Por Alfredo Tarre Vivas | 28 de Agosto, 2009
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Desde Berlín

ole0-1Por Alfredo Tarre Vivas

“Un puñado de gente en torno a Alex. En Alexanderplatz están levantando el pavimento para el Metro. Hay que andar sobre tablas. Los tranvías cruzan la plaza y suben por la Alexanderstraße, atravesando la Münzstraße, hasta la Rosenthaler Tor. Hay calles a izquierda y derecha. En las calles, una casa junto a otra, las casas están llenas de gente desde el sótano al desván. En la parte de abajo, tiendas. Tabernas, restaurantes, fruterías y verdulerías, ultramarinos y comestibles, empresas de transporte, pintura y decoración, sastrerías de señoras, fábricas de harina, garajes, seguros contra incendios… Reencuentro en Alex, frío de perros, el año que viene, 1929, será más frío.” A.Döblin

Durante mis primeros meses en Berlín, veía a Alexanderplatz (o sencillamente, Alex, como se le llama aquí) como el centro del universo. Como ya comenté, vivía en el barrio de Friedrichshain, al este de la ciudad, y la única forma de llegar a la universidad era haciendo trasbordo allí.

En Alex no sólo desembocan las avenidas más importantes del este de Berlín, también confluyen tres líneas de metro, cuatro líneas de trenes regionales, cinco o seis líneas de tranvía y numerosos autobuses. Yo la conocí como una plaza estereotípicamente socialista (fue casi totalmente destruida durante la guerra y reconstruida durante los años sesenta siguiendo el modelo de las amplias plazas rusas), pero el constante paso de tranvías, las mareas de gente entrando y saliendo de las bocas del metro, los vendedores ambulantes, los grupos de punks sentados en la fuente, los músicos espontáneos, los vietnamitas vendiendo tabaco de contrabando, y todo esto ocurriendo en un espacio muy amplio y abierto que permitía ver de dónde venían las avenidas y los tranvías y cada uno de los grandes edificios con sus anuncios de neón que rodeaban la plaza me hacía pensar, aunque fuera remotamente, en la mítica Berlin Alexanderplatz de la novela de Alfred Döblin, llevada al cine en 1931 por Piel Jutzi y en 1980 en una versión de dieciséis horas por el enfant terrible del cine alemán Rainer Werner Fassbinder. Aunque la película del ’31, en cuyo guión colaboró el mismo Döblin, sea una radical reducción de la complicadísima novela, recomiendo enérgicamente verla, ya que muchas escenas fueron filmadas fuera de los estudios en las mismas calles que la novela, publicada sólo dos años antes, describe con maestría, y además la interpretación de Heinrich George en el papel de Franz Biberkopf es extraordinaria.

Alexanderplatz, para mí, era una inmensa encrucijada en la que se juntaba todo tipo de gente con todo tipo de oficios que caminaban en todas las direcciones posibles. Pasadizos subterráneos unían cada extremo de la plaza, las campanas de los tranvías no dejaban de sonar, y, cómo no, igual que en la plaza que tanto impactó a Franz Biberkopf, el ruido de los taladros, el cavar de los tractores y el constante movimiento de las grúas componían una caótica sinfonía.

Al salir de la vieja estación con su nombre escrito en luces rojas está el reloj de las horas del mundo, un satélite muy particular que marca las horas de cada región del globo con algunas ciudades resaltadas, Caracas es una de ellas. A mano derecha lo primero que llamaba la atención era la Haus des Lehrers (casa del maestro) construida a principio de los sesenta sobre las ruinas de la Unión de maestros donde fueron velados Karl Liebknecht y Rosa Luxembourg después de ser brutalmente asesinados. Un edificio de unos quince pisos, con una franja de mosaicos en los que se representan iconográficamente profesionales de todo tipo en un estilo claramente socialista. Es probablemente el edificio más hermoso del conjunto. Girando un poco hacia la izquierda, el inicio del Karl-Marx Allee, que se llamó hasta el ’61 Stalin Allee, un bulevar muy ancho con inmensos edificios de cerámica a cada lado (los Arbeiterpaläste, ‘palacios de los trabajadores’), bautizado en los tiempos de la DDR como la sala de baño de Stalin, por el exceso de cerámicas, en cuya construcción se inició la primera gran revuelta en la historia de Alemania Oriental el 16 de junio del ’53, que se regó por todo el país y dejó un saldo de más de sesenta muertos y más de seis mil arrestos. Más hacia la izquierda la Haus des Reisens (Casa del viaje), en un terreno en el que en 1848 quedaba la farmacia en la que trabajaba Theodor Fontane, hoy en día, un edificio imponente coronado con un inmenso letrero de neón de Sharp, en cuyo décimosegundo piso queda una de las principales discotecas de Berlín. A su lado está uno de los edificios más particulares, antiguamente la Haus der Elektroindustrie, el Ministerio de la industria eléctrica de la DDR, y que hoy en día alberga el Ministerio del medio ambiente y el de la familia. Un edificio de 38 metros de altura y 220 metros de longitud, casi la misma longitud de la plaza entera. La fachada es de ventanas muy pequeñas, cuadriculadas, y entre cada ventana fueron pintadas en el 2001 letras que componen el párrafo citado como epígrafe para este artículo, un extracto de la primera página del cuarto libro de la mencionada novela de Döblin. En el centro de la plaza hay un altísimo hotel construido a finales de los sesenta y una sucursal de las Galerías Kaufhof, y del otro lado de la estación, la célebre Fernsehturm (antena de televisión), uno de los principales símbolos berlineses y punto de referencia visible desde cualquier rincón de la ciudad.

Eso era así hace cinco años, lo que no parece ser demasiado tiempo. En esos días me mudé al barrio turco, el más pintoresco de Berlín, y dejé de pasar periódicamente por Alex, aunque inevitablemente la cruzaba de vez en cuando. No sabría decir si el presente me agarró completamente por sorpresa, no sé por qué no le di importancia a los huecos y las grúas, lo cierto es que un día hace uno o dos años caminando por la plaza me di cuenta de que ya no se podía ver la Casa del maestro ni la Casa del viaje ni el inicio de Karl-Marx Alle porque una grotesca y colosal sucursal de la tienda Saturn bloquea la vista. La plaza, ahora mucho menos extensa, dejó de ser la encrucijada que recordaba para convertirse en un pasillo entre las estaciones de metro y un inmenso y horrendo centro comercial que hicieron bordeando las arcadas del S-Bahn, el Alexa, un monstruo más o menos del tamaño del Reichstag que se extiende de una parada del tren regional a la próxima. Los pasadizos fueron clausurados, en lo que queda de plaza suelen haber tarantines turísticos o pantallas gigantes mostrando algún evento deportivo. La cita de Döblin se puede leer a medias, pero según los pronósticos sólo hasta el 2012, fecha en la cual se construirán en Alexanderplatz tres rascacielos que prometen ser los más altos de la ciudad y seguramente bloquearán lo que queda de vista y fulminarán definitivamente lo que alguna vez fue la mítica plaza.

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Berlín

Alfredo Tarre Vivas 

Comentarios (3)

Sydney Perdomo
29 de Agosto, 2009

¡Vaya! que tristeza dejar de ver lo que se categóriza acá como un hito esplendido de recorrer. Si, a veces esas cosas pasan, los cascos centrales dejan de ser importantes al transcurrir de los años y van creando nuevas cosas que luego melancólicamente llegan a ser recordadas, hasta que pasan a ser olvidadas por completo, si acaso le harán un tributo de vez en vez algún fotógrafo como contando la vieja historia de lo que fue el lugar, pero no queda más que eso, cuando empiezan a construir edificios nuevos trágicamente todo lo demás empieza a perder importancia dejando de ser por llamarle de alguna manera un patrimonio histórico, le veras solo en fotos y de casualidad.

¡Saludos y mis respetos sinceros! :)

Suao
30 de Agosto, 2009

Volvemos a lo del artículo anterior. Sabemos que nuestras ciudades son especiales. No sólo por lo que vivimos en ellas o por la gente que conocemos, sino por lo que representan las ciudades en sí mismas. Cuando la novia (aún no se habían casado) de aquel amigo mío (más tuyo) llegó a Barcelona, en una de las primeras conversaciones que mantuvimos, me dijo que resulta fascinante ver esos edificios que llevan ahí siglos, que en Latinoamérica casi no hay construcciones así y que, las que existen, apenas pasan de los 500 años. Supongo que cuando uno se cría en Latinoamérica, sólo ve los edificios históricos de las ciudades europeas en fotos, como aquel que dice. Pero cuando vienes aquí, te parece increíble que puedas tocar esas piedras que los componen, esas estructuras erguidas durante siglos, testigos pétreos del involucionar (no creo que hayamos evolucionado mucho desde que nos tapávamos las vergüenzas con hojas de parra) del hombre. Cuando era pequeño, recuerdo que mis padres nos llevaban a mi hermanita y a mí, casi cada semana, a ver la fuente de colores de Montjuïc o, en ocasiones, a algún circo que se instalase temporalmente en la Plaza de Toros de Las Arenas. Esa plaza, inaugurada en 1900, ha sido todo un símbolo de la ciudad desde su construcción. Escenario de todo tipo de espectáculos (óperas, corridas de toros, mítines e incluso cuartel durante la Guerra Civil Española entre los años ’36 y ’39), ha visto como la innegable incompetencia de los sucesivos dirigentes catalanes, siempre con su atención puesta en sacar el máximo rendimiento, bajo la premisa del mínimo coste a la ciudad (la pela es la pela, reza el dicho catalán), han ido dejando que su sólida estructura se deteriorase, hasta casi caerse a pedazos. Hoy, si uno quiere visitar esa histórica plaza, sencillamente no puede hacerlo. O quizá sí, pero todo lo que verá son unas inmensas lonas con propaganda, detrás de las cuales está Las Arenas. La están reformando. Pero no para que vuelva a ser aquel símbolo del ocio familiar, sino porque a alguien se le ocurrió la genial idea de transformarla en un puto centro comercial. ¡¡Tócate los huevos, Manolete!! Ya me imagino el slogan “Date un baño de barro con Las Arenas de Barcelona, en el nuevo spa de Plaza de España” Hay que joderse con el lumbreras que lo propuso. Y encima el artífice de todo eso es, ni más ni menos, que Richard Rogers, el mismo listo que diseñó un hotel con un puto platillo volante en mi barrio, en Bellvitge. ¿Qué coño pinta un hotel de lujo en mi barrio? Que me lo expliquen porque no lo pillo… ¡Si ahí no hay nada, joder! Como no mandes a los guiris a ver a los gitanicos tocando palmas y cantando, para que luego puedan irse a sus países diciendo que vivieron en primera persona el “Típical Spanish”… tú me dirás. Manda güevos (sí, lo pongo con gü-, pero es sólo para joder). Así está la cosa: Las Arenas será un centro comercial con spa y lleno de tiendas de Inditex, el Canódromo de Barcelona hace años que lo echaron abajo para construir unas oficinas y la Sagrada Familia se va a ir a la mierda porque a algún visionario se le ocurrió que ” -Oye, el AVE podría pasar por debajo. ¡¡Sería genial!!- “. ¿Sabes qué? Creo que me voy a ir a la Sgae a registrar mi idea de construir el Dragón Khan 2 en el Parque Güell, antes de que algún espavilado me la quite.

Chygrynskiy
3 de Septiembre, 2009

Bien Pex. Mejoraste el último!Me gusta el comienzo donde introduces con la Alexanderplatz de Döblin. Creo que aquella plaza era junto a Potsdamer Platz uno de los centros neurálgicos de una de las ciudades mas importantes de finales de los 20 y principios de los 30. Creo que el Alex que nosotros conocimos no tenía ya nada que ver con aquel. Era ya una plaza víctima de 30 anhos de división, en la cual se mezclaba la arquitectura comunista con los letreros luminosos. Era, al igual que su homólogo del Oeste, el Bahnhof Zoo, tierra de nadie que vivía solamente de recuerdos pasados. El enfermo ha empeorado. Ahora es imposible reconocer en esa plaza lo que vió Döblin, o aquella donde terminaban las marchas militares a traves de la Stalinalle. Ahora es simple y llanamente grotesco. Döblin y Marx se estarán retorciendo en sus tumbas… Saludos El Negro

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