Artes

Mi foto imborrable con García Márquez

Crónicas del Hay Festival

Por Francisco Suniaga | 5 de Febrero, 2010

Ir al Festival Hay de Cartagena constituye un gran privilegio para cualquier lector –que al final es lo que somos todos. En esta oportunidad estaban allí, con sus reflexiones y anécdotas: Mario Vargas Llosa, Ian McEwan, Manuel Vicent, Zoe Valdés, Almudena Grandes, Luis García Montero, Michael Ondaatje, Héctor Abad, Oscar Collazos, William Ospina y otros muchos autores de renombre. Un “roster” que, comparado con el del año pasado, muestra la creciente solidez e importancia de la que goza este evento.

Cartagena de Indias es, por otra parte, un marco extraordinario para el Hay y me cuesta trabajo creer que pueda existir un lugar mejor. Los palacetes, antiguos conventos y monasterios, y otros espacios públicos de la vieja ciudad amurallada se convierten en los escenarios de los encuentros de lectores y autores invitados. Gente de toda Colombia y de muchos otros países convergen allí para dar vida al festival, y ¡vaya si se la dan!

Cartagena es, además, el lugar de Colombia donde el gran Gabriel García Márquez tiene su casa. De modo que una visita lleva siempre implícita la posibilidad de encontrárselo en algún rincón cartagenero. Vana esperanza, le dirán de inmediato sus paisanos, porque el Gabo vive habitualmente en México y cuando viene por Cartagena ya no ve a mucha gente. De hecho, su casa está en una esquina discretamente apartada, al lado del antiguo convento de Santa Clara, y sus paredes, rojizas como las tejas, serán tal vez las más altas de toda la ciudad; el hombre como que tampoco quiere que lo vean.

El año pasado, la primera vez que fui al Hay, García Márquez no estaba en Cartagena y no había porqué suponer que esta vez iba a ser distinto. De manera que si me hubieran dicho que la noche del jueves 28 de enero me lo iba a encontrar en un bar llamado “Bazurto” (un sitio de música afrocaribeña, en el barrio Getsemaní, por las estribaciones externas de la muralla), no lo habría creído. Tal vez debí haber estado más atento a las pistas que quiso darme Jaime Abello, alma y corazón de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y buen amigo del Gabo, quien al invitarme a su fiesta en el “Bazurto”, me insistió en que por nada del mundo dejara de ir, que era muy importante. Pero no había razón para pensar en lo excepcional porque los alegres saraos de Jaime, aparte de no tener hora para terminar, siempre son “muy importantes”.

Cuando, a eso de las doce de la noche (hora en la que en Caracas estoy durmiendo), me asomé al local con mi esposa, Guillermina; aparte de Jaime,  sólo esperaba encontrarme a los amigos de siempre. Y allí estaban efectivamente, pero, con ellos, sentado en un extremo de la mesa, entre Almudena Grandes y Mercedes Barcha, su mujer, y asediado por varias personas que hablaban y se retrataban con él, estaba Gabriel García Márquez.

Jaime Abello, druida mayor en ese aquelarre, me advirtió que estuviera pendiente de su seña para, en un respiro, presentarme al Gabo. Llegado el momento, me acerqué. A modo de introducción, Jaime le habló de mis novelas, La otra isla y El pasajero de Truman, le dijo que la primera de ellas llevaba ya siete ediciones y García Márquez, poniéndose las manos en los ojos, cual binoculares, le hizo la bendición a un libro que, por ese solo hecho, “se perdía de vista”. Acto seguido, me pidió que le hiciera llegar una copia. Lo demás fue lo usual, palabras rápidas (había gente esperando para saludarlo), corteses y deferentes del gran escritor –entre ellas la reiteración de su gran afecto por Venezuela y Caracas– para con un colega desconocido. Ya García Márquez no es fiel a la fama de costeño vivaracho animador de parrandas de leyenda (aunque sin duda conserva los reflejos porque se veía muy a gusto con la música y su trago); es un abuelo de palabras lentas y suaves, tranquilo, domado por los años.

Faltaba una fotografía que guardara para mí aquel breve encuentro, pero Guillermina, fotógrafa designada, estaba en el otro extremo, sin la cámara a la vista. Jaime me sugirió entonces que volviera a mi lugar en la mesa, preparara la cámara y que cuando el Gabo fuese saliendo, me tomara la foto, que el detendría el séquito por un minuto para eso. Y así fue. García Márquez emprendió la salida apoyado en Mercedes Barcha (me dio la impresión que el Gabo tiene dificultades para caminar) y rodeado por familiares, amigos, Almudena Grandes, Jaime Abello y  curiosos. Cuando pasaban por el lugar donde estaba esperándolo, Jaime detuvo la marcha del grupo y García Márquez accedió a posar conmigo para mi foto histórica.

Una fotografía inolvidable, de esas que se pueden guardar para los nietos: el Gabo y yo abrazados, como dos viejos compadres borrachos, en un bar de  Cartagena. Esa es la foto que habría obtenido y mostrado, si el flash de nuestra cámara hubiese servido en ese instante de realismo mágico. En medio del apuro de todos, Guillermina hizo varios intentos y nada, the fucking flash no se encendió. El Gabo me miró entre pesaroso y divertido, como diciéndome, “estas vainas solamente le pasan a los tipos como tú”. Se despidió y continuó su marcha, no sin antes, con una gracia que hizo reír a todos los presentes (incluyendo a esta acongojada víctima de la tecnología), decirle a mi mujer: “Cómprense una que sirva”. Y así, entre carcajadas y al son de tambores africanos, se lo llevaron.

El Gabo y yo

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Comentarios (12)

Miranda Borges
5 de Febrero, 2010

Bueno, no puede decir que no estuvo con el Gabo!! Saludos

Caque
5 de Febrero, 2010

Jajajajajajajajaja Nada más por el cuento, la foto vale oro.

Violeta
5 de Febrero, 2010

Madre mía bendición alvarado!!! cuanto te envidio…envidia de la buena jajaja

Violeta
5 de Febrero, 2010

tome la foto y le hice un pequeño ajuste para que se viera un poco más clara…no soy una experta pero por lo menos se distingue la imagen…cualquier cosa a este correo violetacsanchezm@gmail.com me puede contactar …con gusto le envío la foto si me envía algún correo para enviarsela :) !

Sylvia Dorante
5 de Febrero, 2010

La foto es lo de menos, ya sabemos de las infinitas posibilidades de Photoshop para aparecer como te dije con quien te conté (copiar aquí índice del Who´s who internacional). Lo importante será cómo harán tus hijos y nietos para rehuir, como el Gabo, del resplandor de los flashes y el acoso de los paparazzi y fanáticos de todo el mundo cuando tu celebridad los alcance…
Orgullosamente,

tintan
5 de Febrero, 2010

si no fuera por la imagen , pensaria que es otro cuento del pasajero

salvador flejan
5 de Febrero, 2010

Francisco, métele foto shop a eso

adriana
5 de Febrero, 2010

Realismo magico puro!… Yo la veo clarita… Ahí se ven sin mucho esfuerzo! QuÉ crÓnica!

Alonso García
6 de Febrero, 2010

Qué narrador!

Moreluz
19 de Julio, 2010

Quien quita esos instantes de tu memoria. Ya entenderás cuando muchos queramos tomarnos una foto con Francisco Suniaga .

Fernando Godayol
19 de Julio, 2010

Excelente narración de los hechos, ya veo que te han hecho oferta similar, arreglé la foto lo suficiente para que se pueda ver bastante bien, se nota que estas con el Gabo que ya lo creo es suficiente honor…

Víctor Garay Oleas
29 de Julio, 2010

Es probable que este luciferino lapsus de escabrosa escasez lumínica, para dejar indeleblemente impregnada la fotogénica instantánea de un fraternal momento de macondiano realismo mágico, le induzca a alumbrar algún ingenioso y próximo proyecto literario a Francisco Suniaga, como imperecedera huella de que estuvo a punto de quedar enmarcado en los anales del mundillo fotogratificante de cronopios y de famas, compartiendo genio y figura -en sombría y silente pose para el escurridizo pajarillo de la posteridad- con el célebremente conspicuo creador de sempiternos sueños solidarios de fraternidad. En el siguiente capítulo que se le pudiese haber olvidado al hidalgo caballero de calamitosa cordura, es probable que tenga retentivamente encendido en su fabuladora memoria, el fucking flash que boycoteara haber dejado retratada su imborrable foto con el glamorosamente galardonado Nobel de Aracataca. Con significativo sentido de hilarante humor, Víctor Garay Oleas.

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