Artes

El relato nos encuentra

Por Joaquín Marta Sosa | 8 de Diciembre, 2009

Libre lectura

20090604-940090Por Joaquín Marta Sosa

En el centro mismo de los avatares por los que Venezuela atraviesa desde hace bastante más de una década, se va imponiendo la fertilidad de los narradores, tanto novelistas como cuentistas, pero éstos en especial. Al respecto podríamos sugerir que las sociedades comienzan narrándose para reconocerse, inicialmente desde sus estratos interiores (y adviene la poesía), para intentar de seguidas aprehenderse en su propia y neta carnalidad, en su historia más o menos tangible (y emerge el relato, primero bajo la forma de cuento y luego expandiéndose, digamos que “épicamente”, hacia la novela o alguna de sus protoformas), para culminar la conciliación (que no reconciliación) consigo misma (y aparece el teatro en su sentido más prístino de “representación”).

El teatro venezolano a pesar de que exhibe una historia nada desdeñable, es nuestra expresión literaria de menor peso comparativo, de influencia más circunscrita, acaso porque este país es aún una entidad insuficientemente definida, que da vueltas sobre sí misma sin descanso y año a año. Pero sí que se sabe espíritu y corporeidad, cuerpo efectivo y lacerado, en un devenir que ya es más, bastante más, que bicentenario. De allí que acaezca la urgencia de poetizarse y de relatarse una vez y otra en historias que se abren o en relatos que se condensan.

Así, en ese humus social y cultural, ocurre como si desde el fondo de quién sabe que disnea, el país no tiene más opción que la de relatarse y convertir esa gestión en una suerte de espejo o, mejor, de implacable mirada introspectiva para ir limpiando la polvareda bajo la cual rebulle su estancia y su destino.

No es la primera vez que en nuestra literatura se observa una evidente edad dorada del relato, género en el cual hemos contado siempre con representantes incuestionables, pero esta de ahora se ha presentado sin hacer ruido, poco a poco, y cuando nos percatamos ya está asentada entre nosotros con sus mil rostros, su diversidad de historias, su multiplicidad de estilos y de estrategias para narrar.

Empujada por esa ola portentosa, la Semana de la Nueva Narrativa Urbana ha servido de ágil plataforma para darle visibilidad al fenómeno que, a diferencia de nuestros cuentistas clásicos, se enclava en el nuevo corazón del país, la vida humana que palpita día tras día en las ciudades, tanto en sus centros como en sus bordes y en sus interiores.

Producto de la segunda de esas semanas es la compilación Quince que cuentan donde decena y media de relatistas básicamente jóvenes, de distintas profesiones y la mayoría con cierta obra a cuestas, han sido reunidos para urdir desde ellos el fascinante retrato hablado del muy complejo y hasta confuso habitat urbano. Lo primero que agradecemos en estos relatos es que en cada uno, más allá de experimentalismos atrevidos o controlados, hay historias de gentes, hay aventuras psicológicas y anímicas, hay acontecimientos, sin lo cual no existe relato (insistir en ello nunca es bastante). Además, hay escritura propicia al ahondamiento, a la intuición, a la sorpresa, al suspense, al misterio. Es decir, hay escritura literaria y no simplemente informativa, indicativa o esquemática, no, hay potencia de historia y potencia de lenguaje que danzan en común para tejer no sólo artefactos literarios sino estremecimientos de vida, de verosimilitud por encima de cualquier rémora, y de una tal coherencia en su transcurrir que los dota (al lenguaje y a la historia) de una realidad espacio-temporal propia, que se debe a sí misma, cuyos referentes son apoyos de partida pero allí se quedan porque el resultado viene a ser tan eficaz que prácticamente los deja atrás, como el cohete interespacial que se despoja de sus componentes de arranque inútiles del todo cuando el vuelo alcanza su propia soberanía.

A lo largo de estos quince relatos, y según de cuál se trate, nos asedian atmósferas brumosas, intrigas no del todo elucidables, fracasos enigmático, psiquis resquebrajadas, trastrocamientos de la mirada (autores que asumen voces femeninas, autoras que asumen voces masculinas), mezcla de géneros (en ocasiones aparece la crónica, por momentos se cuela la pauta periodística, aquí y allá se definen pespuntes poéticos), en fin, nada de “purezas” sino de voluntarios (me parece) y certeros mestizajes de escritura y de puntos de vista. Así, cada relato hurga en un aspecto peculiar (curiosamente ninguno se repite ni salta de uno a otro) de esa forma determinante de la existencia contemporánea que es la sustancia urbana, a la que en nuestro caso se suman los trasiegos propios de una sociedad cuyas ciudades no lo son del todo, donde sus urbanitas apenas lo son a medias, donde lo urbano y moderno coexiste más o menos explícitamente con las resonancias de lo rural y lo arcaico.

Así nos tocarán con unas vibraciones inesperadas Pájaros que evocan pájaros (Ana García Julio) y Ritual con mar, lluvia y cuadros de Manet (Arnoldo Rosas); o con regustos a violencia y contradicciones en Demonios del backyard (Mario Morenza) y Urbe de nota y golpe (Gisela Kozak); o con el sentido de lo extraño en La bota derecha (Carolina Rodríguez) y Los durmientes (Miguel Hidalgo); o la infidelidad nuestra de cada día en Combo para tres (Rafael Victorino Muñoz); además de la vidas desgarradas y concientes de su fractura en Reflejo roto (Marianne Díaz). También nos tropezamos con el desasosiego y la soledad, con el extrañamiento y la belicosidad, la nostalgia y las obsesiones. Pero no solamente con el portafolio de la ciudad como infierno pues también, secuestrando la crueldad, marcan también sus huellas la solidaridad, la amistad y el afecto, así como ráfagas de felicidad y de realización de algún sueño. De esto dan un excelente inventario los cuentos de Angola, Ávila, Cobos, Pérez Capiello, Tablante, Vegas, Waale.

Así, cada uno de estos quince relatos y el conjunto de ellos evidencian un enorme poder de imaginación y una inquietante impresión de realidad (al punto de que al terminar la lectura de cada uno, sabes que efectivamente eso te puede ocurrir a ti, incluso hoy mismo, dentro de once segundos). Y no se trata de un conjunto de textos monocordes sino extraordinariamente plurales, donde lo urbano no es simplemente un espacio, un territorio, es mucho más que eso, es la espesa densidad de un sentido del existir y de unos estímulos para la vigilia y para el sueño que terminan arremansados en el alma de los personajes.

Quince relatos, pues, que son, qué duda cabe, de autor, es decir, que más allá de gustos cooptados o de influencias amasadas, tienen la marca nítida de la originalidad, de la novedad, de la función literaria de espejo (vernos a nosotros) y luz (iluminar las oscuridades), o documentación de época no a la manera del que enjuicia sino del que está siendo enjuiciado a medida que avanza en su escribir. Cada cuento es de primera, unos más logrados que otros (siempre ocurre así), y cada uno con su propio “manual de instrucciones” para oler la urbe. Verosimilitud a raudales, gozo y fascinación como melódica de la lectura, como su íntima razón de ser.

Leyéndolos me vino a la cabeza el hecho ancestral de las historias que se contaron frente a las hogueras mortecinas los primeros de nuestra especie, miles y miles de años atrás, y que persistieron hasta convertirse en el cuento a la hora de dormir a los más pequeños, negados a cerrar los ojos si antes no aparecía una buena historia, buscando, seguro que de modo no conciente, que una vez dormidos la fábula perdurara. Acaso es en esa brasa atávica donde encontramos la seducción inaguantable por las historias que nos traen maravillas de otros mundos y que nos trasladan hasta esas tierras feraces.

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Ana Teresa Torres y Héctor Torres (compiladores)

QUINCE QUE CUENTAN

Fundación para la Cultura Urbana, 2008

Joaquín Marta Sosa 

Comentarios (8)

Gabriel Payares
8 de Diciembre, 2009

Tengo muchas reservas para con este tipo de textos. No sólo porque no me gusta ni me convence la manera en que está escrito, sino porque en el fondo, y con el debido respeto que el autor de la nota me merece, no dice prácticamente nada. No ofrece una lectura global del libro, si bien se ve que el poeta lo leyó. Y claro, comprendo que siendo una reseña, su cometido principal no es otro que dar a conocer, mal o bien, un libro disponible en el mercado; y sé, de la misma manera, que comentar un compendio, una antología, es siempre labor peliaguda. Pero, me pregunto, ¿está realmente justificado continuar con este afán de rescatar como un valor y una innovación el carácter urbano de nuestra narrativa reciente? Más allá del nombre de la Semana de la Nueva Narrativa (que podría llamarse sólo así, sin el “urbana” y sería un título más honesto), ¿qué hay de urbano en estos relatos? ¿El mero hecho de que tomen lugar en la ciudad? ¿Entonces, si narro una historia que ocurre en la selva amazónica, seré un narrador selvático?

Creo, y me perdonarán el tal vez innecesario afán de polémica, que este discurso ya repetidísimo sobre nuestro supuesto boom narrativo, y sobre nuestra supuesta narrativa urbana, lejos de propiciar un entendimiento mayor del asunto, de desmigajar el término y darle vuelta a los pedacitos, o de defender tal o cual posición, se contenta con la repetición de lugares comunes y argumentos prefabricados, de generalizaciones y afirmaciones contradictorias justificadas en lo plural o lo múltiple. En fin, se queda en la superficie, contribuyendo poco o nada a nuestro interesante momento editorial y literario. Afirmar que los relatos que componen un compendio de cuentos son “autorales”, que son diferentes, que entrañan un “poder de la imaginación”… ¿Estamos realmente ofreciendo una lectura que ponga el dedo en la llaga de eso novedoso que se ve en nuestra narrativa de hoy? Porque a mí me parece que no. Que más bien arroja sospechas sobre su verdadero valor literario, pues un poeta consagrado no tiene nada más que decir de ella, que lo posiblemente dicho en la contratapa del libro.

¿Necesitamos textos así? ¿Se justifica que una voz consagrada en nuestras letras nos ofrezca a los narradores jóvenes un material de tan relativa calidad como su contribución a la difusión de nuestro trabajo? ¿No nos merecemos nada más?

Quizás no. Quizás ese sea el problema: se ha hablado mucho de este “boom narrativo”, y se ha leído y pensado poco. Quizás. En todo caso, gracias por propiciar el espacio para que pueda hacer(¿-me? ¿-les?) estas preguntas. Pido disculpas de antemano si mis consideraciones ofenden o producen algún tipo de urticaria.

Saludos, gp

Rafael Osío Cabrices
9 de Diciembre, 2009

Yo no encuentro tantos problemas en la nota del poeta Marta Sosa pero respaldo varias de las preguntas de Gabriel. Si 80% de la población venezolana vive en ciudades de más de 500.000 habitantes, ¿cómo no va a ser urbana nuestra narrativa? Es lo mismo que se dice sobre la crónica que se hace, que es urbana. Y sí, coincido en que el aparente o inexistente, según se mire, boom local merece más revisión. Lo digo a sabiendas de que yo mismo puedo haber sido uno de los que más ha comentado la efervescencia de la producción literaria en la Venezuela del presente; y sigo pensando que hay mucha gente escribiendo, mucha gente escribiendo cosas bastante buenas y un notable apoyo de las editoriales, que no será suficiente pero es mayor que el que había hace unos años. En fin, es un tema para conversar, y lo que plantea Gabriel -en mi opinión, de las voces nuevas más interesantes- merece ser considerado.

Rafael Arráiz Lucca
9 de Diciembre, 2009

El tema propuesto por Gabriel es sumamente interesante: ¿si la mayoría vive en ciudades (86% de los venezolanos) y escriben sobre su entorno, pues toda la narrativa será urbana? Es un tema para abordar. Propongo que convoquemos en enero un conversatorio en la Fundación para la Cultura Urbana sobre el asunto. Deberían participar todos los interesados. Los arcángeles Gabriel y Rafael podrían ayudarnos a convocar la conversación entre colegas.

Joaquín Marta Sosa
9 de Diciembre, 2009

Agradezco especialmente a Gabriel Payares, pero también a Rafael Osío Cabrices y a Rafael Arráiz Lucca que se hayan ocupado de mi texto. En efecto, mi intención en estas reseñas es la de interesar en la lectura de determinados libros, no a los especialistas ni a los escriores, sino al común que se asoma a estas páginas, y lo que en escribí en esta lo sigo confirmando, tenga la originalidad que tenga (o no tenga ninguna) y la densidad que aporte (acaso ninguna), pero tracé lo que me pareció más significativo en esa selección. Por otra parte, creo que de mi texto se deriva que lo urbano es algo más que el vivir en la ciudad, pues se puede vivir en ella apresado un imaginaro rural, premoderno, preurbanita, sin duda. Así como el hecho de que la inmensa mayoría viva en ciudades no convierte directa y automáticamente en “urbana” toda la narrativa (ver a Ednodio Quintero, por ejemplo, y al propio Gabriel Payares en dos cuentos: “EL duro” es plenamente narrativa urbana, no así “Génesis”). Así que no es irrelevante hablar de lo urbano como rasgo de la literatura pues no todo lo que se hace en este territorio lo exhibe. Es verdad,un cuento que ocurra en la Amazonia puede ser absolutamente urbano, y uno que ocurra en Caracas puede ser paradójicamente selvático. Lo urbano es una territorialidad, pero es mucho más que eso, es una comprensión especifica del mundo y un modo de advertir la realidad (inmediatez, asedio, suspicacia, solitariedad, sofoco interior, nostalgia por la naturaleza perdida, modalidades de alienación…). E intenté decir, creo que lo hago, que en los relatos de “Quince que cuentan” todo eso, aquí y allá, está presente. Dos cosas finales: en mi texto no se incurre en ninguna contradicción; puede ser insuficiente para algunos, o para todos, pero no tiene contradicciones; y si, en efecto, hay generalizaciones (¿y por qué son malas?, ¿lo son siempre?) que me parece que apuntan a darle un trazo global, comunicante entre los quince relatos que que están en el libro. Esos son mis dedos en las llagas, seguramente hay dedos mejores y llagas más sensibles, bien, allí está el libro, y otros muchos, apunten a ellas y digan lo que crean que deba o pueda sostenerse. Es verdad, los nuevos relatistas merecen más y mucha mejor atención porque, sí, reafirmo, estamos ante una innegable edad “dorada” de la narrativa; que se puede discutir y discutir mejor y decir mejores y más petinentes cosas, no lo he dudado ni un momento. Que la polémica que enciende Gabriel Payares me parece importante, sin duda. Si para eso sirve mi pequeña puesta en escena, pues está valiendo para más de lo que me propuse.

Gabriel Payares
11 de Diciembre, 2009

Joaquín, entiendo y respeto su posición y sus opiniones. Sin embargo, me gustaría, por el puro gusto, acotar algunos datos más al debate.

Me resulta muy curioso que afirme -ya que utilizó dos de mis cuentos a modo de ejemplo, se me perdonará la falta de decoro de comentarlos- que “El Duro” sea “plenamente narrativa urbana”, considerando no sólo que está ambientado en el Barrio de Las Tunitas en la costa Varguense (y se haga mucha más mención a la playa y a maiquetía, que a la urbe, si a ver vamos), sino que tiene en él muchísima importancia la figura del Silbón, perteneciente a un imaginario bastante rural, si no me equivoco. No estoy, ojo, afirmando que sea un cuento rural, ni que no sea un cuento urbano. Yo no lo sabría decir.

Lo segundo, es que “Génesis…”, cuento que afirma no ser narrativa urbana, fue justamente el relato que leí en la III Semana de la Nueva Narrativa Urbana. ¿Algo urbano ha de haber tenido, no?

Pues no necesariamente. Y ese es precisamente mi punto, más que combatir sus apreciaciones, que agradezco inmensamente: apuntar a la inasible relatividad de un concepto como “urbano”, cuando no hay nada a qué contraponerlo. Lo poco práctico y utilizable que es. Estoy de acuerdo en que el modo de vida “urbano” -si es que sabemos de eso quienes vivimos en Caracas- posee ciertas características que se imprimen en la conciencia y por lo tanto en la escritura. Pero no sabría yo decir si es una categoría del todo justificable, o si más bien cumple con otros cometidos políticos, sociales y paraliterarios que no viene a cuento mencionar aquí, y que tal vez podrían sincerarse. A fin de cuentas, ¿podemos comprobar que los 15 cuentos de los 15 narradores de cada una de las 4 ediciones de la SNNU poseen realmente un marcado carácter urbano? ¿Acaso estuvo alguna vez entre las bases de la SNNU que los relatos fuesen estrictamente urbanos en algún sentido determinado?

Y ya en otro orden de ideas, me tomaría la libertad para, con el debido respeto, cuestionar lo que a mis ojos luce como una afirmación un tanto riesgosa. No creo yo que estemos ni remotamente cerca de “una edad dorada de nuestra narrativa”. Y pienso, humildemente, que afirmar algo así es incluso contraproducente para quienes estamos intentando construir nuestras propias voces literarias, valiéndonos, cual trampolín, de este provechoso momento editorial, que según algunos tiene más de fenómeno económico contingente que de generación espontánea de un interés nacional. Creo que caer en una suerte de megalomanía literaria, similar además a la que se experimentó con la Vino Tinto (“¡Ahora sí vamos al mundial!”), es un riesgo que las generaciones más jóvenes no podemos permitirnos. Porque significa, tal y como pasa en nuestra cultura mayamera con las modas, que se nos consagrará rápido y fácil, y luego se nos olvidará aún más velozmente. Y el apoyo editorial que tenemos en este momento, y que no había antes -como lo señala Rafael Osío-, se irá con el sonido de las trompetas.

En todo caso: ¿dónde, si es ésta una edad dorada de nuestra narrativa, están nuestros premios internacionales, nuestras obras traducidas a múltiples idiomas, nuestras diversas y extensas publicaciones reseñando el fenómeno, o nuestros narradores generando nuevos clásicos latinoamericanos? ¿No será preferible pensar que el país está apostando por la pluralidad de nuevas voces que comienzan a surgir (muchas de las cuales, por ejemplo, apenas tenemos un primer libro), y de las cuales, a la larga, algunos buenos escritores quedarán? ¿No estaremos confundiendo un buen momento editorial con un buen momento literario?

Saludos, gp

Carlos Villarino
12 de Diciembre, 2009

Sólo un breve comentario sobre un punto en particular, ya que se debaten diferentes asuntos a la vez. Siempre he sentido curiosidad por conocer los criterios que usan los amables comentaristas cuando reseñan un texto, sobre todo en el caso de la narrativa. Lamentablemente no abundan en ese sentido, no nos ofrecen, no siempre quiero decir, de manera abierta y razonada los criterios que usan para respaldar ciertas propuestas. Entiendo el valor divulgativo de las reseñas, pero tal vez ganaríamos mucho en términos de diálogo si nuestro interlocutor (el comentarista) nos plantea de manera más explícita los argumentos que lo llevan a ciertas conclusiones.

En algunos casos, cuando me encuentro con textos como éste, recuerdo cierta afirmación del formalista ruso Iuri Tynianov: “Nosotros, al igual que todos nuestros contemporáneos, hacemos un signo de equivalencia entre ‘lo nuevo’ y ‘lo bueno’. Por lo tanto, en las épocas en las que todos los poetas escriben ‘bien’, será genial un poeta ‘malo’…” Creo que es aplicable, a veces, a nuestra propia tendencia nacional en narrativa.

Celebro la buena salud de la narrativa nacional, pero tal vez lo “genial” sería que si nos topamos con un narrador (o poeta como quería Tynianov) muy malo, entonces se puedan, o nos permitamos, formular (en las reseñas y comentarios) de manera más explícita los criterios con los que juzgamos al resto como muy buenos.

Saludos cordiales para todos.

Norman Ray
14 de Agosto, 2010

Primero que nada reciban un saludo cordial, nadie me conoce, así que poco o nada importa mi verdadero nombre. Con todo respeto quiero expresarles que me alegro mucho por los jóvenes, se habla mucho sobre una literatura escrita por jóvenes… pero… tengan presente que hay cuarentones con toooooda una vida de escritura inédita, (desde la infancia) que son y se sienten escritores de oficio por la cantidad de años que tiene en esto y por la extensión de su obra, y que ahora, debido a cierto apoyo editorial, es que están emergiendo. Para ellos no es fácil, y si son mujeres… imaginen. (!!!). Bueno, es sólo una reflexión que seguramente no despertará demasiado interés, no lo vayan a tomar a mal. Un saludo a todos.

Rafael Victorino Muñoz
14 de Marzo, 2011

Cuando uno escribe un cuento policial, está claro por qué es policial; lo mismo pasa si es erótico, si es histórico, si ecologista, de ciencia ficción, de viajes, de aventuras, de deportes, de terror o fantástico puro. Qué es lo difícil al definir lo urbano como un (sub) género dentro de la narrativa? Yo mismo no lo sé bien, pero si tengo claro que nunca me invitan a los encuentros de narradores llaneros, ni a los andinos, ni a los orientales ni mucho menos a los zulianos. Será que el asunto es de nosotros los centrales que hemos hecho de la gran ciudad nuestro exclusivo hábitat y nuestro exclusivo tema, y que no lanzamos a los personajes a un largo tránsito por una selva sino que los encerramos en un ascensor, en una cola o en un centro comercial? Sea como sea, ya que no cabemos en ninguna otra etiqueta (por tema o por razones geo-culturales), déjenme la de narrador urbano. Y como dirían Los Prisioneros: “únanse al baile de los que sobran”.

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