Testimonios inmigrantes

In memoriam: José Antonio Rial: He sido fundamentalmente un antifascista

Por Prodavinci | 18 de noviembre, 2009

Ayer falleció en Caracas el dramaturgo José Antonio Rial. Hoy republicamos en su memoria la entrevista que le hizo Rafael Arráiz Lucca en el año 2004 para el libro España y Venezuela: 20 testimonios.

josePor Rafael Arráiz Lucca

El dramaturgo José Antonio Rial me recibió en su casa en El Cafetal con su amabilidad característica. Como para todo venezolano, su rostro me era familiar: durante años lo vi en la pantalla del Canal 5 de televisión, hablando acerca del teatro o entrevistando a actores o dramaturgos. Me sorprendió cuando me confesó su edad: 92 años. No me imaginé que llevase tanto tiempo a cuestas aquel hombre de hablar fluido, a ratos artífice de un humor desopilante, y maestro de la ironía. Oírlo hablar es seguir un relato, un discurso que no olvida el dibujo de los personajes y que sabe, perfectamente, cuándo introducir una cuña sorprendente.

¿Dónde nació usted?

Yo nací en San Fernando, provincia de Cádiz, hijo de un marinero de la Armada, y mi padre era hijo de un alto oficial de la Armada, que había estado en Filipinas, donde mi padre nació, y se empeñó en que él fuera oficial de la Marina y mi padre, por el contrario, era antimilitarista, bohemio, amigo de tertulias, y no fue oficial de la Armada, aunque mi abuelo lo había mandado a presentarse ante la Armada. Y luego, después de un tiempo, fue que se presentó a un cuerpo de faros y fue torrero. Yo acabo de terminar una novela sobre la infancia del faro.

¿Usted pasó su infancia en el faro de Cádiz, entonces?

No, en Canarias, porque teniendo yo menos de dos años ya mi padre hizo oposiciones a faro y lo mandaron a Canarias a un faro aislado, en una isla, la Isla del Lobo, que está entre Fuerteventura y Lanzarote, y ahí mi madre, con diecinueve años, apareció en una isla donde no había más que unos pescadores nómadas de vez en cuando, y conoció esa soledad y la amó con entusiasmo.

¿Y se vino con sus padres a Venezuela?

No, yo me vine a Venezuela después de estar siete años en la cárcel por antifranquista y enemigo del fascismo, sobre todo enemigo de los nazis y de los fascistas, entre los veintitrés años y los treinta. Estuve preso y tuve dos consejos de guerra, el primero porque yo descaradamente me metí en contra del fascismo y hubo gente que me delató. Me condenaron, por auxilio a la rebelión, a dieciséis años de prisión y después, estando preso, yo seguía conspirando, entonces descubrieron esa conspiración, me tuvieron dos años más en la cárcel y me pidieron pena de muerte.

¿Y cómo se salvó de la pena de muerte?

Me salvé porque estaba en Canarias, y ya usted verá por qué. Yo salgo de la cárcel porque a los que le condenaron a dieciséis años le rebajaron la prisión a doce años. Franco necesitaba gente, Franco tenía a media España en la cárcel, necesitaba gente para que trabajara y entonces empezó a indultar gente, ya en las cárceles había unos periódicos a los que si uno se suscribía, lo soltaban o le rebajaban la pena, pero yo no quise nunca pactos con los fascistas.

Sin embargo, pude estar bien en las cárceles, porque en una de ellas, la segunda, el director de la cárcel era como un hermano de mi padre, entonces me mandaron a buscar para comer con el director. Comí y dije una serie de barbaridades, barbaridades para ellos, usted sabe, gente apegada a la religión católica, que era la gente de Franco, entonces yo dije algunas cosas sinceras. A pesar de eso, vino un señor expresamente a la cárcel a decirme que el director quería que yo fuera a la oficina, a trabajar en la oficina y así tendría mejores visitas y comería en su mesa. Yo le dije: «Yo no como con un fascista». «Pero bueno -dijo él-, es que mi hermano no es fascista», y era verdad, el hombre era monárquico y no mala persona.

Ser fascista y ser monárquico era distinto.

Era opuesto. Había presos que estaban sirviéndole en la oficina matando cochinos para el rancho y para el capitán, yo nunca, lo digo con todo orgullo, porque eso me significó muchos castigos. Nunca acepté colaboración, ayuda, yo odiaba a los nazis, sobre todo, y a los fascistas y a los falangistas, yo era republicano porque mis amigos eran republicanos y me apuntaron en la juventud.

Pero usted sobre todo era antifascista.

Yo era antifascista, por republicano no me hubiera matado por nadie. Estos regímenes totalitarios que obligan a la gente a ser como no son y los humillan permanentemente, conmigo no pueden contar. La libertad es para mí un regalo mayor que un convite para un muerto de hambre. La libertad, que uno tenga su libre albedrío, eso es lo más importante.

Bueno, naturalmente salí de la prisión, monté un negocio, me fue bien, tenía amigos que me ayudaron, pero no económicamente, sino simplemente por amistad me compraban esto o aquello, o me daban un dato para comprar y yo, que no había sido comerciante, era fundamentalmente un antifascista, pues me dediqué a estos temas.

Y entonces me vine a Venezuela pensando que estaba aquí un escritor, que admiraba, como jefe de Estado y de gobierno, entonces me dije, bueno, allí voy a estar bien, y cuando llegué a Venezuela estaba Delgado Chalbaud, que luego lo mataron y se quedó Pérez Jiménez, que no es lo peor que ha tenido este país.

¿No era lo peor?

No, en tiempos de Pérez Jiménez ya yo escribía en El Universal, diariamente, escribía un artículo diario y gente de Pérez Jiménez, afectos a él, me llamaron para que escribiera algún artículo a favor de las obras de Pérez Jiménez. Como yo no me había nacionalizado todavía, le dije a este señor que no me gustaba meterme en asuntos políticos porque no estaba nacionalizado.

Cuando llega a La Guaira, y sube a Caracas: ¿cuáles son sus primeras imágenes de este país?

Yo tenía dinero para venir en primera clase. Todo el dinero que traje después lo perdí, pero en fin, traía un cargamento de artesanía española para tener con qué entrar en un país donde no conocía a nadie.

¿A nadie? ¿Y venía casado, soltero, con hijos?

Venía con mi mujer y tenía dos hijos, que los dos están en América, José Antonio está en Estados Unidos, casado con una venezolana y con una hija norteamericana, y el otro, Alberto, vive en esa casa de ahí al lado, está casado también con una venezolana.

Usted llega a Venezuela y trae un cargamento de artesanía. ¿Cómo es esa Caracas de 1950?

Encantadora. Pero déjeme que le cuente lo del barco. En primera clase venía un venezolano llamado Casto Fulgencio López, un hombre muy conocido entonces, y él me dijo «vamos a echarnos unos palos», y yo me pregunté qué será esto, adónde iremos. Y entonces fuimos al mostrador del bar y pidió unos whiskies, entonces supe qué era eso de «echarse unos palos»

Y ahí aprendió usted que eso era echarse los palos.

Echarse los palos, cosa que luego practiqué a su debido tiempo, no mucho, no he sido bebedor, pero sí es simpático eso de «vamos a echarnos unos palos». Llegué a un hotel que me había recomendado un amigo, que era una pocilga, el Hotel Oviedo, estaba al lado del Hotel Madrid, entre las esquinas de Miseria y Velásquez. Y la dueña del hotel me metió en una habitación con tres canarios más, una habitación con cuatro personas, sin un closet. Y allí tenía que esperar a que me llegara el cargamento. Entonces, Casto Fulgencio me mandó a decir al hotel que fuera a verlo, que él me podía abrir camino, y a los cuatro o cinco días aparecí por su oficina, tenía una oficina por Puente Paraíso, donde entonces estaba la Seguridad Nacional. Allí fui y me preguntó si no quería ser cajero de su negocio. Yo le había dado a él un libro mío que era una obra de teatro Los armadores de la goleta ilusión y él se lo leyó a bordo como una obra de teatro y me dio a mí el libro suyo sobre el tirano Aguirre. Entonces, al día siguiente de haberlo leído me dijo: «Pero es una gran obra esa obra de teatro que usted ha escrito, usted es un escritor bueno». Bueno, cuando yo fui a su oficina me preguntó si quería ser cajero de su negocio y le pregunté: ¿Este negocio cuánto mueve? Unos 80.000 bolívares diarios, que era mucha plata entonces. Luego le señalé: yo tengo un negocio allá en España en el que yo no manejo dinero, lo maneja mi hermano porque yo soy muy malo para manejar dinero y usted me pregunta que si quiero ser cajero. Casto Fulgencio me respondió que la situación aquí no estaba como para desdeñar un puesto y, en efecto, en el hotel donde yo vivía, el Oviedo, había un montón de canarios muertos de hambre. Incluso algunos se volvieron a ir porque no estaba fácil la vida, y yo me quedé de cajero de Casto Fulgencio. Estaba de nuevo ante una reja de hierro, pasaban los camiones y me entregaban la cuenta del cemento que llevaban.

¿Y cuánto tiempo estuvo en esa nueva cárcel?

Tres meses, a los tres meses le dije al dueño que no aguantaba más, le dije a Casto Fulgencio: «Mire, le voy a poner una condición: en cuanto yo pierda alguna cantidad de dinero me voy», hasta que eso pasó y me fui. Faltaron 800 bolívares al hacer la caja.

Alguien se los birló.

Los 800 bolívares se los había robado un mozo que tenían allí para llevar el dinero al banco, porque ya había ladroncitos. Entonces, yo fui a despedirme y Casto Fulgencio me dijo: «no, no, usted tiene derecho ahora a que el Seguro Social que le estamos pagando le dé a usted un sueldo mientras esté enfermo, vaya a un médico, dígale que está cansado, no le diga sino que está cansado, que está abrumado por el trabajo». Bueno, di con un médico que era maracucho, le regalé uno de mis libros de Los armadores de la goleta ilusión y el hombre se enloqueció conmigo y daba lo que yo hubiera querido del Seguro Social. Él tenía una sala llena de enfermos, de enfermos de la mente, enfermos que les daban allí unos tremendos ataques y él me recibía a mí y se llevaba media hora charlando conmigo, porque le gustaba mucho la literatura. Este hombre se llamaba…, yo debía acordarme, era médico maracucho y era encantador, magnífico hablando de literatura y fue el último médico que tuvo Reverón.

Ah, el doctor Báez Finol, claro.

Báez Finol se portó conmigo como un padre, mejor que mi padre. De modo que mi entrada en Venezuela fue con el pie derecho, primero Casto Fulgencio, después Báez Finol y cuando a mí me dio vergüenza de estar en el Seguro, me fui a los dos o tres meses, entonces me conseguí un empleo en la librería Las Novedades, y allí me hicieron inspector de todo el país.

Conoció a Venezuela en ese trabajo, fue un curso de inducción.

Todo en avión o en carro por puesto, llegué a Barquisimeto y había vendido un millón de bolívares a cada una de las petroleras para libros escolares.

Una fortuna.

Yo tenía el 5 por ciento en un millón o más.

Qué bueno, ya con eso se compraba una casa.

Pero no me lo pagaron, porque resulta que la compañía estaba hundiéndose.

¿Y de ahí pasa para dónde?

Ya había salido La Continental, que fue la que tuvo que suministrar los pedidos que me habían hecho a mí, porque Las Novedades no tenía más que libros viejos y no tenía dinero, bueno, tenía una imprenta enorme que tuvo que devolver, un desastre era, y yo podía haberlos demandado, pero Adolfo Olivo, el administrador, me dijo: «No demandes porque van a demandar todos los acreedores que tiene la compañía y te vas a quedar esperando años para cobrarlo todo, cobra lo que te den, yo voy a ver si te saco el máximo». Me dieron 15.000 bolívares de comisión en papel, y entonces uno de los hombres del taller de imprenta, me dijo: «Si quiere vender papel vaya al Colegio La Salle, vaya de parte mía que ahí hay un curita que siempre compra papel». Yo iba, como le digo, en la Venezuela de aquel tiempo iba de mano en mano, donde únicamente estaba mal era en el hotel y no por la dueña…

Sino por los compañeros.

Así es. Pues entonces, me fui de Las Novedades y me quedé un poco en el aire, y a mi amigo, que era compañero de prisión, le faltaba un pulmón, había tenido en la cárcel una hemotisis.

¿Él estaba aquí? No nos había hablado de él.

El fue el que me invitó a venir aquí…

¿Cómo se llamaba?

Él se llama Rafael Rodríguez Delgado y ahí tengo un libro de él, que en Cuba le editaron. Él tenía aspiraciones de filósofo. Y él vino aquí conmigo, pero me encontré con un hombre que era inútil, no podía subir una escalera de cuatro escalones, un hombre que se asfixiaba, un hombre que nunca consiguió nada, yo lo llevaba un poco a cuestas. Salí de Las Novedades y entonces me fui a otro hotel donde podía estar más cómodo y donde podía estar mi amigo, que necesitaba unos cuidados especiales, porque mi amigo era un valiente, un hombre con un solo pulmón y se arriesgaba, había dejado a la mujer en Madrid y se empeñaba en traer a la mujer, y yo le decía, pero si tú no ganas dinero para ti cómo vas a poder. Tuvo la mala suerte de que un cargamento de artesanía que trajo para un asturiano que las vendía, lo colocó a fiado, y a los pocos días quebró el tipo y se le quedó con todo. Incluso la colección de cuadros entre los cuales no había joyas, pero había cuadros de amigos suyos que se los habían dado para vender aquí. Rafael sí conoció la emigración difícil y se fue. No había nada que hacer.

¿Y usted como siguió?

Entonces a mí en El Universal me exigían un artículo semanal y me lo pagaban, me lo pagaban bien, cien bolívares cada artículo, eso me lo consiguió Pascual Venegas Filardo, a través de Casto Fulgencio.

Y entonces pasó un tiempo en El Universal.

Pasé 27 años, empecé de reportero de calle, de reportero de sociales y fui saltando hasta ser jefe de redacción, y escribía un artículo diario con firma y ya en un tiempo con lugar fijo en el periódico.

¿Y hasta cuándo estuvo allí?

Hasta el 95, cuando se murió Franco dije que me iba del periódico. Yo había dicho que, cuando publicara el artículo sobre la muerte de Franco, me iba del periódico, y entonces entré en la televisión a hablar de teatro.

Sí, recuerdo su programa en el Canal 5.

En el Canal 5 y en el Canal 8, me lo quitó, desde luego, Caldera, en su segundo gobierno.

Ahora, vamos a dedicarnos a su obra literaria, porque ya tenemos su vida de sustento laboral, muy teatral por cierto. Usted llega y publica una novela: ¿eso es lo primero que publica?

Venezuela imán. Pero déjeme explicarle de dónde viene esta novela. A la caída de Pérez Jiménez, abrieron la Universidad Central a aquellos que venían ejerciendo el periodismo y yo entré allí. Trabajaba en El Universal y estudiaba, a la vez. Allí tuve de profesor a Segundo Serrano Poncela, profesor de literatura europea, y él era un hombre muy severo. Y un día Serrano Poncela, que no hablaba con ningún alumno, preguntó: «¿Quién es José Antonio Rial?». Yo me levanté y dije: «Señor», como se dice en España. «Quiero hablar con usted», dijo Serrano. Al salir de clase me dijo: «Usted escribe con sindéresis, me gustan sus artículos, los leo, pero: ¿no hace usted algo más?». «Yo tengo una novela que acaba de salir y que está en venta, Venezuela imán, se ha leído mucho y se han hecho notas sobre mí.» «¿Quiere usted traérmela?», me dijo. Se la llevé. La primera edición de Venezuela Imán es de la editorial Edime. Entonces, le llevé aquel mamotreto y me señaló después de leerla: «Mire, en España no hay un novelista como usted, usted es un novelista, no pierda su tiempo, escriba». Entonces yo escribí Jezabel, y Serrano me dio una cartica escrita a mano con una letra muy cuidada, que decía: «Amigo Gonzalo Lozada, publique esta novela». Me dijo a mí: «Mándesela a este señor, pero quítele algo porque es muy larga para la colección de las novelas que ellos están publicando». A vuelta de correo como quien dice, me mandaron el contrato para publicarla y se publicó una edición preciosa en Buenos Aires de Jezabel. Una novela que circuló en el sur, aquí casi no llegó, a mí me llegaron unos ejemplares que repartí por ahí, así como de Venezuela imán se habían publicado muchas notas, casi todas positivas, de Jezabel no se publicó nada.

¿Y cuándo da el salto al teatro?

Yo había escrito Los armadores de la goleta ilusión y una obra de teatro que se llamaba La torre, que no estaba del todo conclusa y que era la Torre de Babel, el tema de Babel, de la gente de distinta habla. Entonces salió un anuncio del Ateneo de Caracas convocando a un concurso de teatro, y yo mandé mis obras y cuál es mi sorpresa, pues, que las dos quedaron finalistas: me sentí famoso.

Vamos a otro asunto que también me interesa mucho, disculpe que lo interrumpa. Usted regresa a España de visita, ¿cuándo, ya caído Franco?

Cuando Franco estuve de paso con un pasaporte especial que le daban a los periodistas acreditados del extranjero y, sin embargo, me detuvieron y me trataron como un perro y a las horas me soltaron. Fuimos de veras a España cuando cayó Franco. Y hemos ido varias veces.

Hace un silencio, se le hace un nudo en la garganta y se lanza a decir:

Franco se hartó de matar. Mi odio por Franco duró más que su existencia. Yo no lo perdono.

Hace otro silencio y recuerda:

Tuvimos una hija que nació aquí y que murió aquí de 14 años, era una niña que tenía una enfermedad congénita, vivía bien, alegre, pero estaba en peligro y le dio una especie de sarampión y se nos murió, fue terrible. La niña era encantadora. Entonces, el médico que la atendió que era mi compadre, mi amigo, el padrino de ella, me dijo: «Llévate a tu mujer de aquí, paséala por donde sea, pero sácala de esta casa», y entonces me dijo: «Aquí te traigo un cheque para que te lo gastes con ella, si puedes me devuelves ese dinero», le dije: «Yo tengo dinero». Entonces nos fuimos a España y cuando llegamos a España estábamos en un hotel en la Gran Vía y me vino a buscar la policía de Franco y me sacaron de allí para meterme en un calabozo y yo ya era venezolano.

Interviene la esposa:

Estábamos nosotros con unos amigos, unos amigos de teatro que íbamos a almorzar juntos, y entonces lo que apareció primero fue un policía que nada más verlo ya uno sabía que era franquista.

Rial retoma su tragedia:

Me encerraron en un calabozo en el que no cabía más que yo, enseguida dije que estaba enfermo, que le dijeran a un médico que viniera a verme. Vino un practicante. Por la tarde me sacaron en libertad, intervino bastante gente para que me sacaran en libertad, pero de todas maneras el sacarme en libertad era para que me marchara y me pusieron en camino al aeropuerto y no había aviones para ninguna parte sino para Venezuela. Era domingo, de modo que me hicieron perder el viaje.

Le propongo que retomemos su camino teatral:

Bueno, escribí teatro, yo tenía muchas ganas de escribir teatro, lo había hecho, pero escribir teatro en las Islas Canarias era como escribirlo en Groenlandia. En las Islas Canarias el teatro no era nada, algunas funcioncitas de esas que se hacen en las capitales de provincia sin tradición teatral. Y cuando murió Franco yo escribí La muerte de García Lorca, yo tenía mucha documentación sobre Lorca y mucha simpatía por Lorca. Y lo montó Rajatabla y fue un éxito. Fue el presidente Herrera Campíns al estreno, y es una obra irreligiosa, yo no soy un creyente religioso, yo no soy católico, no entiendo el catolicismo, no entiendo cómo una cosa tan grande como ésta vaya a ser manejada por un Dios con barba.

Esa obra la estrenó Carlos Giménez, y la puso con la gracia particular que él tenía, porque Carlos Giménez montó obras de Ibsen, como yo no las he visto, el montaje, la escenografía… y luego escribí con motivo de los doscientos años de Bolívar, y esa obra fue a Nueva York con Joseph Papp -aquel polaco que hizo mucho por el teatro hispano- quien la montó; la prensa le dedicó media página con fotografías, cosa que no hacían con ninguna obra hispana, y yo no conocía al crítico. Esa crítica la coloqué de prólogo en una edición de Bolívar hecha después, porque mis obras de teatro han tenido varias ediciones, sobre todo en Monte Ávila.

¿Y después del Bolívar vino?

Después de Bolívar he escrito cinco o seis obras más.

Yo recuerdo a Cipango.

Yo quiero mucho a Cipango.

Una última pregunta. ¿Hubo algún momento en que usted pensó regresar a España?

No. Yo podría irme para allá, quizás a Marruecos, pero a España, no es que me ha quedado a mí un resentimiento contra España, porque España luchó la mitad por lo que yo quería, es decir, acabar con el fascismo, y eso no se me puede olvidar, pero la España que yo he conocido no tiene relación con esta de ahora, en que las mujeres van por la calle diciendo palabrotas. La última vez que estuve en España, hace dos años, iba con un sobrino mío que es escritor y que tiene bastante nombre en España.

¿Cómo se llama?

Se llama Alberto Vásquez Figueroa. Pues, Alberto me llevó a comer adonde él come y había un montón de mujeres fumando entre plato y plato, con una ostentación de fumar y de decir palabrotas que yo salí de ahí, no sé si porque iba un poco enfermo o porque aquello me resultó repugnante. Pero, claro, Madrid tiene otros aspectos estupendos.

La conversación va llegando a su fin. El 13 de junio comienza a conocer la unanimidad de la noche. Salimos a la puerta y una bandada de pericos pasa rauda hacia un destino desconocido. A Rial le ha gustado decir lo suyo: es vehemente, pero sin aspavientos. Su reciedumbre se aclimata en las aguas de una vida larga y con tantos momentos de felicidad como exigentes. Ha sido una lección hablar con este hombre. No olvidaré esta tarde.

2004

Fotografía: Ricar-2

Prodavinci 

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