Desarrollo
Casa entre dioses y opresores
Libre lectura Por Joaquín Marta Sosa En estos días se levantó en la ciudad una feria internacional del libro, y se hizo en homenaje a uno de los escasísimos sabios sosegados que pueblan la tierra, J. M. Briceño Guerrero (Palmarito, estado Apure, 1929). Bienvenidos sean feria y homenaje… pero no, distingamos entre la una y el otro. [...]
Libre lectura
Por Joaquín Marta Sosa
En estos días se levantó en la ciudad una feria internacional del libro, y se hizo en homenaje a uno de los escasísimos sabios sosegados que pueblan la tierra, J. M. Briceño Guerrero (Palmarito, estado Apure, 1929). Bienvenidos sean feria y homenaje… pero no, distingamos entre la una y el otro. La feria, esa al menos, no sigue fielmente el significado de esos eventos, es decir, la exposición de aquello que puede presentarse y obtenerse, sin limitaciones más allá de que los productos tengan buen ver, sean de calidad impecable y tengan capacidad de enamoramiento entre los feriantes que pasean distraídos o embelesados por sus caminerías. Si hay restricción por causas doctrinarias, o de limpieza de sangre política e ideológica, por estigmatización más o menos dogmática de productores, la feria deja de serlo y se convierte en muestrario de secta, en vitrina de segregación; no es feria, abierta por su misma naturaleza, sino cuartel cuyos portones anuncian que el derecho de admisión se ha restringido. Eso fue esa feria del libro que no fue feria, o no lo fue del todo, sino muestrario de un raro elitismo (o no tan raro si echamos una ojeada a la historia) que en nombre de la más amplia de las igualdades se asienta en un célebre refrán de Cantinflas: “todos somos iguales pero unos somos más iguales que otros.” Patrocinar una feria para prohibir la entrada de ciertos libros y determinados autores, o privilegiar por encima de otros el ingreso de ciertos títulos y determinados escritores, es poco menos que una fechoría.
Que un evento así resolviera cobijarse con el homenaje y nombre de Briceño Guerrero resulta un extravío. El mismo agasajado, para quienes quisieran oírlo lo dijo en una entrevista con una claridad sin reservas: “La creación artística debe estar ligada a la libertad. La cultura usada a favor de una línea ideológica es una herramienta que se ha empleado en varias oportunidades y en varios países y todos han fracasado.” Y en otra más reciente asevera que “Nosotros no podemos rechazar lo europeo porque sería rechazarnos a nosotros mismos, pero tampoco podemos rechazar lo indígena y considerarlo inferior, ni tampoco lo africano. Para apuntar más adelante que “El que se meta a político tiene que aceptar que tiene que ser un artista (…) y ver que hace con esa multiplicidad y no caer en la peleíta de insultarse y cosas así.”
Para la inauguración del evento, cuándo no, fue invitado a discursear el presidente de la República. Sin que le temblara un solo músculo de la cara y ninguna sinapsis o sindéresis, sentó cátedra. De acuerdo con su peculiarísima manera de entender los fines del libro y la lectura, éstos son para “aprender a hacer una lectura política de la sociedad”. El origen de esta idea es obvio, procede de los reduccionismos y de las ideologías correosas, en especial de la arcaico-marxista. Según ésta, la sociedad es un resultado que está más o menos rigurosamente determinado por dos causas, la económica que establece las bases del dominio, y la ideológica que funda los asientos del pensar (los dominados, asevera, piensan con el pensamiento de los dominadores). Y esta trama persistirá incluso a lo largo y ancho de los procesos revolucionarios mientras no abran las inciertas y remotísimas puertas de la liberación universal. Entre tanto, los feriantes especializados en pócimas capaces de curar hasta enfermedades que no existen, venden al por mayor y al por menor sus botellas. ¿Qué líquido o polvo o grano o vaho contienen? Pues una mezcla muy simple: control de la economía para monopolizar la riqueza y su distribución selectiva, y dominio sobre la política para extrañar de ella a cualquier competidor. Dicho de modo más directo, sus brebajes son tóxicos para postrarnos ante su hegemonía.
En esa mezcla, el factor más importante es el neo-analfabetismo cuya receta consiste en que no haya analfabetos para que todos puedan leer lo que se les imponga o permita leer. Así, leer con el objetivo único de lograr la “comprensión política de la sociedad” significa ni más ni menos que sólo se debe pensar a la sociedad desde el pensamiento de quienes se han adueñado del poder (lo mismo de lo que acusan a la sociedad clasista y alienante). Como se observa, es una magnífica y trucada vuelta de tuerca que le permite a los explotados el derecho de transformar su enajenación económica en alienación política. En China, época de Mao, advertí una insospechable cantidad de lectores, pero que todos leían el mismo texto, El Libro Rojo de Mao. Se alfabetizaba a los pobladores para convertirlos en analfabetos de la libertad y, por tanto, de la cultura y la creación.
La obra entera de J. M. Briceño Guerrero, anda por otros caminos, por muy distintos mares (Amor y terror de las palabras, El laberinto de los tres minotauros, Discurso salvaje…), los de pensar con cabeza propia, irrumpir contra la rutina cultural e intelectual, plantearse la creación como fractura de los pesos muertos que amenazan con hacer de la cultura un cementerio que no es para honrar muertos sino para engullir una comilona de fósiles. En la compilación de una cuarentena de sus ensayos fundamentales, además de algún discurso o conferencia, titulada Mi casa de los dioses, ese modo honrado de proceder y de quehacer cobra una alta orografía y abandona toda conmiseración con la buena conciencia del status y hasta con las cortesías de salón.
Veamos. En su indagación sobre la educación, señala que en el maestro lo principal es tomar su oficio con amor, más allá de la trasmisión de doctrinas pues devienen en “inútiles -cuando no entorpecedoras-”; sobre el poder afirma que “no necesita ubicar permanentemente su centro de decisión y comando en un sólo individuo o en una familia sola”; en el abordaje de “los tres discursos de fondo del pensamiento americano” (el europeo, el cristiano-hispánico o mantuano y el salvaje) concluye que “el conjunto de la situación aleja al americano de la toma de conciencia integral de sí mismo, de su realidad social (…) No ha habido en América un tipo de mestizaje que produzca un nuevo tipo humano (…) no ha producido una cultura nueva, no ha producido valores nuevos (…) el supuesto Estado no es ningún Estado sino un aparato apropiado por asalto democrático por grupos que no tienen ni la menor idea de lo que significa la eticidad colectiva”, para hundir luego sus manos en al tema de la legitimidad del poder y subrayar que la “tentación a manejar lo no fáctico como si fuera fáctico, cediendo a la tentación manipulatoria” nos descentra de la liberación como proyecto cultural; y acerca de las universidades plantea una cuestión dramáticamente crucial puesto que “no es legítimo que la universidad sirva al Estado porque la universidad, en su esencia, proviene del fondo último de la condición humana con igual originariedad que el Estado. La voluntad de saber no es menos radical que la necesidad de organizarse, ni depende de ella, sino que se constela con ella manteniendo su propia especificidad”, por tanto, el pensamiento no puede ser políticamente servil ni reducirse a las muy externas costuras políticas de la realidad. El acto de pensar como acción para el saber es mucho más diverso y amplio, tal y como la libertad lo exige diariamente pues en última instancia lo que resulta realmente valioso para él es que “gobernaré los dioses de mi casa y con ellos y con la casa total convertida en nave espacial me elevaré hasta mi vagamente recordado padre y lo obligaré a responderme una pregunta.” Esta es, y no otra, la aventura del pensamiento, la que supone justamente eso, un aventurarse por rutas inciertas o asuntos inquietantes, sin doblegarse a las ópticas del poder o del no poder. Y deviene en “casa de los dioses” porque es radicalmente mansión de las mujeres y los hombres de esta especie nuestra cuya casa es “el sueño, el trance, la pasión y la angustia” -dice-, no las estrategias de aprendizaje para que sólo aprendamos lo que otros, vigilándonos desde altos tronos, pretenden inocularnos. Sí, hacerle una pregunta al padre y obligarlo a responder más allá de la mudez o de las consignas empalagosas. Es decir, el verdadero pensar no tiene ni acepta padre sino que busca serenamente los frutos de su trajín. En materia del pensar, los frutos nutren y los padres castran.
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J. M. Briceño Guerrero
MI CASA DE LOS DIOSES
Ediciones del Vicerrectorado Académico / Universidad de Los Andes, Mérida, 2003




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24 de Noviembre, 2009
Me gustó mucho tu análisis de la feria. Me da curiosidad saber si te acercaste. También me parece acertada tu referencia Mao. Aquí mismo en Prodavinci se han citado las palabras de Mao: Mao tenía muy claro cuáles eran los pilares sobre los que descansaban la revolución China, y así se lo comentó a un grupo de estudiantes en 1957:
“Nuestra China tiene dos cosas, una, pobreza; la otra, ignorancia…los chinos son analfabetos. El estándar de vida es muy bajo; el nivel educativo es muy bajo. Nuestra revolución se sostiene sobre esas dos cosas. Si China se convirtiera en un país próspero y lograra un estándar de vida como el del mundo occidental, la gente no querrá revolución”
http://prodavinci.com/2009/05/19/china-y-el-capitalismo-como-necesidad/