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¡Qué padre!

El profesor Moncayo batalló hasta lograr que en el último rincón de este país nuestro, en el que poco menos de la mitad de los niños crecen sin la figura cercana de un padre, resonara el ejemplo de lo que es ser papá.

Por Patricia Lara Salive | 5 de Abril, 2010
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¡Qué padre!, ese profesor Moncayo…

A los 55 años permaneció 1.050 días encadenado de los brazos y el cuello, y no descansó hasta conseguir que las Farc aceptaran liberar a su hijo, el sargento Pablo Emilio Moncayo, secuestrado durante doce inverosímiles años, y obtener que el gobierno dijera, a regañadientes, que para ello permitiría que la senadora Piedad Córdoba acompañara el proceso, como tantas veces lo exigieron las Farc.

Para lograr la liberación de su hijo, desde el 17 de junio del 2007, fecha en que se conmemoraba el Día del Padre y ya se le volvió insoportable esa larga ausencia de Pablo Emilio, mientras él, y el país entero, permanecíamos de brazos cruzados, Gustavo Moncayo emprendió recorridos a pie, encadenado y acompañado por Yuri, su hija de 20 años. Primero anduvo 1.200 kilómetros, desde Aquino de Sandoná, su pueblo en el departamento de Nariño (donde trabaja como profesor de Historia y Ciencias Sociales en el colegio Santo Tomás de Aquino), hasta la Plaza de Bolívar de Bogotá, donde se instaló durante mes y medio que aprovechó para hablar con la gente, conmover al país y discutir acaloradamente con el presidente Uribe sobre la necesidad de llegar a un acuerdo humanitario con la guerrilla.

Después viajó a Francia, Bélgica, Alemania, Italia y se reunió con el papa Benedicto XVI. Más tarde inició otra caminata de 1.400 kilómetros desde Bogotá hasta Caracas, y conversó con el presidente Hugo Chávez. Luego, este padre solidario y amoroso, a quien unos tildaban de loco, otros de exhibicionista y adicto a la publicidad, otros lo catalogaban de lagarto, algunos de ser ficha de las Farc, y los más lo apodaban el ¡Caminante por la Paz!, se internó en la selva, -siempre encadenado-, a buscar a su muchacho, acompañado por la Guardia Nacional Indígena y por su hija Yuri; paralizó el Transmilenio de Bogotá para solidarizarse con la protesta de 400 desplazados y hacernos recordar a su hijo; luchó para que se realizara un referendo sobre el acuerdo humanitario que demostrara que a Colombia si le interesa la liberación de sus secuestrados; navegó 20 días por el Río Magdalena, desde el sur del Huila hasta el Banco, Magdalena, con el fin de ambientar esa idea; recorrió encadenado la Guajira y el Caribe colombiano; anunció que se crucificaría en la Plaza de Bolívar y, con el propósito de cumplir con esa promesa, que al final no le permitieron llevar a cabo, emprendió de nuevo camino desde Tolemaida, en Cundinamarca, a la capital; y llegó hasta entablar una tutela contra el Presidente Uribe por ponerle constantes trabas a la liberación de su hijo, pero la perdió porque la Justicia consideró que no era el Presidente, sino las Farc, las culpables del secuestro de Pablo Emilio.

En fin, el profesor Moncayo libró una conmovedora batalla de amor filial, hasta conseguir que fuera su propio hijo quien, en persona, le removiera esas cadenas que cargó durante casi tres largos años…

Pero, ante todo, el profesor Moncayo batalló hasta lograr que en el último rincón de este país nuestro, en el que poco menos de la mitad de los niños crecen sin la figura cercana de un padre, resonara el ejemplo de lo que es ser papá.

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Foto: Globovisión

Patricia Lara Salive 

Comentarios (3)

Abel Zar
6 de Abril, 2010

El profesor Moncayo es el libro abierto del coraje y de la dignidad, y son muy mezquinas las voces que le suponen segundas intenciones a la batalla pacífica que libró por la liberación de su hijo. Sobre su gesta deben escribirse libros y hacerse películas, y si todo eso le trae fortuna, bien merecida se la tiene. Del muchacho se sabe poco: ha sido una víctima silenciosa durante demasiado tiempo de su juventud. Ojalá lo superee y capitalice todo eso en sabiduría existencial para el resto de la larga vida que le auguramos. Las FARC y todo lo que se le parezca, incluyendo a quienes desde el poder, en Venezuela, las apòyan, son un morbo, un cuerpo extraño que debe ser extirpado de la sociedad humana.

EDUARDO MUJICA
6 de Abril, 2010

La historia le tiene desde ya un privilegiado lugar reservado

Luisana
9 de Abril, 2010

¡Conmovedor y maravilloso!

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