Por Alejandro Oliveros | 28 de Octubre, 2009

hofmannMiércoles 28 de octubre de 2009.

Una vez, con motivo de algún aniversario, realizaron una encuesta sobre los Diaros de André Gide. Entre tantas respuestas, recuerdo la de un joven profesor de La Sorbona: “Sus grpes, siempre sus grpes”, contestó con fastidio. Hacía referencia el exasperado docente, a las más que reiteradas alusiones que hace el Premio Nóbel francés a sus estados gripales, en las páginas de su dilatada crónica personal. Como si el día X, del año X, lo único importante que ocurrió en Francia era que él, Anddré Gide, tenía catarro. Mutatis mutandi, así me siento cada vez que aludo a mis dolores de espalda (que he dejado de mencionar, lo que no quiere decir que hayan desaparecido. Ojalá) o gripes como esta, que me ha mantenido entre la cama y unos inestables estados de homo erectus.

Es un proceso viral que no termina de irse, dejándome la impresión de que los virus piensan que mi cuerpo es un spa alpino o un lujoso hotel en Canal Grande. Me aterra pensar que piensen en hacer de mi frágil humanidad una residencia definitiva, que se muden con todas sus pertenencias y dispongan de mis miembros como de las habitacones de una residencia. No entiendo porqué han tenido que escogerme, cuando hay tantos hoteles (cuerpos, quiero decir) nuevos por allí que se merecerían tal distinción. Me recuerdan en algo a esos huéspedes indeseables que llegan y no terminan de irse. Y nos vemos precisados a recurrir a la “ultima ratio”, como poner escobas detrás de la puerta o hundir un juego de cubiertos en un tobo con agua. Estoy a punto de recurrir a cualquiera de estas medidas. El problema es que no es fácil conseguir escobas, y menos agua, en este décimo año de esforzada revolución tropical. Mientras, los virus no parecen querer abandonar mi organismo, anoche me lo recordaron con un incómodo episodio de apnea.

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SEMANARIO: MICHAEL HOFMANN

Los lectores de mis diario ya publicados, conocen el nombre de esta poeta inglés, nacido en Alemania a medidados del siglo pasado, y a cuyo padre, el distinguido novelista Gert Hofmann, también he dedicado unos comentarios.

En uno de mis libros clandestinos, POETAS DE LA TIERRA BALDIA, incluí un trabajo sobre Michael Hofmann para acompañar la traducción de cuatro de sus textos. Allí decía que Hofmann era el tercero de los grandes “father poets” de la poesía inglesa del último medio siglo, con Robert Lowell e Ian Hamilton. Con el segundo, además, se asocia por la precariedad de su producción. Hamilton, con la simetría que lo caracterizó, sólo publicó sesenta poemas en los sesenta años de su exstencia. Mientras que Hofmann, en la última década, apenas si ha dado a conocer diez composiciones, de los cuales he intentado, no sin torpeza, traducir esta:

POEMA

A HUGO WILLIAMS

Cuando todo esté dicho y hecho, quedará

aún la dichosa posibilidad

de voltearse hacia ti,

que es lo más antiguo,

cálido y, posiblemente, mejor

que hay en mí y debo contener

casi como si esuvieras muerta

o yo.

Hofmann es un maestro de la poesía beve, una de las expresiones más arduas del arte de la poesía, como lo entendió Ezra Pound primero que nadie. El tan difundido hai-kai no es una ayuda a la hora de buscar modelos. Aquella intensidad lograda por los poetas de la dinastía T’ang es imposible entre nosotros los occidentales. Tanto como para ellos puede ser la tácnica del soneto. Se trata de un tema de mentalidades. Lo que ha sido ignorado por la ristra de vates que se han sentido escogidos para triunfar en la improbale empresa de adatar al castellano la cerrada composición. El resultado ha sido un gran escapaate de banalidades,que la historia ya se encargará de convertir en leña y humo.

Alejandro Oliveros 

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