Reseñas
Una novela sobre el amorío del autor con su esposa, hasta que el cáncer los separó
Por Dinitia Smith New York Times ¿Que hacer? Llega una novela sobre la esposa de un hombre y su terrible muerte por cáncer, acompañada de material promocional que nos informa que es, principalmente, un trabajo autobiográfico. La esposa ha sufrido, el esposo-escritor ha sufrido. Entonces, ¿debemos leerlo como una memoria, y hacer un juicio sobre [...]
New York Times
¿Que hacer? Llega una novela sobre la esposa de un hombre y su terrible muerte por cáncer, acompañada de material promocional que nos informa que es, principalmente, un trabajo autobiográfico. La esposa ha sufrido, el esposo-escritor ha sufrido. Entonces, ¿debemos leerlo como una memoria, y hacer un juicio sobre la vida del escritor, los deslices morales de su matrimonio y las decisiones médicas que hacen su esposa y los doctores en la lucha contra los embates de su cáncer? O—por favor que sea así—¿el autor ha logrado convertir su historia personal en una obra de arte y de la imaginación?
La respuesta a la segunda pregunta, afortunadamente, es un si rotundo. Rafael Yglesias ha transformado la historia de su vida y la de su esposa, Margaret Joskow, que murió en 2004, en una profunda deliberación sobre la naturaleza del amor, del matrimonio y del proceso de morir.
“A Happy Marriage” comienza en 1975. Enrique Sabas, alter ego del Sr. Yglesias, ya ha publicado dos novelas a la increíble edad de 21 años, cuando conoce a la bella y alegre, Margaret. (En el libro, el Sr. Yglesias usa el verdadero nombre de su esposa y le da a su sucedáneo el mismo apellido que usara en “Hide Fox, and After All,” su primera novela, también autobiográfica, completada en su cumpleaños número 16 y publicada en 1972, cuando tenía 17).
El inicio de “A Happy Marriage” es una maravillosa descripción de la total electricidad que puede suscitarse la primera vez que conoces a alguien que estás destinado a amar. A Enrique inmediatamente le impresionan los “mojados ojos azules,” el cuerpo delgado, los movimientos delicados, la manera como lanza sus piernas sobre una silla, de Margaret.
“Algo pasó dentro de Enrique, como una cuerda de guitarra que se zafa de repente. Hubo un choque y una vibración en su corazón, una ruptura palpable en la cavidad de su pecho.” Sin embargo, cuando Enrique finalmente se acuesta con Margaret, le ocurre una vergonzosa falla sexual. Intenta de nuevo, y nos quedamos suspendidos a la orilla del asiento.
Mientras tanto, el Sr. Yglesias, en un tour de force de la arquitectura novelística, nos cuenta, con despiadadas minucias, la historia paralela de la larga y lenta muerte de su esposa. Es como si fluyeran dos grandes ríos en dirección de choque—uno hacia el éxtasis y la vida, y el otro hacia la aniquilación y desintegración de la carne y las funciones corporales.
Existen pocas novelas con una representación tan constante de los estragos del cáncer. El Sr. Yglesias describe con aterrador detalle la vejiga que los cirujanos le inventan tras extirparle la de Margaret, sus fiebres, su incapacidad para digerir alimentos, el tubo que drena todo lo que ella ingiere y lo lleva a una bolsa plástica.
Al final, Margaret y su médico organizan exactamente cuanto tiempo quieren que dure su proceso de muerte, que es sólo lo suficiente para despedirse de sus dos hijos grandes y otros miembros de la familia y amigos. “Una semana de esteroides probablemente sea lo que puedas tomar,” le dice el doctor. Pero aún tendrás energía para otra semana porque te voy a ir bajando la dosis gradualmente.”
El médico sigue, “Será muy rápido una vez que paremos la hidratación,” añadiendo, “en pocos días te dará mucho sueño. ¿Ese es el ritmo que quieres?” Enrique piensa: “Siete días de esteroides e hidratación plena para los adioses, siete días más hasta la muerte. Catorce días de Margaret.” Y así progresa la novela; de 14 son 13, luego 10… ¿Hidratarla o no hidratarla? ¿Eso viola su deseo de morir rápidamente? Pero le dará tiempo a Enrique para pasar sus momentos finales con ella porque quiere revelarle algunas cosas oscuras que están en su mente.”
Desafortunadamente, aquí es donde el personaje se convierte en desagradable. Enrique es privilegiado y auto compasivo –se lamenta por todas esas novelas que nunca vendió-. Es más, mientras estaba casado tuvo un amorío con una amiga cercana de Margaret, y ahora tiene la determinación de revelárselo: “El quería decirle que la semana cuando le dijeron el diagnóstico, tuvo dudas sobre si estaba enamorado de ella. La conoció tan joven, tuvieron hijos a temprana edad, el no estaba contento consigo mismo.”
A Enrique finalmente lo redime su autoconsciencia y su capacidad de burlarse de sí mismo, con su total y adorable atención hacia la moribunda Margaret, su ternura cuando mezcla la inútil nutrición que le dan por el tubo, cuando limpia el puerto de entrada a su cuerpo, y la cambia cuando se ensucia.
Sobre todo, Enrique/Rafael Yglesias se salva por su arte. Rara vez ha habido un estudio tan cercano acerca de un ser amado, las particularidades de su belleza, las pecas de su piel pálida, su personalidad, su devoción inquebrantable hacia su familia, sus defectos—los dientes aparentemente demasiado chicos, su desagrado para la toma de decisiones, sus dudas, su pasividad ocasional.
Inevitablemente la historia de la muerte de Margaret opaca la historia sobre los primeros esfuerzos del joven Enrique para hacerle el amor. (Por supuesto que su ternura, dulzura y confianza por fin lo ayudan a lograrlo.)
Y cuando la vida de Margaret llega a su fin, Enrique se da cuenta de que “no solo la necesita sino que la ama más profundamente que nunca: no como un trofeo a ser ganado, no como un competidor, no como un hábito tan antiguo que no puedes dejarlo, sino como una pareja total, piel de su piel, cabeza de su corazón, y corazón de su alma.”
El Sr. Yglesias o su personaje de la novela, puede lamentar las supuestas fallas en su carrera—a pesar de muchas novelas y guiones—pero en la muerte de esta hermosa mujer, ha encontrado la novela de su vida.
Traducción: Gabriela Gamboa
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8 de Septiembre, 2009
hermosa novela..siempre que un ser querido se nos muere como que caemos en cuenta que quiza nuestra vida es sólo un soplo dentro de la tormenta que nos lleva y nos trae. reflexionamos en lo ya vivido, lo que pudo ser o no, las vivencias recientes y la incertidumbre del futuro. nos acercamos día a día al final..feliz?
16 de Diciembre, 2009
Muy motivadora la reseña. No conozco al autor, y tal vez esta novela resulte un buen comienzo.
Me encanta esta página. Gracias.