Testimonios inmigrantes

Adrián Pujol: Hay un paisaje en la mente de cada ser humano

Por Prodavinci | 7 de septiembre, 2009

adrian

Por Rafael Arráiz Lucca

Conozco desde hace muchos años a Adrián Pujol. En 1985 escribí un texto para el catálogo de una exposición suya. Entonces estaba tomado por el tema de los laberintos y los carros o los autobuses insertos en ellos. Luego el paisaje de gran formato se apoderó de su fuerza creadora. Hoy en día, después de casi treinta años en Venezuela, la obra paisajística y retratística de Pujol es excepcional. Han sido años de trabajo incesante, de oficio, de voluntad y de genio. Oigamos su historia.

¿Cuando viniste qué edad tenías, estaba en tus planes venir a Venezuela o fue algo accidental?

Me vine el 14 de septiembre de 1974. Salí de Barajas en avión. No sabía nada de Venezuela, pero conocí a un venezolano que estudiaba en Madrid cuando yo trabajaba de asistente de Joaquín Torres, que es un pintor. Él era retratista y paisajista, un poco los mismos géneros que yo trabajo. Ya tenía tres años asistiéndolo a él y estaba un poco cansado de estar de asistente, tenía veinticuatro años y muchas ganas de salir a trabajar por mi cuenta.

¿Habías tenido una formación previa o tu formación fue con él?

Había estudiado previamente en la Escuela de Artes y Oficios en Palma de Mallorca, pero esto no me bastaba, entonces entendí que la Escuela Superior de Bellas Artes era algo más interesante, me preparé para el ingreso y lo hice con Joaquín Torres. Él es un catalán de Badalona, que fue como un niño prodigio, empezó a los catorce años y era un virtuoso pintando. Cuando termina su formación en Barcelona se va a Palma de Mallorca, enamorado de una mallorquina, y allí se establece. Y en Palma crea esta academia a la que yo acudo, una academia de dibujo y pintura que preparaba para el ingreso a la Academia de Bellas Artes.

El hecho es que, luego de tres años, dejé la carrera y durante mi estancia en Madrid conocí a Jorge Cáceres, este amigo mío venezolano, y él me invitó a Venezuela, y me vine porque en ese momento no pensaba nada, tenía 24 años, estaba en estado de aventura. No sabía dónde quedaba Venezuela, me puse a buscar y vi que quedaba un poco más abajo de México y un poco más arriba de Argentina, que es lo que uno conoce. Ni siquiera sabía que había petróleo, imagínate esa ignorancia de un muchacho de mi edad, mallorquí, estamos hablando del año 74.

No fue por motivaciones políticas o porque no veías un futuro con esperanzas en España.

No, no había razones políticas. Fue simplemente una cuestión de aventura, un afán de conocer, yo ya pintaba paisajes en ese momento. Pero no pensaba que podía venir aquí a pintar paisajes. Para mí significaba un rompimiento con lo que eran mis atavismos culturales, es decir, tenía al maestro, que eso pesa mucho, allá veía todo un poco más complejo y entendí que aquí se podía presentar de una manera más aventurera. Todo era novedoso y, además, era una experiencia corta, estamos hablando de inicialmente unos tres meses o probablemente un año, dependiendo del tipo de visa que podía obtener.

Y ya tienes aquí veintinueve años.

A mí siempre, sin pedirlo, me han considerado venezolano y yo me he considerado binacional. Entiendo, con mi trabajo, que tengo las dos nacionalidades y que además soy extraterritorial.

Me interesan mucho tus primeras impresiones de cuando llegaste aquí, ¿era la primera vez que venías a un país del trópico?, ¿qué te pareció?, ¿la luz de aquí era distinta?

Sí, era mi primera vez en el trópico y creo que la luz no era distinta, ni el color, aunque obviamente hay diferencias. Aquí hay más luz y de las cosas que más me impactaron durante el primer año que estuve fueron los tonos de verde, la calina, que ya me era familiar en Mallorca, y que el paisaje sólo cambia con la lluvia, pero sobre todo que el tiempo es siempre lo mismo, esa horizontalidad del tiempo. Por supuesto, el clima me impactó muchísimo y es una de las cosas que pesan más
para hacer placentera e inolvidable la estancia aquí. Yo recuerdo de Caracas sobre todo la montaña, porque la tenía enfrente y esto me daba mucho placer porque me ubicaba espacialmente. Otra cosa que me gustaba mucho era la vegetación. En Las Mercedes había una cantidad de árboles con flores, todo era nuevo para mí. Observaba la naturaleza, la disfrutaba, y daba grandes paseos por toda la ciudad. Pero las primeras imágenes que tengo son de una especie de ciudad de Flash Gordon. De donde yo venía todavía no había ese tipo de puentes, ni autopistas, no se corresponde con el deterioro que hay hoy.

Eso sí, te aseguro que el primer año no entendía nada, todo era distinto y luego me di cuenta de que, si me quería explicar cómo era esto, tenía que pensar al revés. Es decir, si en Mallorca vamos por la derecha, aquí van por la izquierda, si se puede pasar allá, aquí no o viceversa, o incluso lo que es el trato, aquí se habla de tú y no de usted.

Y en algún momento, vencido el año, ¿fue cuando pensaste en quedarte?

Sí, más o menos. Llegué en septiembre y cuando llegó diciembre probé la hallaca, que es un plato totalmente distinto. Yo ya vengo con el chip de diciembre con otras comidas, otros olores, con frío. Sin embargo, cualquier carencia que pudiera tener lo suplió el que entré en el seno de una familia absolutamente venezolana, clase media intelectual, y tuve la ventura de que me ayudaran a entender, porque para todo había una explicación.

Te fueron introduciendo en Venezuela, te fueron explicando.

Sí, sin este nexo creo que no estaría aquí.

Tú estás muy integrado, no se siente que seas un extraño y de hecho los críticos de pintura venezolana te consideran un pintor venezolano, y el paisaje lo has captado inmediatamente, pero ésa es una buena explicación, que tuviste unos baquianos muy buenos, los Cáceres.

Buenísimos. Los Cáceres, inicialmente, y después los Hernández, que son canarios, y con ellos mantengo una relación de unos catorce años. Esto ha sido decisivo, incluso en momentos de crisis o de nostalgia.

¿Y en algunos momentos has pensado en regresar?

Nunca, hasta hace unos meses. Jamás había acariciado la idea de irme, aunque sí he sentido la nostalgia…

Pero has ido varias veces, todos los años…

Por supuesto, una, dos veces al año, a veces cada año y medio. Lo que pasa es que no tengo memoria inmediata, digamos. Por un lado, no tengo este constante remordimiento del pasado y también hay una mezcla porque mi mamá es catalana y vivía en Mallorca y nosotros desde pequeños nos acostumbramos a que la mitad de la familia estaba lejos, estaba en Barcelona, que para mí era lejísimos. Es casi como la sensación que tengo ahora. Mamá se carteaba con ellos, cuando nos visitábamos era un viaje especial en esa época de inicios de los 50 y, entonces, yo creo que me acostumbré a tener a la mitad de la familia lejos, en otro sitio. Creo que éste es un punto que me ha ayudado a vivir así.

También para nosotros es interesante cómo ves a España hoy, tu visión es muy valiosa, porque tú eres español, eres venezolano, puedes tener una distancia crítica que probablemente los españoles que viven allá no la tienen.

Sí, el cambio ha sido grandioso, han dado un salto cualitativo al mundo desarrollado del cual creo que ellos no están muy conscientes, ellos viven quejándose, incluso con un descontento bestial. A mí me da rabia, tengo que cuidarme mucho porque tampoco los voy a agredir, pero siento que hay una inconsciencia. Están muy bien, comparados con el resto del mundo, donde la pobreza es grandísima y las desigualdades son tantas. Ellos están de maravilla y pudieran darse con una piedra en los dientes, ésa es mi opinión.

Hay etapas de tu obra en Choroní, en el llano, en Venecia hiciste una serie completa. ¿Cuáles son tus ciudades, en cuáles has pintado?

Me han prestado dos casas en Mallorca y probablemente voy a ir en septiembre. Una vez fui a Los Ángeles, hace 15 años. He pintado en Nueva York, en Central Park y en Boston, siempre por iniciativa propia, pero lo de los llanos surge después de bastante tiempo pintando el Ávila. Y pasado mañana me voy a San Rafael de Mucuchíes, que es el pueblo más alto en el páramo. Ahora de nuevo tengo ganas de pintar. Yo no pinto paisajes todos los días, también pinto otras cosas.

¿Y vas a pintar en Mallorca, vas a querer atrapar el paisaje?

Hice una exposición en Mallorca hace muchos años, pero ahora no tengo ninguna expectativa con España, como no sea en el plano espiritual. He pintado en Mallorca y allí hay cuadros míos con gente vinculada a mí, incluso de aquí se han llevado cuadros y algunos están en Madrid y en diferentes sitios.

Interviene Gonzalo Fournier: ¿Has estado acariciando la idea de volver a España para siempre, en los últimos meses?

No sé si para siempre. La situación actual puede ser realmente problemática en muchos sentidos, entonces por primera vez pensé que tenía que regresar a España, que me tenía que ir.

(Gonzalo Fournier) Como artista, como pintor, ¿qué opinas de la cultura española actual y concretamente de las artes plásticas y quién sería tu maestro o quién te ha inspirado en tu obra?

A mí los abstractos siempre me gustaron, de alguna manera fueron mis maestros tangenciales. Para mí eran enigmáticos porque la abstracción hasta años después no la entendí, yo era prácticamente ingenuo en ese sentido, porque mi formación se limitaba a entender la figuración. Quería pintar figurativo y por lo tanto dejé la pintura que un muchacho de mi edad hubiera hecho, que era abstracción, y me adherí a un maestro figurativo y lo hice al estilo medieval: «Enséñame lo que tú sabes, déjame ver cómo tú haces». En ese momento, los abstractos me interesaban relativamente poco, yo los descubro años después por el nivel y la fuerza que tienen.

(Gonzalo Fournier) Y de los españoles ¿hay alguno en concreto por el que sientas alguna preferencia o que te haya chocado, quizás?

Me gustó y me marcó mucho Miró, porque estaba en Mallorca y lo vi, le conocí toda la historia. Mi inicio con la pintura no figurativa fue Miró y para mí es muy entrañable. A Saura lo descubrí también en ese momento, me gustaba esa libertad despojada del referente a lo natural que era lo que yo buscaba. A los españoles los he disfrutado, pero en el momento en que yo era muchacho y que podía leer pintura y buscar pintura, en esos años estos grupos casi no me interesaban. Tapies sí, porque era muy difundido y se veía como Miró.

(Gonzalo Fournier) En estos últimos años ha habido un auge artístico en España grandísimo. Se percibe incluso cuando viajas allí.

Sí, cómo no, hay muchísima más actividad en las galerías, en los liceos…

(Gonzalo Fournier) Otra pregunta, con el permiso de Rafael, ¿cómo ves entonces la cultura venezolana y los artistas venezolanos, quién te ha marcado más?

De los venezolanos, me ha marcado Reverón, aunque sea un lugar común. A nivel pictórico y de aporte, fue lo que más me sorprendió. Después está un ingenuo, Bárbaro Rivas, que me gusta muchísimo. Este señor era realmente de una pureza que se traduce a una pureza de pintura. Y luego a la mayoría de los pintores venezolanos los conozco personalmente, no te puedo decir que me han influenciado, pero sí les tengo un gran respeto, un gran cariño.

(Gonzalo Fournier) Entre los artistas españoles y los venezolanos ¿verías algún vínculo, relacionarías a algún venezolano con algún español, crees que hay similitudes?

Hay ciertas coincidencias que no sabría atribuir a quién, pero una que me viene muy rápida es Pizzani con Saura, y Calzadilla, también con Saura, pero te estoy hablando de cosas que me parecen muy obvias, probablemente hay más.

Tú has hecho muchos retratos, eres conocido por tus retratos…

He hecho 135 retratos en una sola exposición y después he hecho más, pero soy más conocido como paisajista.

¿Qué paisaje, cuál cuadro recuerdas que te haya impresionado y que todavía tienes en la memoria?; y de tus retratos ¿qué persona, cuyo retrato hayas hecho, todavía recuerdas por la sesión, por las cosas que conversaron?

Creo que no tengo nada que recordar de mis pinturas, simplemente soy un testigo clave de lo que hice, pero no quiero recordar nada de mis imágenes porque me basta el tormento de hacerlas. Cada imagen es una anécdota. Todas las personas a las cuales retraté tienen que ver con mi círculo más cercano, tienen que ver conmigo, no fueron encargos, fueron peticiones. Lo que sí descubrí pintando esos retratos es que, por primera vez, yo me conecté con la gente, como cuando me voy a un sitio y me llevo del paisaje no sólo el trofeo que es el cuadro, sino también lo que me sucedió durante los días que estuve allá, cómo vive la gente, qué come, qué hace, qué siente, para mí ésa es la conexión.

En estos treinta y pico de años en Venezuela, en los que llegué completamente desarraigado, el pintar paisajes me ha permitido conocer cada pedazo de los sitios donde he ido, como yo conocía mi tierra natal. Ahora, la dimensión de mis conocimientos de Venezuela es grandísima y conozco las piedras de cada sitio, la vegetación, los nombres de las personas que estuvieron conmigo y asimismo conozco a este círculo que antes frecuentaba de una manera superficial.

Ahora, antes de emprender el retrato ya he tenido, al menos, una hora de intimidad con cada uno, además, los retratados son mis amigos, y he logrado ese nexo humano que ya con Venezuela es indisoluble. Fuera de aquí, me desarraigaría de nuevo, cosa que no deseo a nadie. Mi desarraigo inicial de España es porque era un muchacho, porque estaba abierto a todo, pero es duro. Esto es algo que he ido entendiendo gracias a mi trabajo. Entendí la extraterritorialidad, el desarraigo, la transculturación, el hacerte con otro país. Estoy aquí porque a través de mi trabajo me lo he explicado, porque en un momento entendí que mi vida era un laberinto y lo pinté, era un paisaje territorial.

Si te fueras de aquí, ¿qué echarías de menos de Venezuela? Y al estar aquí ¿qué es lo que más echas de menos de España?

Lo que más echo de menos de España es Mallorca, mi paisaje, mi entorno, pero tengo unos amigos entrañables aquí, que me suplen esto y siempre maquinamos viajes juntos. Y de Venezuela, lo mismo, toda esta tierra que es vastísima y por supuesto, ante todo, mis amigos, los echaría mucho de menos. Tengo amigos entrañables que valoro muchísimo y que me hacen esto más llevadero. Si me voy a Palma, una de las cosas que me pregunto es qué voy a sentir para pintar, evidentemente que no voy a sentir lo que siento acá, porque yo no llego con un esquema y pinto, yo pinto lo que voy sintiendo, como todos los pintores.

Entiendo que antes estabas muy aislado, que cuando llegaste estuviste un año encerrado.

Este primer año me encerré solo en ese sentir pictórico que traía y aquí no entendía qué podía hacer, estuve perdido durante año y pico, encerrado en un apartamento, feliz, pero hermético. Mi dios era Hermes y hoy también lo es, pero de otra manera. Hoy es el dios de la comunicación, antes era del hermetismo. Luego, decido salir a la calle y observar, porque cómo voy a pintar una manzana que no es de aquí o un mango, o un empaque de harina PAN. Entonces salí y busqué lo que sería el pasado arquitectónico y no lo encontré por ningún lado, porque el centro de Caracas ya estaba devastado, pero pasé por Monte Piedad, una especie de barrio consolidado de hace muchos años al lado de Miraflores, donde hay una serie de casas con unas fachadas que en aquel momento me parecían interesantes. Allí trabajé las texturas e hice unos cuadros pequeñitos.

Esa es la época de los muros escarapelados, tu primera época en Venezuela.

Exacto, mi primer nexo de paisaje real que pintaba con fotografías. Estamos hablando del año 76. Diez años después, salgo de nuevo a pintar paisajes, pero en la naturaleza y me voy a Choroní. A partir de este primer año en el que inicio ese tanteo con la realidad venezolana y que salen estas paredes, pinté un poco fuera, pero con fotografías y después empecé pintando objetos, que eran cosas de aquí que me contactaban y luego a pintar algo que me desconectó completamente, un delirio absoluto, que eran carros, y comencé desde esa época, a los ochos años de estar aquí, a pintar objetos y carros haciendo unas maromas extrañísimas y en ese momento entendía que el carro era una especie de persona, porque cuando tú en Venezuela sales a la calle lo único que consigues son carros y no ves gente, porque te relacionas con carros que pasan y el ser humano se traspone de sujeto en objeto, es decir, yo peleaba con el carro vecino, con el otro y me paraba en un sitio y me bajaba y veía a alguien, pero nunca existía nadie sino el carro.

Eso me afectó muchísimo sin saberlo. Pinté los carros e hice una serie de obras que derivaron del trabajo de Monte Piedad, que era mi intento de contacto con esa nueva cultura, con lo ancestral, lo arcaico. Después me encontré en Valencia pintando gaveras de refrescos, bombonas de gas, botellones de agua, frascos de champú y luego barriles de petróleo. Venezuela era el barril de petróleo y de eso pasé a la idea del objeto o el sujeto que es el ser humano, porque no veía al ser humano por ningún lado.

Después de esto me invitaron en el año 85 a una exposición que se llamaba Amazonia, que era un intento por convocar a los artistas a través de una galería para ver cómo puede ser la naturaleza de nuevo, y en ese momento tomo nuevamente conciencia del paisaje y me quito los tabúes, porque pintar paisajes estaba muy mal visto. Yo salía al Parque del Este a tomar apuntes y regresaba y pintaba encerrado. El cuadro eran ocho piezas que armaban una sola y cada una funcionaba aparte, un ejercicio sumamente intelectual, digamos. Quedé saturado, y me dije: «¿Por qué, si pinto la naturaleza, tengo que salir a la calle y pintar en mi casa?. Entonces voy a salir de una vez a pintarla afuera», y agarré un carro, compré una paleta y me fui a Choroní. Me pasé una semana, pero me iba con una especie de ilusión de que la naturaleza era como ese rescate de lo natural, esa cosa romántica. Entonces, a los cinco días, estaba en Choroní harto de estar en el río solo pintando la cosa magnificente, conectado con Dios y con la naturaleza y digo: déjame ir al pueblo a hablar con alguien. Me fui al pueblo a hablar con los únicos que estaban, unos hippies al lado del río, y en eso llegan dos jeeps con ametralladoras y nos detienen a todos. Yo me quedé aterrorizado. Nos llevan a la comisaría, porque la policía de la zona estaba buscando drogas y resulta que nos desnudaron; «¿Y usted qué?», me preguntaron; «yo soy pintor»; «¿y dónde está pintando?», y van allá y abren y buscan entre mis cosas. Yo pintaba en acrílico, pero con polvos de pigmentos de color. Por supuesto, cuando abren el blanco, se quedan así como espeluznados pero viendo que no tiene nada, me dejan tranquilo. A todas éstas, mi idea romántica de la naturaleza se había desvanecido, es decir, que a los cuatro días de estar en un sitio paradisiaco, me di cuenta de que eso era mentira, que era terrible la ciudad, pero igual era el campo y el ser humano. Todo tiene los mismos torbellinos y las mismas situaciones. Entonces lo agradecí porque ya no fui con tanto romanticismo a lo natural. Eso me enseñó la lección de que pintar paisajes hoy es otra cosa.

Entendí la inmediatez de la pintura, la instantaneidad, el azar y la contingencia, que entran igualmente en lo que uno hace y que las cosas quedan como quedan, y que nada es perfecto y eso a mí me ha relajado muchísimo y me ha permitido seguir pintando paisajes durante tantos años.

Si tuvieras que pintar a España en un cuadro, ¿qué pintarías?

Pintaría un cuadro gigante lleno de manchas de colores y de texturas, no podría ser nada figurativo, porque para mí España es simplemente una idea, un concepto lleno de cosas bonitas, de toda mi infancia, de mi familia. Para mí España es algo intocable, es un recuerdo excelente. Me imagino un cuadro del tamaño de esa pared lleno de cosas, como una expresión onírica, incluso.

Es muy interesante porque España está en tu memoria, en tu alma, digamos, pero no estarías trabajando un paisaje específico, sería un paisaje de la memoria.

Exacto. Yo creo que hay un paisaje en la mente de cada ser humano.

Prodavinci 

Comentarios (1)

Hugo E. Bolano
1 de junio, 2011

Muy interesante el articulo sobre Adrian Pujol, sin embargo yo quisiera ver si es posible establecer contacto directo con Adrian, ya que yo poseo una obra de Adrian el cual quisiera avaluar, pero como vivo en estados unidos me ha sido imposible contactarlo de echo no se si aun reside en Venezuela o España, cualquier informacion sera de mucho valor para mi. La obra fue hecha en 1998, titulada “UPIRE” y es la numero 28 de una edicion de 30(serigrafia)Quisiera saber que precio puede tener actualmente esa obra, muchas gracias anticipadas por cualquier informacion que me puedan dar, saludos Hugo Bolano

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