Por Arturo Almandoz Marte | 9 de octubre, 2009

Crónicas desde San Bernardino

Boda elegante.Por Arturo Almandoz Marte

A Enrique Almandoz Ramos,

Antonieta Marte Asprino,

in memoriam.

1. “Boda elegante” se intitula la breve nota periodística aparecida en prensa en los primeros días de agosto de 1947, rescatada ahora de los amarillentos recortes familiares que reposaban ignotos en el escaparate de mamá. Si bien los dignos perfiles de los novios frente al presbítero resultan todavía apreciables y nítidos, dada la considerable magnitud de la foto para un periódico de marras, el texto más bien escueto delata que no fue una de las bodas rimbombantes en aquella Caracas que se adentraba en la masificación metropolitana. Sin ser una pareja de la crema y nata, la ceremonia fue conducida con decorosos toques de la clase media venezolana que se consolidara después del gomecismo, en el decenio democrático que abriera López Contreras y cerrara Rómulo Gallegos. Quizás para estar más a tono con la modesta iglesia de La Candelaria, se prefirió el Ave María de Gounod y no el de Schubert, que había acompañado las más celebradas bodas de las hermanas mayores de mamá en el Corazón de Jesús; y acaso por su sobria solemnidad, la marcha nupcial fue de Wagner y no de Mendelssohn, cuya feérica orquestación habría requerido otro auditorio y ejecutante, distinto de la modesta agrupación Armonium, que la esquela periodística reseña.

Celebradas por mi abuelo con la relativa pompa que correspondía a un alto funcionario del apogeo gomecista, en las nupcias de mis tías habían pavoneado todavía los bigotudos caballeros de levita y chistera, como recordaba haber visto mamá, con aniñado traje corto a la sazón, desde los corredores de la casa de Altagracia. Pero no llevaba ya el novio sombrero, ni tampoco frac o levita, en esta boda de La Candelaria. Con el cabello engominado y partido a lo Gardel, o quizás más bien en el estilo del abdicado duque de Windsor, papá vestía un sencillo esmoquin negro, como los que también lucían en la posguerra Cary Grant y James Stewart, entre otros galanes de la segunda generación de Hollywood, en las elegantes tramas de suspenso de Hitchcock o en las comedias de Cukor. Y aunque no fuera de alcurnia mantuana, en los tres apellidos Almandoz Ramos Sucre que la crónica le atribuyera al novio resonaba acaso el prestigio que el malogrado tío materno pasaba a tener en la Caracas de Viernes y Contrapunto, cuando comenzaban a despejarse algunas incógnitas dejadas por el suicidio del poeta insomne en Ginebra.

2. El traje de la novia contaba otra historia, diferente de la que mamá solía relatarme sobre la parafernalia de gente de “alto quipur”, expresión que ella utilizaba cuando hablaba de sus conocidas de primaria en el colegio San José de Tarbes. En las grandes nupcias que habían tenido lugar desde finales de la Bella Época en las señoriales mansiones de El Paraíso, así como desde los Años Locos en las ajardinadas urbanizaciones de La Florida, el Country Club y Campo Alegre, o incluso en las casonas de haciendas aledañas a La Vega y Los Chorros, algunas familias de la oligarquía terrateniente primero, seguidas de la burguesía petrolera y comercial, habían venido importando vaporosos trajes de Paul Poiret y Jeanne Lanvin, para ser desfilados por las acaudaladas novias criollas. Las que casaran con diplomáticos extranjeros o musiúes del oro negro, eligieron, probablemente, la elegancia vanguardista de Chanel y Schiaparelli, o acaso el desenfado olímpico de Jean Patou, como antesala a la liberalidad que les aguardaba en las lunas de miel en Europa y Norteamérica.

Los modistos preferidos de las novias chic venezolanas cambiaron en entreguerras, por supuesto. Las faldas subían y bajaban, se entubaban y acampanaban en los diseños de Marcel Rochas, mientras los tules y tafetanes de tocados y polisones se desplegaban en las primorosas creaciones de Nina Ricci; ellos querían que la mujer europea olvidara las austeridades de la guerra, pero más bien terminaron fomentando el consumo extravagante de las afluentes señoras gringas de Nueva York y Chicago. Fue en el Saks de la Quinta Avenida o en el Macy’s de la Michigan, a los que Balmain y Dior habían ya dado franquicias de su new look desde 1947, donde compró más de una novia venezolana el vestido que presidía el atávico trousseau de resonancias parisinas.

El traje que mamá asomara en la nave de La Candelaria arrastraba, en cambio, la modesta historia de esa clase media venezolana engrosada con los otrora funcionarios gomecistas, como mi abuelo Alejandro, quienes vinieran a menos después de morir el Benemérito. La nota periodística reseña una “creación de su señora madre Carmen Asprino de Marte, de satín rígido con pieza de tul ilusión ricamente bordado en perlitas y la falda terminada en larga cola con elegante polizón (sic). Llevaba un bellísimo tocado estilo Reina Victoria y el bouquet era de lupinos y botones de rosas blancas delicadamente confeccionado”. A pesar de los primores del arreglo, coronado con regias reminiscencias victorianas, el detalle del traje elaborado por mi abuela, confirmaba, junto a la centralidad de la parroquia, que la novia no era de la jai, aun cuando la modista familiar o vecina era recurso estimado y socorrido entre los diferentes estratos sociales de la masificada Caracas de marras.

3. Mi abuela Carmen fue una de esas costureras que abundaron en Caracas entre las décadas de los cuarenta y sesenta. En su juventud, habían encargado algunas de ellas los modelos de La samaritaine que se ofertaban en las páginas de moda de El Cojo Ilustrado; como lo hicieran las elegantes damas en las novelas de Blanco Bombona y Pío Gil, de Pocaterra y Vallenilla más tarde, sus propios ajuares habían sido adquiridos en La compagnie française, así como sus vestidos de recién casadas, con aquellos plisados a lo Fortuny tan en boga en los salones gomecistas, fueron elaborados con seda de los almacenes turcos en los céntricos pasajes Linares y Ramella. Pero el verdadero trajín de esas costureras con las telas vendría, en las décadas de la masificación caraqueña, con los cortes de El tesoro escondido y la mercería de La linda, que las pizpiretas clientas de las urbanizaciones del este les llevaban como encargos a sus viejas casas del centro. Como en una trama balzaciana, por regalo de los familiares más pudientes y viajados, esas modistas criollas aprendieron a usar, junto a sus colegas recién llegadas de la Europa mediterránea en los años de Pérez Jiménez, las primeras máquinas Singer eléctricas y los patrones de Burda y McCall; con ellos adaptaron y confeccionaron, para las venezolanas en trance de profesionalización y liberalización, los cambios del prêt-à-porter internacional: desde los sencillos camiseros de popelina y algodón para las funcionarias que se adentraban en ministerios y corporaciones, hasta los talleres de lino y organza, con cortes a lo Givenchy, para las señoras que emulaban a Audrey Hepburn en cocteles de clubes y embajadas.

Ochentonas como ya casi eran algunas para comienzos de los setenta, esas modistas se aventuraron incluso a reproducir para las clientas más desenfadadas, incluyendo a nietas como mi hermana Corina, los modelos vanguardistas que siguieran al Mayo francés, desde las minifaldas de Paco Rabanne y Mary Quant, hasta los minimalistas cortes de Saint Laurent, con estampados geométricos de Mondrian. Incluso algún esmoquin o falda pantalón del delfín de Dior se atrevieron a recrear costureras como mi abuela, contraviniendo sus gustos recatados, para complacer a jóvenes parientas que querían presumir de modernas en discotecas como El hipocampo o en The Flower, en los más psicodélicos años caraqueños. Pero los encargos más satisfactorios de esas abuelas modistas fueron, todavía en los años 1970, los eclécticos trajes de novias de las nietas, como lo fueran los de las hijas treinta años antes, aunque aquéllas pudieran ya aspirar, a diferencia de éstas, a vestidos importados.

4. Hasta comienzos de los setenta fue frecuente y aceptable, al menos de lo que recuerdo por las encopetadas clientas que llegaban a casa de mi abuela en San Bernardino, los trajes de modistas anónimas, como ella, para bodas de cierta pretensión; después esta costumbre caería en desuso en el frenesí consumista de la Venezuela saudita, cuando se hizo de rigor que las novias sifrinas tenían que llevar modelos de Armani o Valentino, cuyos nombres envolvían asimismo los luengos cortejos de damas de honor. Con caravanas presididas por platinados Rolls Royce o Mercedes Benz de época, en ruta hacia las mansiones de Valle Arriba o La Lagunita, esas eran las grandes fiestas que reseñaba Pedro J. Díaz en “La ciudad se divierte”, en los años estruendosos del ta’ barato, cuando más de una novia caraqueña seguía presumiendo del trousseau de resonancias parisinas, aunque fuera comprado en el Burdines de Miami.

Después de la debacle del Viernes Negro, comenzarían a sonar diseños de la primera generación de creativos modistos criollos que encontró mercado en una clase media que ya no podía comprar en el exterior, desde Guy Meliet y Ángel Sánchez hasta Carolina Herrera, aunque el primero fuera francés y ésta estuviera ya internacionalizada en Nueva York. Olvidada la efímera austeridad que siguiera al Caracazo, los ruidosos cortejos continuaron enrumbándose hacia las quintas de Campo Alegre, ahora alquiladas como agencias de festejo, o hacia las mansiones de Chula Vista o Cerro Verde, con accesos controlados por garitas. Desde entonces no han cesado las reseñas periodísticas que siempre mencionan los distintivos detalles de clase, desde los tradicionales cristales de Sarowsky y encajes de Bruselas para los trajes, hasta los más recientes símbolos de estatus, como el güisqui de dieciocho años y etiqueta azul, tan apreciado en la ostentación balurda y resentida de la Venezuela roja. Pero ya es cada vez más raro que una novia postinuda y pretenciosa aparezca vestida por una modesta costurera familiar, a diferencia de aquella reseña de 1947, de la boda elegante en La Candelaria.

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Una primera versión de este texto fue publicada en El Cautivo, Año 4, No, 39, octubre 2008, http://www.elcautivo.org; posteriormente fue liberada en el sitio de la Fundación para la Cultura Urbana, http://fundacionculturaurbana.org.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (5)

Rafael Díaz Casanova
9 de octubre, 2009

Maravillosa crónica que nos transporta a fechas envidiables y a costumbres genuinas. Felicitaciones, Rafael Díaz Casanova Caracas-Venezuela

joseantoniogonzalez
10 de octubre, 2009

Excelente relato de las etapas de la moda,por la cual ha transcurrido la economia en nuestra Venezuela,modas,modistos,costureras,familias de los diferentes estratos sociales;todo un desfile de la representacion economica y poder adqusitivo del momento historico.La Venezuela del pasado,con una minuscula poblacion y minimos problemas socio-economicos; amen del poder adqusitivo de nuestra moneda.A veces pienso para ponerle una nota de humor al comentario:”Eramos felices y no lo sabiamos”¡¡¡¡¡

Arturo Almandoz
11 de octubre, 2009

Gracias por las estimulantes lecturas sobre la crónica. Esta microhistoria de la moda quiere, desde el cuarto de costura familiar, catalogar algunos de nuestros cambios sociales urbanos.

Ybelisse Colina
4 de enero, 2010

Coincido con los comentarios anteriores, excelente crónica de la moda, la crónica social y los cambios en la sociedad venezolana en particular la caraqueña. Felicitaciones.

Arturo Almandoz
21 de enero, 2010

Gracias de nuevo, Ybelisse, por la consecuente lectura – y disculpa la respuesta demorada, después del receso de Prodavinci.

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