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Por Alejandro Oliveros | 29 de Julio, 2009
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Caracas, miércoles 29 de julio de 2009

Son las 5.25 am de un día que amaneció nublado, como lo han sido, salvo contadas excepciones, estos días de julio. Los vientos que vienen del norte llegan enrarecidos y no son suficientes para refrescar las jornadas. Sólo en la alta noche, cuando todos duermen, o deberían dormir, las temperaturas se hacen más gratas. Los pájaros cantan allí afuera mientras escucho la “fuga” del Concierto para dos pianos (una adaptación), cuerdas y continua de JSB. Los sueños también desorganizados (siempre lo son) y enigmáticos (ídem);una mujer vestida de blanco y largos cabellos trataba de calmar a un grupo, al tiempo que en una pantalla gigantesca iban apareciendo “mails” intimidantes, los cuales, más que aclarar, contribuían a la confusión general.

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GEORGE OPPPEN

George Oppen (Né Oppenheimer, 1908) es un caso raro en la poesía contemporánea de cualquier país. Para empezar, su padre fue un millonario comerciante de gemas, uno de esos caballeros judíos que hacen su fortuna, y la pierden también, en los vericuetos subterráneos de la calle 47 de Manhattan. Quiero decir que Oppen no perteneció, en sus orígenes, a las atormentadas e inestables clases medias, de donde han surgido todos los poetas que en el mundo han sido, por lo menos desde que la burguesía francesa decidió hacerse con el poder de la manera más violenta, como todo lo de ella, cual es, separando de sus hombros la cabeza del soberano y haciendo lo propio con sus austriaca consorte. Pero, como la vida es maula, esta existencia privilegiada de casas en Long Island, dilatas servidumbres, paseos en vela, grandes limousines y excesos, no duró demasiado, ninguna felicidad dura. Y, a sus cuatro años, su madre se suicida. Y su madrastra no fue mejor que la de Cenicienta. Pudo aprender a navegar, una actividad a la que consagrará sus mejores momentos. Y el arte de la carpintería de las manos del mayordomo. Un oficio que ejerció para ganarse la vida durante los años negros que lo llevaron a México huyendo del fascismo macarthista. Se mudó a la costa oriental de su país, se matriculó en la Universidad de Oregon, bebió hasta convertirse en un alcohólico y ocasionar la muerte de su joven compañera. En 1926 se casó con Mary Colby, la autora de un conmovido libro de memorias, MEANING A LIFE, donde cuenta las no pocas peripecias de esta pareja ambulante, lúcida y rebelde. En 1929, algún familiar remoto le deja una pequeña herencia y se marcha a París, a residir allí durante cuatro años y ejercer, comm’il faut, el “métier• de poeta. Funda la editorial TO Publishers ,que pondrá al servicio del recién fundado grupo, OBJETIVIST POETS, asociados con enseñanzas de William Carlos Williams y Ezra Pound, quien prologa su primer libro, DISCRETE SERIES. Aunque lo del libro es eufemismo, se trataba, en realidad, de un escuálido “folleto” (es como llaman los editores a este tipo de impresos, lo sé por experiencia). El resto de su evolución como poeta, lo he contado en otra parte. Vivió sus últimos años en Nueva York, donde lo conoció nuestro Juan Sánchez Peláez. Gracias a la editorial New Directions, su obra comenzó a ser leída y a ser admirada por los jóvenes poetas que huían del dogmatismo académico. Aquí sólo me interesa incluir un par de textos suyos en mi proyecto “Semanario”, que no es sino la traducción semanal de un poema e incluirlo en este diario literario con alguna noticia. El primero, es uno de los últimos que escribió, antes de que el Alzheimer lo dejara en la tiniebla fría del olvido.

A LOS POETAS

“Ven al mundo”
no enciendas

la lámpara a la luz del día esa pasión
esa luz adentro

y afuera (los ancianos danzaban

regresa
regresa el sol) no enciendas
las lámparas a la luz del día un año laborable
año tras
año el poema

descubierto

en el centro de cristal
la imagen de la roca

e imagina el transparente

presente aunque hablamos del abismo
del hambriento vemos sus pies sus cansados

pies en montañas y valles
y el mar como una tormenta

universal
los padres dicen que estamos viejos
marchitos
ven.

La poesía de Oppen, no es la de William Carlos Williams. Carece de ese tono demótico, coloquial, que es como el que Gonzalo de Berceo, en la tardía Edad Media española, exigía de la lírica en vulgar. Siempre he creído que Oppen es el mejor exponente, en los
Estados Unidos, del hermetismo de Mallarmé. No estamos muy seguros del significado último del poema, pero sí lo estamos de la seriedad del trabajo. Aquí, como en toda su lírica, forma y asunto dependen el uno del otro. Entendemos, y creo que es lo único que entendemos con certeza, que, cualquiera sea el asunto, esta era la única forma de adecuada. Y, esto, a decir verdad, no es poca cosa. Lo que he llamado antes “voluntad de forma”, es lo que más admiro en la obra de Oppen.

La segunda traducción es de “The Forms of Love”, una de sus piezas más queridas y difundidas.

LAS FORMAS DEL AMOR

Estacionados
en el prado
hace tanto tiempo,
toda la noche, observamos
un lago a nuestro lado.
Recuerdo

que bajamos juntos
del viejo carro. Recuerdo
de pie en el blanco campo.
Bajamos a tientas
por la colina en medio de la brillante,
increíble luz.

Y nos preguntamos
si era un lago
o la niebla lo que vimos
mientras nuestras cabezas
zumbaban bajo las estrellas
y caminábamos hacia donde
nuestros pies se habrían mojado
de haber habido agua.

Este es un poema de la juventud de Oppen. Un poema romántico, podemos llamarlo y considerar al primero un texto “clásico”. Lo que quiero decir es que, en el primero, predomina lo que llamo “voluntad de forma”, en tanto que en el segundo el interés recae en el asunto, en lo que se dice más que en como se dice, y este es uno de los atributos del romántico. Para no mencionar que el asunto es el amor, el más romántico de los asuntos. Pero Oppen es un poeta demasiado serio como para escribir un poema amoroso marcado por esa “babosa emoción” de la que habla su maestro Ezra Pound. Y que hace que todo poema de amor, como todas las cartas de amor, sean perfectamente ridículos. George Oppen es la excepción. En el breve texto, la experiencia amorosa se presenta como epifanía que es la propia esencia de esa experiencia.

Alejandro Oliveros 

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