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Sobre la Historia de la filosofía sin temor ni temblor de Fernando Savater

Reseña

Por Joaquín Marta Sosa | 2 de marzo, 2010

Nada nuevo y todo distinto

Ignoro si hubiese tenido algún éxito, en todo caso seguramente modesto, de haber escogido la filosofía como profesión. Pero sí tengo seguro que cualquier posibilidad en esa dirección me la cortó en seco Julián Marías y su intragable, seca, pesada historia de la Filosofía que se empleaba como texto en el bachillerato de mi juventud. Con cierta alegría entré a mi primera clase con el profesor Roufogalis, de origen griego y traductor de Seferis lo que ya de sí era una garantía de fiabilidad. Por fin me iba a encontrar con el pensamiento, con las ideas, con las esencias de verdad. Y fue oír la instrucción de abrir el malhadado texto en el capítulo introductoriO, el que intentaba exponer qué era eso de la filosofía, y quedarme por primera vez en mi vida completamente en blanco hasta el punto de creer esas páginas estaban escritas bajo alguna forma de criptograma galimático disfrazado de castellano. Cerré el libro, me levanté del pupitre y nunca más porté por aquella aula.

Años después, militante político de un grupo que en su momento ejercitó la discusión doctrinaria, lamenté aquel impromptu que me impidió una formación básica en el terreno de los principios más o menos fundamentales para comprender esta cosa incomprensible que es la vida y el vivirla. Pero, qué le voy a decir, el asunto ya no tenía remedio, y me fui adiestrando en leer pensadores, ideólogos, doctrinaristas como mejor pude, que no fue mucho claro está.

Por eso siempre me he sentido especialmente fascinado por los divulgadores, es decir, por quienes tienen el muy raro don de convertir lo abstruso e inaccesible en un trago sencillo y cristalino. Estos seres, intermediarios entre el saber más depurado y las mentes, como la mía, mal dotadas para tan esforzados ascensos, merecen todo mi más fiero respeto. Su tarea de vulgarizadores (poner al alcance del vulgo el saber más exquisito y refinado) rara vez es valorada como lo que es, la auténtica joya de la educación. El mal maestro no es un vulgarizador sino un atrabiliario repetidor de cosas que él mismo no ha digerido del todo. El buen maestro es como esas madres de antes, las de cuando no existía la compota (sí, hubo un tiempo que fue anterior a ese invento que infantes y mamás agradecen día a día), al menos así las recuerdo en la aldea de mis padres, que tomaban las papas cocidas, los nabos al vapor o las zanahorias ensopadas y las masticaban ellas primero (tal como hacen las pájaras con sus pichones) y luego introducían en la boca desdentada de sus bebés. Pues sí, el buen maestro es esa madre que pone a nuestro alcance lo mejor del saber luego de haberlo masticado y rumiado él con auténtica pasión. Y este es el punto clave: un sabio puede darse el lujo de ser distante y frío, a fin de cuentas se basta a sí mismo y los demás ya verán qué hacen, pero un vulgarizador auténtico es aquel que vive con dos pasiones, la de conocer y la de enseñar lo que ha conocido. Así que el sabio ama el saber, especialmente el suyo, mientras que el buen maestro toma a la enseñanza como un acto de amor hacia el semejante desvalido para ayudarle a valerse.

Fernando Savater, más allá de otras y más enjundiosas consideraciones, vale su peso en oro por su constante y ya prolongada labor de difusor de todo aquello que conforma el universo de los asuntos valiosos para la vida (ética, política, sentido del existir, inconformidad con las respuestas muy sobadas, conciencia cívica, optimismo –sobre todo si se quiere que el mundo mejore pues el pesimista es, por definición, aquel que descree a fondo de las posibilidades de mejorar nada…), para la vida cotidiana, para las gentes comunes (que, en general, debían de ser todas), para los avatares que más frecuentemente nos interpelan. Así, luego de Ética para Amador, Política para Amador y Las preguntas de la vida viene a cerrar la tetralogía con Historia de la Filosofía sin temor ni temblor (remotamente emparentada con la que escribiera en 1991 Jostein Gaarder, El mundo de Sofía / Novela sobre la historia de la Filosofía,) escrita para permitir que los adolescentes, los jóvenes y los adultos que creen que todavía su vida vale la pena ingresen en una auténtica, completa, fluida, traslúcida historia de las ideas, principalmente de las que llaman filosóficas aunque no sólo de éstas, que han ido diseñando en cada momento crucial del andar de esta indigente que es la especie humana los puntos de inflexión, de crítica, de aserción, de inmovilidad, de recuperación del paso. Así, nos permite percatarnos de que eso de pensar y proponer valores, ideas valiosas que suscitan la alegría de que al fin sabemos a ciencia cierta lo que somos y el sentido de lo que hacemos, cabe en el vientre de una  nuez. No hemos hecho más que darle vueltas y revueltas a los mismos temas, asumir las concepciones de la naturaleza, de la verdad, de la realidad, de la práctica, del amor, de la esencialidad de lo humano o de lo divino, de lo sagrado y lo pagano, de la creencia y de la razón desde atalayas mucho más próximas de lo que imaginamos, cada una de las cuales, a su vez, se levanta con los ladrillos que logra arrancarle a la precedente.

¿Y bien? Pues que no nos hemos alejado en exceso de los presocráticos o de la Ilustración, o de los empiristas sino que hemos utilizado los frutos de cada uno, suerte de encadenamiento de parientes, para hacer nuestra propia fiesta de las ideas o ir filosofando a nuestra manera, sin que su utilidad sea muy notable a la hora de medir los progresos de la justicia, de la ética y de la civilidad en el mundo, pero sin que ello obste para que sigamos paladeando el placer de pensar más y mejor (o más y peor que es lo probable en alguna circunstancia). Sí, nuestra verdadera fiesta es el pensar que legitimamos como necesario para que en la realidad florezca lo mejor de nosotros, pero sin creérnoslo demasiado. El hecho mismo de que Savater registre tan pocas mujeres en el ese firmamento de quienes nos han pensado indica bien a las claras que resulta un asunto escasamente práctico de lo contrario la muchedumbre femenina se habría abalanzado con furor sobre la filosofía o las ideas más esenciales porque nadie como ellas sabe cuando nos aprieta el zapato por dónde y con qué debemos acomodarlo.

En su lectura acaso la mejor lección que anoto es la de las tres pasiones de de Russell: la búsqueda del conocimiento, el afán de amor y la compasión por el sufrimiento humano. Y sin olvidar el añadido de Hannah Arendt, tan vital para estos días, que viene a alertarnos acerca de que la verdadera malignidad del totalitarismo, y de todos sus congéneres mayores y menores, no es la de establecer  un gobierno despótico sobre los hombres, sino construir un sistema donde los hombres sean superfluos. Es decir, ceder en lo que de verdad tenemos como definitivo, la libertad, es decir, ser, pensar y actuar de manera autçonoma.  Con estas cuatro cosas en el bolsillo del alma y de la conciencia creo que podemos decir que lo demás es música de relleno.

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Fernando Savater

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA SIN TEMOR NI TEMBLOR

Espasa, Madrid, 2009

Joaquín Marta Sosa 

Comentarios (2)

Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Más aún en twitter. | Redes Literales
10 de marzo, 2010

[...] si se tienen apenas ciento cuarenta caracteres no queda mucho espacio para twitear algo como esto: http://prodavinci.com/2010/03/02/sobre-la-historia-de-la-filosofia-sin-temor-ni-temblor-de-fernando-… y añadir un comentario adicional. Es aquí entonces donde aparece esta herramienta que los [...]

Nasly
13 de julio, 2010

Sabía que me gustaba mucho Savater, y sabía que era porque lo podía entender, gracias Joaquín por poner en palabras la admiración que siempre he sentido por el profesor Savater

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