Por Alejandro Oliveros | 30 de Julio, 2009

Valencia, jueves 30 de julio de 2009

Está a punto de comenzar el mes de agosto. Con la excepción del día cinco, el del nacimiento de Constanza, nunca ha sido mi mes favorito. Así, desde niño, a pesar de las vacaciones. Siempre me ha parecido el más solitario de los meses. Tal vez porque en aquella época los amigos se ausentaban y no los volvía a ver hasta septiembre. Y aunque generalmente yo también me ausentaba, la nostalgia seguía conmigo y esa sensación de soledad no ha dejado de acompañarme. Ahora me hacen falta, no sólo los amigos, sino mis colegas y estudiantes de la universidad, que son, como se sabe, una forma muy especial de amigos. Casi siempre efímeros, se gradúan y se van, su presencia es una imagen simbólica. Por fortuna, tengo una reserva de un pequeño grupo de querido alumnos con los cuales compartiré algunos de estos días, calurosos y nostalgiosos.

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POESÍA DE AQUÍ Y DE ALLÁ

La primera vez que estuve en Bogotá fue en 1972. Apenas llegado a mi hotel en la Séptima, recibí la visita de un grupo de poetas con los cuales había mantenido una animada correspondencia y casi todos habían colaborado en mi revista POESIA. Allí estaban Giovanni Quesseps, Mario Rivero y Jaime García Maffla. Nicolás Suescún enviaba sus saludos y Juan Gustavo Cobo pasaría más tarde. Así han sido siempre de gratas las relaciones entre los poetas venezolanos y los colombianos. Charry Lara y Sánchez Peláez, Gerbasi y De Greiff, Giovanni Gómez y Adhely Rivero. En estos momentos de crisis política entre estas dos naciones cuya fatalidad es caminar por la misma acera “for good”, los gobiernos deberían dejar de lado sus ministros y llamar a sus poetas. Hace tres o cuatro años, la editorial Visor, de España, convocó a dos distinguidos poetas y estudiosos para que prepararan sendas selecciones de las poesías de sus respectivos países, Ramón Cote Baraibar por Colombia y Rafael Arráiz Lucca por Venezuela. En la antología colombiana se recoge este poema de Aurelio Arturo (1906-1974):

CLIMA

Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes.

Tumbos del agua, piedras, nubes, hojas,
y un soplo ágil en todo, son el canto.
Palmas había, palmas y las brisas
y una luz como espadas por el ámbito.

El viento fiel que mece mi poema,
el viento fiel que la canción impele,
hojas meció, nubes meció, contento
de mecer nubes blancas y hojas verdes.

Yo soy la voz que al viento dio canciones
puras en el oeste de mis nubes;
mi corazón en toda palma, roto
dátil, unió los horizontes múltiples.

Y en mi país apacentando nubes,
puse en el sur mi corazón, y al norte,
cual dos aves rapaces, persiguieron
mis ojos, el rebaño de horizontes.

La vida es bella, dura mano, dedos
tímidos al formar el frágil vaso
de tu canción, lo colmes de tu gozo
o de escondidas mieles de tu llanto.

este verde poema, hoja por hoja
lo mece un viento fértil, un esbelto
viento que amó del sur hierbas y cielos,
este poema es el país del viento.

Bajo un cielo de espadas, tierra oscura,
árboles verdes, verde algarabía
de las hojas menudas y el moroso
viento mueve las hojas y los días.

Dance el viento y las verdes lontananzas
me llamen con recónditos rumores:
dócil mujer, de miel henchido el seno,
amó bajo la palma mis canciones.

De Arturo el querido y lúcido Ramón Cote: “Sucede con los grandes poetas, y con Arturo en particular, que cada lectura que se hace de sus versos es siempre nueva. Tienen esa mágica y misteriosa capacidad de seguir encantando a quien la lee… Sus poemas parecen escritos de memoria, después de una larga depuración, madurados durante años por el poeta…”

Por su parte, Rafael, en su antología LA POESIA DEL SIGLO XX EN VENEZUELA nos llama la atención sobre este memorioso texto de Vicente Gerbasi, el gran poeta nuestro, cuyo padre fue un inmigrante (1913-1992)

VIAJE A ITALIA

En la madrugada lluviosa,
a los diez años,
yo pensaba en el gran viaje.
Llovía en el tiempo de los sueños,
entre las montaña.
Yo dejaba en la soledad
de la casa
a los perros de ojos tristes
y a todos los animales
que dormían
bajo los astros.
Yo abandonaba
las pequeñas casas de colores,
la noche de búhos
sobre los techos de tejas.
Yo abandonaba
a Canoabo,
pueblo solitario,
adornado de pavos reales.
Yo no reconocía mi edad.
Era una luciérnaga en la noche.
Me fui en mi burro
hacia una lejanía.
Iba por la selva.
Mi padre en su caballo.
Mi madre vestida de blanco
con una sombrillita azul.
Yo llevaba mi fantasma,
el miedo al vecino muerto,
el martillo sobre los clavos del ataúd.
Y llevaba la alegría
de la mañana,
el canto del arrendajo,
del turpial, del cristofué,
la lejanía triste de la soisola.
Yo pasaba por la selva lluviosa.
Ese día vi por primera vez
el mar,
los buques, el tren, el automóvil.
Por la noche, en Puerto Cabello,
la luz eléctrica
me pareció un cielo nuevo.
Esa noche conocí a Chaplin.
En el barco había música.
Yo iba hacia ciudades antiguas,
donde viajé por primera vez en tranvía
entre bombonerías iluminadas.

De acuerdo con Rafael, “Quizá sea Gerbasi el primer poeta venezolano que hizo de su pueblo natal el lugar del absoluto. Después de él, hay otros casos de obsesión espacial, que no por posteriores dejan de tener una valía singular. En cualquier caso, fue el hijo de un inmigrante italiano establecido en Canoabo, el que vio por primera vez el mundo de su aldea como si no hubiese otro. Sus ojos de niño le hicieron ver más que los demás, y donde la gente veía un bosque, Vicente observaba los leopardos agazapados detrás de los árboles; donde la gente veía la oscuridad, Vicente auscultaba los misterios religiosos del universo…”

Cuando las naciones son víctimas de esas neurosis colectivas de las que hablaba el doctor Silberstein, ninguna terapia mejor que la belleza, como lo han expresado, ente tantos y durante tanto tiempo, los poetas de Colombia y Venezuela.

Alejandro Oliveros 

Comentarios (1)

Rafael Arráiz Lucca
30 de Julio, 2009

Qué hermoso este texto, Alejandro. Me emocionas y me traes de las bodegas de la memoria la imagen del entrañable Vicente Gerbasi, en 1990 me parece, en la casa del Embajador de Venezuela en Bogotá, con un chaleco debajo del traje, con el nudo de la corbata en su lugar, dialogando con los invitados. Su hijo, el embajador Fernando Gerbasi, no se hallaba de la alegrìa de tener a su padre, el poeta inmenso, entre los comensales. Celebrabamos, entonces, la participaciòn de Venezuela como invidada especial en la Feria del Libro. Qué tiempos tan feraces, tan bellos. Dos países que se daban la mano a través de sus poetas. Esa noche brindamos con Vicente por las piedras eternas de la amistad. Precioso texto, Alejandro, te lo agradecemos.

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