Artes

La madre que dominó a Lorca

La casa de Bernarda Alba es una imagen de la opresión en la España Negra

Por Michelle Roche Rodríguez | 16 de Marzo, 2010

Considerada la obra de la madurez de Federico García Lorca (1898-1936), La casa de Bernarda Alba –escrita en 1936, aunque se la estrenó en 1945, en Buenos Aires— es un retrato cabal del antiguo arquetipo femenino de la Gran Madre, cuyo origen pagano se encuentra en la deidad Egipcia, Isis. A esta diosa identificada con la “madre tierra”, el principio natural de la fertilidad y la crianza se opuso de forma deliberada el cristianismo, creando la figura de la reina-virgen, María Madre de Jesús.

Los paradigmas de lo femenino persiguieron al dramaturgo español en varias de sus obras – la mujer luchadora en Mariana Pineda (1927), otra vez la madre inflexible en Bodas de Sangre (1931) y la obsesión por la fertilidad en Yerma (1934), para sólo nombrar algunas—, en las cuales los personajes de las mujeres, aunque circunscritos a la férrea moral religiosa de la España de principios del siglo XX, eran los sujetos de las acciones y, por ende, poseían más fuerza dramática que las figuras masculinos.

Tras la muerte de su segundo esposo, Bernarda Alba — cuyo apellido significa pureza— impone a sus cincos hijas un riguroso luto que se rompe con la aparición de Pepe el Romano. El personaje, referencial durante toda la obra, pretende a la hija mayor, Angustias, heredera de una importante fortuna. Ella, que sospecha las intenciones de el Romano, le sigue el juego ya que su único objetivo es salir de su casa. La anécdota es apenas un ejemplo de los muchos sacrificios que deben hacer las hijas de Bernarda Alba para librarse de su despotismo.

Las otras hermanas también se interesan por el pretendiente –o, quizás, lo ven también como un vehículo fuera del autoritarismo de la madre—. Pero ninguna de ellas lo desea con el arrojo sin precedentes de la hija menor de Bernarda y la más rebelde de la familia, Adela:

“Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. (…) Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado”, dice a su hermana Martirio quien termina acusándola con su madre de haber sostenido relaciones sexuales con Pepe.

Adela, como puede verse de la cita presentada que corresponde al final del acto tercero de la tragedia, representa la sexualidad desenfrenada de una ménade –palabra cuya traducción textual es “la que desvaría”—.

Según la mitología griega estas mujeres representan el principio dionisíaco que une o humano a la fuerza de la naturaleza, el impulso representado en el acto sexual. Las ménades eran mujeres en estado salvaje (por cuanto no sabían razonar) y las cuales, poseídas por el vino y los misterios de Dionisios (también llamado Baco), estaban cargadas por un frenesí extático. De hecho, las primeras ménades en la literatura fueron las ninfas que se encargaron de la crianza del dios del vino; las cuales luego fueron poseídas por él, quien les inspiró una enajenación mística.

Las ménades eran salvajes en sus ritos, siempre marcados por el derramamiento de sangre, el sexo desenfrenado y la mutilación –muchos teóricos señalan que esta mutilación las convertía luego en antropófagas; una acepción común que los estudiosos de los arquetipos femeninos en la historia endilgan a la figura de la madre/consorte castrante, otra manifestación de la diosa madre.

Ante Adela se impone la figura de la absoluta dominación: la de su progenitora, Bernarda. En ninguna escena es lo escrito tan obvio como la última escena del tercer acto, cuando Bernarda Alba hace como si le disparara a Pepe el Romano. Allí se precipita el final trágico de la obra, pues la idea de la muerte de su amado y la vida sin ninguna libertad dentro de la casa llevan a Adela al suicidio. Ante la tragedia de la muerte autoinfligida de la hija, su madre no reacciona ni con dolor ni con cariño; sólo se ocupa de mantener el decoro dentro de su casa:

“No. ¡Yo no! Pepe: irás corriendo vivo por lo oscuro de las alamedas, pero otro día caerás. (…) No quiero llantos. (…) ¡Nos hundiremos todas en un mar de luto! Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”, son las palabras de Bernarda Alba que finalizan la pieza teatral.

Así, la descocada Adela, la ménade en La casa de Bernarda Alba, es el contrario exacto de su madre, Bernarda, inflexible y guardiana de la pureza de su casa, tal como su apellido lo indica.

La joven representa la profundización irracional del antiguo culto a la naturaleza que comenzó con el triunfo de la mentalidad moderna (y atea) en el siglo XX. Bernarda, por su parte, se identifica con la férrea madre española y recuerda la barroca moral católica de la llamada “España Negra” en la que se crió García Lorca: un país rural, heredero de la Inquisición de los siglos de la contrarreforma, en la cual el fanatismo religioso y las decrépitas costumbres anacrónicas regían la vida. La imagen y la denominación citada entró a la literatura ibérica desde la crítica modernista que le hizo la generación de 1898 con Unamuno y Ramón de Valle-Inclán a la vanguardia.

La misma España oscura, en donde la tradición Católica sustituía a la razón condenó a al poeta granadino al ostracismo primero y luego a al paredón, porque en su época, ser homosexual, más que un pecado era un crimen. Igual que la truncada sexualidad de Adela no levanta el grito angustiado de su madre, sino su silenciosa represión, la España de García Lorca, su Madre Patria, le asesinó, sumariamente, la madrugada del 19 de agosto de 1936.

Como la España Negra es una versión lúgubre del catolicismo, el personaje de Bernarda Alba, la represiva madre católica, es una versión barroca de la imagen de la Madonna medieval europea. Es una manifestación de la arquetípica Gran Madre, pero luego de que las religiones monoteístas y patriarcales la han violentado, haciéndola virgen y, por ende, truncando su vínculo con la naturaleza.

Si el gran atributo de la Madonna católica es su pureza, el de la gran madre es su autonomía: no es controlada por hombre alguno; excepto, claro, Dios que como no está sobre la tierra, deja hacer. Esa es Bernarda Alba: la mujer que engendra y domina. Como la Madre Patria es la vida y la ley en un solo personaje: el elemento femenino y el masculino, como la terrible madre creadora de los antiguos mitos paganos la misma que el cristianismo invirtió años en negar.

Michelle Roche Rodríguez 

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