Artes

El buen despedir

Joaquín Marta Sosa reseña la película ganadora de Oscar Despedidas de Yojiro Takita

Por Joaquín Marta Sosa | 21 de abril, 2010

La orquesta donde Daigo Kobayashi ejerce de cellista se disuelve. La economía del país entra en crisis y muchos mecenas se ven obligados a renunciar a sus patrocinios. El sueño de establecerse como músico sinfónico se le ha venido abajo y no existe seguridad ninguna de que pueda rehacerse en la capital. Daigo abandona Tokio y vuelve a Hirano, el lejano pueblo natal del que salió años atrás con su mujer y sus ilusiones de músico aventajado. Deambula por las calles de su infancia en busca de empleo, toca su cello por las tardes, se sienta en la orilla del río y toma una piedra de las que su padre le regalaba cuando niño y acompañaba el obsequio con alguna historia. Tras varias semanas de vagabundeo lee un anuncio que presume es de una agencia de viajes. Se presenta y sin mayores preámbulos obtiene el trabajo. Pero los viajes que ofrece la empresa no son de un lugar a otro de la tierra sino muy lejos de ella, después de ella, mucho más allá de sus confines.

Tal es el argumento básico de un film japonés fascinante, Despedidas, que logró el Oscar a la mejor película extranjera en 2008 con la aclamación correspondiente, que trata efectivamente de las despedidas, o de ese tipo de despedidas que son absolutas pues el viaje que se emprende no tiene retorno posible, es el que entraña la muerte. Pero lo novedoso en esa empresa donde Daigo encuentra un empleo que imaginaba de orientador para turistas, la muerte se trata como un tránsito que implica viaje, pero mucho más que eso, y no sólo supone despedida sino un rito de iniciación, un momento celebratorio. “La muerte no es sino una puerta que se abre para que la persona prosiga su vida” le dice Sasaki, el propietario, “porque entre vida y muerte no hay oposición: una es la antesala y otra es la continuación”. A partir de este diálogo inesperado todo cambia y todo se aclara. En verdad, la empresa presta un servicio funeral muy importante y específico, el de amortajar a los fallecidos pero realmente y en el fondo su prestación esencial es la de que nos reconciliemos con la muerte, que los muertos ni nos causen angustias indecibles ni nos produzcan ese asco inevitablemente asociado a la materia inerte y a punto de ser tomada por la putrefacción.

El cellista percibe que su sensibilidad musical queda concernida por unas exigencias que superan en mucho las de una pieza sinfónica. Nada menos que asegurar que el fallecido realizará su tránsito perfectamente aseado, minuciosamente pulcro, vestido con la belleza y sobriedad que requiere un evento tan decisivo. El rito del amortajamiento, en presencia de todos los íntimos y deudos, deviene en una suerte de danza simbólica en cada movimiento de limpieza, en cada pliegue y alisamiento del traje, en la delicadeza del maquillaje, de tal manera que el fallecido trasponga ese umbral decisivo con suficiente majestad pues el más allá, los dioses, la muerte en sí misma demandan un respeto absoluto y extremo desde el cual podamos mirarla sin apartar la cara, directamente, como una semejante con la que convivimos todos de una u otra manera a lo largo del tiempo que el vivir nos tenga reservado.

Lo conmovedor de esta película reside sobre todo en que, más allá de las perspectivas de cada quien frente a lo religioso y lo sagrado, nos dice con la suavidad de una sonata de Gunod que ante el morir no es el terror ni el sobrecogimiento espantado lo que mejor nos transforma de cara a ese viajar, sino el hecho de que es ella, la muerte omnipresente, la que saca lo mejor de nosotros mismos al colocarnos frente a lo irremediable. Y así debe ser celebrada y acogida pues ella cohabita con los colores vivos, los sonidos armoniosos, el torrente de las aguas, la calidez del alimento del que no siempre cobramos conciencia de que, salvo las plantas, todos los seres vivos vivimos de la muerte. Y sólo por este hecho irrecusable le debemos un procesamiento digno de la esencialidad humana,  capaz de dejar atrás las perturbaciones coléricas y de los rechazos salvajes e inútiles con los que solemos apedrearla desde el muelle de la tristeza íngrima.

El cellista que deriva en amortajador, ha pasado de la fácil amistad con las armonías deleitosas de la vida a la comprensión de la muerte gracias al vencimiento de percibirla desde el maniqueísmo, es decir, como país de los horrores y de la disolución humana en gusanos y podredumbre, como si estuviese alejada del todo de la belleza y de sus armonías, para pasar a entenderla y practicarla (es lo que hace el amortajador) como la epifanía culminante de la vida, el cumplimiento de la misión sagrada del existir como ser en materia. Se trata de otro sentido de la belleza, se dice el cellista, que igualmente se ejecuta con las manos y los dedos que hacen del violoncello inerte un cuerpo de música para gozo del oído, tal y como el amortajador transforma el cuerpo difunto en hermosura radical para consuelo íntimo de familia y amigos porque la incineración no se llevará un cadáver, ni siquiera un cadáver exquisito, sino un cuerpo lustral que el fuego convierte en vuelo y en aroma, como acto definitivo de respeto hacia aquél que ya tiene otra voz con la que hablarle a aquellos que alguna vez también nosotros tendremos que mirar con una voz distinta a la que usamos en la indispensable terredad.

Alrededor de ese corpus central la película despliega humor y parodia, alegría y nostalgia, tristezas y poesía, personajes entrañables (Mika, la esposa, que va intuyendo a Daigo en sus cambios sutiles con una finura que proviene de su propia transformación espiritual) que, a su vez, nos descubren sus enigmas más profundos, sus secretos más queridos, que en el caso de Daigo es el padre ausente y e inesperadamente recuperado por él en el amortajamiento, que se corporiza cada tarde en la orilla del río donde le enseñó el lenguaje de las piedras, el silencioso y apetecible hablar de las piedras, cada una con un relato mágico y distinto. El secreto lenguaje de las piedras, el misterioso lenguaje de los colores, el precioso lenguaje de los pájaros y el viento y las aguas. El lento, poderoso y ennoblecedor lenguaje de la muerte que al amortajador, con Schumann en las yemas de sus dedos, le habla para que el muerto no sea enterrado ni se le oculte en el ataúd, sino que vuele en el fuego refinado por el amortajamiento y con su espléndido rostro preparado para mirar a los ojos de los dioses, o a la nada.

Una película alrededor de la muerte que es, en definitiva, un viaje por los senderos que la felicidad está siempre dispuesta a proponernos incluso en las situaciones más extremas siempre que tengamos disponibles la comprensión, la compasión y el perdón. Lo que se inscribe en las membranas del film es que sólo desde la muerte la vida puede irradiarnos algo de intuición sobre sí misma. O, como más sencillamente dijo alguien: la vida sólo puede comprenderse desde la muerte.

Si usted llega a pasar cerca de esta película no permita que se le escape.

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DESPEDIDAS (Okuribito) de Yojiro Takita
Japón, 2008

Joaquín Marta Sosa 

Comentarios (1)

Caque
25 de abril, 2010

A mi me pareció de una cursilería increíble. Una película que busca la lágrima fácil, dándose aires de importancia. Con el Oscar, la Academia ratificó su desatino una vez más pues sintió que los lugares comunes la harían rentable para su distribución en occidente. Cuando la vi, en pirata, claro, porque ni de vaina la pasarán aquí, disfruté mucho la escena inicial. El resto fue una caída libre a las fosas del melodrama y del aburrimiento.

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