Crónicas desde San Bernardino

Los guareneros

La evolución sociopolítica de una calle caraqueña

Por Arturo Almandoz Marte | 11 de marzo, 2010

1. Llegaron a la calle que creíamos nuestra, en lo alto de San Bernardino, a finales de los años ochenta. Se mudaron a la pequeña casa de enfrente que, durante mi niñez, había sido ocupada por las señoras bautizadas por el vecindario como “las alemanas”; como descubrimos a su muerte, eran húngaras escapadas de la Cortina de Hierro que, como anticipó Churchill, se corriera al este de Europa después de la Segunda Guerra. Dedicadas al negocio de la pastelería comercial, la madre jorobada y la hija renca parecían dos lisiados personajes extraídos de El tambor de hojalata, que apenas mascullaban un español con el que cada navidad, envuelta en más gestos que palabras, nos entregaban una bandeja surtida con Strudel de manzana con nueces y esponjosa torta Selva Negra.

El recogimiento de aquella austera quinta de inmigradas, ensombrecido por el silencio que siguiera durante la desocupación de tantos años, contrastó con el estridente arribo de los nuevos propietarios: una familia criolla que, al decir de los vecinos de la cuadra, venía de Guarenas. Aunque ya formara parte de la región metropolitana, pero no todavía como la populosa ciudad dormitorio que fuera epicentro de El Caracazo, aquel nombre conservaba alguna resonancia pueblerina que las doñitas de la calle, incluyendo a mamá, quisieron recoger en el apelativo de “los guareneros”, con el que bautizaran a los forasteros. Influyó en el apodo la extrañeza de los hábitos de éstos, un poco estrafalarios y bullangueros, al menos para el relativo comedimiento que la calle residencial había tenido hasta entonces, a pesar de que San Bernardino ya asomara el deterioro, como el país todo, en los años que siguieran al Viernes Negro.

2. Se instalaron un diciembre y de inmediato celebraron la nochebuena y la Navidad, la nochevieja y el Año Nuevo, con estruendosas fiestas en el garaje y la acera, donde retumbaron desde aguinaldos y gaitas de la temporada, pasando por clásicos de la salsa y las consabidas rancheras, hasta las contestatarias canciones de Alí Primera, que no escuchaba yo desde los retiros espirituales organizados en mi colegio, cuando eran cantadas por los cabezas caliente del grupo. Descamisados con frecuencia, los hombres de la familia bebían cerveza en el modesto portal de la casa, siempre lanzando las chapas y latas a la calzada o los jardines colindantes, en estúpido gesto de incultura que se ha vuelto tan frecuente, mientras aceleraban los carros viejos en interminable reparación, como trasladando a la otrora calle residencial parte del gran taller mecánico que algunas zonas de Caracas son.

Sin percatarnos del todo para entonces, después de las asonadas de 1992, los guareneros se fueron apoderando de la calle que había estado protagonizada por las familias de siempre, algunas de las cuales habían partido a otros sectores de Caracas, o incluso habían migrado al exterior después de los saqueos del 89, cuyos efectos fueran devastadores en San Bernardino. Aunque sin dejar de contrastar con el reservado vecindario que fuera hasta los ochenta, la vocinglería callejera de los guareneros, si bien un poco atenuada o camuflada, fue copiada por algunas casas vecinas, que comenzaron a imponer los ruidosos saraos en las puertas, bien fuera para celebrar menudos triunfos deportivos o cuanto cumpleaños hubiera en las familias gregarias. Cuando regresé de estudiar en Londres, en 1996, noté que, como prolongando su reino doméstico, la pintoresca señora Rosalía se había investido nueva matriarca de la calle, desplazando a las doñitas de antaño, ora difuntas o recluidas en geriátricos por demencia, ora recogidas en sus quintas, como mamá, por invalidez. Ya para finales de la década, en franco dominio de la calle, las casas comandadas por los guareneros se encargaron de proclamar su adhesión a la roja marea de cambios que se avecinaba, saliendo siempre en tropeles y con alboroto a cuanto mitin y marcha había, por aquellos años estertóreos de la Cuarta República, sacudidos por rumores y disturbios.

3. Con el nuevo siglo y la sedicente revolución en marcha, el protagónico auge de los guareneros en la calle que ya se me ha hecho extraña, tornose evidente, adquiriendo asimismo ribetes insospechados. No parecen ser más la otrora familia sencilla y campechana que había logrado, con loable esfuerzo, mudarse a San Bernardino en vísperas de El Caracazo; ahora se les nota el desenfado y hasta cierta altanería en el tren de vida, sobre todo en los viajes frecuentes a Miami y Atlanta, a Houston y Nueva York, entre otras ciudades de esos Estados Unidos que tanto solían criticar; exhiben un desenfrenado consumo de ropa y celulares, coronado con las lujosas camionetas que hasta los más muchachos de la casa exhiben, lavadas con esmero todos los feriados y fines de semana.

Herederos de los buchiplumas de marras, esos guareneros farolones se me antojan la postrera expresión de la sempiterna sociedad adolescente que renueva, ahora con votos seculares y socialistas, la errada identificación que el venezolano ha hecho entre consumismo y desarrollo, emblematizada en el culto del carro como fetiche del progreso. Acaso enraizado en la histórica coincidencia de la primera racha petrolera con la difusión de aquél en las novedosas carreteras gomecistas, el engañoso legado de esa religión motorizada alcanzó un dramatismo modernista en las flamantes autopistas de Pérez Jiménez; y mostrando ya fatiga y extravío, en los espejismos de la Venezuela saudita. Ahora, casi un siglo más tarde, ese culto vehicular se trueca anárquico y colapsado exhibicionismo de carros y motos en la desvencijada vialidad de la Caracas roja.

4. Aunque ya en la calle se comparte poco, en medio de la extrañeza por la rotación de inquilinos y la inseguridad que anuncian los paseantes, algunos vecinos propalaron la conseja de que el boyante estilo de vida de los que ya nadie mienta los guareneros, se apoya en las lucrativas y ventajosas posiciones que, de la noche a la mañana, algunos alcanzaran en resquicios de la administración pública. Sin credenciales ni experiencia certificada o conocida, una de las hijas pasó a ser, después del paro petrolero de 2003, súbita gerente de la nueva industria, mientras el hijo mayor de la familia, de profesión indefinida, fue designado cónsul en una de las repúblicas más atrasadas de África, que ahora son empero destinos prioritarios, junto a otras de Centroamérica y Medio Oriente, de una diplomacia entre bisoña y forajida.

Las ocasionales visitas del cónsul a la casa materna en San Bernardino, sobre todo en navidades y jornadas electorales, son notorias por los jolgorios que, como veinte años antes, organizan los guareneros en el garaje y la acera; sólo que ahora, apostado junto al alto muro, el tren de carros en la calle es de lujo y algunos traen escolta. En la juerga que se remonta a la madrugada, entre los olores sebosos de la parrillada y el campaneo de los güisquis que han sustituido a las cervezas, escucho a veces las chanzas de los panas a “su Excelencia”, quien replica estentóreo y orondo, pero resentido todavía: “¡No volverán!”.

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* Una primera versión fue publicada en El Cautivo, Año 6, No, 46, julio 2009, http://www.elcautivo.org

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (6)

Leopoldo Tablante
11 de marzo, 2010

Está bien, pero a mí en lo particular me parece que el título que escogió para su crónica es una generalización un pelín estigmatizadora.

Arturo Almandoz
11 de marzo, 2010

Quizás lo sea, Leopoldo, pero el título viene del vocabulario y la memoria familiares. Gracias por su comentario.

Nitu
12 de marzo, 2010

Es un excelente ejercicio de memoria, de evocaciones ; de allí , que el título resulta válido y oportuno. Por la misma época, viviendo yo en San José, como quien dice, al ladito de San Bernardino, mentábamos a algunos vecinos por su ocupación u orígen real o imaginado. Las Maestras, para referirnos a unas matronas que daban clases en su casa y formaron a muchos. Los Alemanes, vivían en frente, y, sí eran legítimos arios. Los Judios, vivían al lado, eran hebreos. El resto, portugueses.Así los llamábamos, aunque supiéramos sus nombres. Gente de paz, buenos vecinos, ni siquiera manejábamos la palabra técnica “estigma”. Felicitaciones Almandoz

Arturo Almandoz
12 de marzo, 2010

Gracias, Nitu, por ampliar los caracteres, las localizaciones y las denominaciones.

María Estela Mangia
13 de marzo, 2010

Quizás esa experiencia se revive un poco en cada uno de nuestros vecindarios. A medida que iba leyéndote, iba rememorando personajes de mi querida Calle 3.

Arturo Almandoz
14 de marzo, 2010

El placer es para mí, María Estela, tener una lectora avezada como tú; quizás nuestra compartida formación de urbanistas influya en la estructuración de las memorias.

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