Artes
La naturaleza invisible de las cosas
El metro, esa especie de castigo bíblico, es una fábrica de paranoias, pero también de esperanzas
“Menos sabio, yo creo que conozco mejor a las mujeres que Freud y sí sé lo que quieren. No quieren sexo, no quieren seso. Quieren romance”.
Guillermo Cabrera Infante
El que recién se baja de un vagón del metro se siente como el que acaba de tener sexo con alguien que no le gusta ni siquiera un poquito. Siente una palabra que no es fastidio, ni desencanto, ni calor, ni arrepentimiento, pero que tiene algo de todas ellas.
Como se siente con el metro mismo, que es una versión contemporánea de un castigo bíblico. Sobre él podríamos traducir a nuestro tiempo las palabras de antiguos amanuenses para ilustrar el poder de su dios: violencia, gritos, tumulto, largas esperas, calor sofocante, furia sin forma, desespero. Y desde el techo, como un trueno, la voz del profeta Alí-el-Primero, enseñando a quienes se ganan el pan en duras jornadas a cambio de un salario de mierda, cómo es la vida de quienes se ganan el pan en duras jornadas a cambio de un salario de mierda.
La gente camina en pasillos y andenes y sabe, sin alcanzar a ver, que algo anuncia ese aire enrarecido. Algún castigo bíblico, seguramente. Otean en todas direcciones, confundidos y preocupados, apurando el paso, como los perros cuando perciben esas presencias que deambulan en dimensiones paralelas en la oscuridad de nuestras casas.
El punto más alto del calor. Una capa tectónica gelatinosa. Un río humano sobre el que se agita un carnaval de fenotipos. Todos los virus, las rabias, las lascivias, los humores, cruzándose, flotando y frotando(se). Eso es el metro. Y si bastante caldo de cultivo tenemos con seres que duermen en casa, ni imaginemos el añadido de esa raza que riega a los usuarios con cuentos trágicos a cambio de unas monedas. (¿Cómo es que los operadores del sistema no advierten el ingreso de ese sujeto sin piernas que, pasando bajo los torniquetes, se arrastra sobre una patineta raída?). Eso es el metro. Y es el atraco y el suicidio. Y el coleao y la leyenda de los “suicidios” involuntarios en medio del tumulto. Y la fábrica de paranoias de ese río subterráneo que mueve la economía de la ciudad.
De paranoias, pero también de esperanzas.
En La redención de Shawshank (Frank Darabont, 1994), un prisionero, Andy Dufresne, se encierra en la oficina desde donde funciona el sistema de altavoces, e inunda el patio con un aria de Le nozze di Figaro. De inmediato, decenas, cientos de hombres, alzan la vista aturdidos ante ese cofre que desató palabras peligrosas: belleza, compasión, encuentro, deleite, fragilidad, placer, sensualidad, mujer, humanidad, esperanza… Ellis Boyd, otro prisionero, comenta (en off): “No tengo la más remota idea de qué coño cantaban aquella damas italianas, y lo cierto es que no quiero saberlo. (…) Supongo que cantaban sobre algo tan hermoso que no podía expresarse con palabras, y que precisamente por eso te hacía palpitar el corazón (…). Y por unos breves instantes, hasta el último hombre de Shawshank se sintió libre”.
Y en eso de tener sexo con alguien que no te gusta ni siquiera un poquito, la chica de la falda de jean y la mirada triste se preguntaba una y otra vez cómo terminó en ese hotel la mañana del pasado sábado. Hace un recuento mental: la celebración con los compañeros de clases, la falsa euforia de los grupos, los cócteles de algunos sitios nocturnos y ese impulso que a veces le da a las chicas por sentirse sexy. Piensa, susurra, se lamenta y concluye que la vida es un charco de mentiras bien disfrazadas. Va ensimismada en su desdicha, de pie en un vagón del metro, cuando entra en escena El Guitarrista. “Bueno, señores, un poco de música para aligerar el ambiente…” recita de memoria y comienza a ganarse el pan con una versión de alguna balada que está pegada en la radio. Se desplaza por el vagón cantando y tocando hasta que tropieza con nuestra emo circunstancial. Ella siente por ese sonido ajeno el mismo fastidio impersonal que siente por todo lo que viene del mundo externo. Él va caminando y se detiene ante la chica que mira al piso. Ella echa el cuerpo hacia atrás para que siga de largo, para que se vaya con su insólita alegría tan lejos (y tan pronto) como pueda. Él ignora su mensaje corporal y se detiene a cantar con dulzura mirando unos ojos que lo esquivan.
Como la carga precisa de TNT, un par de minutos bastaron para lograr su objetivo: Tras la pared demolida, una sonrisa halagada se dibujó en ese rostro empecinado en mantener la rabia y el dolor intactos. Eso que no sabía que necesitaba, un chico desconocido se lo dio sin pedir nada a cambio.
Él terminó su pieza, recogió la colaboración entre los pasajeros y se fue al siguiente vagón a seguir ganándose la vida. Se fue sin mirar atrás, como los héroes, y dejó en esa cara una sonrisa grabada en mármol. Tanto, que cuando pudo sentarse, cerró los ojos para estirarla, para que la realidad no pudiera estropearla. Y viajó en una isla, en una taima de su dolor, en una dulce dimensión paralela de esa ciudad/hospital que sólo acepta amargados, adoloridos, resentidos.
Y desapareció para siempre, cumplido el cometido, dejando una estela de vida posible. Abriendo ventanas por las cuales se ensancha el estrecho mundo de los que se ganan el pan sin ilusión ni placer alguno en ello. Desinfectando el ambiente de puteadas biliosas y oxidadas. Soplando un poco de brisa directo al corazón.
La chica redimida, con una media sonrisa y con los ojos aún cerrados, dejó escapar es un ángel. Un hombre sentado a su lado, de unos cincuenta años, con una guayabera crema casi transparente de lo vieja y una ajada biblia en falso cuero entre unas manos de mínimos temblores, lo ratificó con solemnidad. Agregó que se trataba de guerreros celestiales en su lucha eterna contra el mal. Que él en persona ha presenciado sus batallas contra demonios sanguinarios. Ante la sonrisa divertida de la chica, el viejo le confió, bajando la voz, que una noche muy tarde los vio con sus propios ojos (señalando primero a uno y luego al otro) desplegar unas enormes alas nacaradas, hermosas, con las cuales ascendieron, luego de culminada la batalla. Aleluya, hermana, decía temblando, conmovido por su propio relato.
Y, a pesar del tono delirante de su discurso, decía una verdad. O una de las formas de la verdad. Aunque la chica no dejara de verlo como un simpático viejo loco. Y aunque sus pupilas, cruzadas por un delta carmesí, se ahogaran en el infierno líquido del delirium tremens. Ese que le hace ver, como los perros en la oscuridad de nuestras casas, la vida paralela en que se mueve la naturaleza invisible de las cosas.




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9 de Marzo, 2010
¡Excelente!…Una crónica del diario deambular, construida con verbos precisos y adjetivos infalibles.
9 de Marzo, 2010
Ese extraño dominio de Héctor Torres del sentir femenino,vuelve a manifestarse en conjunción con la ternura a veces presente en su narrativa para ofrecer una crónica agradecida
10 de Marzo, 2010
Excelente. Me sentí en algún rincón del vagón, observando. Gracias
10 de Marzo, 2010
Magnífico, Héctor. Me recordaste al fin de siglo de Baudelaire. Y a La foule de la Piaf, donde una chica queda aturdida al conocer a un hombre en medio de la multitud para perderlo casi de inmediato. Muy bien.
10 de Marzo, 2010
¿Para que cosa sicólogos?. Es una maravilla de escrito
10 de Marzo, 2010
Me encanta tu poética de la urbe. Ya debes tener un gran libro con esas imágenes
10 de Marzo, 2010
Formidable
10 de Marzo, 2010
Este relato acaba de ser el guittarrista del metro para mi que justo ahora era la chica de la falda de jean. Me alegro el dia tanta belleza para expresar la cotidianidad. Definitivamente la belleza esta en los ojos de quien la mira.
10 de Marzo, 2010
Simplemente hermoso.
10 de Marzo, 2010
Este texto está tan bueno que provoca meterse en el metro para vivirlo. Es tan sublime y tan bien escrito que parece una melodía para descansar entre el infierno de cemento que vivimos diariamente los amantes y odiantes de nuestra urbe. Héctor, hermano, me conmoviste. Bravo por la narrativa urbana!
10 de Marzo, 2010
una verdadera orquídea de pantano rescatada por Héctor. Me gustó tanto este texto que ahora cada vez que se monte uno de esos insoportables guitarreros, voy a quedarme un momentico en el vagón para ver si Caracas me regala a mí también una postal como esta.
11 de Marzo, 2010
Óptimo, amigo Héctor. Eso sí que es escribir sabroso, pese a la sordidez del escenario que escoges, el cual queda sublimado en tu texto. Espero que no seas muy joven, porque yo, que soy sesentón, no tendría más remedio que sentirme un escribidor “amateur”. Felicitaciones. Espero leerte de nuevo. Abel Zar, de Maturín.
¡Ah! ¿Aún las chicas se atreven con faldas en el metro?
11 de Marzo, 2010
Siempre preciso. Siempre poético. Hasta en los contextos más hostiles Héctor resume la esencia de la naturaleza femenina.
11 de Marzo, 2010
Muchas gracias a todos por sus comentarios.Entre las millones de cosas que ofrece la red, que alguien se detenga ante un texto de uno es un honor inexplicable. El Metro, como me acotó mi querida amiga Mitchele (y aprovecho para agradecerle la acotación) nos ofrece las mejores historias de Caracas.
Creo que es mi obsesión por intentar entenderlas, y me temor a que sea un esfuerzo vano, el que ha hecho que me adentre con tanto honesta humildad en los personajes femeninos, amigas Ligia y Mitchele.
De resto, si estamos en crisis, si tenemos una ciudad violenta y maltratada, si tengo que usar el metro y si la prensa aburre con las mismos refritos de los mismos personajes de todos los días, lo menos que podemos hacer es aprovechar todo ese infierno y ponernos a escribir. Seguramente en países civilizados sería malentendido como genuino realismo mágico.
ME alegra haberte dado un motivo para detenerte ante los panitas músicos, Rodrigo. Te confieso que siempre tengo monedas a la mano para pagarle su chamba.
Un fuerte abrazo a todos.
12 de Marzo, 2010
Hermoso texto, Héctor. Felicitaciones.
13 de Marzo, 2010
Gracias, pana. Me alegra que te haya gustado.
Es un ejercicio de observación de la ciudad y de poner en práctica consejos y anotaciones que gente amable como Oscar Marcano, por cierto, tuvo la generosidad de compartir.
14 de Marzo, 2010
Hector, te confieso que millones de veces me he imaginado a partir de maravillosas escenas que he presenciado en el metro, que detrás de todo ese ambiente de cansancio y decadencia, se encuentran personas que, camuflajeadas, persiguen el bien con ese tipo de detalles, al parecer insignificantes, pero que traen vida en un instante.
yo creo que tus lectores piensan que eres uno de esos angeles, o por lo menos hoy ha funcionado conmigo, mañana cuando con el calor y la humedad me monte en el metro, estoy segura de que será diferente.
un abrazo
16 de Marzo, 2010
Qué bello regalo me haces, Diana. Creo que el propósito secreto de todo texto es cambiar el mundo, ya que nace de la inconformidad. Y que me digas que ese texto puede ser un punto de partida para cambiar tu percepción de una agobiante realidad que padecemos los caraqueños, me siento más que reconfortado.
Mil gracias, de verdad.