Artes

Héroes por montones

La heroicidad no es cosa del pasado, tiene por delante un enorme y despejado futuro, y ese personaje edificante, asombroso, supremo, que concita admiración, respeto y hasta cierta compasión se seguirá reproduciendo mientras, en paralelo, divide a la humanidad entre quienes lo consideran ejemplo cimero y quienes lo tienen por bandido execrable.

Por Joaquín Marta Sosa | 15 de Marzo, 2010
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Creo que de niños se nos crea la noción básica del héroe a partir de nuestros padres. Ellos nos parecen imbatibles sean cuales sean los malditos que tengan que enfrentar y, además, nos levantan del suelo ayudándonos a caminar y nos elevan de las sombras estimulándonos a hablar. Así que en alguna pequeña ánfora de nuestra conciencia primaria reposa, mercurial, vibrátil, una fijación, la  del héroe, ese ser tan especial que en cualquier momento se hace presente para conjurar cualquier peligro. A partir de esa percepción, la vida se nos convierte en un camino más o menos pedregoso pero pespunteado aquí y allá por los que van siendo nuestros héroes de juventud y madurez, hasta que avizorada ya la vejez a algunos les da por creer que los verdaderos héroes son ellos y no otros, los capaces de remontar la vida hasta el final, que no es poca gloria aunque sea privada y casi siempre anónima.

En fin, que de héroes estamos llenos hasta la coronilla (felices los pueblos que no necesitan héroes, ha dicho alguien) o hasta el corazón (felices los héroes que tienen pueblos a los que darles luz, afirmó otro, sin presumirle intención socarrona que apuntara a los gobiernos asfixiados en fracasos hidro y termoeléctricos). Por otra parte, es un tema que algunos han tratado con refinamiento: Carlyle escribió Los héroes encumbrarlos como los verdaderos creadores de la civilización; de la pluma de Savater salió La tarea del héroe entendida como paradigma de la ética de lo trágico; y Sábato nos regaló Sobre héroes y tumbas, su gran novela, en la que es difícil discernir si la heroicidad la propone el dragón o la princesa atados a un triángulo tan indescifrable como lo son los héroes y las tumbas.

Ahora hace su aparición Paul Johnson (Manchester, 1928) vasto divulgador (tarea que me enamora) en libros enormes (resultado que me apabulla) y repletos de irreverencias (tono que me entusiasma), para emprender en Héroes el mismo tema, tan corrugado por manido en la vida social, en el discurso político, en las efemérides históricas y en los argumentos literarios. Pero en sus manos todos los temas, o casi todos, readquieren lozanía, tal y como lo logra en Intelectuales (1988) y en El nacimiento del mundo moderno (1991), las otras obras suyas que he leído pues confieso que con sus tomos sobre los judíos y el cristianismo no me atrevo pues los tengo por asuntos donde todo intento de renovar termina mal, bien por el lado de las falacias o por el camino del sarcasmo o el cinismo, así que hasta ahora me he ahorrado unas mil páginas quinientas páginas (y no pienso arrepentirme).

Héroes abre sus praderas con una heroína, la profetisa Débora que conduce a los ejércitos judaicos a una victoria que se daba por imposible ante los filisteos dirigidos por Sísera, que no se sabe con certeza si era rey o general y para el caso da lo mismo porque sus acciones de gobernante y militar deben encabezar el top ten del que prevalido de fatuidad y de jactancia todo lo destila en torpezas. En fin, una heroína en el mejor sentido clásico, pues salvo que era mujer, guía a un pueblo hacia su liberación y lo constituye como tal en el campo de batalla. Y cierra sus páginas con un héroe más sosegado, menos guerrero aunque sí extremadamente firme y belicoso, Juan Pablo II, cuya heroicidad consistió, afirma, en su decisiva contribución para que el comunismo soviético cayera con una rapidez inesperada, con un estrépito sin gloria.

Entre esos dos extremos, Johnson nos propone una especie de taxonomía o genealogía de los héroes. Existen los héroes de Dios, como David (que no sólo acabó con Goliat sino que fue un gobernante progresista y eficiente, además de adicto al incesto, mujeriego y un poco atorrante) o Juana de Arco; los hay que lo son a pesar de los degolladeros donde terminaron, como Tomás Moro; o aquellos que resaltan a contracorriente a la manera de Emily Dickson en su mundo férreamente masculino; o quien lo ejerce como intelectual capaz de poner patas arriba las fundaciones más sólidas,  Ludwig Wittgenstein es el caso; o, de manera más insólita, el ejercicio de la heroicidad que se oculta bajo la espléndida banalidad de los maquillajes, lugar reservado para Marylin Monroe; y, por fin, el héroe político, el de las guerras que se dan en los despachos del poder y no en las trincheras, con un trío donde no todos son presentables: Reagan, Thatcher y Juan Pablo II. Pero hay más, mucho más, en este peculiar inventario de lo más o menos titánico, casi nunca épico, pocas veces militar y casi siempre civil, por donde circulan héroes a granel, al punto de que casi nos apunta a la conclusión de que la inmensa mayoría lleva en sí, siempre, un ángulo, pequeño casi siempre pero real, donde habita la predisposición heroica y para su ejercicio aunque sea en dosis homeopáticas. Así que el lado pesimista del libro resulta precario pues alcanza apenas a unos cuantos (yo seguro, pero acaso usted mismo lectora, lector) la cuantía de quienes habitan esa exigua minoría de los que jamás, ni para bien ni para mal, verá sus nombres en las tablillas de oro de los inmortales (y digo yo, esto no deja de ser un alivio, pues lo mejor de la muerte, pienso, es que por fin te van a dejar tranquilo por un tiempo tan largo que hasta puede que llegues a olvidar todos los sinsabores de la vida). A pesar de lo dicho, nuestro amigo británico, tan permisivo y optimista con la especie humana (probablemente por razones de autoestima), nos advierte que los héroes nunca son unánimes y casi siempre a su alrededor bullen también quienes los detestan. Y como ejemplo nos propone a Pinochet a quién él toma por héroe sin discusión (“porque yo conocí los hechos”, dice, como si sólo él los hubiese conocido de verdad). Algo parecido me ocurrió años atrás cuando al levantarme para buscar el periódico en un pequeñito pueblo vasco, donde había llegado la noche anterior, me doy cuenta de que la calle de mi hospedería se llama Lope de Aguirre, y que de allí fue vecino, heroico por surcar la mar océano en tiempos tan inciertos y jugarse la salvación por enfrentar al rey castellano. Así que el libro tiene su pimienta, que sube de tono cuando nos muestra en pantalla a Wellington, el que “detestaba al héroe profesional, que sólo puede presumir de vanidad y fanfarronería” (¿les suena la descripción?). El de hoy, el héroe contemporáneo, afirma Johnson, debe reunir cuatro características: independencia de pensamiento (un repetidor de lo consabido no calza los puntos), determinación y coherencia en su conducta (el que dice y se desdice forma parte de la morralla), ignorar y hasta rechazar lo que digan los medios de comunicación (ningún héroe contemporáneo se construye desde ellos o acatándolos servilmente) y, siempre, valor personal (un cobarde no califica). Pero eso sí, jamás indague en la vida privada de estos personajes sobrehumanos porque encontrará hábitos y pormenores que mejor es callar. Un héroe, dice, “jamás lo será para su mayordomo, porque es el único que lo conoce bien y sin ropajes”.

Total que la heroicidad no es cosa del pasado, tiene por delante un enorme y despejado futuro, y ese personaje edificante, asombroso, supremo, que concita admiración, respeto y hasta cierta compasión se seguirá reproduciendo mientras, en paralelo, divide a la humanidad entre quienes lo consideran ejemplo cimero y quienes lo tienen por bandido execrable. En fin, es que ni en esto nos ponemos de acuerdo pues depende de en qué fiesta el héroe bailó. En todo caso deja claro el peligro que conlleva el éxtasis por héroes asesinos (punto en el cual comprendo menos su admiración pinochetista).

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Paul Johnson
HÉROES
Ediciones B, Barcelona, 2009

Joaquín Marta Sosa 

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