Crónicas desde San Bernardino

De marchantes y jardineros

Por Arturo Almandoz Marte | 23 de octubre, 2009

Crónicas desde San Bernardino

Cabré, CCSPor Arturo Almandoz Marte

1. No sólo por provenir de la apartada Venezuela que no absorbió los beneficios desiguales de los circuitos petroleros – desde los caseríos serranos de Falcón hasta los pueblos pesqueros de Paria – muchos de los inmigrantes de provincia habían sido marginados también en otros sentidos. Llegaron a Caracas en oleadas postreras, cuando la faraónica demanda de trabajadores para obras públicas comisionadas por Pérez Jiménez formaba ya parte del pasado legendario de la democracia de Punto Fijo. Se había agotado también el plan de emergencia de Larrazábal, que atrajera a muchos paletos a las ciudades, para terminar si acaso con algún puesto de bedel o portero en los ministerios hipertrofiados, mientras se avecinaban en ranchos en laderas y quebradas del accidentado valle caraqueño. Eran rostros y manifestaciones de ese Frankenstein que Uslar Pietri había avizorado en sus “Pizarrones” de El Nacional, al advertir que, en medio del crecimiento demográfico posibilitado por las innegables mejoras sanitarias en Venezuela, las criaturas atraídas a las ciudades eran responsabilidad de un Estado, que si no las atendía, tendría que arrastrar los visos monstruosos de la inmigración incontrolada.

Continuaron llegando hasta la burocrática construcción de la Gran Venezuela, muy penetrada ya por maquinarias partidistas a las que esos inmigrantes rezagados no pertenecían. Tampoco se dejaron arrastrar por el despropósito de buena parte de esa masa escotera que arribaba dispuesta a lo que fuera, por lo que se negaron a asumir, en un gesto heredero de su digna laboriosidad provinciana, la buhonería invasora que ya infestaba las aceras y los espacios públicos de las metrópolis venezolanas. Por aquellos años en que la democracia de Punto Fijo dejaba ver ya fisuras y descontroles, recuerdo que mis tías profesoras sentenciaban, desde las butacas danesas de su nueva quinta en la Alta Florida, que Caracas no podía “absorber tanto palurdo”; cuando yo les preguntaba, entre inocente y deseoso de ver su arrogancia capitalina, si no olvidaban que, treinta años atrás, ellas mismas habían migrado desde Cumaná en las postrimerías del gomecismo, me replicaban que las Almandoz Ramos, como su tío Ramos Sucre, habían venido a formarse y trabajar, no a vender “pacotilla en las aceras”.

Sin saber ellas que compartían la lógica de los teóricos del desarrollo, quienes todavía por los setenta consideraban a Venezuela un developing country, la respuesta de mis tías sobre la inmigración coincidía, en el fondo, con el arrojo de algunos de esos inmigrantes tardíos que se negaron a la buhonería y al subempleo; para ellos, aunque fueran poco capacitados, los que se avecinaban en las ciudades debían asumir tareas que, sin importar lo modestas, fueran necesarias y productivas, y no una carga para el leviatán estatal o un aumento para el ya entonces llamado, con cierto eufemismo, sector informal. Así, en esta legión de pequeños pero necesarios jornaleros se contaron los que prestaban servicios públicos diversos en el trajín de las calles, desde los conductores de transporte público hasta los recolectores de basura; o los que atendían servicios domésticos puertas adentro de las viviendas y establecimientos, desde los plomeros y albañiles, hasta los ebanistas y jardineros. Tanto en las novelas de Meneses, donde todavía descubrían con sentido aventurero la Caracas de neones y nocturnidad, como en la progenie literaria de Salvador Garmendia, donde trabajosamente van hallando su lugar en las rutinas urbanas, ambos tipos de personajes aparecieron desde temprano en nuestra narrativa. Y ambos llegarían poco después a casa de mi familia.

2. Creo que como derivación que ella hiciera de los tradicionales marchantes de las céntricas parroquias donde viviera de señorita, el distribuidor de Vengas que por años llevara las bombonas a nuestra quinta, en lo alto de San Bernardino, fue bautizado por mamá como el “marchante del gas”. Por mucho tiempo no me fijé en él, como tampoco en tantos otros personajes y cosas de la domesticidad, que como después supe, son profundamente ricos y aleccionadores. Pero comencé a toparme su camión frente al garaje de la quinta, adonde acudía prontamente, al ser llamado para remplazar los mostrencos cilindros vacíos; era un carromato desvencijado, que había tenido acaso mejores tiempos en las carreteras interioranas, cuando el marchante Juvenal distribuía allende la capital. En Caracas trajinaba a diario desde Catia y El Cementerio, donde vivía, hasta las modestas urbanizaciones y parroquias del centro y del oeste, desde San Bernardino y San José, hasta El Valle y Coche. Sabía que su camión lucía demasiado viejo para las lujosas urbanizaciones del este, donde había mucha garita y vigilantes antipáticos, como una vez me comentó el marchante Juvenal.

Se mostraba complacido en las casas sencillas de doñitas oriundas del interior, como mamá, quien además era de Cumarebo, vecina de la nativa Churuguara del marchante. Como un rey mago de Falcón, de aquí le traía, al regreso del viaje de fin de año, el quinchoncho, la nata y el dulce de leche, los cuales entregaba a mamá con reverencia en el salón de nuestra casa o en la cocina, después de instalar la bombona en el garaje. El saludo a “la paisana” devino un rito que duró incluso hasta que mamá estaba ya recluida en cama, cuando apenas se asomaba Juvenal, con prudencia provinciana, a preguntarle cómo se sentía y a decirle que “esto se lo llevó el diablo”, haciendo referencia al enrojecido país donde soplaban revolucionarios “vientos comunistas”, de los que se confesaba adverso. Ya para 2005, cuando estaban por quitarle la concesión de la compañía, al terminar el saludo ritual, me confesó que le estaban haciendo quimioterapia a causa de un cáncer de páncreas; por el cruce de miradas que tuve con el hijo que a la sazón no lo abandonaba, ambos supimos que aquella sería la última visita del marchante falconiano a la doñita paisana.

3. Pablo apareció hacia finales de los sesenta, ofreciendo cortar el pequeño jardín que bordea la entrada de nuestra casa de San Bernardino. Como un vástago tardío de los gañanes que retratara en Peregrina el Díaz Rodríguez criollista y suburbano, procedía de las otrora haciendas mirandinas, desde donde había ganado experiencia como guardabosques del Ávila. De aquellos primeros años lo recuerdo de contextura atlética y facciones apuestas, pasando la podadora mecánica por las pequeñas laderas de grama, para afanarse después con las tijeras en las estribaciones más abruptas. Siempre recomendaba a mamá los rincones umbrosos para que los helechos se dieran mejor. Cuando fue necesario remplazar la acacia de raíces demasiado brotadas, fue Pablo, ya más maduro y algo calvo, quien recomendó colocar la palma que todavía preside el frente de la quinta, advirtiendo empero que habría que quitarle los gusanos antes de cada invierno lluvioso. Años más tarde complació a mamá, en su senectud, trayéndole las azaleas que ella se antojara de sembrar a la base de la alta reja que hubimos de levantar al frente, por la ya tan caraqueña inseguridad, así como los lirios para las jardineras del patio a continuación del porche, advirtiendo de nuevo que habría que estar en guardia contra los bachacos.

Así como compartía mamá con el marchante Juvenal la devoción por el terruño falconiano, con Pablo lo hacía por el jardín y las matas, que son todas formas telúricas de las que parecían comulgar los tres. Si el marchante no supo de la muerte de la paisana, al Pablo enterarse del fallecimiento vino a casa a los pocos días, con camisa de tartán y pantalón de caqui recién planchados, a transmitir uno de los pésames más compungidos que hube de recibir. Aquella tarde, el cabello engominado y la compostura serena ennoblecían el rostro y atenuaban el envejecimiento, a pesar del julepe de tantos años; pero las ropas almidonadas no lograban ocultar la artrosis de la pierna, que le ha dificultado cada vez más la jardinería.

Por ello viene Pablo ahora muy “de cuando en vez”, como decía mamá, acompañado de un asistente que hace la faena más pesada, mientras él se sienta y da instrucciones, como aferrándose al oficio que le es imposible ya ejecutar, pero también abandonar. En esas ocasiones me cuenta de los exorbitantes costos de la operación que no puede asumir, carente de seguro como ha envejecido, como tantos otros artesanos y maestros venezolanos en sus oficios tradicionales. Se reserva empero el privilegio de regar él mismo, con bizarría, las azaleas y los lirios que le sembrara a la doñita, cuando ya padecía de artrosis como él; no cesa de recordarme que debo hacerlo dos veces al día, a media mañana y en la tardecita, cuando el sol no está muy fuerte y las matas absorben mejor el agua.

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* Una primera versión fue publicada en El Cautivo, Año 4, No, 40, noviembre 2008, http://www.elcautivo.org.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (6)

Odart Graterol
23 de octubre, 2009

Excelente relato Arturo! Se te recuerda con Afecto.

(Ex-Alumno de Arquitectura y Ciudad en la USB.)

Clara Rosa
23 de octubre, 2009

un homenaje a la gente sencilla, honesta y trabajadora. al marchante Juvenal (distribuidor de Vengas) y a Pablo el jardinero exquisito. muy buena la cronica, la disfrute mucho.

Sebastián Yawar
23 de octubre, 2009

Esta crónica me ha sacado lagrimas. Así era la Caracas que perdimos irremediablemente. Una Caracas sencilla, llena de gente en la que confiabas, donde las personas con las que te relacionabas eran mas amigos que empleados o “servicio”. donde con los comerciantes y vendedores que te surtían podías lograr ademas de la compra una sensación de dulce complicidad, un como cariño natural que se desprendía de cada acto,cada palabra…a fin de cuentas,teníamos el mismo origen,la misma raíz. Ahora ¿Como abrirle la puerta de tu casa a alguien, como brindarle esa confianza, ese amor a un extraño? Imposible, la dura “medio-vida” del barrio degradado y mortal ha bestializado a sus habitantes, y la ciudad no ofrece sino dolor, fealdad, maldad y muerte..

Arturo Almandoz
25 de octubre, 2009

Gracias a todos por los comentarios, incluyendo a Odart, ex alumno recordado con igual afecto. Nuevamente me han hecho descubrir aspectos de mi texto en los que no había pensado tanto, como el que esas relaciones con los marchantes no se dan ahora de la misma nanera, como bien acota Sebastián, debido a la inseguridad rampante. En todo caso es un homenaje a la gente humilde y trabajadora, al decir de Clara Rosa, que siempre ha ofrecido en nuestras casas sus oficios dignos y necesarios.

Felix
21 de enero, 2010

Reminiscencias de profundo contenido crítico , estas lineas que deben ser leídas por los “mayores” que vivieron esta época o fueron sus protagonistas activos y por los jovenes que no tienen idea de como fué y , ni siquiera, como es ahora. El contraste, resulta excelente. Recuerdo mucho que en la época de la Gran Venezuela, los campos petroleros eran visitados cada mes por los marchands “de arte”. Cuadros realmente bellos de artistas , sobre todo venezolanos, eran colocados pomposamente en las salas de las casas de los campos como símbolo de estatus, sus dueños les atribuían cualidades casi esotéricas a cada cuadro, o simplemente, repitiendo la perorata del habilidoso vendedor quien en actitud melosa decía que tal obra era “fresca, de tono sutilmente tropical, de equilibrio perfecto del color y la forma ó cualquier otra frase del mismo tono. Era como cómica la cosa. Curiosa la anécdota del vigilante de la Industria que habiéndose hecho propietario de un LTD en cuestión de minutos, lo estacionaba en su casa cuyo garage solo alcanzaba para guarnecer un carrito pequeño, pero había que estacionarlo y , por lo menos un metro del auto quedaba afuera. Los colores que se vendieron como arroz en el Zulia fueron los azul celeste y marron. Mucho dinero, muchas contradicciones en un mar de ingenuidad y, a veces de imbecilicidad. La diferencia con lo que ocurre hoy en día es que el despilfarro rtiene nombrte y apellido y, no es ingenuo sino doloso, alejado del valor de la probidad. Vale

Arturo Almandoz
21 de enero, 2010

Fascinante material, Félix, para otra crónica del campo petrolero; es un escenario que, lamentablemente, nunca conocí directamente.

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