Testimonios inmigrantes

Literatura y vida de Victoria De Stefano

Por Prodavinci | 18 de noviembre, 2009

victoriaPor Guadalupe Burelli

Pasé una tarde conversando con Victoria De Stefano en su casa de Sebucán. Al llegar preparamos un café en la cocina y nos sentamos en el salón frente al grabador para comenzar a hilvanar la épica de la familia De Stefano en su periplo a América y su vida, siempre acompañada de literatura, en la tierra que pisa desde niña. Hay un modo de estar tan sereno en Victoria que la conversación fluye sedosa, sin vaivenes, en el ritmo pausado que dicta su hablar. Ella, una de nuestras más destacadas narradoras, es una mujer tímida y discreta que en algún momento se valió del psicoanálisis para poder superar el terror que le causaba enfrentarse a la masa humana que representaban sus alumnos.

¿Dónde naciste, y en qué circunstancias llegaste a Venezuela?

Nací en Rimini el 21 de junio de 1940. Poco después de terminar la guerra, en 1946, mi familia viene a Venezuela, en un barco de guerra, acondicionado para pasajeros, vía Nueva York. Después a Maiquetía, con escala en Miami, en un tormentoso vuelo de Panamerican. Mi abuelo llegó a Caracas en 1936, dos de mis tíos en el 34, entiendo que motivados por la depresión de los años 30. Mi abuelo había vivido en México, en Chihuahua, entre 1894 y 1901, dedicado a la explotación de una mina de plata, en Torreón, que respondía al bello nombre de Lepanto, posteriormente vuelve a México, pero esta vez a Monterrey, donde sus primos eran accionistas de una fundición de plata. Cuando llegamos a Caracas éramos una familia de cinco hermanos, yo era la cuarta. Cuatro más nacerán aquí. Dos de ellos perderán la vida, junto con mi madre, en el terremoto de 1967.

¿Dónde realizaste tus estudios?

Yo estudio toda la primaria y el bachillerato en el Instituto Politécnico Educacional, un colegio laico de señoritas. Entro a los siete años. Allí aprendo a leer y escribir. No recuerdo que el paso de una lengua a otra haya representado ningún trauma para mí, ni siquiera recuerdo que haya existido tal paso. Tengo la impresión de que salté inmediata e insensiblemente del italiano al español. Lo que sí recuerdo es haber aprendido a leer tarde, a los siete o cerca de los ocho a diferencia de mis hermanas que lo hicieron bastante pronto. Cuando al ir al cine logré controlar por primera vez los títulos y la imagen, sentí una gran emoción.

¿Qué recuerdos tienes de tu infancia y adolescencia caraqueñas?

Mi infancia fue muy caraqueña. Vivíamos en la segunda avenida de Las Delicias e íbamos caminando a la escuela, que al principio estaba en lo que es hoy la Funeraria Vallés. Después se mudó a Los Cedros, a dos cuadras de nuestra casa. En las vacaciones mi hermana Luciana y yo íbamos a una hacienda en Santa Teresa del Tuy, a pasar temporadas o de excursión a Paracotos, o a la Fila de Mariches con el doctor Rafael Vegas y sus hijas, que eran muy amigas nuestras. Desde niña fui muy lectora, mi padre y mi madre también eran buenos lectores. Él era economista y ella había estudiado el liceo clásico y en Venecia, antes de casarse, asistía a la universidad para estudiar idiomas. De niña veía pasear cerca de la casa al poeta Jorge Smidchke, tenía un verdadero aspecto de poeta, vestía de negro, llevaba el pelo largo. Cuando iba a la escuela me encontraba con Felipe Massiani en el jardín de su casa, siempre me saludaba e intercambiamos algunas palabras. También recuerdo a Antonio Arráiz que vivía en Las Delicias en la quinta «Página», ese nombre me llamaba mucho la atención. Tenía una camioneta Ford y con frecuencia se lo podía ver con la cabeza metida dentro del capó. A comienzos del 58, en medio de la gran agitación que precedió a la caída de la dictadura, terminé el bachillerato e inmediatamente me inscribí en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central. Terminada la dictadura se respiraba una atmósfera de gran libertad y muchos cambios, radicales, diría yo. Me casé con Pedro Duno en el segundo año de la carrera, tuve dos hijos, me gradué.

¿Los nombres de algunos compañeros de estudio?

Claro… Alberto Filipi, Rafael Cadenas, Guillent Pérez, Elizabeth Nietzsche, el poeta José Rafael Muñoz.

¿En qué año terminaste la universidad?

En el 62, y ese mismo año empiezo a trabajar en el Instituto de Filosofía con el doctor García Bacca. Era un momento políticamente muy duro.

Que entiendo afectó mucho tu vida personal…

Cuando nace mi segundo hijo ya Pedro está preso, después pasa a la clandestinidad y luego salimos del país a fines del 62, si mal no recuerdo, porque ésa fue una época tan rápida y enredada que a veces se me pierden las fechas.

¿A qué parte fueron?

Estuvimos primero en Cuba un tiempo; después en Argelia, en Suiza, en Francia, un tiempo en Barcelona, en realidad, en Sitges, y otra vez volvimos a París hasta que decidimos regresar.

¿Cuánto duró ese periplo?

Casi cinco años.

¿Cómo fue esa experiencia de tanta incertidumbre para ti que eras una mujer joven con dos niños pequeños?

Fuerte, de estrechez e incertidumbre, sí, sin duda. Yo estaba siempre con los niños, y me di cuenta de que, aparte de ocuparme de ellos, lo único que podía hacer era leer, estudiar y prepararme por mi cuenta. Traté de estudiar en el Centro Sensier para profesores en París, pero a los dos o tres meses comprobé que era imposible seguir, tenía que salir antes de que terminaran las clases y correr al metro para buscar a los niños en el colegio y perdía muchas clases. Además, me aburría enormemente, así que decidí que debía abandonar y concentrarme en lo que más me importaba, leer y escribir. En el 66 volvemos a Venezuela, Pedro cae preso poco después, y en el 67 es el terremoto donde mueren mi madre, joven, tenía 54 años, y dos hermanos, uno de 18 y el más pequeño, el noveno de la familia, que tenía 8.

¡Qué tragedia! Debió ser una catástrofe familiar.

Claro, para todos, pero sobre todo para mi padre y mis hermanas menores, que eran muy niñas todavía. Para ellas y para papá fue un terrible descalabro. Papá tuvo que soportarlo con mucho dolor, pero con gran entereza.

¿A qué te dedicaste luego de ese golpe tan tremendo?

Entré a la universidad otra vez, al Instituto de Filosofía. Pero en el 70, por complicaciones políticas, nos fuimos un año a vivir a Chile de donde volvemos a fines del 71, cuando ya se veía que iba a ocurrir lo que al fin ocurriría. Al volver, a Pedro lo están esperando para ponerlo preso. Sale indultado poco después, durante el gobierno de Caldera. Eran los años de la pacificación. Es en esa época cuando nos separamos. Yo sigo en la universidad, doy clases en la Escuela de Filosofía, y cuando se abre la Escuela de Arte, me encargo de la cátedra de Estética y posteriormente dicto clases de Teorías y Estructuras Dramáticas. Iba asustadísima porque cambiar de una escuela pequeñita, como la de Filosofía, a dar clases en un auditorio grandísimo ante cien y más alumnos que había en Arte era intimidante…

¿Ya para ese entonces habías empezado a escribir novelas?

Yo escribí un primer libro ensayo en 1970, una novela El desolvido, publicada en 1974, pero, sí, claro, antes yo escribí muchas cosas que dieron como resultado las futuras novelas.

Paralelamente a todas tus novelas escribías ensayos.

Sí, escribí Sartre y el marxismo que fue publicado en 1976, después una serie de ensayos, no libros sino ensayos, publicados en diversas revistas. En 1984 se publica Poesía y modernidad, después, en 1985, La noche llama a la noche.

Eso lo publicó Monte Ávila.

Sí. Las personas que favorecieron la posibilidad de que se publicara fueron Oscar Rodríguez Ortiz, Oswaldo Trejo, porque pasó por varias administraciones, Guillermo Sucre, que fue uno de los lectores de la novela, por último, Néstor Leal y Eugenio Montejo. Después vienen Cabo de vida, El lugar del escritor, que es una novela y no un ensayo como muchos creyeron, Historias de la marcha a pie, Lluvia, y esta última, Pedir demasiado.

De manera paralela entonces ha alternado la escritura de ensayo y novela. ¿No has incursionado en el cuento?

Ha sido así, aunque sólo he publicado dos libros de ensayos, porque los seminarios me permitían desarrollar y ordenar algunas cosas por escrito, pero cuando me jubilo siento que ha llegado la hora de hacer lo que yo realmente quería hacer: escribir novelas. En cuanto a los cuentos, he escrito sólo dos, uno que salió en la revista Tabla Redonda, creo que en el 61, y otro titulado «Arreglo de cuentas» que apareció en la revista Cambio. En los cuentos he incursionado poco, tal vez lo vuelva a hacer, pero creo que me siento más cómoda con la novela y en el formato de novela corta, aunque Historias de la marcha a pie, Cabo de vida y La noche llama a la noche son novelas no muy largas, pero de un formato mayor.

¿En algunas de tus novelas metabolizas lo que fue su vida en los años 60?

Creo que en La noche llama a la noche y de alguna manera en las Historias de la marcha a pie también está. Esa novela comienza con una visita a un amigo enfermo donde revivo la subida para ir a mi apartamento en la ciudad de Argelia; se puede decir que aquí también hay una reconstrucción de lo que resta de la memoria de mi pasado, aunque la novela gire alrededor de un personaje que se llama Bernardo. Sin embargo, me gustan las historias que pudiendo pasar por mi vida van más allá de lo personal.

En tus novelas se advierte una insistencia en la presencia del narrador…

Sí, la presencia del narrador está allí como un elemento importante dentro de la novela

¿Y se pudiera decir que ese narrador muchas veces es autorreferencial?

Algunas veces el narrador es narradora como en Historia de la marcha a pie, pero en otras hay un narrador varón.

Tu propia vida está presente en la obra de ficción…

Como en la de todos los escritores, en algunos como por evacuación, si puede decirse así. En el mío se da por reconstrucción -no deliberada, entra y sale sola y sin que uno se dé mucha cuenta- y a través de otros personajes.

Los viejos son también figuras recurrentes en tu obra …

Con frecuencia aparecen viejos. A Oswaldo Trejo lo que más le gustó de La noche llama a la noche, es el viejo al que secuestran y que no vuelve a aparecer, porque por él no pagan el rescate.

Es terrible esa historia y entiendo que es una historia verdadera que te contó un amigo.

Un muchacho argentino que se llamaba Esteban.

También hay esa constante de personajes que aparecen y desaparecen.

Yo vi la película de Antonioni, La Aventura en la que una mujer desaparece en un viaje en un yate y no se sabe si ha muerto o si ha huido. En ese entonces yo estaba bien avanzada en la novela y había decidido que el narrador no puede saber todo de los personajes. Esa película me dio el pie para seguir adelante con una novela donde uno de los personajes desaparece. Si la gente desaparece en la realidad también puede desaparecer en la ficción.

Eso ocurre, que nos topamos con gente que son importantísimas en algún momento de la vida de uno y luego desaparecen completamente. En tu caso, que tuviste tantos años de errancia, te habrás topado con muchas personas de las que luego no supiste nunca más…

Claro, por ejemplo, ahora que hablé de Esteban pienso qué se habrá hecho él, ¿dónde estará Esteban? ¿Estará vivo o muerto? ¿Se habrá arreglado la dentadura que tenía destrozada?

También están presentes en tu obra los cambios bruscos, los golpes de suerte, los encuentros o circunstancias imprevistas que cambian un destino súbitamente.

Eso es lo maravilloso de la vida. Si la vida no tiene sorpresas ¿de qué sirve? Uno ve su vida hacia atrás y piensa todas las cosas que hubieran podido ser diferentes. Cuando yo estaba en la fila para inscribirme en la universidad, si me hubiera inscrito en la escuela de Letras y no en Filosofía, tal vez me hubiera convertido exclusivamente en una profesora de Literatura y no en alguien que escribe, yo siento que esa elección de alguna manera fue providencial o fatal porque la literatura quedó como un territorio libre y privado y el de la filosofía como el permitido para la especulación.

Que podía convivir perfectamente con lo otro, y quizás de una manera mucho más interesante.

Lo pienso así.

Esas decisiones pueden ser afortunadas o no, en tu libro Lluvia, hay una frase que dice: «Una decisión equivocada, tomada a la ligera y en situación de premura, puede hacerle a uno desgraciado para toda la vida».

La vida te pone a tomar decisiones y a veces las toma a espaldas tuyas, entonces a partir de allí uno, esforzadamente, colabora con su destino o trata de contrariarlo.

Así es. ¿Cómo hubiera sido tu vida si sus padres no hubieran decidido venir a Venezuela?

Fue una decisión de mis padres, si ellos en vez de venir a Venezuela, y si mi abuelo hubiera emigrado otra vez a México, porque allá tenía una familia grande establecida, en vez de a Venezuela, o hubiera ido a Nueva York, adonde iban tantos italianos, habría sido otra mi vida… Una vida que apenas alcanzo a imaginar.

¿Existe para ti una la literatura femenina?

Cuando me siento a escribir no soy mujer, no soy hombre, puedo ser joven, puedo ser vieja, puedo ser niño, puedo ser algo completamente diferente, yo creo que en ese momento uno pertenece al mundo de la literatura, de lo que se ha escrito. Obviamente, hay algo que es literatura femenina, literatura de género, o como se la quiera llamar.

De la libertad total.

De la libertad total, sí. Yo creo que si hay un lugar en el cual se puede ver cómo funciona la libertad es en la literatura, claro que es una libertad con sus reglas de hierro, que es la materia con la que tú trabajas, que son estas palabras, el lenguaje; de alguna manera hay un momento en que tienes todos esos instrumentos, esos materiales alrededor tuyo y puedes hacer con ellos lo que te dicta tu voluntad y tu deseo. La voluntad y los deseos de lo que se está creando también.

Eso es maravilloso. Generalmente la mayoría de los escritores hablan del proceso de escribir como un proceso sumamente doloroso, ¿para ti lo es?

Cuando era muy joven sí, porque está la inseguridad más presente, está uno un poco pendiente del posible reconocimiento; desde que publiqué mi primer libro en los 70, hasta hace poco tiempo, no he conocido lo que la gente llama el éxito, es decir, he escrito porque quería escribir. Era muy difícil publicar, todo ha sido muy difícil, pero eso no me ha quitado las ganas de escribir. Es una necesidad.

¿A quién lees, qué escritores te interesan?

En realidad, insisto en leer a los grandes maestros, a los que lo son para mí. Vuelvo a ellos siempre. Hay unos que me los leo cinco o seis veces.

¿Como por ejemplo?

He leído La montaña mágica no sé cuántas veces, a veces completa, a veces -como ya prácticamente el libro lo tienes en tu cabeza-, uno se dice déjame ir a esta parte, déjame ir aquí, déjame ir allá; sigo leyendo filosofía, me gusta mucho leer a Kirkegaard, a Nietszche, a Schopenhauer, incluso a veces puedo leer a Kant, cosa que cuando estudiaba filosofía me producía no diría hastío, sino cierto desaliento, porque me costaba mucho. Ahora los leo con libertad, con gusto, tomando aquello que me interesa, no con los fines de ser examinada en algún
tribunal de sabios.

Eso hace una gran diferencia porque alude a la libertad y al placer…

Quisiera recordar que el bachillerato de mi época era mucho más vernáculo que el bachillerato posterior, incluso que el de ahora, uno leía a Rubén Darío, a Gabriela Mistral, a Pérez Bonalde, y creo que los leí con placer, pero no es lo mismo cuando tú vas hacia ellos. Aquello que yo leí cuando era muchacha y que me impresionó tanto, pues vamos a volverlo a leer. También me gustan los escritores contemporáneos que son muy modernos, en los que yo puedo ver cómo ven la sociedad, cómo ven las relaciones entre los personajes y el mundo, cómo proceden, qué hace, qué no hacen, lo que callan…

Se dice que Venezuela es un país más de poetas que de narradores.

Así es, dentro de la tradición de la literatura venezolana, el poeta ha tenido más peso que el narrador. Llegará el día en que haya tantos o tan buenos narradores como poetas, pero no los podemos medir por cantidad. De todas maneras, uno tiene que recordar que frente a la poesía la novela está más contaminada, y que la poesía es la poesía, buena o mala; pero en la narración de una novela se intercambian muchos niveles, el nivel de la alta literatura, de la literatura que no es tal, o que lo es sólo a medias, esos límites no están tan bien demarcados en la literatura de ficción. De hecho, mucha gente cree, y todavía existe el prejuicio, que la novela es sólo entretenimiento. Sin duda, lo es, pero también es conocimiento.

No es sólo entretenimiento, pero es una virtud que sea entretenida, que te atrape y no la puedas soltar, ese es el máximo placer ¿no?

Pero fíjate que, cuando a uno le gusta mucho una novela, uno se detiene. No quieres que se acabe y vuelves otra vez. Hay novelas que desarrollan unos universos tan vastos, tan grandes, que siempre puedes volver a ellos. Te atrapan pero en una carrera al galope

Volviendo a Italia, a lo largo de tu vida ¿qué ha significado Italia para ti?

¿Cómo decirte? Yo no he viajado mucho a Italia, pero he leído mucha literatura italiana y tengo un referente cultural muy importante. Una vez, Luis Camilo Guevara me dijo que a él le parecía que en mi prosa, en mi literatura, había una cadencia italiana; puede que la haya, que sea una cadencia que venga de la lectura de la literatura en italiano porque aunque yo no hablo bien el italiano, sí lo leo, o sea un rastro genético, por decirlo así. Últimamente, mi tendencia, y he descubierto que le ocurre igual a muchos escritores que leen en varios idiomas, es que llega un momento en que se prefiere sólo leer en español; pero, refiriéndome a eso que decía Luis Camilo, puede que haya un sujeto lírico ancestral que esté allí detrás, presente, y que a veces esas huellas, esas trazas, están allí sin que uno tenga completa conciencia. Pero Venezuela es mi país, no tengo otro. Aparte del mundo entero, que es un bien de todos los pueblos y todas las razas, siempre que se amen los horizontes grandes.

Es muy probable que así sea. ¿Había nostalgia en el recuerdo de Italia en tu familia, en tus padres?

Supongo que sí, pero no era una nostalgia apesadumbrada. Cuando nosotros llegamos en el 46 mi papá era un hombre de unos cuarenta y cuatro años y mi mamá de treinta y cuatro, eran jóvenes, pero no tan jóvenes para no conservar esa nostalgia, debía estar ahí pero no recuerdo que fuera un latiguillo o un martillar de algo que hubieran perdido. También tienes que pensar que ellos vienen inmediatamente después de la guerra, entonces está esa sombra negra detrás de ellos que deseaban olvidar. Mi papá conservaba su tradición y compraba los periódicos, revistas, leía en italiano, pero también leía en inglés. Más que el terruño entiendo que debía echar de menos una cultura, unas costumbres, lo que prometía ser su vida antes de que irrumpiera la guerra.

La colonia más grande italiana aquí son los abruzzeses y luego los sicilianos.

Eso no lo sabía, pero de la provincia de Salerno, de donde es mi familia paterna, porque la materna es de Parma, al norte, hay muchos y gran parte fueron constructores. Yo pienso que quizás un emigrante de cultura media se adapta más fácilmente que un inmigrante de un origen más humilde. Es decir que al inmigrante ya formado, con una cultura, quizás le es más fácil integrarse a otro país porque tiene menos prejuicios. Mi abuelo, que emigra a Mexico de diecisiete años no tenía estudios, pero sus primos eran ingenieros metalúrgicos; mi tío Pepino era ingeniero naval y mi papá se había graduado de economista en Milán.

Tus vinculaciones con este país son como venezolana, no desde la perspectiva de una extranjera, para nada.

Las amigas de mi infancia y de mi adolescencia fueron todas venezolanas. Una amiga me decía que yo era la quintaesencia de las niñas caraqueñas, pero por supuesto lo europeo estaba también ahí, y me gusta reconocerlo y asumirlo. Es mucho lo que le debo a la cultura y a la civilidad de mis padres. Por último la mayor parte de los habitantes de América vienen de algún otro continente. Asia, Europa, África…

¿Qué estás haciendo ahora?

Tengo la cabeza llena de literatura, bien sea la que uno escribe o la que escriben otros, porque en la mañana escribo, en la tarde descanso y en la noche leo.

¿Algún otro libro entre manos?

Sí, estoy escribiendo una novela. Además, la editorial El otro, el mismo, que dirige Víctor Bravo en Mérida, acaba de reeditar Historias de la marcha a pie, y está en camino, también en Mérida, una recopilación de ensayos míos. ¿Qué mejor?

Es cierto, ¿qué mejor?

Prodavinci 

Comentarios (4)

Luis Yslas
22 de marzo, 2010

Muy agradable esta conversa, Guadalupe.

denys nujica
20 de junio, 2011

me gustaria ,que me auyudará a conseguir un artículo sobre la opion de la utora victoria stefano sobre la insurgencia guerrillera de los años 60 y0

Juan Lechin
18 de mayo, 2017

Fantástica y sentida entrevista. Llegué googleando a Pedro Duno, a quien conocí en Caracas (sobre quien hay poca referencia en la web), y a partir de una mención que hace sobre él Carlos Sabino en su libro “Todos nos equivocamos”. Y de pronto me encuentro con esta gran entrevista a Victoria de Stefano.

Arturo G. Bello
21 de mayo, 2017

Sabrosísima la conversa. Gracias..

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