Diario de Alejandro Oliveros

Diario: Tres mujeres/El papel en mi vida

He llegado a la desesperada conclusión según la cual el paso tan violento de los últimos diez meses, se debe a una circunstancia muy particular y tranquilizadora. En realidad, el 2009 que hemos conocido no ha sido un año normal, de esos de 365 días y 12 meses. Más bien, hemos vivido un proyecto [...]

Por Alejandro Oliveros | 10 de Noviembre, 2009

He llegado a la desesperada conclusión según la cual el paso tan violento de los últimos diez meses, se debe a una circunstancia muy particular y tranquilizadora. En realidad, el 2009 que hemos conocido no ha sido un año normal, de esos de 365 días y 12 meses. Más bien, hemos vivido un proyecto de año, una especie de prueba, de boceto, en términos artísticos, de borrador. Y el verdadero 2009, el normal, no menos alucinante, como todos ellos, se iniciará en propiedad, el 1º de enero que está por llegar.

Así que no tenemos que sentirnos culpables por haber hecho tan poco durante los últimos tiempos, por haber dejado tanto por hacer, por haber sido tan indolentes, tan irresponsables. Todavía contamos con el 2009 (b) para hacer todo lo que dejamos sin hacer, sin decir y sin escribir en este proto-año que he llamado 2009(a).

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ESCRITORAS, ESCRITORAS.

Estas semanas, sin planificarlo de esa manera, me he leído tres novelas escritas por mujeres: Hilo de sangre azul, de la amiga colombiana Patricia Lara; Vestido para la muerte, de Donna Leon, nacida en New Jersey, pero desde hace años residente de Venecia. Y La doble mirada, de Pat Barker. Las dos primeras son novelas policíacas. La de Patricia, describe el arriesgado mundo de las finanzas piramidales, plagadas de atajos y barrancos no pocas veces mortales, tal como se conoció, hace unos años, en Bogotá. La de Leon, una especialista del género, tiene como asunto un horrendo asesinato perpetrado en Mestre, que involucra altos sectores de la jerarquía italiana con toda la corrupción imaginable, porque, al parecer, en Italia, ningún crimen es “independiente”. Pat Barker, por su parte, es inglesa y nació en 1943. Es economista de la London School y, en 1995, se hizo con el premio Brooker, y leyendo esta novela uno se explica porqué se lo otorgaron. La doble mirada, es como tradujeron, con las imprecisiones del caso, en España, el título original, Double Vision, que, en términos médicos, que no literarios, es lo que se llama “diplopia”, cuando un paciente ve doble. Así que no se trata de una “doble mirada”, sino de una visión doble, que es el sentido que le quiso dar la autora. Barker es una novelista nacida para ser novelista, una especialista del género. Todo en el libro está donde tiene que estar. Los personajes finamente delineados, coherentes en lo que hacen y dicen, no son más que lo que hacen y han hecho. La historia es típica inglesa, en la cual nadie es del todo culpable y todos son sólo en parte inocentes. Un ambiente extraurbano, al borde del oscuro bosque, con sus criaturas nocturnas, su nieve y sus vientos que se desplazan intermitentes en la noche imprecisa. No tiene la poesía de Virginia Wolf, pero no le hace falta. Aquí lo que importa es el cuento, con sus detalles y situaciones imprevistas. Barker parece haber sacado el contexto de su historia del un ejemplar de The Economist, Bosnia, Afganistán, Kosovo, World Trade Center. El dolor se reitera, pero también las situaciones que compensan tanto desgarramiento. Se trata de una escritura brillante, que merece ser leída en el original, lo cual pienso hacer con el resto de sus libros.

Ahora estoy a la espera de la “Fourth Woman”, que se presente, de manera inesperada, con otra estupenda novela. Mientras espero que se aparezca, sigo con Gauche et droit, la novela de Joseph Roth, que me parece mucho menos “mediocre”, que lo que le ha aparecido a algunos distraídos lectores. Roth, como siempre, se muestra como un escritor alegórico, un atributo que el maestro Heidegger exigía de todo gran arte.

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Diario: El papel en mi vida

PAPELMartes, 10 de noviembre de 2009.

Hablar sobre el papel como soporte en estos tiempos inciertos, me parece lo más apropiado. Tal vez nunca, desde Guttenberg, nos hemos involucrado tanto en el futuro de esta materia maravillosa que aseguró la difusión del arte y el pensamiento de manera tan universal. Desde aquellos días de la página de 42 líneas, impresa con caracteres móviles, en los que el alemán de Maguncia, imprimió su Biblia, el papel, en Occidente, porque en China había sido utilizado durante siglos, se vio destinado a una brillante carrera. Brillante aunque no tan larga, porque su propia utilidad como soporte ha comenzado a ser cuestionada. Me refiero a la utilidad para los elevados objetivos a lo cuales fue destinada por los inventores de la impresión en Occidente. El cuestionamiento del papel como soporte de la escritura, y su sublimación en los distintos géneros de expresión literaria, me afecta como afecta a todos los que hemos ordenado la existencia, con mayor o menor ventura, alrededor de ese producto, todavía orgánico las más de las veces, del ingenio humano. Uno de los pocos materiales ausentes de la Creación y que obligó al hombre, después de infinitos tropiezos, a producirlo. En los días envidiados del Paraíso Terrenal, nada había por escribir, nada tenía que ser consignado, en un mundo todos los días son iguales en sana y holgada armonía. El papel, es, así, resultado del exilio original. Lo necesitábamos para describir nuestro acontecido destierro. Aunque es verdad, también, que, primero que nadie, los sumerios inventaron aquella escritura de hermosas cuñas, no podríamos decir que se trató de una salida práctica y accesible a las necesidades de la comunicación escrita.

El cuestionamiento del papel como soporte de la escritura me afecta, como afecta a todos los que han vinculado su existencia a la aventura de esta superficie blanca y efímera. Desde los que talan los grandes árboles en los bosques del norte, hasta aquellos, como yo, dedicados a sentar por escrito la crónica de sus pasos por el planeta. Entre unos y otros, los obreros de las fábricas, los transportistas, los escritores y periodistas, los distribuidores, los pregoneros, los que atienden los kioscos y, “ but not least”, los lectores, todavía numerosos, de libros diarios y revistas. En mi caso, apenas si recuerdo un momento de mi vida que no estuviese vinculado al papel y la literatura. Más de quinientas eran las páginas del diario de Charles Lindbergh que mi madre, maestra de escuela, me leyó en las tardes taciturnas de Valencia. Mi padre llegó a fundar, con unos amigos, una imprenta clandestina. Ambos vinculados, como yo, y por ellos, al papel. Después de fracasar en todos los deportes, albergué la improbable esperanza de ser escritor. Mi primer proyecto de adolescente fue escribir una historia de Venezuela, estimulado por las apasionadas clases de mi madre en una escuela federal. Me proponía, sin saberlo, sumarme a los militantes de la “leyenda negra”, aquella insensata escuela que pretendía que todos nuestros males los debíamos a la llegada de los europeos. Por fortuna, aquella empresa adolescente no pasó de la oportuna rectificación de mis padres. Pero mis deseos de ser escritor se mantenían con vida. Durante mi segundo año de secundaria estas aspiraciones sufrieron un nuevo revés. Mi profesor de literatura, un hermano de La Salle, me descubrió el apasionante tejido de la literatura contemporánea y cada lectura era una frustración nueva. “Es más fácil ser médico”, pensé mentidamente, y reorienté mi proyecto existencial. Así se lo hice saber al profesor, un lector enciclopédico, una sensibilidad inolvidable, con la petición, más inocente que atrevida, de que si algún día publicaba un libro, por favor, me lo dedicara. A mi temprana nostalgia, respondió con la suya: “El que lo va a escribir eres tú, Alejandro, tú eres el que tiene que escribir la dedicatoria”. Sólo el olvido y la ingratitud, que son lo mismo, explican porqué, después de una docena de títulos publicados, ninguno lo he dedicado a la persona a la cual, como pocas otras, con mis padres, debo esta dedicación al papel como destino, como fatalidad.

Pero, como bien puede y suele suceder, desde el principio supe menos del papel, el soporte fundamental, que de la literatura. De este material sabía –y sé- muy poco. Lo suficiente en los días de mi adolescencia como para saber que el utilizado por la editorial argentina Sopena era barato y ordinario, y que el de las ediciones Aguilar, del Madrid de Franco era mejor, aunque incómodo e incapaz de soportar marcas y subrayados por lo delgado. Por lo pronto me limitaba al papel Bond 20, en el cual escribía mis primeros, lamentables poemas en la Olivetti, de primoroso color rojo, regalo de mi padre. Escribía y escribía no del todo convencido de mis habilidades como escritor, amparado en los ejemplos del popular A.J. Cronin y el más remoto Louis ferdinand Celine, quienes habían logrado destacarse en ambas disciplinas. Y ahí estaba yo, en medio de la noche valenciana, con mi resma de 500 hojas, tamaño carta, que esperaba pacientemente por un autor que dedicaba sus mejores horas a otros tipos de papeles. Me refiero a los libros de texto de la carrera: la Semiología, de Surós, los dos tomos de la Medicina Interna, de Harrison; la Farmacología de Litter. Todos libros, libros de papel, como habrá que decir en el futuro, pero que no tenían el poder de fascinación de otros volúmenes, no importaba en que edición, como los dramas de Shakespeare o las novelas de Dostoievsky. Me sentía, no entre dos aguas, sino entre dos orillas de papel. Una de papel glacé y pesadas encuadernaciones, la otra, de papeles más ligeros y diversos empastados. Así, entre un papel y el otro, llegó el momento de las decisiones. Y, aprovechando la topografía helada de un invierno neoyorkino, opté por una de las dos orillas de papel.

En ese momento estuve seguro de que, sin los libros de medicina, podía vivir. Sin los de literatura, no. Para nadie ha sido fácil, y yo no iba a ser la excepción, ganarse la vida utilizando el papel como soporte de la literatura si, en lugar de escribir best-sellers, nos dedicamos a escribir versos generalmente destinados a los que Stendhal llamaba los “happy few”, los contados lectores dispuestos a compartir la expresión de nuestra sensibilidad. Ahora, mi resma de papel Bond, tamaño carta, había encontrado sentido. Cual era el de utilizarla para escribir lo único que realmente me interesaba que era la poesía. Comencé a sentirme, sin serlo, como un escritor profesional y así comenzó una relación más formal y asidua con el soporte. Uno de los primeros escollos fue la reiterada percepción de que las superficies de la hoja de papel eran distintas. Algo que puede ser determinante cuando se escribe, como hacía y sigo haciendo, con plumas estilográficas. Una más lisa y brillante, la otra más áspera y absorbente. En lo cual para nada difería del papel original, que no era papel, sin embargo, sino papiro, el “cyperus papyrus” de Lineo, llamado Byblos por Heródoto. Y que, como mis hojas, producidos en la legendaria fábrica Los Alpes, de Cahíz Hermanos, tenían dos caras. Pero con una diferencia fundamental, sobre el papiro sólo se puede escribir por el verso de la hoja. Desde entonces me convertí en un buscador infatigable de los papeles más lisos. Las razones de mi neurosis son las más prácticas. Por el verso, el lado de mayor lisura, la pluma se desliza mejor y, siendo menos absorbente, la letra puede ser más legible porque la superficie absorbe menos tinta. Puedo decir que, en parte, mi vida como escritor ha sido la búsqueda infructuosa de la superficie de papel perfecta. He escrito en papeles venecianos tan hermosos como inútiles para mis propósitos. O los no menos hermosos producidos en Fabriano desde el siglo XIII. O los de Sicilia, Padua y Carbona, cerca de Toulouse, o los de Herault y Troyes. No he dejado de ensayar con los de Ratisbona y Colonia. O los de Brujas y Antwerp. Y, en este lado del planeta, después de descartar los tristes papeles comerciales norteamericanos, he encontrado alguna satisfacción con los colombianos y chilenos. Hasta el sol de hoy que escribo en cuadernos fabricados en la ilustre ciudad de Ferrara. Debo aclara que no es el más acabado de los papeles, pero se ajusta placidamente a mis exigencias. Me tranquiliza saber que no se trata de una obsesión original. Ya en Egipto los escribas, una clase privilegiada, exigían la lisura en sus papiros. Y los fabricantes se veían precisados a alisar la superficie con el uso laborioso de instrumentos de marfil o de conchas marinas. Aunque el papiro de los egipcios no era el papel de mi resma tamaño carta ni el más reciente de mis cuadernos ferrareses, las relaciones entre papiro y papel son indisociables cuando queremos revisar la historia del soporte. Una historia fascinante, como todas las relaciones de la invención humana. Me siento orgulloso de formar parte de su historia.

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Comentarios(5)

Analuisade Giusti
11 de Noviembre, 2009

!Es imprescindible ! A pesar de la era del web-site, es un articulo de “primera necesidad”; desde el “toulette” (muy pragmatico) hasta el mas fino en la edición de un buen titulo literario o la cronica mas dramatica. A pesar de la web, donde se publica “de todo” actualmente, aun no sustituye el placer de un buen libro.

Jose Gonzales
11 de Noviembre, 2009

Bravo maestro, loor a su amor al papel que comparto como hijo de periodista y nieto de imprentero, que soy, hombres ellos obsesionados con el papel, en blanco y no tanto, buscando siempre llenarlo de ideas y sentimientos, emociones.

Luis Guillermo Franquiz
12 de Noviembre, 2009

En esta vertiginosa era digital, inmediata, resulta estimulante encontrar reflexiones en torno al placer de la escritura primitiva, directa, creando un vínculo firme entre la tinta y el papel. De verdad, muy estimulante.

A. O.
13 de Noviembre, 2009

No quisiera creer, amici, que estamos cerca del cumplimiento de la profecía de Bradbury en su Farenheit, pero hay algo en los proyectos de amazon y google que huele a papel quemado…

Luis Guillermo Franquiz
13 de Noviembre, 2009

Alejandro, no está usted tan desencaminado. Para los que crecimos acariciando las cubiertas, pasando los dedos por cada página, disfrutando no sólo la lectura sino la representación física de ella, es un pensamiento incómodo saber que llegará el día en que toda lectura será digital. Creo que ya estamos en camino, como bien acota usted; esperemos que la metamorfosis no sea tan rápida como parece.

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