Ciudad

Postales de Soberbia

Crónicas desde San Bernardino

Por Arturo Almandoz Marte | 30 de Enero, 2010
14

A las hermanas Pardo,

dondequiera que estén.

1. Recuerdo el nombre de la librería desde mi infancia en San Bernardino, cuando todavía no sabía lo que soberbia significaba, a pesar de la tentadora resonancia de la palabra. Corrían los años sesenta y el local, que era también papelería y miscelánea, estaba situado en los almohadillados bajos de un edificio que hacía esquina en Puente Anauco, en La Candelaria; al frente quedaba el hotel Waldorf, un poco al sur de la modernista Casa de Italia, en un distrito comercial que se nutría de su proximidad a la avenida Urdaneta, suerte de Gran Vía caraqueña repleta de carros y neones desde la década anterior. Por aquellos años en que mis hermanos mayores cursaban bachillerato en el Instituto Escuela y La Consolación, en el colegio América y el liceo Carlos Soublette, iban a la librería en busca de postales para los cursos de historia del arte, sobre todo de aquellas obras maestras que, no tan famosas como la Virgen de las rocas que presidía la portada del libro de Cándido Millán, que a la sazón se usaba como texto, eran ilustrativas de estilos y artistas menos conocidos para mí.

A pesar de que aquellas satinadas reproducciones resultaban onerosas para el ajustado presupuesto familiar que siempre tuvimos, recuerdo que mis hermanos regresaban de Soberbia con algunas imágenes indispensables para sus monografías de fin de curso. Envueltas en sobres de papel cebolla, en el reverso de las postales estaban estampados nombres que, aunque todavía cargados de bachillerada lejanía para mi condición de estudiante de primaria, comenzaba yo a ver en las enciclopedias de Salvat Junior y Mente Sagaz, que papá me llevaba a casa en fascículos semanales, para que los coleccionara. Quizás para una exposición sobre el rococó o sobre las fiestas galantes, trajo alguno de mis hermanos El columpio de Fragonard y el Gilles de Watteau, que por años conservé como marcadores de los respectivos tomos de aquellas enciclopedias, una vez que mamá me llevaba a encuadernarlas en la Agencia musical, al lado de Santa Capilla. De otra de esas visitas a Soberbia trajo otro de mis hermanos, para un trabajo sobre la perspectiva y el escorzo, detalles de la Batalla de san Romano, de Uccello, así como un cristo de Mantegna; fueron el primer contacto visual que tuve con los frescos y las sanguinas de maestros del Quattrocento que no conocía, antes de que los viera en mi curso de historia del arte en el colegio Tirso de Molina, a comienzos de los setenta, cuando ya la librería había sido mudada del elegante local de Puente Anauco.

2. A pesar de ser tan resonante desde mi infancia, vine a visitar por vez primera Soberbia a comienzos de los años ochenta, cuando estaba ubicada en la mezzanina de un anodino edificio entre Puente Yánez y Tracabordo, más al centro de una Candelaria que comenzaba a mostrar síntomas de deterioro. Lo que más me sorprendió entonces fue que las dueñas, las hermanas Pardo, hablaban entre ellas francés, cuyas largas vocales nasales se colaban en el gangoso español que dirigían a la clientela. Siempre envueltas en collares de perlas y bocanadas de humo mientras procesaban la mercancía en los aparatosos secreteres de la entrada, no sé si eran las comisuras tan marcadas de los labios o las largas ondas del cabello canoso que me hacían asemejarlas a Simone Signoret y Michèle Morgan, rostros frecuentes en ciclos blanquinegros de Marcel Carné, René Clair y otros clásicos galos que por entonces proyectaban en la Cinemateca de plaza Morelos.

Descubrí entonces que, además de las postales de arte, ya a la sazón envejecidas en las gavetas de los secreteres, se desplegaba en los estantes una soberbia librería de segunda mano, como detenida en ese parisién tiempo de la segunda posguerra, cuando las señoritas Pardo, sobrinas de Isaac J., habían llegado a Venezuela. Así como ellas seguían hablando con altivez, sin importarles el céntrico bullicio de la capital tropical, aquel francés en el que parecía resonar la puissance imperial de Ferry y Poincaré, antes de las invasiones alemanas que humillaran a Pétain, en los estantes se desplegaban, sin ningún afán de actualización, las vetustas traducciones de clásicos griegos y latinos, versiones originales de Shakespeare y Goethe, las guías de viaje de Baedecker, o los facsímiles de El Cojo Ilustrado. Del ansioso impulso de compra que siguió a aquellas visitas iniciales, conservo todavía algunos ejemplares que son para mí incunables, como la traducción que, en 1879, hiciera Gómez Hermosilla de la Ilíada en tres tomos.

Además de las de arte, entre las postales había otros motivos muy sugerentes, como las de viajes y ciudades, que me llamaban la atención sobremanera en aquellos años en que recién había concluido mi grado de Urbanista y preparaba mis primeros cursos de historia de la ciudad. A la luz de la lectura de Mumford, se tornaron más seductoras aquellas imágenes sepia de antiguas ciudades egipcias como Menfis y Tebas, que parecían retocadas fotos de los descubrimientos de Carter. Sabiendo por helenistas como Finley del epicentro que Creta fuera de la revolución urbana en el Egeo neolítico, detalles de los frescos del palacio de Cnossos, tal como aparecieran ante sir Arthur Evans, estuvieron entre las primeras imágenes áulicas que pude ofrecer a mis estudiantes. Y no me faltó para este propósito la puerta de los Leones en Micenas, así como las ciudadelas que Schliemann fue excavando en Troya, en el apogeo de la arqueología imperialista que aquella colección de Soberbia recreaba como un gráfico tesoro micénico, al menos para un profesor en sus pinitos como yo.

3. A lo largo de los años ochenta, las visitas a Soberbia devinieron suerte de hábito académico, el cual permitió ilustrar para mis clases otros historiadores de la ciudad antigua, como Fustel de Coulanges y León Homo, o medievalistas como Pirenne y Huizinga, cuyos libros proveen pocas imágenes a sus lectores. Encontraba asimismo en la librería raras traducciones de los pensadores presocráticos a los modernos, requeridos para los cursos de historia de la filosofía con Ángel Cappelletti, sumo sacerdote de la maestría que a la sazón cursaba yo. Y si bien el hábito de visitar la librería no pudo continuar en los años que viví en Madrid y Barcelona, a finales de la década, la evocación del catálogo de postales y libros de aquella Soberbia caraqueña me sirvió de vademécum en la próspera Europa comunitaria a la que entré por la España preolímpica.

Durante mi estadía en Londres, a mediados de los noventa, la libresca seducción de Soberbia fue eclipsada por la British Library, cuya rotunda sala de lectura, anexa al Museo Británico, fue por años el hábitat de mis tardes inglesas. Pero el encanto de la librería era recobrado en mis visitas a Caracas, cuando pude ubicar que las señoras Pardo se habían mudado a la planta baja de un edificio residencial en La Florida. Ya olvidadas las postales, allí acudía en busca de fuentes primarias venezolanistas para mi investigación doctoral sobre el urbanismo europeo en la Caracas de entre siglos. Más que los libros técnicos que en otras bibliotecas conseguía, fue en el sótano de Soberbia donde finalmente pude hallar varias ediciones originales de costumbristas y novelistas que en la Biblioteca Nacional no estaban a veces disponibles, desde Sales Pérez y Bolet Peraza hasta Pío Gil y José Abel Montilla. Además de las crónicas de viajeros del guzmanato, como Dalton y Davis, así como de los consabidos tomos de El Cojo Ilustrado, recuerdo el hallazgo de las biografías del Benemérito que escribieran Lapeyre y Rourke, entre otras raras fuentes que me permitieron recrear el europeizado ambiente de la Caracas de la Bella Época y los Años Locos.

4. El local de la calle Pedroza era más abierto y luminoso, así como la miscelánea se había diversificado y acaso perdido algo de la soberbia selección que tenía en de La Candelaria, quizás por estar las señoras Pardo conscientes de que la tienda de antigüedades, como sus propietarias, se habían puesto de moda entre la ávida clientela caraqueña. Obsequiaban por entonces a los habituales, entre los que me sentí complacido de ser incluido, sobrias tarjetas navideñas que más parecían grabados conmemorativos de un republicanismo entre criollo y francés, heredero de motivos y lemas de la temprana Revolución dieciochesca, antes del Terror que prefiguraba el tiempo por venir en Venezuela. Y en un impulso no exento de soberbia negación frente a lo que se avecinaba, como en advocación de la poética y tragedia civilistas, adquirí en aquel local de La Florida, hacia finales de los noventa, pequeñas cabezas en mármol del Dante y Corneille, las cuales me han acompañado, en mi estudio de San Bernardino, en los oscuros años rojos que hubieron de venir.

Pero con todo y el auge que Soberbia parecía tener entre una clientela de antigüedades más joven y esnobista, como la que visitaba las ferias del Ateneo o los locales de Las Mercedes, ya el fin de la librería estaba cerca. Además de la “fuerte competencia”  que Enriqueta y Ana María me refirieron varias veces, creo que la estocada final vino con la emergencia de la Internet y de Google, con su ilimitado acceso a las imágenes virtuales, las cuales uso ahora con frecuencia para preparar mis exposiciones. Cuando supe que el local había sido ya clausurado circa 2004, los difuminados recuerdos de las hermanas Pardo en el local de La Florida, frente a los escritorios de la entrada, cobraron los tonos sepias y desvaídos que tenían las postales de ciudades arqueológicas que por años compré en la Soberbia de La Candelaria.

**********

* Una primera versión fue publicada en El Cautivo, Año 5, No, 42, enero 2009, http://www.elcautivo.org; también fue liberada en el sitio de la Fundación para la Cultura Urbana, http://fundacionculturaurbana.org.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (14)

Ybelisse Colina
30 de Enero, 2010

Señor Almandoz ,cada vez que leo una crónica suya, me transporto a mi infancia y juventud. Varias veces visité la librería Soberbia, hasta que les perdí la pista a sus dueñas y supe que se habían mudado al callejón Pedroza de La Florida. De ahí no supe mas nada. Siga deleitándonos con sus excelentes crónicas de esta Caracas que cada día se me hace mas extraña. Felicitaciones.

Arturo Almandoz
30 de Enero, 2010

Compartir referencias urbanas y generacionales, Ybelisse, incrementa el gusto de la lectura recíproca; gracias por su consecuente comentario.

Diana
30 de Enero, 2010

Soy lectora asidua de las crónicas del Sr. Almandoz. Esta particularmente, se me hizo muy cercana. Sitio, cosas, palabras comunes a los que crecimos en esa época que, como las señoritas Pardo,ya cobran “tonos sepias y desvaídos”. Las referencias a la enciclopedia Salvat Junior y al libro de Cándido Millán me han dejado lágrimas en los ojos.

Gracias

reyna
30 de Enero, 2010

Fui profesora en el Colegio Cial, en San Bernardino y por esa razón me mudé a un apartamento sito al lado de la Sinagoga, cerca de la Plaza Rodó. En esa urbanización recibí la noticia de mi primer premio e poesía, del embarazo y nacimiento de mi hijo (24) Caminé muchísimo por calles, parques y me encantaba ir a la pastelería Rey David. Una vez, con mi hermana, entramos a comprar no recuerdo qué en una librería y nos atendió una mujer con aire tan triste y Sorprendidas por el diálogo, no pregunamos nada más. Alta, delgada, blanquísima, con el cabello suelto hasta los hombros y rizado como en las películas de los años cincuenta. ¿Era una de ellas? No lo sé. distante que le pregunté, en español: Es usted francesa’” Si, me contestó. ¿De los pirineos? Si, repitió. (sigue, eso espero)

mharía vázquez benarroch
30 de Enero, 2010

Justo reconocimiento este, a unos de los sitios más particulares de Caracas. Enriqueta y Ana María, las hermanas Pardo, eran bisnietas directas de José Tadeo Monagas, y su librería SOBERBIA era lugar de reunión de una estirpe de intelectuales caraqueños, devenidos de las mejores familias mantuanas de Caracas. Ellas comenzaron un mercado muy privado de lujosos libros antiguos, al cual sólo se tenía acceso en la trastienda y sólo por recomendación de algún amigo de esa especie de sociedad secreta que eran los clientes más antiguos de Soberbia, mientras las ediciones viejas más comunes estaban a disposición del público. Yo las conocí ya en el oscuro local de Puente Yánez circa año 1978, por recomendación de Denzil Romero, que era uno de su habitues. Dado que yo también hablaba francés, entramos inmediatamente en confianza, y ya desde entonces llegaron a ofrecerme dos de sus secretos mejor guardados: las joyas y muebles antiguos que sus viejas amigas de Caracas iban dejando en su trastienda, por viudeces inesperadas o calamitosas quiebras, como petición de ayuda a esas damas que se conmovían de situaciones tan espantosas; y una curiosa colección de postales pornográficas de los años 20 hasta el 50, bellamente fotografiadas en impresionante sepia, y a las cuales sólo tenían acceso los privilegiados del círculo secreto, y que una de ellas me ofreció al preguntarles por una sugerencia de regalo de cumpleaños, para un amigo escritor de la República del Este, y fiel amigo de esta servidora.Los rumores decían, que ellas en una pequeña imprenta de la que eran dueñas (también imprimían tarjetas de bodas y de bautizo), imprimían estas tarjetas pornográficas y otras postales viejas de viajes y ciudades, para consumo local. Sea como fuere, entrar a Soberbia, era como pisar una pequeña librería de Paris, donde no había transcurrido el tiempo, y en la cual voces ancestrales te guiaban por una pléyade de tesoros. Cerraron las Pardo, porque ya nadie quería pagar el precio merecido de las joyas que ellas custodiaban, una nueva generación de bárbaros sin modales como ellas les decían, no sabían apreciar lo especial de lo que ofrecía ese local de La Florida. Por cansancio, por la continuada incursión de los ladrones,por vejez, por presiones del dueño del local que pretendía cobrarles un alquiler desorbitado, y sobre todo, por la falta de un eficaz heredero de la tradición que se ocupara del local, cerraron dejándonos huérfanos. Enriqueta y Ana María (esta última que siempre corregía el madame por mademoiselle, porque era “señorita” a la antigua), eran un mundo de historias locales e internacionales que se perdieron , con la Caracas amable, arrollada por la devaluación política y moral de principios de nuestro siglo XXI.

reyna
30 de Enero, 2010

..Salimos de la librería sin hacer ninguna otra pregunta. Alta delgada y muy blanca, con el cabello a la usanza de las actrices de los años cincuenta..una impresión que ha perdurado en el tiempo. ¿Era una de ellas? No lo sé…Años después fuí proferora de Educación Artística en Maracay, por lo que visité librerías de todo tipo. En una de ellas encontré una serie de postales, como usted dice, contenidas en pequeños sobres papel cebolla sobre arte egipcio, griego, renacentista. Adquirí varios ejemplares de cada serie para distribuirlos en entre mis equipos de trabajo. Muchos se perdieron en mi ingenuidad, pero conservo algunas. Si las quiere para su colección, con gusto se las enviaría.

Arturo Almandoz
30 de Enero, 2010

Gracias a usted, Diana, por su lectura asidua y comentario revelador. Efectivamente, además de que el uso de ciertas palabras a veces delata nuestra edad, allende su significado, las enciclopedias por fascículos y los libros texto parecen asociar, en este caso, nuestra común pertenencia generacional.

Arturo Almandoz
31 de Enero, 2010

Me siento más que honrado, Reyna, porque una profesora de Educación Artística como usted se haya interesado en esta crónica. No sé si, por lo “alta” como la describe, la persona que usted menciona haya sido una de las hermanas Pardo, de estatura media según lo que recuerdo. En cuanto a su amable ofrecimiento de enviarme sus postales, las habría aceptado con gusto hace años, pero ya he venido desprendiéndome de las mías.

andrés boersner
31 de Enero, 2010

Ana María y Enriqueta Pardo fueron libreras excepcionales. El repertorio bibliográfico de Villasana y otros investigadores les rinde reconocimiento a la labor detectivesca de las tataranietas del General Soublette. Enriquecieron las bibliotecas privadas de muchos intelectuales, a partir de la fundación de la librería en los años 40 (aunque en sus inicios funcionó más como tienda de ultramarinos e importadora de vinos). La exigencia, el rigor y la disciplina que transmitían no tiene equivalente en el mercado librero. Cuando solicitabas un título agotado se ofrecían a buscarlo; te señalaban las ediciones existentes y las bondades de cada una. Incunables en nuestro idioma, en francés e italiano; primeras ediciones, libros autografiados, cartas, fotos, postales antiguas de Caracas, partituras musicales, menús y souvenirs de grandes restaurantes, antiguedades del mejor gusto y con carta de procedencia…Era imposible salir de la librería sin alguna joya bajo el brazo. Lo que para un cristiano significa entrar a una iglesia nos ocurría a nosotros cuando pisábamos el recinto sagrado de las Pardo. Recuerdo como una de las experiencias más memorables de mi vida la primera vez que entré a la Soberbia de la esquina de Tracabordo. Ese día me contaminé de Blanco-Fombona y me llevé la primera edición de La Torre de Timón de Ramos Sucre. Por la noche no pude dormir y los siguientes días esperé afanoso al fin de semana para recoger otro tesoro. En 1983 pensaba que este lugar nos sobreviviría a todos. Identificar el gusto de la clientela, organizar los estantes, llevar las cuentas al día, despachar la correspondencia, visitar a los distribuidores y lugares de lance, comprar bibliotecas enteras, conseguir los mejores precios y mantener al tanto a los contertulios eran el pan de cada día. Esso Alvarez, Felipe Márquez, Daniel Bendahan, Katyna Henríquez, han dejado registros emocionados sobre las hermanas Pardo. Con el destino de Soberbia y otras librerías me he dado cuenta de que estos recintos nacen y mueren con sus libreros. Ana María y Enriqueta ya no tienen local pero, gajes del oficio, todavía visitan “el lugar del crímen” para sorprendernos con sus experticias o suministrar datos de interés para el coleccionista. La joya más reciente fue un encargo que les pedí quince años atrás: la foto del buque en que se vino mi familia desde Europa en 1939, huyéndo de la barbarie. Agradezco esta crónica de Arturo Almandoz y todas las que ha escrito para Prodavinci porque logra darnos “en la madre”, hacernos recordar oficios nobles y nos invita a entrar en sintonía con nuevas realidades.

Arturo Almandoz
31 de Enero, 2010

Marhía Vázquez Benarroch y Andrés Boersner registran información valiosísima para secuencias sobre Soberbia y las hermanas Pardo; me hubiese encantado conocer las colecciones de joyas o partituras… Gracias a ustedes por “comentarios” que son casi nuevas crónicas.

Franz Rísquez Clemente
4 de Febrero, 2010

Bravo !!! Señor…

Arturo Almandoz
4 de Febrero, 2010

Gracias, Franz, por la lectura consecuente y entusiasta.

Carlos Sandoval
21 de Marzo, 2010

Soberbio Almandoz, soberbio.

FERNANDO WAMPRECHTS
11 de Agosto, 2011

Las hermanas Pardo Pardo, mis mejores maestras y amigas!!!

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