Artes

Un pequeño imprevisto

Caracas desde la acera

Por Héctor Torres | 8 de Febrero, 2010

Até que num dia qualquer eu vi que alguma coisa mudara
Os Paralamas do Sucesso

Una muchacha se mueve con paso rápido evadiendo la procesión de zombies que caminan dormidos hacia la parada. De cabello liso y oscuro, tiene sobre la piel ese mestizo café con leche que posee la media de la población venezolana. Perfuma a su paso esas calles que amanecen con pereza y, como en un intensivo programa de entrenamiento, franquea eficazmente charcos, montañas de basura y el campo minado que dejan los perros sobre la acera. Echa una mirada a su celular: tiene treinta y siete minutos para llegar a la oficina.

Por las dimensiones de los promontorios espontáneos y por el nivel de los containers, calcula que el aseo debe tener unos tres días sin recoger la basura. A menos de cinco metros de uno de los containers, el hijo de un buhonero que comienza a instalar su tarantín, juega en la acera con un G.I.Joe que parece haber sobrevivido a una batalla en una agreste montaña tropical.

Cerró los ojos y perdió el conocimiento, tirado en el suelo con una pierna sobre la cerca de alambres que se estaba cayendo con su peso. A su lado un tamborcillo de gasolina y un Fal, con la cacerina tirada por el suelo, y que evidentemente se había desprendido al caer el que lo llevaba. El hilo de sangre que salía por uno de los costados del hombre descendía hendiendo la tierra, dejando una endeble grieta: las hormigas invadían rápidamente las pequeñas grietas…

La muchacha, que enfrenta día a día batallas no escogidas, tiene estrategias de supervivencia probadas en el campo real. Si mientras cruza la calle ve una gorra en medio de la avenida, por ejemplo, toma la precaución de voltear siquiera un instante en sentido contrario al de los carros. La moto a la que se le cayó ya viene a rescatarla a cualquier precio. Y no ha resultado extraño que el precio sea la integridad del peatón que en ese momento cruza la calle. Como esa, su cerebro almacena decenas de situaciones y reacciones automáticas para llegar, con el menor daño posible, a la oficina y a la casa; dos veces al día, los cinco días de cada una de las cuatro semanas de esos doce meses.

Es la guerra de los que no tienen alternativa.

El próximo dos de enero no sólo reiniciará el ciclo, sino que recrudecerán los escenarios y aumentará el número de bajas. Y con ello la posibilidad de ingresar en la lista.

Anoche justamente soñé que tendríamos un encuentro y yo creo que no está demás que limpiemos los fusiles… No es que yo crea en sueños… Un materialista… pero puede ser, o lo digo como una advertencia…

La muchacha ha recibido un arduo adiestramiento. Las cicatrices del alma le confieren el respetable rango de sobreviviente. Su afinado instinto le dice por qué calles no se debe pasar luego de determinada hora, en qué semáforo atracan, cuál es el camino más conveniente cuando se hace de noche y hasta el tiempo necesario para pisar, oler y ver en torno a fin de recibir sólo la información precisa.

Pasa al lado de un container de basura y, en una de esas miradas de reconocimiento logra ver, escondido como los gatos debajo de los carros, un libro en aparente buen estado. Normalmente no se detendría a recoger nada que está casi debajo de un container. Pero algo en este libro –nunca sabremos de los artilugios de los que se vale la magia cuando quiere manifestarse– llamó su atención al punto de llevarla a hacer algo que jamás haría: detenerse, agacharse, mirarlo de cerca y resolverse a tomarlo entre los dedos de sus pulcras y bien cuidadas manos para explorarlo de cerca.

En las calles de Caracas todo es posible. Hasta ver una muchacha bañadita y perfumada, en ropa de oficina, de cuclillas al lado de un contenedor de basura, examinando un libro que sostiene entre sus dedos índice y pulgar. Los que pasaban miraban extrañados a la chica, echaban un ojo al objeto de su atención, y seguían de largo. Alguno se preguntaría si sería un libro que ella regaló a un novio ingrato.

A primera vista descubre que apenas está mojado y que, tomando en cuenta las circunstancias, está en perfectas condiciones. Lo seca en el aire de la calle, lo mete en su cartera y sigue el camino hacia su trabajo. Como debe descontar esos tres minutos, incrementa el ritmo de su paso.

Una vez en la oficina, relee el título del libro: Entre las breñas, de Argenis Rodríguez. Comienza a hojearlo y descubre en la primera página unas letras garrapateadas. La caligrafía es precipitada, de rasgos breves y un tanto vacilantes. Luego de un par de relecturas, logra descifrar:

Para Argenis Daza Guevara,
¡otro Argenis para acabar con las letras!
Con un abrazo

Argenis Rodríguez
Sept. 1971

La muchacha intuye que algo poco común, un hilo suelto de la magia, está a punto de manifestarse. Algo sin nombre está a punto de hacerle plinck. Para compartir el hallazgo y el alcance de ese plinck, agarra el teléfono y me llama:

- Si me pasas buscando a las cinco por la oficina y me invitas un café, te echo un cuento rarísimo y te enseño un libro. Te va a interesar.

¿Qué hará, tan lejos de las breñas y tan cerca de ese infierno que percoló desde sueños ingenuos y llenos de violencia, el testimonio autobiográfico de un tenaz inconforme con el mundo? ¿Qué pequeño imprevisto cósmico (además de ese otro de morir por mano propia, luego de cansarse de buscar la muerte por mano ajena) llevó ese alegato de una vida inquieta a esos recovecos sin gloria de una esquina de la ciudad? ¿Desde qué manos a cuáles otras y otras, pasó ese ejemplar de un libro impreso en Barcelona, dedicado a un tocayo 40 años atrás, para terminar esperando a una chica a los pies de un container de basura? ¿Quién podrá contribuir a descifrar el misterio si cuando uno lo entregó al otro (¿lo entregó?) ninguno sabría que diez y quince años después, ambos estarían en sus respectivos cielos, en sus respectivos infiernos? ¿Cuál fantasma rencoroso vino a agregar ficción a la realidad, prolongando la historia del libro tantos años después de haber salido de imprenta?

Esto está muy misterioso -dice la muchacha, con juguetona solemnidad, en un café de La Candelaria-. Yo creo que esto amerita más bien como que unas frías para aclarar el entendimiento.

Y ríe con desenfado. Yo le devuelvo la sonrisa porque sé que nunca dilucidaremos el misterio, tanto como sé que ella quería tomarse unas cervezas esa tarde, que esa manifestación de la magia terminó siendo un inocente pretexto, y que yo no sé decirle que no.

Viendo caer la tarde de ese jueves, contentos de saber que la vida deja espacio para esos imprevistos que nos libran del tedio, dejamos llevar nuestras palabras con el mismo indescifrable zurcido con el que ese libro llegó a sus manos.

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Comentarios(9)

Kira Kariakin
9 de Febrero, 2010

Qué buena historia!… Cosas de la patafísica, de las sincronías misteriosas de esta Caracas.

Ophir
9 de Febrero, 2010

La vida y sus misterios, esos espacios en blanco que siempre logramos llenar…y qué bueno!!

Saludos

Ligia Isturiz @seleccionada
9 de Febrero, 2010

Héctor Torres, un escritor que nació maduro y consagrado para las Letras desde su primra novela,crea en esta oportunidad un mítico transfondo para un evento coridiano, excavando en los sótanos de los años 70, para rescatar al atormentado “perdedor” – como se empeñó en llamarse s sí mismo- Argenis Rodríguez , crónista de las miserias de su época. . Gracias, Héctor. ¡Salve, Argenis!

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Daniel Lara F.
9 de Febrero, 2010

Argenis,siempre ahi escondido.Entre las breñas,esperando que lo descubran de verdad…

Alonso García
10 de Febrero, 2010

Bravo Héctor! Nunca dejas de sorprendernos

Héctor Torres
12 de Febrero, 2010

Muchas gracias por sus comentarios y sus lecturas, amigos. Uno escribe para sentirse menos solo. Seguiremos conversando y encontrándonos, que es lo que hacemos cuando nos leemos.

Y, Ligia, recordaré tus palabras en momentos de duda. Es muy generoso de tu parte.

Abrazos a todos.

Un pequeño imprevisto « Prodavinci | afinidades electivas
12 de Febrero, 2010

[...] vía Un pequeño imprevisto « Prodavinci. [...]

Valdo Meléndez
17 de Febrero, 2010

¡Fabuloso! Es que definitivamente la magia de lo cotidiano atrapa aún más cuando alguien como Héctor Torres contribuye con su diestra mano de escritor a hacer lo invisible, visible… ¡Salud por las buenas historias!

Héctor Torres
22 de Febrero, 2010

Y siempre dependerá de los lectores que se produzca esa alquimia, Valdo. Gracias por leer y comentar

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