Arte

Diario: Colombia y Venezuela (II)

Por Alejandro Oliveros | 31 de julio, 2009

Viernes 31 de julio de 2009

4.30 am

Despierto desde las 4am, algo no me dejó seguir durmiendo pero no sé qué es. Últimamente, mis sueños han sido persecutorios. La violencia callejera acechando, simpatizantes enardecidos del régimen o simple delincuentes. En una par de ocasiones , extrañas mujeres de inquietante apariencia. Siempre estoy solo y sin saber dónde meterme, en esas oscuridades que conocemos en las pesadillas. Pero no recuerdo nada parecido anoche. Simplemente se me terminó el sueño. Como se le acaba la cuerda a un juguete. Sí, eso fue lo que pasó, se me acabó la cuerda del sueño.

La mejor compañía en estos casos es el cuaerno donde pongo estas líneas, mis plumas (escribo esto con mi Montblanc “Bohème”) y la música de Radio Classique, una de las pocas ventajas serias de la computadora sobre mi preterida máquina de escribir Smith-Corona. Hoy es viernes, generalmente un día para muchas expectativas, pero no hoy, eso es lo malo de las vacaciones. La música en esto momento no ayuda demasiado. No soy muy amigo de las sinfonías, incluyendo esta Tercera de mi querido Schumann. Tal vez pueda soportar algunos fragmentos de Bruckner y otros de Mahler, pero no mucho más y nunca, prefiero quedar sordo, algo de Brhams, ni siquiera interpretado por el legendario Carlo Maria Giulini, bajo cuya dirección tuve que padecer, hace años, su mediocre Primera Sinfonía.

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Volviendo al “impasse” entre Venezuela y Colombia, y habida cuenta de que ambos mandatarios no van a seguir mis recomendaciones, cual es la de llamar a un encuentro bi-nacional de poetas para que encuentren una solución viable a través del canto, me animo a aventurar un diagnóstico de la enfermedad que ha terminado por afectar ambas naciones a nivel de la psique colectiva. Montaigne nunca lo dijo, pero lo insinúo en muchos de sus trabajos y es uno de los pilares de de lo que no debería llamar su ideología. Para resumirlo: de nada debemos cuidarnos más que del carisma. Max Weber la escogió como una de las tres formas de acceder al poder. Y, me atrevo a decir, la menos legítima de todas. Un líder carismático es, con la guerra civil, el peor de los males posibles. Son portadores de so que los junguianos llaman “inflazón”, esa enfermedad irreversible del ego que es una degeneración de la hibris griega. el carismático sólo confía en lo que se le ocurre. El carisma es siempre irresponsable. Un líder carismático es un amenaza. Y cuando son dos, y fronterizos, la amenaza aumenta exponencialmente. Como un tímido antídoto ante tanta irresponsabilidad voy a reproducir en este cuaderno otros dos poemas, uno de una colombiana y el otro de una compatriota, incluidos ambos en las antologías que hemos comentado, preparadas por los amigos Ramón Cote y Rafael Arráiz Lucca. Hoy nos limitamos a ofrecer el texto de la destacada poeta colombiana María Mercedes Carranza.

MARIA MERCEDES CARRANZA (1945-2003)

BOGOTÁ 1982

Nadie mira a nadie de frente,
de norte a sur la desconfianza, el recelo
entre sonrisas y cuidadas cortesías.
Turbios el aire y el miedo
en todos los zaguanes y ascensores, en las camas.
Una lluvia floja cae
como diluvio: ciudad de mundo
que no conocerá la alegría.
Olores blandos que recuerdos parecen
tras tantos años que en el aire están.
Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse
a algo
como una muchacha que comienza a menstruar,
precaria, sin belleza alguna.
Patios decimonónicos con geranios
donde ancianas señoras todavía sirven chocolate;
patios de inquilinato
en los que habitan calcinados la mugre y el dolor.
En las calles empinadas y siempre crepusculares,
luz opaca como filtrada por serpentinas láminas
de alabastro,
ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor;
estas calles son el laberinto que he de andar y desandar:
todos los pasos que al final serán mi vida.
Grises las paredes, los árboles
y de los habitantes el aire de la frente a los pies.
A lo lejos el verde Patinir de laguna o río,
y tras los cerros tal vez puede verse el sol.
La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida;
nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia
pero también la costumbre irremplazable y el viento.

Conocí brevemente a María Mercedes Carranza. Fue en Nueva York, a comienzos de 1981 en el apartamento del brillante intelectual y diplomático Alvaro Bonilla Aragón, de Medellín, y gran amigo del padre de la poeta. Fuimos invitados a una cena que derivó, como bien podía y solía suceder en esos días, en una ingesta sin límites del escocés diplomático de nuestro anfitrión. De la tertulia literaria se pasó al tango y a las opiniones más arbitrarias sobre sus interpretes, letras, compositores. Como buena colombiana, María Mercedes era una apasionada de la música del cuatro por cuatro. Se los sabía todos y los cantaba con su voz de alcoholes y desgarramientos. Pero, como siempre ocurre en estas tenidas, había un tango que no estaba entre los discos de Alvaro. Y, justo, ése era el que nuestra improvisada cantante quería en ese momento de la alta noche. Siempre pasa. Estaban todos menos ése. Y, de acuerdo con ella, se trataba del tango de los tangos, el non plus ultra. De modo que se negaba a seguir escuchando música. Suficiente. O ese tango o nada. El pobre Alvaro no disimulaba su frustración, ¿qué iba a pensar Eduardo Carranza, el notable poeta, padre de María Mercedes y su gran amigo? Pero como Dios existe en ocasiones, entre los pocos discos que me había llevado de Venezuela, estaba un album doble de Gardel, que había pertenecido a mi padre.

“-María Mercedes, yo tengo ese tango en la casa, si tú quieres nos vamos y lo escuchamos”
“-¿Dónde vives tú, Alejandro?”
-“No muy lejos, diez minutos a pie, máximo..”
-“Pues, ¿qué esperamos”?

Y allá nos metimos, en esa noche congelada de Maniatan, con sus vientos criminales, en busca del tango perdido, el tango los tangos. Poco más tarde, en mi apartamento de la calle 57 y, previa y generosa distribución de Sello Negro, , estábamos escuchando a Gardel. El rostro de María Mercedes se iluminó al escuchar los primeros compases de una de las mejores realizaciones de los Manzi, Acho,el padre, y Homero, autor de la música: “Las ruedas embarradas del último organito/vendrán desde la tarde buscando el arrabal.” Nunca más volví a ver a María Mercedes, pero su muerte me dolió de manera particular. Y conservo esa imagen, ese rostro de niña pequeña iluminada, complacida ,por haber logrado escuchar, una vez más, el “tango de los tangos”, al menos en su amanecida opinión de aquella noche de invierno de 1981.

Alejandro Oliveros 

Comentarios (2)

Jose Gonzales
1 de agosto, 2009

Muy bello Alejandro, muy bello… comparto en este instante tu tristeza a pesar de no haber conocido a Maria Mercedes

inocente
3 de agosto, 2009

Maestro, gracias por esas profundas, sentidas y bellas reflexiones sobre el poder de la poesìa.

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