;

Artes

Crímenes en tierras bajas

Joaquín Marta Sosa reseña Crímenes, de Alberto Barrera Tyzska y En tierras Bajas, de Herta Muller

Por Joaquín Marta Sosa | 6 de Abril, 2010
0

También he sucumbido a la seducción del cuento y a esos imperativos suyos imposibles de rehuir, acaso porque nos devuelve a los tiempos remotos de la infancia cuando el ingreso al mundo incierto y excitante del sueño lo hacíamos gracias al relato que alguno de nuestros padres nos leía o se inventaba. No sé, algo de eso debe haber, o algo más atávico aún cuya referencia es una hoguera al fondo de una caverna donde los ancestros más lejanos de lo que somos se deshacían en historias que sólo eran exorcismos contra el misterio de un mundo todavía por descubrir. Y sea del niño que fuimos o del primer homínido que logró articular una historia, lo seguro es que ese torrente crepita en nuestra genética, está adherido a lo largo de las hélices del ADN de cada uno. Volver a todo aquello que ha contribuido a hacernos lo que somos siempre me ha parecido humanamente fértil en tanto que su abandono es infecundo.

Síntomas cabales de esa reconquista  del relato son las dos obras que acabo de leer, En tierras bajas de la reciente Nóbel Herta Müller (Nitzkydorf, Rumanía, 1953) y Crímenes de Alberto Barrera Tyzska (Caracas, 1960), que además me recordaron un breve intercambio de criterios ocurrido unos meses atrás sobre qué debía considerarse narrativa urbana. Pues bien, leyendo estos dos libros creo que nos ahorramos buscar respuestas en los no siempre amables volúmenes de crítica o teoría literaria. El de Müller es un perfecto ejemplo de “narrativa rural” mientras que el de Barrera Tyszka lo es de “narrativa urbana”. En tierras bajas está compuesto por quince relatos (uno de ellos casi noveleta, justo el que presta título al libro) donde los ojos de una niña urden para nosotros las historias de los suabos (originariamente emigrados alemanes) en la región rumana de Banato, salvo en el cuento que cierra el libro donde imaginamos que la niña ya convertida en adulta ha logrado huir a la ciudad y la narración cambia de registro para radicarse en la urbana. Y he aquí un primer dato: en los pueblos rurales o preurbanos todas las historias terminan ineluctablemente unidas en una más general que las cobija y le da sentido. Ese mundo está cerrado sobre sí mismo y sus voces apenas traman un soliloquio. En Crímenes (así como en “Día laborable”, el relato que cierra En tierras bajas) palpamos otra materia, no sólo por que de modo sugerido o explícito todo ocurre en “ciudad” sino porque las historias no se encuentran, no se otorgan continuidad, se fugan hacia sus afueras. En el cosmos urbano estalla la multiplicidad, la fragmentación, los mundos que apenas se rozan para seguir cada su propio destino. No hay posibilidad de encerrarlos en uno ni de verlos desde una sóla mirada.

De allí que los relatos de Herta Müller regurgiten los esqueletos de una moral rígida, inapelable, tribal, en tanto que Barrera Tyszka pone sus señales en las moralidades o inmoralidades acomodaticias que pueden corresponderse con códigos culturales más amplios, pero que es insostenible expresarlos de una manera distinta a la de darles rostro en personas concretas, perfiladas. Lo genérico o genésico en el relato rural, o preurbano, pasa a ser la definición identitaria de los personajes de cada historia, no así en el urbano donde el mundo se ha abierto y los caminos son diversos y no simples variaciones como sucede en la cultura rural.

En cuanto al registro de la vida, el libro de la rumana se enclava en la ordinaria de los suabos registrada, como hemos dicho, en una mirada infantil pero de ninguna manera inocente. En ella cobran cuerpo los dominios del atraso, las pautas de lo primitivo, la violencia agreste ejercida al unísono por hombres y mujeres, rodeados por un hábitat de bosques, ríos y jardines que ejerce de refugio y compensación salvadora frente, por ejemplo, a la religiosidad que transmite intimidación, o a la intimidad que revela una sexualidad a simultáneamente reprimida y sobrepoblada de infidelidades. Los relatos del venezolano llevan a cabo el inventario de otro entorno, el de las cárceles, el de edificaciones broncas e impersonales, los autos que invaden alguna historia, los ascensores sórdidos, la fascinación por los medios radiales y televisivos, y en todos se muestra con claridad una determinada laxitud moral sin punición, imposible de imaginar en las tierras suabas donde la mirada sólo atina a encontrar grupos prisioneros de sí mismos y de sus tradiciones en tanto que en las citadinas cobra relieve constante la situación irrepetible y los perfiles de individuos con sus propias cargas a cuesta.

En las veinticinco historias que suman ambos libros, quiero subrayar otros ángulos diferenciadores. Uno es la violencia, implícita, sinuosa, terrible, en los relatos de la Müller; explícita, directa y tan inexorable que lo espeluznante se amortigua, en los de Barrera Tyszka. También anoto que la mitificación repta por todas las paredes y cuerpos y mentes de las gentes brumosas que pueblan aquellas Tierras Bajas, donde lo sobrenatural, la superstición, no sólo da respuesta a cualquier asunto inexplicable sino que sirve de coartada para los que no pueden ser confesados. En tanto que en los urbanitas de Crímenes la desmitificación es la nota dominante (léase el cuento “Las venas abiertas”) o lo inexplicable queda sólo como suspendido, no llega a coagular una respuesta (las manchas de sangre en “La nada”). Y aún es posible hurgar un tercer factor que diferencia: mientras que los estados psicológicos de personajes claramente definidos en los cuentos urbanos reverberan en zonas críticas, extremas en ocasiones, y más que abiertos se mantienen en situación de alerta continua, los de esa caliginosa colectividad escasamente individualizada que la narradora de En tierras bajas observa con malicia, carecen de entidad y sólo existe uno corporeizado a plenitud, el que se revela paso a paso en esa niña que mira, el del aprendizaje, la autoeducación forzosa abriéndose camino en medio de la maleza de las malignidades y las maledicencias casi con normalidad nunca en tensión explícita sino claramente soterrada.

Si damos un giro y nos situamos en el “estilo” de ambas escrituras, nos asaltará en Müller la narración onírica, lírica en ocasiones, penetrada de surrealismo, espiralada, circular y sólo paródica en uno de los relatos, todos en primera persona y llevados de la mano por una narradora única. Crímenes, por el contrario, se levanta gracias a una narración directa, explícita, atenta a la claridad de la historia, donde el narrador es ampliamente plural y cuya marca “estilística”, llamémosla así, es una capacidad sorprendente de la prosa de Barrera Tyszka para crear asociaciones, mucho más que metafóricas, que pueden abismar (“Al miedo es mejor mantenerlo sin lenguaje”, “El tiempo es el único crimen perfecto”…).

Así, pues, cuentos de espacio tangible, de lenguaje “objetivo”, de psiques desnudas, los del venezolano; de territorios imprecisos, de psiques ocultas en los hábitos colectivos, de lenguaje necesariamente elusivo, los de la rumana, pero en ambos casos tales diferencias de paradigmas narrativos apuntan a reforzar la magnífica calidad de cada uno, a subrayar los diferentes universos de su despliegue (rural preurbano / urbano) y proponen (acaso involuntariamente) varias claves propias de la narrativa urbana, en un caso, y, en el otro, de aquella que interpela la cultura rural. Y lo forjan con mucho mayor encanto y pertinencia que las habituales de la sesudez del tratado crítico.

**********

Herta Müller
EN TIERRAS BAJAS (Punto de lectura, Madrid, 2009)

Alberto Barrera Tyszka
CRÍMENES (Anagrama, Barcelona, 2009)

Foto: Dortez

Joaquín Marta Sosa 

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.