Lunes de Patricia

Si aprendiéramos a perdonar…

Por Patricia Lara Salive | 26 de Octubre, 2009
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Por Patricia Lara

La carta revelada por la revista Semana en la que el hijo de Pablo Escobar, hoy llamado Sebastián Marroquín, les pide perdón, en nombre de su padre, a los hijos de Luis Carlos Galán y de Rodrigo Lara, por el asesinato de sus progenitores, y el perdón dado por éstos es un acontecimiento que no puede pasar desapercibido en este país donde los odios y las venganzas han provocado tantos muertos.

“Cuando asesinaron a mi papá sentí una rabia muy fuerte”, le dijo a Semana Carlos Fernando Galán. “Tanto, que cuando mataron a Pablo Escobar alcancé a sentir cierto descanso (…) El poder sentarme con el hijo de Escobar me permitió darme cuenta de que ese odio no lo tengo por dentro. Y eso me tranquilizó”, agregó Carlos Fernando.

Algo parecido le ocurrió al senador Rodrigo Lara, a quien atormentó toda la vida el recuerdo de esa noche nefasta, en que él, entonces de 8 años, recibió en casa a su padre recién baleado y lo acompañó en el carro hasta la clínica, donde falleció. Sí, ese recuerdo y la ausencia lacerante de su papá generaron en ese niño dolor, rabia y deseos de crecer para vengar su muerte. Pero al vivir tantos años fuera del país, en compañía de su madre y sus hermanos, pudo evacuar su odio y convencerse, como le dice a la revista, de que “los ciclos de violencia no se pueden repetir”. Y añade: “aunque no tenía nada que perdonarle a Sebastián, me pareció que estrecharle la mano, darle un abrazo, era mandarle un mensaje de reconciliación al país”.

Y el hijo de Escobar, por su parte, quien en noviembre estrenará un documental titulado Los pecados de mi padre, también es víctima de los delitos y crímenes atroces cometidos por su papá, los cuales lo llevaron a la tumba. “Finalmente todos somos huérfanos”, afirma en el documental el hijo del capo.

Estos ejemplos de arrepentimiento y perdón me han puesto a reflexionar: ¿cómo hubiera sido nuestra historia si ‘Tirofijo’ no hubiera crecido con el impulso de vengar las agresiones que vivió en la época de la violencia? ¿Y cuántos muertos menos hubiéramos tenido que llorar si Carlos y Fidel Castaño hubieran sido capaces de controlar el deseo de vengar el asesinato de su padre? ¿Y cómo sería el estado de ánimo de Colombia si la guerrilla fuera capaz de arrepentirse de sus crímenes y de implorar el perdón de sus víctimas? ¿Y cómo cambiaría el corazón de esta tierra si los mandos y los soldados y policías responsables de los ‘falsos positivos’ pudieran pedirles perdón a las madres y a los padres de los jóvenes asesinados por ellos?

¿Y, finalmente, cómo sería el futuro de Colombia si el Presidente perdonara, desde la última encrucijada de su alma, a los homicidas de su padre? Tal vez, en ese caso, él podría llegar a negociar el acuerdo humanitario e iniciar un camino de paz, estimulado por el deseo de los guerrilleros de seguir el ejemplo El Salvador y Uruguay, donde antiguos combatientes llegaron al poder. Entonces, probablemente, terminarían los insurgentes incorporándose a la vida política del país, finalizaría la guerra y las centenas de miles de millones que se gastan en sostener soldados y en comprar armas y municiones empezarían a invertirse en la erradicación de la pobreza.

Así, Colombia, por fin, podría terminar de llorar y empezar a sonreír.

Pero, antes, tendría que haber aprendido a perdonar…

Fuente: El País de Cali

Patricia Lara Salive 

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