Por Alejandro Oliveros | 31 de Octubre, 2009
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berlin wallVeinte años del desplome del Muro de Berlín. Constanza tenía trece apenas, sin entender muy bien lo que estaba pasando. Pero es que nadie entendía muy bien lo que estaba pasando, ni el buen Habermas, de este lado, ni la querida Christa Wolf del otro. A mi madre todavía le quedaban seis de vida y mi padre, Daniel Guillermo, llevaba tres de sosiego a la sombra de grandes cedros. En noviembre, estuve en Nueva York para una larga cata de La Misión Haut Brion, organizada por mi hermano Daniel y al día siguiente visité, en su compañía, y en la de Lori Richards, su esposa en ese entonces, la gran retrospectiva de Velásquez en el Metropolitan.

Yo estaba con mis clases, casi siempre Shakespeare, en la Escuela de Letras y trabajaba en una plaquette de poemas, entre ellos una elegía a la muerte de papá, al tiempo que escribía los ensayos de IMÁGENES DEL RENACIMIENTO, que nunca publicaría en forma de libro. Desde entonces han pasado muchas cosas, la no menos relevante es que Constanza vive desde hace cinco en Italia y, como se sabe, una hija única “is a heart’s needle”. Eso es lo mejor de escribir diarios, que uno puede buscar el cuaderno, o volumen, consagrado a un año en particular y recordar mejor lo que vivió durante esos días. Por desgracia, para 1989 no los llevaba de manera sistemática.

En Venezuela, comenzaban a observarse síntomas inquietantes en el sistema político. La democracia de tres décadas era un cuerpo enfermo, con signos y síntomas de evidente deterioro. Manchas en la piel, desorden en los valores humorales, complicaciones sistémicas, dificultades en la marcha, problemas de circulación, derrames subcorticales, dificultades respiratorias, entre otros. Una terapia de shock se imponía de manera inmediata. Los médicos acertaron en el diagnóstico pero equivocaron la terapia. Los alzamientos a comienzos de este acontecido 1989 hablaban de una enfermedad casi irreversible. Muchos notables observadores pensaron que lo más recomendable era la eutanasia. Que era el momento para un nuevo orden. Sólo hacía falta un mesías y lo encontraron. A rabiar aplaudieron la falsa aparición y hoy lloran amargamente lo perdido, si no ellos, muchos desaparecidos con la vieja democracia, sus hijos y nietos, atrapados en un espacio asfixiante del cual, para salir, habrá que ser más lúcidos que sus padres. Hace veinte años se desplomó el Muro de Berlín, que parecía indestructible. Mayores murallas se han caído y la asfixia está dando paso a brisas con más oxígeno y luminosidad. “El círculo se cierra, ¿ves?”

Alejandro Oliveros 

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