Artes
Pamuk N° 5
De una sentada Por Boris Muñoz “¿Quién es ese Pamuk?” –me preguntó un colega ante mi exagerado entusiasmo por asistir a sus conferencias. “Últimamente veo sus afiches por toda la universidad, pero no tengo idea de quién es”. Lo preguntó sin hostilidad ni sorpresa, con el candor que sólo un estadounidense es capaz de ostentar, incluso en [...]
De una sentada
Por Boris Muñoz
“¿Quién es ese Pamuk?” –me preguntó un colega ante mi exagerado entusiasmo por asistir a sus conferencias. “Últimamente veo sus afiches por toda la universidad, pero no tengo idea de quién es”. Lo preguntó sin hostilidad ni sorpresa, con el candor que sólo un estadounidense es capaz de ostentar, incluso en un sitio como Harvard, donde supuestamente sólo llegan aquellos que tienen lo que hay que tener, los infaliblemente brillantes.
Una hora más tarde, el Sanders Theater comienza a llenarse. La iluminación tiene una intensidad somnolienta. Un público muy educado busca lugar en los centenarios bancos de madera para aguardar a Pamuk. Muchos sacan del bolso alguno de los libros del premio Nobel de Literatura 2006 y se ponen a ojearlo mientras las luces se adelgazan hasta que solo se oye un cuchicheo rumoroso. Solo en la penumbra comienzo a advertir que la ignorancia de mi amigo no es tan accidental como parece, sino que se debe a una causa más profunda y quizás irreparable: la brecha generacional.
“Se diría que el público es de mediana edad”, le comento a Roger, un hombre bastante mayor, con barba blanca y boina negra a la Ernesto Cardenal. “Eres generoso” –replicó. “No es un público de mediana edad, sino un público simplemente envejecido. Mira a tu alrededor”, dijo mostrándome la oreja donde lleva inserto un aparato de audición. En efecto, la mayoría de los asistentes tenía la cabeza blanca o tenía el rostro historiado de arrugas.
¿Qué demonios se hicieron los estudiantes de Harvard?, me pregunté. Son ellos los que deberían estar ocupando estos bancos justo ahora.
Obviamente, no se puede concluir que los jóvenes de ahora no leen, pero si se puede afirmar que por lo menos no leen tanto a Pamuk, como los viejos. Aunque sería cruel concluir que el Nobel turco es un autor para la tercera edad, si así fuera no se trata de un infortunio, sino quizás todo lo contrario.
En fin, ya llegó Pamuk: traje oscuro, camisa blanca, corbata roja a rayas. Es canoso, bastante alto. Detrás de los lentes, se le nota un pestañeo enfático –¿un tic nervioso? Y cuando sonríe, lo que hace solo a veces, luce mucho menor de 58 años. Se sienta en el centro del escenario en una butaca rosa pálido esperando a que concluya el protocolo para iniciar su 5ta conferencia de la serie Charles Norton Eliot Lectures. Solo pensar que en ese mismo escenario han estado Jorge Luis Borges, T.S. Eliott, Umberto Eco y John Ashbery (sin incluir a Italo Calvino porque cuando le daba los toques finales a sus famosas Seis propuestas para el próximo milenio le dio por morirse), debe dar vérigo. El público lo sabe y se prepara para algo grande.
Durante la próxima hora, Pamuk hará su mejor esfuerzo para estar a la altura de ese canon. Una de las razones por las cuales no deben haber muchos jóvenes en su charla es porque el escritor nunca condeciende. No es un autor que le interesen los sound bits a los que nos tiene acostumbrados la cultura del espectáculo, incluso en el mundo académico.
En una época tan afincada en el espectáculo y la impresión retiniana, abraza valerosamente la dificultad, se le planta al aburrimiento y, hasta cierto punto, destruye el mito de que la reflexión densa y el entretenimiento son incompatibles. Todo esto constituye una extravagancia, casi una desviación. Sin embargo, cada una de sus ideas lleva un sello particular y tan identificable como el Amarillo No. 5 o el Chanel No. 5.
La conferencia No. 4 fue un paseo erudito por la relación entre las imágenes y los conceptos en la novela. Dijo: “Todo texto literario se dirige a nuestra imaginación verbal y visual”. Luego entró en detalles: “La poesía y la literatura son artes que se extienden en el tiempo, mientras que la arquitectura, la escultura y la pintura se extienden en el espacio. Las novelas nos revelan momentos congelados. Leer una novela es describir esos momentos y transformarlos en el espacio de nuestra imaginación”.
Al final, Pamuk, como un mago veterano, sacó un As que había mantenido oculto al público durante una hora. La obsesión con la pintura y la representación de cuadros en sus novelas, tiene su origen a los 23 años cuando abandonó la pintura por la escritura, lo que le permitía seguir pintando pero con palabras.
En su charla No. 5 hizo todo lo contrario: destilar lo más puro de su ARS poética explicando de entrada cómo la escritura lo acercó incluso más a la pintura y otras formas artísticas. Fue así como, al mismo tiempo que leía a Tolstoi, Dostoievsky, Proust, su obra se poblaba de descripciones de cuadros, objetos comunes y eruditas reseñas de arquitectura que surgían de sus excursiones por las calles de Estambul. Ahí radica la íntima conexión entre la idea museo y su propia obra. De hecho, su más reciente novela se llama el Museo de la Inocencia, un homenaje oblicuo a las pasiones que han marcado su obra. Es más: en sus 35 años de plumífero de oficio, coleccionó muchos de esos objetos y ahora se propone mostrarlos en un museo que él mismo ha creado a imagen y semejanza de su imaginación, y que promete abrir sus puertas en julio de 2010. Que buena parte de su esfuerzo por crear una realidad metafísica con palabras y preservarla del tiempo en una novela, concluya justamente devolviéndole al mundo material los objetos que le sirvieron de inspiración, es un irónico homenaje. Un homenaje ciertamente muy irónico.






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4 de Noviembre, 2009
Gracia querido Boris por esta reseña que nos acerca a la persona de Pamuk, indiscutiblemente debe ser una experiencia ùnica y te felicito por ello. En cuanto a su pasiòn por la pintura y como la escritura lo acercò màs a ella, debiò ser muy interesante escucharlo ya que esa es otra de las ramas que a mi me encantan, ese museo serà digno de verse y por lo pronto de leer su libro.
4 de Noviembre, 2009
Boris, un abrazo. Leí Estambul e Historias de amor y oscuridad, de Amos Oz, en diciembre de 2006. Nunca he olvidado la ocasión, la intensidad y el placer de esas lecturas, de ese sumergirse en mundos a caballo entre Asia y Europa,tan cercanos a las inquietudes modernas y a las paradojas de este lado del mundo.
4 de Noviembre, 2009
Que buen y sugerente nombre ese de museo de la inocencia. Muchas gracias por esta crónica!!
12 de Noviembre, 2009
Gracias Boris por esta crónica. Me pude trasladar hasta allá. saludos