Ciudad

La ciudad y la ciudad universitaria

Ciudad

Por Federico Vegas | 10 de febrero, 2010

Para casos de aturdimiento, duda o extravío, recomiendo dos definiciones de ciudad a las que recurro con frecuencia. En la primera, Louis Kahn explica que un niño, con sólo recorrer las calles de una ciudad, puede saber lo que quiere ser cuando sea grande. En la segunda, Italo Calvino define a la ciudad como un lugar donde, indecisos entre dos personas que amamos, siempre aparecerá una tercera que nos atrae aún más, y se convierte en nuestro verdadero amor.

La Ciudad Universitaria cumple apasionadamente con la propuesta de Italo Calvino: mis recuerdos permanecen invadidos de un enamoramiento perpetuo que repercutía, al menos en la imaginación, en muchas más opciones que las tres planteadas por Calvino. La del arquitecto Louis Kahn, en cambio, se ajusta un poco menos, por una razón muy sencilla: en las calles de la Ciudad Universitaria no hay infantes, tampoco ancianos, ni restaurantes, ni tintorerías, y casi nadie en las vacaciones de diciembre. Fue concebida para albergar —y aislar— lo que solemos llamar, y con demasiada razón, “los mejores años de nuestra vidas”.

En las ofertas de Calvino y Kahn el común denominador es la celebración de la opción, de la alternativa, de la inesperada oferta. Y es que la ciudad es el reino de las posibilidades y las demandas, de las vocaciones y los cambios sorpresivos, de la búsqueda y el encuentro. A una verdadera ciudad le incomodan las limitaciones, las especificidades impuestas, los adjetivos demasiado calificativos, peor aún si son clasificatorios.

Y una de las clasificaciones más peligrosas es proclamar a una ciudad como “Ciudad de Dios”. En la Ginebra de mediados del siglo XVI, Juan Calvino —ningún parentesco con Italo— impuso a la Biblia como fuente de las leyes urbanas. El calvinismo logró ese fenómeno venerado e insoportable que aún persiste en Suiza, donde “lo que no esta prohibido, es obligatorio”.

Un protestante italiano, llamado Bernardino Ochino, que buscó refugio en Ginebra, describió así la ciudad:

Aquí no se conocen maldiciones ni blasfemias; ni las faltas a la castidad, sacrilegios, adulterios y vidas impuras que he conocido en otros lugares donde he vivido. No hay chulos ni prostitutas. La gente no sabe lo que es el colorete, y a los juegos de azar no acostumbran. La benevolencia es tan grande que los pobres no piden. Las gentes se censuran y vigilan unos a otros, y no hay juicios, ni demandas, ni crímenes, ni espíritu de partidos, sino solamente paz y caridad. Por otro lado debo decir que aquí no hay órganos, ni campanas, ni suntuosas canciones, ni velas prendidas, ni lámparas en las iglesias; tampoco reliquias, pinturas, estatuas, espléndidos mantos, ni teatro ni ceremonias.

Parece que Ochino se aburrió un poco en aquella red de secas virtudes y regresó a ciudades más peligrosas y permisivas, pues los extremos de la Ciudad de Dios pueden resultar más agobiantes que los de la “Magna Latrocinia” y la “Civitas Diaboli”. El mismo Lutero recomendaba un pequeño pecado de vez en cuando, “para alegrarnos el camino recto y estrecho”; al punto que llegó a proponer: “Peca poderosamente; Dios solamente perdona al pecador sincero, y desprecia al de conciencia anémica”.

En el siglo XX se incrementó la tentación de hacer ciudades de una sola visión, un solo arquitecto y cualidades predeterminadas. Lucio Costa y Niemeyer diseñaron su Brasilia, Le Corbusier su Chandigarh, Louis Kahn su Dacca. Hace unos veinte años el arquitecto chileno, Rodrigo Pérez de Arce, presentó un sistema que podía servir de modelo para “reurbanizar los espacios vacíos que resultaran de la aplicación literal de la Carta de Atenas”. Pérez de Arce quería compensar los exagerados calificativos que definen a ciudades como Chandigarh: “una ciudad atípica en la India, muy diferente a la entreverado laberinto tradicional de las ciudades de las provincias vecinas”.

En Caracas tuvimos ejemplos más modestos: pequeños prototipos con límites precisos y personalidad propia, experimentos de modernidad fáciles de adjetivar. Una ciudad obrera en Catia, una ciudad comercial y financiera llamada Centro Simón Bolívar, una ciudad habitacional hoy llamada 23 de Enero, una ciudad vacacional llamada Los Caracas, una ciudad militar en el Círculo Militar, y el ejemplo más notorio y celebrado, la Ciudad Universitaria.

En este último caso la utopía de la modernidad tropical adquirió carne, hueso y generosa belleza. Caracas era, a mediados de este siglo, la mejor ciudad del mundo —al menos como promesa— y, dentro de ella, la obra de Villlanueva garantizaba algo que la ciudad jardín no podía ofrecer en Europa y Estados Unidos: un verde profundo y cálido todo el año para envolver los volúmenes de la modernidad. Pero… ¿escondía este fragmento genial alguna trampa, acentuada luego con las pretensiones de autarquía que se impusieron?

No sé donde ubicar los orígenes de las universidades aisladas. Quizás en los monasterios, donde a la caída de Roma los ciudadanos, sin ciudad, se refugiaron con la excusa de la religión. Las universidades también parecen haber nacido en los mercados de las ciudades medievales, donde se vendían conocimientos al lado de los puestos de verdura.

Puede que después del mundo clásico persistieran las dos tendencias: la del saber que desconfía de la ciudad y crea su propio territorio, y la del saber que no se concibe sin lo urbano y alimenta directamente el corazón de la ciudad. Hay abundantes ejemplos de los famosos “campus” universitarios; pero pocos van quedando de universidades que se integran a la ciudad y nutren su centro. Las ciudades universitarias predominan sobre las universidades urbanas.

Hay otra visión, la de concebir a la ciudad misma como una universidad. Alfonso, el Sabio, en el siglo XIII, describía así la fundación de Atenas:

Hicieron venir a todas las escuelas de todos los sabios y aquellos sabios hicieron la ciudad desde el comienzo muy bien afortalada y la cercaron toda con un muro muy fuerte y de torres de mármol y la asentaron en cuadra y dejaron en ella por cuenta y por medida siete puertas grandes. De cada puerta partía una calle que culminaba en un palacio bien iluminado como era menester para los maestros y para los escolares, todo hecho de gradas, las unas mas altas, las otras mas bajas.

Esta Atenas idealizada nos permite vislumbrar una tercera alternativa, la de una ciudad que se urbaniza universitariamente. Pensemos por un momento: La Universidad deja de sus pretensiones de autonomía y se convierte en una aguerrida integradora. Entonces expande su alma y sus búsquedas, sus corredores cubiertos, sus plazas, sus lecciones de luz y sombra, de arte y arquitectura, de trópico bien entendido, de cultura y diálogo al resto de Caracas. Sus bordes dejan de ser autopistas y límites muertos, para convertirse en paseos y cultos bulevares.

Nuestro mejor patrimonio arquitectónico y urbano no puede ser una ciudad dentro de la ciudad, sino el alma y el arma, el alerta epicentro y la sabia referencia para su perímetro y para toda Caracas, la ineludible bitácora de una ciudad que olvidó su destino y su propósito, y que parece haber perdido la fe en sus opciones. No hay que proteger o aislar nuestra herencia, sino propagarla, expandirla, multiplicarla.

Federico Vegas 

Comentarios (10)

Luis Yslas
10 de febrero, 2010

Apropiadas palabras para estos tiempos de rejas, muros y alambrados eléctricos, Federico.

Miranda Borges
10 de febrero, 2010

Un ciudad que es toda una universidad. Me llevo esa idea para caminarla durante los próximos días. Gracias Federico.

Felix
10 de febrero, 2010

Excelente escrito. Las barreras fisicas son necesarias en otros recintos , pero para la universidad , las veo con reserva. aislarnos para que nos nos pase nada es casi trágico. Cerradas las rejas , los infiernos siguen atizando intramuros

Omaira
10 de febrero, 2010

La Ciudad Universitaria de la Central -y las del resto del país- reflejan la “ciudad”. Hace ya mucho años que a los salones de clase los enrejaron y que para proteger al estudiantado y me pregunto ¿de qué o de quién? , si algunos de los causantes del problema estaban adentro: ¿complicidad o fidelidad universitaria?,¿falta de autoridad?, ¿temor? , ¿modelo de gobierno?, ¿dejar hacer para no comprometernos y ejercer la autoridad?. ¿Esta preocupación aplica también para la UNEFA, las UBVs a nivel nacional? Porque hasta ahora no había tenido la oportunidad de leer algo al respecto.. De todas maneras por las mismas razones estamos enrejados en nuestras casas y bastante cerca de enrejarnos en el país. No me gusta ni enrejar ni que me enrejen , pero debemos llegar al origen del problema y no a las apariencias

Octavio
10 de febrero, 2010

Los tiempos han cambiado Federico, y en esta ciudad, lamentablemente para mal. Controlar el acceso al campus no es cerrarlo a la ciudadanía, es simplemente eso, un control, necesario por demás en momentos de tanta inseguridad personal como los que se viven en el país. ¿te niegas tú a tus amigos por el hecho de tener un timbre en la puerta de tu casa o porque haya un intercomunicador en la planta baja del edificio donde habitas? Si los amigos quieren, entran con solo tocar a la puerta, pero abierta de par, de noche y de día, ya, lamentablemente no pueden estar ni tu puerta ni aquella otra, aunque nuestros deseos sean esos.

Héctor Torres
10 de febrero, 2010

Las rejas sólo incrementan la atmósfera de inseguridad y paranoia y atizan la segregación. En la alcabala se decide quién entra y quién no. La ciudad sigue sacrificando su amabilidad y su aire de libertad en función de una solución que no garantiza nada. ¿De qué valen las rejas si el que controla el acceso deja entrar al que no debe? ¿No era el “solicitado” cabecilla de la Piedrita, coordinador de seguridad de la UCV? ¿No eran estudiantes regulares los tomistas que destrozaron el rectorado? Qué sabroso entrar porque sí, por acortar distancias, porque la ciudad es mía, por Plaza Venezuela y salir a Las Tres Gracias sin tener que explicar para qué quiero ingresar a la UCV ni demostrar la inocencia de mis propósitos. LA reja reduce los espacios de la ciudad a criterios policiales. El libre tránsito por la ciudad se ve mermado por alcabalas y rejas que sólo nos siguen oponiendo unos a otros, haciéndonos pasto de la desconfianza entre conciudadanos. Por ahí no parece ir la solución.

YSA
11 de febrero, 2010

Resulta imprescindible contemplar en la discusión sobre la ciudad el estado de la humanidad en el mundo contemporáneo y analizar las cosas que el hombre y la mujer son capaces de hacer hoy día. Tanto aquello considerado de lo cotidiano como lo que apunta a la sublimación de alguna otra más trascendental, la capacidad de ser libre.

José Jesús Gómez
5 de abril, 2010

Bravo, Federico! Me gustó mucho tu artículo! En definitiva el reto es procurar que la “casa que vence la sombra” irradie su luz al caos arquitectónico que la rodea. Claro, esto será imposible al convertirla en un gueto.

Luisana
9 de abril, 2010

Este país requiere trabajo duro. Para trabajar se requiere conocimiento, ¿y qué mejor conocimiento, que el que pretenden encerrar con las puertas de la UCV?

“Y que parece haber perdido la fe en sus opciones. No hay que proteger o aislar nuestra herencia, sino propagarla, expandirla, multiplicarla.” !Me encanta!

Aunque mi pereza apoye el cierre de la Universidad, admito que tienes toda la razón. Desde la Universidad se pueden crear miles de opciones para recuperar a este país y eso no se logra aislándola. Se logra (como tú dices) expandiendola, multiplicando ese conocimiento y esas opciones en la calle.

Cerrarnos no es el mejor ejemplo, lo que se debe hacer es salir y comenzar a reparar esos grandes destrozos que tiene este país, así no habrá razones para cerrarla, ya que sencillamente habremos eliminado peligros externos.

Quizá tu escrito no tenga que ver con las futuras puertas de la Universaidad, pero en estos tiempos nos hace pensar sólo en ello. Espero haberte interpretado bien y te doy gracias por hacerme llegar a esta reflexión que tan oscurecida estaba para mí.

Carmen Villalba
2 de julio, 2010

Gracias Federico por esa oda a la UCV, la ciudad de las palabras; me emociona tu artículo, ojalá sirva de mucho!.

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