Por Arturo Almandoz Marte | 6 de septiembre, 2009

Crónicas desde San Bernardino

Sab. Gde.,1960Por Arturo Almandoz Marte

Muchos de ellos engrosaron la diáspora europea de la segunda posguerra. Aunque habían comenzado a llegar antes, con las políticas inmigratorias de López Contreras y Medina Angarita, los más de los musiúes arribaron a los atractivos puertos y ciudades de la Venezuela de Pérez Jiménez, con quien siempre mantuvieron una soterrada identificación. Los que habían salido de las grandes metrópolis bombardeadas y devastadas conocían, por supuesto, la urbanidad y los servicios que los venezolanos todavía asociaban con el desteñido refinamiento del Viejo Mundo. Pero muchos otros vinieron de sus provincias remotas, de sus villorrios parroquianos, a vivir por vez primera en ciudad en las bullentes capitales venezolanas de los cincuenta, en esas que Briceño Iragorry llamara las “ferias de vana alegría” de la modernización y el consumismo rampantes.

Picón Salas los vio andar como paletos por algunas esquinas de la capital petrolera, absortos seguramente con el Centro Simón Bolívar y otros rascacielos del furor constructivo al que prestarían su mano de obra. Con sus vallas de neón y sus primeras boutiques, la avenida Urdaneta o la calle Lincoln pronto les hicieron olvidar las acartonadas cúpulas de la Gran Vía madrileña, o la incesante pero empobrecida muchedumbre de las ramblas; del pasaje Zingg a Chacaíto y Las Mercedes, nuestros primeros centros comerciales les hicieron creer que superaban el vetusto esplendor de la galería Vittorio Emanuele o de las primeras arcadas que, si acaso, habían recorrido en Nápoles o Bilbao, en Lisboa o La Coruña. Como en un prodigioso contraste de modernidad, en Venezuela conocieron las neveras y los televisores, visitaron los palacios de cine y manejaron sus primeros carros; quizás por ello siempre conservarían de nuestro país la imagen moderna y progresista, tropical tierra de gracia que les había acogido no sólo con profunda tolerancia, sino también con confort y sofisticación. Aunque décadas más tarde, la sempiterna Venezuela subdesarrollada no pudiera ni compararse con la bonanza de la Europa comunitaria que los reclamaría a través de sus descendientes, pero a la que muchos de los musiúes se negaron a volver.

Con una laboriosidad que ayudó a construir el país multicultural que hemos sido desde el segundo tercio del siglo XX – aunque cierta historiografía roja haya querido hacernos ver como racistas, para desembocar justamente en el chauvinismo provinciano y sectario – la inserción económica de aquellos inmigrantes europeos en las ciudades venezolanas fue productiva y varia, sin dejar de asomar patrones ocupacionales. Atraídos por el frenesí de obras públicas de Pérez Jiménez, que trataba de absorber en actividades urbanas la inmigración internacional y provinciana, muchos italianos tendieron al sector constructivo, amasando algunas fortunas que les hicieron ganar, pagando justos por pecadores, la fama de serviles a la dictadura. Españoles y portugueses tendieron, en cambio, a diversos tipos de comercio menor, incluyendo los abastos y las panaderías, de las que llegarían a hacer locales característicos en la ciudad venezolana.

Entre los muchos oficios que los inmigrantes europeos asumieron estuvo la barbería. Creo que todo venezolano, hasta el más humilde, puede presumir de un buen corte pelo, gracias en parte a esa herencia que los barberos europeos, sobre todo los italianos, supieron transmitir, al igual que lo hicieran en otras partes del mundo. Anunciados con la característica barra de torneadas franjas blancas y rojas, sus rutilantes negocios aparecieron en aquellos distritos residenciales y comerciales a los que llegaron con sus familias: La Candelaria y San Bernardino, Sabana Grande y Bello Monte, entre las zonas cuyas barberías recuerdo haber visitado. Los amplios espejos biselados y las altas poltronas de cerámica y semi-cuero rojo son parte de un mobiliario que ha acompañado la escucha de las fragmentadas historias de mis barberos europeos de la edad adulta, que son en contrapunto la historia de sus países y del nuestro.

Giovanni y el señor Montes llegaron de Sicilia y Galicia, respectivamente, a la sofisticada y cosmopolita Sabana Grande de los cincuenta y sesenta. El primero había estado sirviendo al régimen de Mussolini en Alemania, donde después cayó prisionero; el segundo vino huyendo de la atroz posguerra española y de los atropellos de Franco. Por muchos años los clientes de ambos maestros combinaban los ejecutivos y comerciantes de aquel Picadilly caraqueño, con vecinos y habituales de la zona residencial y bohemia que Sabana Grande fue por igual. Un Barrio Latino y una Zona Rosa a la vez, como la recordara todavía González León en la víspera de su muerte, pensando en los intelectuales de Sardio y Tabla Redonda, devenidos ciudadanos de la República del Este hasta los setenta, muchos de los cuales seguro pasarían por las tijeras de aquellos barberos europeos.

El Metro aumentó y diversificó la clientela en la Caracas disco de los ochenta. A partir de 1983 venía más gente del oeste caraqueño a comprar en el recién inaugurado bulevar, aprovechando para cortarse el pelo en aquellos locales que, algo obsoletos ya, eran más baratos que las peluquerías unisex de los centros comerciales; también los gays los frecuentaban de manera más notoria, introduciendo en aquellas barberías pintorescas el desenfado con que habían hecho suya la Sabana Grande bohemia. Pero ya para los noventa comenzaron a notar Giovanni y el señor Montes que los distinguidos clientes tradicionales menudeaban en sus respectivos negocios, porque rara vez venían por aquel distrito en creciente deterioro. El tráfico y la distancia eran las excusas que les daban cuando aparecían más bien a saludar, mientras la inmundicia, la buhonería y la delincuencia invadían las elegantes calles de otrora.

Pensando en cerrar el local y regresar a Sicilia desde finales de los noventa, Giovanni se daba cuenta de que no había cotizado ninguna seguridad social en Venezuela, pero que tampoco tenía pensión del gobierno italiano. Un drama cruzado del Viejo y del Tercer Mundo: un veterano de la Segunda Guerra que había envejecido carente de todo tipo de ayuda pública en aquel local ya desvencijado, recibiendo a destajo un pago en una moneda devaluada, en un país que se adentraba en una de sus peores crisis políticas del siglo XX. Encorvado pero digno, con las facciones todavía nobles a pesar de las arrugas, su senil desazón resonaba en los escasos comentarios que me hacía, con la confianza ganada después de tantos años de repetir aquella escena tan antigua como cotidiana, como mascullando para sí mismo las causas de su incertidumbre angustiante: la falta de pensión y seguridad social para sobrevivir en un país en el que no se podía estar sin pólizas privadas; la esposa de salud deteriorada pero que se negaba a regresar al frío pueblo siciliano, después de vivir en la cálida urbe venezolana; y para colmo de males, aquel “comunista disfrazado, dottore” por el que él había votado en 1998, tomándolo por un militar progresista al estilo de Pérez Jiménez…

Encontraba yo la santamaría cerrada con cada vez más frecuencia, hasta que a comienzos de 2004 no abrió más: los marchantes vecinos creen que Giovanni no llegó a irse a Italia, porque evidenció los síntomas de una arteriosclerosis severa; un Alzheimer más probablemente, para dar el nombre de aquella enfermedad nefanda de la que una tarde habláramos sin mentarla. Quizás porque su nombre era parecido al de aquellos alemanes con los que había tenido que pasar tantas penurias, antes de emigrar a Venezuela.

Por su parte, con su clientela disminuida y los ingresos mermados, el señor Montes, sin pensión de ningún tipo tampoco, se quejaba de la zona insegura y sucia, de los buhoneros que defecaban y orinaban en las inmediaciones, de aquellas improvisadas cuadrillas vestidas con franelas rojas, las cuales, más que barrer, parecían ensuciar las aceras… Como tantos otros comercios de la zona, un día hubo de pactar con un miembro de la población informal e invasora: arrellanada en un taburete frente a una mesa de plástico y unos auriculares cableados, la sedicente y procaz “telefonera” era el único “rebusque” posible, como me confesó una tarde el barbero gallego, para no tener que cerrar el local cincuentenario.

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* Una primera versión de este texto fue publicada en El Cautivo, Año 4, No, 33, marzo 2008, http://www.elcautivo.org. Aparece aquí reproducido por cortesía de su editora, María Antonieta Flores, a quien expresamos nuestro agradecimiento.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (8)

Pablo L.
6 de septiembre, 2009

Que recuerdos nos has traído Arturo. Muchas gracias por esta maravillosa crónica en el nombre de la memoria y la identidad.

Germán Avilés
6 de septiembre, 2009

Un destino cruzado entre la decadencia de un país y la vejez de unos inmigrantes que vinieron buscando más que fortuna la posibilidad de vivir dignamente, lo que lograron hacer por unos cuantos años.

Jose Miguel
7 de septiembre, 2009

Aquí en Barinas hay uno, por cierto se llama “salvatore”.

(Vía FB)

Maria
7 de septiembre, 2009

En Caracas todavía existen estos barberos, mi esposo, se corta el pelo a veces con ellos. Son personas muy dedicadas a su profesión,y fieles a la misma, toda la vida haciendo lo mismo.

(Vía FB)

Guido
7 de septiembre, 2009

Yo me sumo al aprecio y agradecimiento, conocí a unos italianos en Sabana Grande que son extraordinarias personas positivas y para adelante, muchas gracias por escoger a Venezuela, con ellos aprendí a comer spagueti con Pepsicola jejeje…un gran abrazo a todos, en especial a los de Puerto Cabello.

(Vía FB)

José E. Arnó Ortega
7 de septiembre, 2009

En el este de Caracas en los 50’s y 60’s la mayoría eran italianos. Recuerdo en la avenida principal de Campo Claro al lado del famoso Café Vomero (de italianos) a la barbería de Giovanni, siempre el corte alemán por orden de mi viejo. Me costó aceptar un corte de pelo que no fuera hecho por italiano. Entrar a ellas era como entrar a la pequeña Italia.

(Vía FB)

Nohora Rivera Parra
7 de septiembre, 2009

Claro hay que apoyarlos son gente muy trabajadora y les gusta hacer TODO PERFECTO. MIS FELICITACIONES A TODOS POR QUE SON UNAS GRANDES PERSONAS QUE LE HAN DADO VIDA A VENEZUELA. ADELANTE.

(Vía FB)

Víctor Rodriguez
8 de septiembre, 2009

En Altavista, Catia, en Caracas, hubo varios barberos italianos hacia los años 6O y 70, fueron los que le cortaron el pelo a uno en la infancia, eran eficientes y trabajadores.

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