Rosa Náutica

El G-8 abdica en el G-20

Por Luis Esteban G. Manrique | 5 de Octubre, 2009
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Rosa Náutica

Foto_familia_lideres_G-20Por Luis Esteban G. Manrique

La tercera cumbre del G-20, ésta vez en Pittsburgh (EEUU), fue básicamente de seguimiento y balance de lo conseguido tras las anteriores reuniones de Washington y Londres: se ha evitado que la crisis financiera y la recesión provocaran una depresión a escala global.

Por lo demás, se reiteraron los objetivos ya trazados: mantener los estímulos fiscales hasta que la recuperación esté consolidada; fortalecer las regulaciones financieras; establecer el marco para un crecimiento equilibrado y sostenible; reformar la arquitectura institucional global; concluir la ronda de Doha y alcanzar una acuerdo sobre cambio climático en la cumbre de Copenhague.

Pero ahora viene la parte difícil: traducir todas esas buenas intenciones en legislación frente al más poderoso lobby del mundo, el de la industria financiera. Solo en EEUU entre 1998 y 2008 el establishment bancario de Wall Street invirtió 1.700 millones de dólares en contribuciones políticas y otros 3.400 millones en pagar a los miembros de sus lobbies, cinco por cada miembro del Congreso, según un informe de la ONG Consumer Education Information.

Lo que parece ya irreversible es el fin del G-8 como directorio económico mundial y su abdicación, tras 33 años de existencia, en el g-20, que agrupa a países con una población conjunta de 4.200 millones de personas, frente a los 900 millones del G-8.

Si algo ha demostrado la actual crisis mundial, es que la descentralización y el progresivo desplazamiento del poder económico de Occidente a Oriente es ya imparable y que se acelerará en las próximas décadas. Los países emergentes de la región Asia-Pacífico podrían registrar un crecimiento del 7-8% anual durante los próximos cinco años, tres veces más que los países desarrollados.

Goldman Sachs anticipa un crecimiento del 5,6% para el conjunto de la región en 2009 y un 8,6% en 2010. China podría llegar al 9,4% este año y al 11,9% el próximo. Incluso India registrará un 5,8% porque sus exportaciones representan sólo el 15% del PIB, frente al 33% en China, por lo que la desaceleración de la demanda de los países industrializados le afecta menos.

China ha demostrado ser casi inmune a la recesión global, marcando este año nuevos hitos económicos: ya ha sobrepasado a Alemania como primer exportador mundial y a EEUU como el mayor mercado para la industria del automóvil. Sus reservas de divisas son las mayores del mundo: dos billones de dólares.

Su meta más ambiciosa –ser la primera economía mundial- está cada vez más cerca de pesar de que en términos de pib per capita ni siquiera esté entre los primero 100 países del mundo. Goldman Sachs predijo hace unos años que China sobrepasaría a EEUU entorno a 2027.

Pero eso fue antes de la crisis. A medida que la superpotencia se embarca en un periodo de crecimiento más lento debido al peso de su deuda pública -lo que conllevará inevitablemente mayores impuestos y, por tanto, menos incentivos para la inversión- ese momento se aproxima aceleradamente, quizás hacia finales de la próxima década.

Y en 2010 China sobrepasará como segunda economía del mundo a Japón, inmerso en un prolongado marasmo económico debido al rápido envejecimiento de su población. Hoy Asia-Pacífico fabrica más chips de memoria, televisores de pantalla plana y ordenadores que nadie y los índices de las bolsas de Hong Kong y Shangai condicionan lo que sucede en Wall Street.

Las declaraciones de los presidentes de los bancos centrales de China y Japón son escuchadas con tanta atención como las del presidente de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo, mientras que los inversores asiáticos se han convertido en importantes protagonistas de los mercados bursátiles, inmobiliarios y de divisas del mundo.

En 1990, China representaba el 8% del consumo de energía global mientras EE UU absorbía el 24% y Europa occidental el 20%. En 2006 China alcanzaba ya el 16% y si ese tendencia continua a ese ritmo llegará al 21% en 2030, con lo que superará a EEUU. Y en cuanto al hierro, el cobre, el aluminio y otros minerales industriales, China ya ha sobrepasado a EEUU. India, por su parte, elevará su consumo energético un 2,8% anual hasta 2030, casi el triple de la tasa de EEUU y siete veces más que Europa occidental.

El mundo, por otra parte, ya no podrá seguir confiando en EEUU como consumidor de “último recurso”. Décadas de caída de la tasa de ahorro interno, la insuficiente inversión pública, crónicos déficit fiscales y la corrupción corporativa propiciada por un modelo obsesionado con la reducción de los impuestos a los más ricos y la desregulación financiera, han agudizado las vulnerabilidades de la superpotencia.

Entre 1950-80, el consumo representó una media del 62% del PIB del país. Desde entonces, y hasta 2008 se disparó al 70%, un periodo en el que la deuda privada de los ciudadanos se disparó del 55% de los ingresos nacionales al 133%. En 2019, según la Brookings Institution, sólo el pago de los intereses de la deuda pública federal costará 803.000 millones de dólares.

Ahora las grandes decisiones sobre el cambio climático, la proliferación nuclear, la liberalización comercial y la protección de los derechos humanos no pueden tomarse sin el activo concurso de sus gobiernos. Pero las grandes ambiciones conllevan grandes responsabilidades. Y el mejor modo de lograrlo es aumentar el número de acciones en manos de los nuevos socios de la empresa global subiendo sus cuotas nacionales –que determinan su poder de voto- en las instituciones de Bretton Woods: el Fondo Monetario internacional y el Banco Mundial.

Los países europeos, que detentan ahora el 30% del voto en el FMI, frente al 17% de EE UU (que representa el 20% del PIB mundial), tendrán que ceder parte de ese poder si quieren comprometer a China, India, Brasil y Rusia en la gobernabilidad económica mundial, incluso más allá del 5% de aumento de la cuota de representación para los países emergentes en el FMI y el 3% en el BM acordados en Pittsburg.

A la larga, la UE tendrá que unificar su representación o aceptar tener menos votos y directores en el board del FMI, además de renunciar al privilegio de que un europeo sea el director-gerente del organismo. Hasta ahora, Francia ha torpedeado todos los intentos de designar una representación unificada de la zona euro en el FMI para no perder a su director.

Foto: cincodias

Luis Esteban G. Manrique 

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