Testimonios inmigrantes
Piera Ferrari: entre telas
Por Guadalupe Burelli Piera Ferrari es una mujer discretísima que preferiría que su presencia pasara inadvertida para que se le conociera exclusivamente por su trabajo y de alguna manera lo ha logrado, porque sus trajes hablan por sí solos de su maestría en el oficio y son la mejor tarjeta de presentación que posee. “Es [...]
Por Guadalupe Burelli
Piera Ferrari es una mujer discretísima que preferiría que su presencia pasara inadvertida para que se le conociera exclusivamente por su trabajo y de alguna manera lo ha logrado, porque sus trajes hablan por sí solos de su maestría en el oficio y son la mejor tarjeta de presentación que posee. “Es de la Ferrari” es una frase que he oído innumerables veces admirada ante un traje de novia que es, sin duda, el emblema de su talento. Me recibió en su tienda – atelier de La Mercedes, y conversamos sentadas en un cuartito probador, de espaldas al espejo que debe haber reflejado una y mil veces el rostro feliz de una clienta satisfecha ante su imagen, lo que no es poca cosa para una mujer que se ha empeñado toda una vida en hacer lucir bien a las demás en sus momentos importantes.
Señora Ferrari, entiendo que llegó siendo muy niña a Venezuela…
Sí, nací en Piacenza y llegué a Venezuela en 1947 siendo una niña de diez años a vivir con mis tíos y me integré enseguida, creo que porque estaba con ellos que me querían mucho y desde el principio me gustó la gente.
¿Se vino sin sus padres?
Papá y mamá no podían venir todavía, entonces vine sola y aquí adelanté los estudios a la vez que trabajaba con mi tía.
Su tía era una muy conocida modista también, ¿cómo se llamaba?
Luisa Ferrari de Ponti. Ella vino a Venezuela y se instaló en La Florida, que en aquella época era lo mejor que había como urbanización. Ella era de las que iba en autobús con el sombrero y los guantes puestos, como se usaba en Italia, hasta que se pudo habituar a todas las costumbres de aquí. Yo me encontré enseguida bien, no tuve problemas, el único problema era estar lejos de la familia.
¿Y asistió aquí al colegio?
Sí, al Colegio Monseñor Castro, un colegio venezolano por lo que rápidamente me empecé a familiarizar con el medio y con el español que, además, mi tía me enseñaba, y me regañaba si no lo aprendía enseguida porque para ella tenía que hacerlo todo rápido, impaciente como estaba de que pudiera serle útil. Al llegar, ella se puso a trabajar y enseguida tuvo una clientela maravillosa. Mi tía había llegado a Venezuela bastante antes, no recuerdo en que año pero sí que todavía gobernaba el general Gómez. Antes de venirse, ella estaba comprometida en Italia con un abogado de nombre Piero Ponti, único hijo, que estaba sumamente enamorado de ella, tanto que cuando ella se vino, él decidió seguirla y agarró un barco que se llamaba “Horacio”, con la mala suerte de que cuando estaban llegando, se incendió en pleno océano. El se salvó en pijama en un barquito de esos que bajaban de lado y regresó a Génova hasta que pudo volverse a montar en el barco siguiente. Al reunirse finalmente, se casaron y tuvieron tres hijos aquí. Cuando yo llegué, ya ellos estaban muy instalados. Para ese entonces estaban viviendo de Cárcel a Monzón, cerca de la Plaza La Concordia, donde alquilaron una casa muy bonita, muy grande, de aquellas casas de entonces, con 14 dormitorios, cuatro patios, no sé cuántas terrazas; ahí estábamos todos, porque hasta los suegros de mi tía vivían ya con ellos.
¿Cuál es su primera impresión de Caracas cuando llegó?
Yo estaba un poco aturdida, no me daba cuenta de las cosas enseguida, porque además mis tíos se sentían muy responsables conmigo, entonces no era que tuviera amistades de mi edad, sino que tenía que siempre estar con ellos, salir con ellos, ir a la Casa de Italia con ellos.
Ella tuvo su atelier en la Gran Avenida ¿no?
Sí, y el primero que tuvo fue cerca de la plaza de la Concordia
¿Cuándo empezó usted a trabajar con su tía en la costura?
Prácticamente enseguida, porque yo estudiaba y trabajaba. Cuando venía del colegio mi tía me enseñaba lo que tenía que hacer y debía aprender perfecto, ella era como un soldado alemán… empecé a aprender desde lo más básico y cuando dominaba algo bien, ella me enseñaba otra cosa. Creo que es la mejor manera de conocer de verdad un oficio: aprender paso a paso, y así es que he enseñado a las personas que han trabajado conmigo.
Era severa.
Por mi bien, porque ella me quería muchísimo, tanto que me decía: Tú eres mi hija, no eres mi sobrina. Gracias a su disciplina yo fui aprendiendo todo y ella luego se fue para Italia y me dejó, siendo una pavita de 18 años, dirigiendo un taller de 16 mujeres. Eso era en 1958.
Para mí fue fuerte asumir la responsabilidad del atelier porque no es lo mismo empezar un trabajo de esa categoría sola, poco a poco, mientras la gente va conociendo el trabajo de uno y juzgando si sirve o no sirve, que empezar a la sombra de mi tía que fue única en su trabajo y ya tenía una clientela que reconocía su talento. Tenía mucho temor de no lograr estar al nivel de ella, y yo le decía: Tía, yo voy a perder la clientela, cuando regreses no vas a encontrar a más nadie. Pero no, ella me estimuló haciéndome sentir confianza de que yo había aprendido bien lo que tenía que hacer.
¿Ella no volvió más?
Durante un período venía cada cuatro meses, pero luego enfermó y no volvió más.
¿Cómo fueron esos primeros tiempos sola?
Recuerdo el primer traje de novia que yo corté: ¡le di más vueltas que a una plaza de toros! y la clienta a la que le hice el vestido, que quedó contentísima, cuando pasa por aquí siempre viene, me abraza y me dice: Yo fui tu primer ensayo.
¿La costura siempre le gustó o fue un destino impuesto?
Siempre me gustó, afortunadamente, porque yo digo que el trabajo le tiene que gustar a uno. Si no, no se puede ser bueno. Eso se lo digo siempre a los muchachos que conozco, que tienen que inclinarse por lo que se sientan atraídos a hacer, porque si no, no se es sobresaliente ni feliz. Lo más importante es hacer las cosas poniéndole el máximo de amor e interés.
¿Y de los hijos de su tía alguno siguió también la tradición o es sólo usted su sucesora?
No, ninguno, porque ellos se fueron cuándo cerraron las universidades en la época de Pérez Jiménez. Mi tía no quería que perdieran el tiempo sin estudiar y se los llevó a Torino a hacer sus estudios. El varón es economista: Franca, que es la mayor, es una arquitecta buenísima en Milán; y la otra, que se dedicó a hacer joyas, vive en Nueva York donde tiene mucho éxito. Se llama Anna Ponti.
Había una boutique llamada así en Altamira ¿no?
Sí, la abrimos pensando que ella se podía quedar en Venezuela, pero después se casó con un señor que iba para los Estados Unidos y se fue para allá.
¿Y sus padres y hermanos no se decidieron a probar suerte en Venezuela?
Sí, claro, vinieron mi papá, mi mamá y mis dos hermanas. Con la llegada de ellos comenzó la verdadera vida familiar, en el sentido de la lucha, pero era bonito porque nos ayudábamos mutuamente, mi mamá ayudaba a mi tía porque sabía mucho de eso; por su parte, mi tío no tomó la reválida de abogado sino que montó un negocio donde hacían réplicas de muebles antiguos. Se llamaba Ponti Muebles de Arte, Y mi papá incursionó durante un tiempo en el mundo de la fabricación de chocolates. Pero ellos después de 12 años aquí regresaron definitivamente a Italia. Yo me quedé porque estaba establecida en la costura y me había casado con un ingeniero químico catalán, Manuel Casella con quien fui inmensamente feliz hasta que murió hace tres años.
¿Cómo se define usted dentro de su campo: diseñadora, modista?
Yo he alcanzado una meta de la que estoy orgullosa y dentro del diseño, sin ser una gran diseñadora, trato de hacer lo que cuadre bien con la persona.
Su trabajo es personalizado, no se trata de hacer moda para un público anónimo…
Sí, sobre todo en el caso de las novias. En la moda en general hay muchos vestidos que se le ven bellísimos a una persona determinada, pero el mismo vestido a otra persona le queda fatal y por eso hay que orientar sin ofender a nadie. Hay que darle la confianza a la cliente de manera de que se dé cuenta de que uno no está aquí para venderle un vestido, sino para que esté contenta con él y que sienta que es lo que ella quiere. Insisto mucho en eso con mi personal y les digo que es preferible que las personas salgan de aquí sin nada porque no encontraron algo que les quedara bien, a que salgan con las manos llenas pero con cosas inadecuadas. Eso no nos favorece a ninguna de las partes, y la gente agradece la honestidad, por eso siempre vuelven. Si hoy no encuentran nada, mañana seguramente sí lo harán.
Una parte fundamental de su trabajo es el trato con la gente ¿cómo son las clientas venezolanas?
¡Lo más bello del mundo! Las clientas de aquí son únicas, será que me quieren, será que me conocen mucho y entonces hay un trato que no es de cliente, es otra cosa distinta, y es muy agradable.
¿Y usted siente que es una particularidad de aquí?
Sí, es distinto que en Europa, porque en París, por ejemplo, son muy amables siempre que uno hable el francés perfecto, porque si no, no le contestan; en España son más sociables, más abiertos, pero no como aquí, de todas maneras.
Usted es emblemática en el tema de los vestidos de novia.
Bueno, hay para todos los gustos porque considero que aquí hay gente que cose muy bien y las señoras de aquí están al tanto de la moda como en París.
Eso le iba a comentar, porque me imagino que su trabajo se enriquece también con la relación con las clientas, y las venezolanas han viajado muchísimo y están muy al tanto de todo.
Muchísimo, la venezolana sabe y está al tanto de los colores, del largo de la falda, de la forma, del corte, de lo que se usa…
Alguien que la conoce y la admira mucho, me decía que una de las cosas que la hace a usted singular es que está más allá de la moda porque un vestido de Piera Ferrari se puede usar durante mucho tiempo, no todos, obviamente, habrá cosas que son muy de vanguardia, pero generalmente su trabajo trasciende eso.
Es halagador el comentario. Hago trajes de corte clásico pero también vestidos súper modernos como los que hay ahora, que incluso tienen las telas cortadas con láser.
Usted debe haber desarrollado una gran habilidad para captar la rápidamente la personalidad de la gente, el estilo personal…
Eso es lo más importante. Cuando la gente viene a hacerse un vestido de novia, después de hablar un poco para poder captar qué es lo que le gusta y lo que le quedaría bien, dibujo varias alternativas para mostrárselas luego, y vamos a decir que en un 85% de los casos, es el primer dibujo que hago el que les gusta.
¿De qué parte usted para comenzar a diseñar un traje de novia?
Las novias generalmente al llegar me hablan de lo que no quieren para su traje. Por ahí ya hay algo con qué comenzar. A veces me dicen que quieren un cuello así o asao o mangas largas o definitivamente cortas, por ejemplo. Pero para mí, lo primero, el primer descarte me lo dan las telas y a partir de allí, dado que cada tela tiene características que determinan el estilo del diseño, voy haciendo mis bocetos, y como le dije: casi siempre el primero es el que es…
Quiere decir que su ojo no falla y que su percepción es correcta. Eso debe ser muy gratificante para usted y para la novia que tiene puestas sus expectativas en que la haga verse la más linda del mundo
Eso es lo que yo quiero, que se sientan ese día así. Es una satisfacción grande cuando en la primera prueba les mido la toile y enseguida me dicen: ¡Es lo más bello del mundo! Y es que, aunque se trata simplemente de un fondo, ya pueden hacerse la idea del resultado final.
¿Qué modisto la inspira? ¿Quiénes le han interesado más que otros?
Me encanta Armani que es un clásico elegante, y Valentino es espectacular. Yo diría que esos son los que más me atraen, porque de los nuevos tengo que decir que pocos vestidos de ellos me gustan. Hay cierta moda que yo no me pondría ni teniendo 20 años.
Es que hay cierta moda que es solo como para los desfiles, y no para usar en la vida real.
Exactamente. Fíjate que los desfiles que hacen en París presentan en la pasarela todos estos vestidos que son muy exagerados, y cuando uno va a hacer los pedidos resulta que no son exactamente los mismos modelos que vimos, sino una versión más clásica. Digamos que el mismo vestido pero cambiado.
Que podía ser usado en la calle. ¿A usted nunca le interesó la pasarela señora Ferrari?
Sí. Nosotros hemos hecho desfiles para obras benéficas en los que presentaban los vestidos muchachas venezolanas a quienes enseñábamos a caminar porque no eran modelos, y que cuando tenían que salir del cuarto donde se vestían a la pasarela, se persignaban, y hasta teníamos que darles un empujón para que se resolvieran a enfrentarse al público. Lo hacían para colaborar, porque si hubiéramos contratado modelos profesionales pagadas, no quedaba para la obra benéfica. Era muy divertido, porque las muchachas tenían mucha pena y a veces cuando había hombres en el camerino, joyeros, por ejemplo, las muchachas decían: Yo no me desvisto delante de esos – el modelo profesional lo hace, pero ellas no- y yo les decía a los señores: No vea por favor, y nos reíamos muchísimo.
Eran desfiles con intenciones benéficas, no para presentar colecciones regularmente.
No, no, todo lo que yo hacía era para obras benéficas. Cuando Carolina Herrera estaba aquí ella me ayudaba mucho en la decoración, en tantas cosas, era muy agradable trabajar junto con ella.
Usted tiene muchísimo tiempo en este negocio y ha visto los cambios en el país a través de su propio trabajo ¿Qué es ahora distinto a como era antes? La gente debe ser más exigente en el sentido de que la moda es algo que interesa más y el estilo de vida ha cambiado.
La señora venezolana tiene siempre entusiasmo en hacerse un vestido porque definitivamente está muy conciente de que quiere verse bien. En este país hay mucho aprecio por la estética. Ahora, para el día la mujer busca verse elegante pero informal, cómoda, entre otras cosas, porque la mujer ahora en su mayoría trabaja en la calle. Pero cuando se trata de la noche, cuando lo que más hay son matrimonios, y de etiqueta muchos de ellos, se lo toman muy en serio.
Usted ha mantenido un contacto permanente con Italia. ¿Qué se siente usted?
Más venezolana que italiana en este momento. Cuando mi marido compró un apartamento en Piacenza yo le dije: Lo primero que me vas a regalar es un cuadro del Avila, porque me hace falta verlo allá. Todavía, después de tantos años en Caracas, cuando salgo aquí lo primero que hago es mirar alrededor y me digo: ¡No hay nada tan bello como esto! En Europa son otras las bellezas, por eso el europeo cuando viene a Venezuela se vuelve loco, porque no quiere ver autopistas, quiere ver bellezas naturales y aquí abundan.
Es otra cosa, allá hay civilización, cultura de ciudad, de vida urbana que a nosotros nos falta.
Sí, en ese sentido allá la vida es muy distinta que aquí y uno se vuelve loco en la calle porque hay tanto que ver y disfrutar, pero es otra cosa, más civilización quizás, mientras que aquí es el paisaje y la luz lo que te impacta.
¿De haberse quedado e Italia su trabajo se habría desarrollado de una manera muy distinta a como lo ha hecho aquí donde todavía la gente acude al modisto a hacerse un traje a la medida?
En este momento en Italia la relación con la moda es, sin duda, más industrializada, pero cuando yo salí de allá, en los años cuando aprendí a trabajar, la gente se hacía la ropa a la medida, o sea, que el buen nombre se hacía igual, con el buen trabajo
Y aquí usted tiene una que otra cosa hecha ¿verdad?
Sí, porque no se da uno abasto con la sola confección, de modo que ofrecemos cosas que importamos de Italia y de Francia. Yo hago también piezas para la venta, todo lo que pueden ser cosas deportivas como talleres, pantalones, camisas, conjuntos. Eso se tiene hecho aquí, porque considero que hay que fomentar también el trabajo del personal en el taller a quienes siempre digo que traten de aprender bien, porque éste es un trabajo que da grandes satisfacciones y con el que el día de mañana, si van a vivir en cualquier parte del mundo se pueden defender y representará siempre una puerta abierta para ellos.
Es cierto, este tipo de trabajo va con usted y en cualquier lugar del mundo va a ser apreciado.
En cualquier lugar, aunque, por ejemplo, en los Estados Unidos ya menos porque no están acostumbrados; allá van, compran sus vestidos hechos y punto, y es una buena cosa eso también, pero cada uno tiene sus costumbres.
La posibilidad de tener un traje único para uno, a la medida y de gran confección es un lujo.
Que muchas veces lo sorprende a uno mismo, porque, modestia aparte, a veces cuando voy a vestir a las novias y las veo maquilladas, peinadas, vestidas y felices, me quedo como si no hubiera visto ese vestido nunca.
Como si no hubiera salido de sus manos.
Y me digo yo: ¡Qué cosa tan bella!
¿Usted todavía cose?
No. Diseño, corto, pruebo.
¿El corte sí es suyo siempre?
Sí. Corto, pruebo y entrego, pero estoy tranquila si no estoy, porque tengo un personal fantástico que procura que esto camine igual que si estuviera, incluso diría que ponen más interés en que todo quede bien.
Cuando viajo dejo los trajes cortados, probados, y ellos siguen y le dan la última prueba…
¿Venezuela va caminando hacia el prêt-a-porter como ocurre en los Estados Unidos y Europa?
Pero más lentamente. Creo que aquí todavía se mantendrá la hechura a la medida por mucho tiempo, entre otras razones, porque para el venezolano es importante el trato personal. Esto se ve en todo. Aquí a la gente le encanta tratarse amigablemente con la gente del abasto, de las farmacias, de las peluquerías. El venezolano fomenta la relación personal.
Parece que el diseño de modas vive un momento de gran auge en Venezuela. ¿Le interesa algún diseñador local en particular?
Hay un grupo muy interesante, sobretodo de hombres, que van caminando hacia delante y creo que eso es muy positivo. Yo pienso que estamos en un buen momento y que el futuro de la creación en esta área es prometedor.
Señora Ferrari, usted es una persona muy discreta que siempre ha mantenido un bajo perfil que se me antoja atípico en el mundo de la moda.
Soy así. Yo digo que una persona como yo tiene que demostrar lo que hace no dejándose retratar o estirando el cuello a cada momento, sino que, a través de lo que llevan las clientas, los demás juzguen mi trabajo. Es mi manera de ser.
Me habían dicho que a usted no le gusta dar entrevistas, y la verdad es que no recuerdo haber visto nunca una, mientras que sus creaciones sí que son conocidas.
Es muy difícil que lo haga.
Las venezolanas tienen fama de ser bellas, tanto así, que hay países donde sólo se conoce a Venezuela por las reinas de belleza. ¿La mujer venezolana es frívola?
Diría que puede ser que haya algunas, pero no podría generalizar. Lo que sí pienso es que hoy en día todas las mujeres tienen su parte de frivolidad, aún las profesionales destacadas. A la mujer venezolana le gusta estar bien.




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11 de Noviembre, 2009
Excelente entrevista de Guadalupe.
La señora Ferrari, junto con un grupo selecto de hombres y mujeres que vinieron de “allende los mares” a Venezuela a mitad del siglo XX, son dignos ciudadanos que contribuyen a que Venezuela sea una “Tierra de Gracia”.
Su trabajo, constante, perfeccionista, discreto y honrado es parte de esa Venezuela que se nos va de las manos.
Felicitaciones a la entrevistadora y a la entrevistada.
11 de Noviembre, 2009
Muchas gracias Rafael, por tu comentario tan amable.