijo rebelde.

Los miedos y las crisis de nervios son lujos que los actores pagan caro, como bien saben los terapistas. Y Mario Duarte lleva más de 20 años buscándose entre los escenarios y los divanes freudianos. Por esos días en que Bogotá se estremecía con la dramaturgia se prescribió una dosis tóxica de actuación que rebasaba las 14 horas diarias. En las mañanas acudía a las grabaciones de Amor en Custodia, telenovela donde encarna a Tango, un guardaespaldas de muy malas pulgas. En las tardes actuaba en su monólogo y por las noches era un espectador más del Festival Iberoamericano de Teatro.

Desde 1988, cada dos años Bogotá es tomada por decenas de grupos provenientes de los cinco continentes. Asediada por las tablas que lo invaden todo: teatros, museos, aceras, y calles, la ciudad se deja conquistar durante 18 días. Este 2010, más de 120 compañías de 32 países visitaron la capital colombiana atestada de amantes del teatro que peregrinaron desde los más diversos rincones geográficos. Esto explica el rostro avaro y plácido con el que Mario Duarte mira sus boletas para la función de esta noche. Se trata de La Odisea montada por el grupo de Teatro de los Andes.

“Me encanta el teatro. Creo que se debe a mi corta experiencia en estos trabajos actorales y en la música. En los proyectos artísticos hay una necesidad propia del que lo crea o ejecuta y otra del que lo va a recibir. Siento que se conjugan cuando una sociedad lo necesita”, explica con llaneza al tiempo que mira el brillo del reverso de las boletas.

En su departamento campean los libros y discos, en un espacio generoso revestido de madera y pisos de parquet. La casa del actor parece un vasto camarote bien provisto de literatura y música donde se resguarda del naufragio cotidiano. Su director y amigo Marc Caellas suele hablar sobre la profunda inmersión que Duarte logra en cada rol. Sin llegar a la esquizofrenia stanislavskiana, deja mucha piel en las tablas. Roza los límites de cada personaje y exaspera el carácter heredado, quizá de esa otra vida en la que fatigaba las noches bogotanas cantando. Sin trazas de la mala leche catalana que lo distingue, el director asevera: “En Mario nada es tan obvio. Una cosa es la imagen que le han creado los medios y otra como es él realmente. Una persona que se pone retos, que se exige mucho, que se implica en el proceso creativo y que no se cree el rol de estrella que le han asignado”.

Es un maestro de sutilezas y devoto del método artístico instintivo. Pero la génesis de este hombre bigotudo, que ante las cámaras de Amor en Custodia parece un caporegime de los Corleone y que en la vida real aún reconocen como el bobo amigo de Betty, hay que buscarla en sus primeros años cuando correteaba por la costa del Atlántico.

Tanto fue el amor que sintió por el rock que ahora habla poco de La Derecha, célebre banda que lo llevaría al éxtasis de los escenarios. Como esas peligrosas amantes eternas a las que es mejor no llamar, Duarte se abstiene de convocar las imágenes que le llevan a su más tierna infancia. Desde que oyó por accidente a los Rolling Stones en su Barranquilla natal, selló un pacto con lo que las viejas beatas llamaban “la música del diablo”.

Es el tercero de seis hermanos pero es el mayor de los varones, por lo que tuvo una crianza trashumante. Por motivos del trabajo de sus padres, vivió en varias ciudades de Colombia, Perú y Ecuador. La música fue el refugio perfecto en una casa portátil donde su madre, aficionada al canto lírico, los rodeaba de instrumentos y canciones. Mario acompañó a su padre en largos viajes terrestres en los que aprendió a conducir desde los 11 años. Atravesaba los caminos polvorientos de una Colombia que en los setenta se desangraba con el surgimiento de las guerrillas.

Un rictus de amargura le ensombrece el rostro al hablar de las largas estancias que pasó en casa de los amigos de su padre. Salía de paseo y lo dejaban semanas en fincas paradisíacas repletas de alazanes y caballos árabes. Pero cuando los juegos terminaban, recordaba al final del día que era un mundo ajeno. No resulta extraño que años después compusiera himnos generacionales para La Derecha, donde le prometía a sus fans: “Nadie te va a corromper / Nadie te va a hacer mal / Te lo puedo jurar / y jurar / porque el viaje es como un río / que te lleva hasta el olvido”.

Como en toda buena historia de música, los primeros años del chico que soñaba con ser un frontman en la gris Bogotá están llenos de generosas raciones de aventuras, sexo, drogas y rock and roll. Junto a su hermano Josué como baterista y tres amigos más fundaron una protobanda cuyo nombre era toda una declaración de principios: La Rata Poética.

“Las ratas” fueron a tocar junto a La Pestilencia una mañana a inicios de los noventa en la Universidad Nacional. Llegaron a brindar poesía y recibieron pedradas a cambio. Mario estalla en risas al decir: “En esa época existía la ‘guardia roja’, formada por estudiantes comunistas radicales. Nos lanzaron ladrillos, palos y piedras. Era raro porque teníamos letras panfletarias donde nos quejábamos de que la policía nos perseguía y de la corrupción del Gobierno. En realidad éramos muy inocentes y usábamos crestas”.

Con los instrumentos rotos y cargando los amplificadores a cuestas mientras diluviaban peñascos, “las ratas” decidieron mutar. Enfurecidos, se encerraron una tarde completa a ensayar y buscar otro nombre.

Al salir del cuarto ya eran La Derecha; total, si los iban a lapidar que fuera por lo menos con un nombre ofensivo para los radicales.

Eran tiempos signados por el oscuro legado del magnicidio de Luis Carlos Galán, y presidentes como Gaviria y Samper tuvieron que lidiar con el cerco a Pablo Escobar y el vasto poder de corrupción de los hermanos Rodríguez Orejuela. Pero también fue el inicio de una década fructífera para el rock colombiano. Las bandas herederas del punk y grunge emergían del subsuelo tomando los medios masivos con nombres sugerentes como Estados Alterados, Kraken, Aterciopelados, Ekhymosis, Distrito y El Bloque.

Mario Duarte revive emocionado imágenes de esta época. Junto con otros músicos fue el creador de “Rock al Parque”, festival en el que se consagró en un toque antológico de La Derecha, que llegó a su clímax con una versión del bolero “Sombras”.

En ese entonces era un cantante delgado que se agitaba por todo el escenario con una camiseta ceñida de camuflaje, algunos tatuajes y declaraba que el verso “quisiera abrir lentamente mis venas” era de lo más punk que se había escrito en América Latina.

Pero como suele suceder, el espíritu orgiástico del rock se terminó apoderando de cada estadio vital de los integrantes de la banda, que ya tocaba sin cesar por toda Colombia. Sin haber llegado a internacionalizarse, mantenían un ritmo frenético de presentaciones de jueves a sábado en la cruda escena musical bogotana, donde se combatía el frío con “polvos y cigarrillos mágicos”. Cada presentación era una expedición de sus amigos, novias y ex novias del barrio de La Macarena, donde aún vive, el cual era para aquel entonces el epicentro de los ensayos de la banda.

Con fans, cómplices y “amigas” desperdigadas por toda la ciudad, celebraban si les iba bien o si les iba mal. Si llegaban al concierto o si se perdían. Si grababan o si no. “La verdad no sé cuántas novias tuve”, dice Mario como al desgaire. Pronto todo se descontroló y fue el percusionista Carlos Olarte, a quien llamaban “Panelo”, el catalizador del final a mediados de 1996.

“Teníamos problemas normales de amigos porque llevábamos cinco años rumbeando durísimo y compartiendo hasta las novias y todas esas cosas. Pero un buen día se nos acabó la tolerancia y nos peleamos. Lo malo es que el man se mató en una moto a los pocos días y eso fue muy traumático para mí”, afirma Mario con los ojos brillantes.

Poco después su hermano Josué emigró a los Estados Unidos y el grupo se disolvió de forma lenta pero irreversible, al mismo ritmo en que se acababan los noventa. Un buen día, el otrora cantante se levantó y entendió que ya no tenía sentido forzar la música y se fue a vivir en una casa a las afueras de Bogotá. Luego de sus 40 días en el desierto del rock, regresó a La Macarena y empezó a actuar casi por accidente.

Entre Tango y Trainspotting

Abordo de su rústico, el actor maneja con seguridad pero se pierde por los vericuetos y callejuelas estrechas de esta ciudad. Mientras lucha contra el tráfico se abstrae y rememora su primera audición con el director Pepe Sánchez: “La verdad es que estuve muy frágil. Un día Pepe me llamó, nos sentamos a charlar, fumamos un cigarrillo y cuando me vi, estaba metido en la telenovela La Madre, haciendo un personaje de la calle”.

Luego vino un rol como profesor pervertido en Francisco, el matemático y su exitosa némesis que es Nicolás Mora en Betty, la fea.

Al tiempo en que se pierde por la ciudad manejando veloz porque va tarde para la función de La Odisea, le guiña el ojo a un fiscal y hace un giro prohibido. Cuando el oficial lo reconoce, sonríe.

Era tan extraño todo lo que pasaba en el set de esa telenovela que el actor confiesa su sorpresa ante el éxito. Nadie se esperaba que la historia de Ecomoda que tenía una protagonista fea y su nerd amigo socarrón llegara a ningún lado. Ni siquiera el mismo Mario: no le dijo nada a nadie hasta que salió al aire.

“Me di cuenta del éxito de la novela cuando terminó. Sé que Nicolás Mora me ha marcado porque para construirlo usé cosas de mi hermano Werner y varios amigos míos. Además, camina como mi papá y usa los pantalones hasta arriba como él. Es un personaje cómico pero extraño”.

Con dos décadas viviendo en las laderas bogotanas, Mario aún se pierde al buscar direcciones. Por eso ríe con nervios cuando el motor de su 4X4 aúlla trepando las inmediaciones del barrio La Candelaria. Luego de estacionarse con premura jadea por la calle La Fatiga y exclama: “Un director amigo mío dice que hay dos clases de actores: los que se entregan y los que llevan una línea de trabajo”. Entonces interrumpe la caminata a mitad de cuesta y asevera con ojos duros: “Yo me entrego. ¡Me entrego, carajo! Esto de la actuación es una berraquera. Todo un misterio como las grandes cosas de la vida”.

Minutos después se desternilla de la risa en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. Repatingado en la butaca, mira a una Penélope afrancesada que llama al Olimpo por teléfono y canta junto a sus esclavas la ranchera “Por tu maldito amor”. Se carcajea como un niño al ver que Circe es brasilera, Zeus argentino y Hermes maricón.

Entonces, finaliza: “Ayer la obra fue tan rara… extraordinariamente intensa, hasta ahora me relajo”.

A la mañana siguiente aparece temprano en el set de Amor en Custodia. Bromea con las vestuaristas y maquilladoras que le aplican base para endurecerle el rostro. Con primor le realzan el bigote renegrido y las cejas.

“Es muy rico trabajar con él, no es presumido, y como soy rockera, antes lo escuchaba siempre. Yo hago que se vea malo y siempre ande impecable, muy puestecito”, dice una maquilladora sonriente.

La locación es un acristalado vivero octagonal ubicado en Usaquén, el exclusivo norte bogotano. Repleto de helechos, cactus, cilantrillos, hiedras y ficcus, el aire que se respira en el set recalentado por las luces es pesado y húmedo. Afuera hace frío y muchos se frotan las manos. Adentro las plantas expelen un intenso vaho floral, como si se tratase de una fragante y tibia tetera.

Encarnando a Tango, la cara de Mario se deforma en un rictus de desagrado permanente. Despliega una sonrisa de medio lado y se pavonea con la cruel elegancia de los hombres que saben del poder de las armas y se lo hacen saber a los demás. Es frío y peligroso.

Repite cuatro veces una escena difícil: su jefe lo despide como guardaespaldas. Entre cada toma, el director Miguel Daza comenta: “Es un actor muy instintivo sobre todo. Él va creando sus personajes durante la novela, como este Tango que es un guardaespaldas muy oscuro, no es muy gracioso y tiene un gran humor negro. Siempre aporta cosas nuevas al guión y eso es muy interesante”.

En los cortes de las escenas, el rostro de Mario es retocado con diligencia. Minutos después, vuelve a deformarse, desdoblado en un matón peligroso.

A la salida del set toma una infusión en un café cercano. Está contento porque termina las grabaciones por 15 días y va a poder dedicarse a la dirección del montaje de Trainspotting, la célebre novela sobre heroinómanos de Irvine Welsh.

Sobre este reto no se amilana. El stage va a proyectar una visión delirante y colombiana de la pesadilla que encarna la adicción a las drogas potentes. Soplando una taza exclama: “Me gusta vivir al borde de las cosas, por eso trabajo mucho y no me da miedo el riesgo. No soy un tipo que busca el plan de vida tradicional. Me interesa conectarme con la parte creativa, si no me aburro muchísimo. Ese es el precio que pago los domingos cuando estoy completamente solo. O cuando viajo de vacaciones y no tengo a quien invitar”.

Ese mundo convencional en el que el decurso del tiempo se va marcando por los ritos matrimoniales y paternales no les interesa a los hombres como Mario Duarte. Por eso sus novias lo dejan o algunos amigos se alejan. Mario no quiere que nada lo corrompa, que nada le quite la paz que sólo siente cantando en la tarima, al borde de las tablas o frente a las cámaras. “Yo no vivo en ese mundo”, dice con un aire melancólico. Luego toma un taxi y se pierde en la bruma bogotana. Va rumbo al universo caótico y delirante de Trainspotting. O al de su íntimo performance desesperado.

Albinson Linares 

Comentarios (5)

Ernesto Cazal
27 de abril, 2010

Te hizo bien esos días con Chang. Se nota.

Albinson Linares
27 de abril, 2010

Gracias querido Ernesto. En realidad esta crónica terminó siendo un humilde homenaje al rock colombiano de los 90 que tan buenos momentos nos ha regalado. Sólo espero que te vaya con Villoro tan bien como me fue con Villanueva

abrazo

Carol Otero
29 de enero, 2012

Muy entretenido el artículo, gracias

MANUEL IGLESIAS
25 de septiembre, 2012

CAPO CAPO SOY DE ARGENTINA TE VEMOS EN LA NOVELA BETY . CAPO CAPOOO

Mariaeugenia
2 de junio, 2015

Un actor extraordinario, de amplio espectro, proteico, buen cantante; su personaje de Nicolás Mora quedará como prototipo; fue tal su transformación en cantante pop en los ultimos capítulos de Betty la Fea que mi esposo no lo reconocía y, porfiando, casi se pelea conmigo.

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