Por Alejandro Oliveros | 25 de Noviembre, 2009

1.05 am

De regreso de una cena gratísima en casa de Elías y Rosalba Pino, compartida con Antonio y Nela López Ortega, me han venido unas inesperadas ganas de escribir, estimulado por el fin de una obligada abstinencia de dos semanas. Ya frente a este cuaderno, fabricado en la Ferrara de Constanza, me pregunto sobre qué escribir. A duras penas consigo reproducir la sublime grabación de Maria Cristina Kiehr, el legendario registro de canciones de Scarlatti que compré un buen día del invierno de 2002, en Toulouse.

Por otra parte, sigo aspirando la nicotina, buena para el espíritu, de un estupendo “short Churchill”, mientras busco algo qué decir en una cabeza salpicada con el generoso Buchannan’s de Elías. Es difícil no referirse a la ruina y vergüenza de esta Venezuela que los de mi generación fuimos deshaciendo sin darnos demasiada cuenta. En un momento de la reunión, antes de ir a la mesa, les comunico a los queridos amigos una intuición que me visita desde hace un tiempo. La de que somos uno de los pocos casos de la historia de una mayoría acorralada, acosada y maltratada por una minoría. Nuevas formas de dominación, que tendremos que enfrentar en los nuevos tiempos, la dictadura de la minoría es una de ellas. Los nuevos tiempos se han presentado con contornos imprecisos, como el que padece de visión borrosa. Es una buena época para los oftalmólogos. Que nos aseguren que no alucinamos, que lo que vemos es lo que, en realidad, es. Y es menester llamarlo por su nombre. Si lo que vemos es una montaña, es porque es una montaña. Si lo que vemos es una tiranía, es porque es una tiranía. Si lo que vemos es fascismo, es porque es fascismo. Una buena retina no necesita anteojos.

Alejandro Oliveros 

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