Arte

Roberto Echeto: Tres preguntas, tres respuestas

Por Prodavinci | 29 de Julio, 2009

Tres preguntas, tres respuestas

roberto-echetoPor Rafael Osío Cabrices

Roberto Echeto, escritor y artista plástico

Una vez dijiste en la bienal Mariano Picón Salas que la literatura venezolana siempre andaba detrás del camión de la basura. ¿Sigue en eso o anda ahora tras otra cosa?

La verdad es que ya no anda detrás del camión de la basura. Ahora anda detrás de Bolaño. Debería ir detrás de los lectores. De más lectores. No estoy seguro de que estemos haciendo bien nuestro trabajo.

¿Están los escritores venezolanos contando las historias que la Patria necesita?

¿Las patrias necesitan historias? ¿Venezuela necesita que la cuenten? Yo creo que los lectores venezolanos necesitan libros, historias, cuentos … Aquí hay muchos escritores viendo cómo hacen para escribir como Vila Matas o como Bolaño. Y muchos que quieren escribir novelas históricas porque descubrieron que la Historia vende mucho y que al lector venezolano le interesa más la Historia que la ficción.

¿Y las artes plásticas? ¿Has visto allí algo que te conmueva recientemente, y que de algún modo sea una reacción o una interpretación de lo que nos pasa?

No. Yo creo que entre nosotros hay algo extraño e interesante. Tratar de vivir una vida normal en nuestro país tiene algo de subversivo.
Pintar flores o playas con cocoteros tiene algo de subversivo porque es un arte no asustado ni reactivo ante la realidad. Piensa en Reverón. Reverón es una figura a la altura de Andrés Bello (eso sí: en interiores) que le dio la espalda a la estupidez de su época: el perezjimenismo político, arquitectónico, artístico, social, económico, etcétera. Así que si no ves pinturas o novelas o películas u obras de teatro que hablen de lo que nos sucede, no creas que es simple evasión o necedad de la gente. Siempre hay algo más.

Imagen: conotrotumbao

Prodavinci 

Comentarios (36)

Rafael Arráiz Lucca
29 de Julio, 2009

Creo que los narradores deben ver con atención el caso Suniaga: cuando su primera novela salió el clan de narradores ignoraba quién era,ya va en su sexta edición. La segunda es un best seller. A Suniaga le importa un pito Vila-Matas o Bolaños, simplemente escribe sus historias venezolanas y no participa del lloriqueo colectivo de los que no son leídos. Una vecina la otra mañana en el ascensor me hizo dos pregunatas que les transmito: ¿No será que no los leen porque sus historias no interesan y porque están escritas en el valle del aburrimiento? ¿Por qué la gente va a leer narraciones aburridas?

Rafael Osío Cabrices
29 de Julio, 2009

Comparto el punto del tocayo Arráiz. Ayer mismo vi en una TecniCiencia cómo una lectora de Larsson y otros thrillers aceptó la recomendación de la encargada de la tienda y se llevó las dos novelas de Suniaga. Hay que recordar que “La otra isla” no es una novela histórica, para nada; “El pasajero de Truman” lo es sólo hasta cierto punto. La gente que está buscando la segunda generalmente ya leyó la primera, u oyó hablar de ella. Porque de Suniaga se oye hablar, más que se escribe (aunque Arráiz y yo somos de los que hemos escrito de él). Su éxito no viene de la comunidad literaria ni de los medios, sino de los lectores comunes y corrientes que se corren la voz sobre su incuestionable talento. Y no, no tiene nada que ver Bolaño ni con Vila-Mata ni con Piglia ni con Aira.

CEEIPC
29 de Julio, 2009

Respecto a la tercera pregunta el señor Echeto refleja un desconocimiento de nuestra actualidad plástica, “No hay peor ciego que el que no quiere ver”…..entiendo que con su respuesta queria darle un tono de burla al asunto, pero lo que queda expuesta en ella es una ramplona irresponsabilidad en la que lo que queda expuesto su desconocimiento del asunto….

Rafael Arráiz Lucca
29 de Julio, 2009

Así es, tocayo Osío. Si el libro no interesa a los lectores no habrá manera. El autor puede formar parte de todos los círculos del poder literario, ir a todas las ferias, retratarse en las publicaciones de mayor prestigio, integrar el mundillo de la farándula literaria, pero si el boca a boca de los lectores no funciona, pues no habrá manera de multiplicarlos y, de nuevo, Suniaga es el mejor ejemplo. Así como el caso contrario es frecuente: narradores que cumplen con todas las tareas anteriores y publican en casas editoriales reconocidas y, finalmente, sus libros se venden poco. Siempre queda la coartada de decir que lo que s evenede no es bueno, pero sabemos que esto es una verdad a medias y, en muchísimos casos, falso.

Maritza Comas
29 de Julio, 2009

El tema no es si la novela es histórica o no. El tema es si la novela engancha, seduce, arropa. Tu mismo lo dices en tu entrevista “…debemos ir detrás de más lectores”. Saludos.

andrés boersner
29 de Julio, 2009

Como librero puedo dar fe que el éxito de Suniaga se debe más al comentario boca a boca y la recomendación particular que a la crítica especializada. Algunos escritores no parecen dispuestos a revelar una opinión clara sobre él. Desconocer su calidad a estas alturas me parece mezquino. Pero igual que Arraiz dice que a Suniaga le importa un pito cómo escriben Vila-Matas y Bolaño es válido que a los demás les importe un pito Suniaga o la literatura que deba agradar al lector. La literatura trascendente nunca se planteó ir detrás de los lectores. Suniaga, Marcano, Barrera, Vegas, son buenos escritores, sólidos y de agradable lectura. Pero a veces lo agradable (y no es el caso de ellos) se vuelve fácil e intrascendente. Otros son más difíciles y “aburridos”. Sólo que la recompensa que hay detrás de esa densidad, creadora de mundos, suele ser mayor. El esfuerzo que se le exige al espectador puede llevarlo a niveles que una historia plana o convencional no lleva. Son lecturas que se proyectan en el tiempo y cuyos personajes o atmósferas comienzan a crecer una vez leídos. Bien por la entrevista de Osío (nada inocente), bien por las respuestas de Echeto, con las cuales discrepo, pero que menean el cocotero y mal por las visiones maniqueas.

Westfalia
29 de Julio, 2009

¿Cuántos escritores conocen que escriben sin la esperanza de ser leídos? Puede que se haga literatura sin concesiones, sin facilismos, pero quien publica tiene la expectativa de encontrar algo tan esquivo como un lector.

andres boersner
30 de Julio, 2009

Lo que mueve al escritor es el proceso de creación, o lo que otros llamarían “demonios internos”. Eso no quita que se imagine a sus lectores o tenga expectativas, algo muy distinto a estar detrás de ellos.

Rafael Arráiz Lucca
30 de Julio, 2009

De acuerdo con Boersner, pero entiendo que habla de escritores en términos clásicos. Es decir, narradores, poetas y ensayistas literarios. Hay otros, que hoy en día son mayoría y forman parte del mundo académico, que no escriben para darle salida a sus “demonios internos” sino, simplemente, adelantando un trabajo profesional o, si se quiere, científico. Estos no suelen ser considerados escritores, pero muchos de sus trabajos constituyen investigaciones acuciosas y valiosas y, en algunos casos, bien escritas, aunque ellos no se tengan a sí mismos como “escritores” en los términos decimonónicos del vocablo, ni los lectores los consideren como tales. Celebro estos diálogos cibernéticos que ayudan a esclarecer algunos asuntos vinculados con la escritura profesional.

Carmen Cristina Wolf
1 de Agosto, 2009

Leo un ensayo de Adriana Bracho (joven venezolana) sobre Doña Bárbara, un tratamiento distinto sobre los arquetipos y mitos de nuestro pueblo. Muy bueno. Luego leo Entre los surcos del recuerdo, relatos de María Gabriela Madrid, también venezolana, y puedo mirar con interés a través de sus ojos. Después abro El mundo según Cabrujas, no tengo tiempo para aburrirme ni para ir detrás de los de afuera, salvo Rilke y Borges, ¡hay tanto que leer en Venezuela! … Todavía… Y gracias a Gabriela Lepage por enviarme prodavinci, y a Rafael Osío por http://www.locosporloslibros. ¡Estupendos!

Héctor Torres
1 de Agosto, 2009

Alguien dijo en una ocasíon que toda generalización supone un prejuicio. Es sin duda el caso de esta aseveración de Roberto según la cual los escritores andan detrás de Bolaños. Son muchas las búsquedas de los narradores venezolanos contemporáneos como para poder encajonarlas en un solo autor. Hay modas, como todo. Algunas de ellas son pasajeras y otras van dejando sus seguidores más persistentes. Es normal que la gente que se inicia imite a sus héroes literarios. Eso va dejando luego una voz propia que va sustituyendo a la del héroe. Bolaño, pero también Bukovsky, Carver, Auster, Cortázar, Coetzee y hasta McCarthy han tenido sus seguidores entre los narradores venezolanos. Y eso no es malo. No tiene nada que ver con el hecho de que busquen lectores o no. Podría jurar que a los autores del 2000 sí les interesa tratar de escribir con calidad y vender sus libros. Claro, no puedo generalizar porque incurriría en el prejuicio que mencioné al principio.

Diego Arroyo Gil
11 de Agosto, 2009

No había leído esta entrevista a Echeto. Qué pedante. (¡Bien por las reflexiones!).

Kira Kariakin
12 de Agosto, 2009

Hay una frase clave que dice Roberto “Tratar de vivir una vida normal en nuestro país tiene algo de subversivo”. Creo que ello es muy cierto sobre todo cuando se refiere al creador… La opinión de Roberto es tan válida como cualquier otra. Se puede o no estar de acuerdo. Provocadora eso sí, y se agradece porque a veces la discusión en torno a lo que pasa en nuestra literatura cae en un aburrido lugar común.

Juan Carlos Chirinos
12 de Agosto, 2009

I. Yo quiero comentar esto que escribe Rafael Arráiz: “¿No será que no los leen porque sus historias no interesan y porque están escritas en el valle del aburrimiento? ¿Por qué la gente va a leer narraciones aburridas?”. Estoy de acuerdo. Pero estoy de acuerdo porque a partir de esa pregunta inocente, se pueden colegir algunas cosas. La primera la voy a ilustrar con algo que presencié en una ocasión: estaba en Valera, en 1995, me parece, acompañando a Douglas Bohórquez en una entrevista en la radio local y el presentador del programa, luego de los saludos iniciales y de informar acerca de la razón que nos había llevado allí (un encuentro literario en Trujillo), hizo esta pregunta, entre bromas y veras: “profesor Bohórquez, ¿por qué la literatura venezolana es tan aburrida?” A ambos nos agarró desprevenidos y creo que Douglas contestó con ecuanimidad sobre los autores que demostraban que esa pregunta hablaba más del grado de desconocimiento en torno a la literatura venezolana del que la formulaba que de la verdadera naturaleza aburrida de nuestras letras. ¡Y miren que hay libros venezolanos que son un tostón! Pero, sin duda, en la biblioteca de literatura venezolana aguardan libros maravillosos, divertidos, sesudos, acojonantes: pongo tres ejemplos de cuentos antiguos extraordianriamente perturbadores: “Adolescencia” (Meneses), “El crepúsculo de diablo” (Gallegos) y “El catire” (Blanco Fombona). El que lea eso y no se excite, no se arreche y no se espante es que no tiene sangre, sino horchata.

II. Bien. Entonces, la señora vecina de Rafael Arráiz que hace esa alarmante pregunta debería de asegurarse de que los que la escuchan entienden que lo retórico que encierra su interrogante va acompañado de un conocimiento amplio del tema sobre el que proyecta la sombra de esa duda. Yo puedo decir, “¿No será que ‘Venezuela heroica’ resulta fastidiosa en estos días porque estamos hartos de lo militar, o porque estamos podridos de los próceres, o porque los lectores ya no conocen la historia de Venezuela y, encima, esa prosa es lejana para ellos?”; o puedo decir “¿No será que el bolañismo-vilamatismo es una tendencia de no pocos escritores jóvenes de todo el ámbito de escritura en español (bueno, entiéndase, joven es una metáfora), ávidos de tener figuras tutelares y que han aprovechado el ascenso a los altares del escritor chileno para hacerse de esa religión (de lo cual, de paso, tienen perfecto derecho)?”; o incluso puedo clamar: “¿Dónde está nuestro Ken Follet, nuestro Stephen King, nuestra Magaret Mitchell?”. Puedo decir eso, claro que sí. Pero no dejaré de ser sospechosamente retórico. Y eso no resuelve nada. Levantar la ceja del escepticismo da mucho juego, pero no libera de las explicaciones.

III. ¿Cuáles son esas narraciones aburridas? Yo pregunto, solamente, porque si se acusa a Roberto Echeto de generalizar en sus respuestas (irónicas, supongo que se nota), pues esa pregunta de la señora vecina mete en el saco del anonimato a un montón de escritores, y lo hace con cierta displicencia que me permite conjeturar perfectamente que oculta una falta de lecturas considerable, pero no lo puedo afirmar porque no sé quién es la señora vecina y no tengo por qué dudar de la honestidad de su pregunta; por lo mismo me habría gustado que me iulustrara con ejemplos, como el que voy a dar a continuación, para rebatir la desconfianza de esa pregunta: Como saben, he tenido la suerte de preparar para Eslovenia una antología de escritores venezolanos nacidos entre 1950 y 1987. Y pensando en que el Liublianense medio sabe de Venezuela, en el mejor de los casos, lo que ve en la tv y los otros medios, pues me propuse no selecionar escritores sino cuentos divertidos. Y busqué 25 cuentos que me parecieran literalmente una tripa de leer. Tenía miedo de que mis propios gustos influyeran demasiado en la selección (que también), pero cuando recibí un email de la traductora alabando maravillada la calidad, lo entretenido y variado de la selección, supe que no me equivocaba: en Venezuela la literatura es una fiesta,como en cualquier país del mundo.

IV. Y si la literatura venezolana está llena de fantasías animadas de ayer y hoy, ¿qué es lo que ocurre? ¿Por qué el éxito en unos y el silencio en otros? Es una tontería hacerse esta pregunta, lo sé. Pero también hay que sumarle al boca-oreja que señala Andrés Boersner, la presencia del libro en los medios, en los estantes, cómo se mueve el escritor, etc.: es decir, todo lo que no es el libro en sí mismo, sino su comercialización. [adjunto: Para ser escritor quizá haya que ser al mismo tiempo listo e inteligente (y a veces es mejor sólo ser listo)]. Porque tiene razón Rafael Arráiz: si un libro no gusta, no va pal baile aunque lo anuncie Renny Ottolina (otra cédula que rodó). Pero, ¿y los que nadie ve? ¿Los que nadie anuncia? ¿Los que nadie encuentra? No me consta, pero me dicen los que viajan para allá que encontrar libros de ciertas editoriales en Venezuela es dificilísimo. Si es así, es fácil entender por qué un libro bueno es leído por muchos y otro igual de bueno, no tanto. Se trata de lo que cada editor hace con sus libros a partir de lo que obtiene del boca-oreja. Ni más ni menos, porque se trata de mercado y ya sabemos que “el buen paño en el arca no se vende”.

V. Pero ese paño tiene que ser llamativo, atractivo para el cliente; el vendedor de ese paño tiene que ser convincente, como enseñó hace años Og Mandino. Y si yo fuera editor, la verdad les digo: preferiría novelas históricas porque es lo que a la gente más le gusta, porque es lo más cercano. Si estoy en España, pues Guerra Civil y posguerra; si estoy en Venezuela, es buen momento para perejimenizmos, gomecismos, 23 de eneros, 4 de febreros y, el año que viene, 2010, de Miranda pabajo todo vale. Si alguien me viene con la historia de su calle, que sea en relación a algún personaje histórico que me interese, diría yo como editor. Si no, que se vaya pal perroylarrana. Que los escritores “de altos vuelos”, que yo reconozco buenos y necesarios para el avance del arte de la escritura, que se esperen, que los publicaré cuando tenga varios dumases, varios zafones, varios cercas que me den real. No nos engañemos: el lector medio lee para evadir la realidad, no para entenderla. Los que escriben libros sobre cómo escribir best sellers recomiendan: cero pobreza, cero situaciones deprimentes, cero cotidianidad, cero caspa: glamour, aventura, éxtasis, límite, fuerza, historia, belleza, exotismo: eso es lo que vendía cuando se publicó “Don Juan”, de Byron y “Lo que el viento se llevó”, de Mitchel, y eso es lo que vende hoy: Zafón, Dan Brown, Follet, Meyer, Larsson. Y que sea facilito de leer: dejémonos de experimentalismos, que para eso estan el señor Joyce y la señora Woolf (y el señor Trejo).

VI. Tengo mucho interés en leer los libros de Suniaga que han generado toda esta discusión y este pequeño ensayito. Ojalá alguien venga pronto y me los traiga. Por lo pronto, puedo decir que leí “Falke” y no me entusiasmó demasiado, estuve leyendo a Herrera Luque y no entiendo cuál es la fama si no sabe ni siquiera redactar con mínima eficacia (quizá sea lo de los chismes mantuanos lo que atrae); pero leí el cuento que ganó “El Nacional” este año y me parece que Soto es un escritor poderosísimo; leo con gusto y emoción siempre a muchos otros, Enza García, por ejemplo, los cuentos que he leído de ella son extraordinarios; el propio Roberto Exheto (que quizá debería de explayarse un poco más en las respuestas a sus preguntas) y Rubi Guerra: un maestro que deberíamos leer con mucha más atención. A Israel Centeno, por suerte, lo puedo comprar en las librerías españolas, porque Periférica, su editorial aquí, pequeña pero ya muy conocida, está muy bien distribuida y reseñada. Y esta semana he vuelto a leer “Las memorias de Mamá Blanca” y he llorado asombrado de ver lo monstruosa que era Teresa de la Parra (pero “Ifigenia” me parece un tostón a estas alturas, salvo por Amanda Gutiérrez, María Alejandra Martín, Adriano González y Orangel Delfin).

VII. para terminar quiero retomar la pregunta de la señora: “¿Por qué la gente va a leer narraciones aburridas?” Estimada señora vecina de Rafael Arráiz: la gente no lee narraciones aburridas, ni tiene por qué hacerlo es cierto (yo, que estudié Letras, sé lo que significa leer algo por obligación cuando es lo más aburrido y malo del mundo); pero hay que recordar que de la fuente de la literatura manan multiplicidad de chorros de variados colores y sabores, y a veces no es que el libro sea aburrido, es que no está escrito para usted. O ha llegado al mundo en un momento inapropiado. O ha tenido la mala suerte de una editorial indolente. O el autor es inmamable y no dan ganas de leer sus libros. O el libro está por encima de las posibilidades cognitivas del lector. O por debajo. O está moralmente en el lado opuesto. O religiosamente blasfemo. O religiosamente meapilas. O, simplemente, señora, el libro es una ladilla. Y gracias a los dioses desaparecerá del mundo como tantos bolañeros que pululan por ahí. ¡Salud!

emilio
13 de Agosto, 2009

Hay varias trampas que seguimos todos callendo en estas polémicas sobre la literatura venezolana. Desde que tengo uso de la razón siempre se dice lo mismo y no se concreta nada. Propongo pensar algunos puntos a ver si algo provechoso podemos sacar, con el debido respeto de las inteligentes y sugerentes opiniones que ya dieron aquí varios escritores, poetas y ensayistas.

Primera pregunta: 1)¿No hay una trampa cuando hablamos de “literatura venezolana” y no de autores? Si el debate no tiene que ver con políticas editoriales puntuales, cosas bien concretas de mercado y promoción, me parece que hablar de “literatura venezolana” puede revelar un profundo complejo que todavía no hemos podido superar (cosa que nos emparenta por cierto a nuestros “revolucionarios” quienes también quieren valorar lo “nuestro”). Yo quisiera, si me permiten, poner en tela de juicio esa entelequia. Primero, porque no es justo agrupar a muchos autores buenos con otros que son muy malos, y segundo, porque en eso que llamamos “literatura venezolana” hay muchas tradiciones.

Segunda pregunta: 2) ¿No deberíamos, por otro lado, en vez de hablar de obras hablar más bien de lectores? Me sorprende leer opiniones tan convencionales, pobres, y reductivas de tantos escritores, que sin duda deben ser buenos lectores, pero que parecieran que fueran lectores del siglo XIX, como si nunca hubiesen leído a Borges, Nabokov, o cualquier literatura moderna después de las vanguardias. (Y con esto no quiero decir que uno debe ser experimental; lo que quiero decir, en cambio, es que no hay que subestimar a los lectores venezolanos,y sobre todo a nuestros vecinos que a veces leen cosas más complejas de lo parecen). Todos sabemos que un buen escritor es en cierta forma un buen lector, y que toda obra se debe a una relectura de la tradición; yo no me creo esa trampa del realismo, y de algunos periodistas promulgan, de la pura originalidad. Eso es la mayor de las trampas y hay que tener cuidado en no caer en ella. Si me siguen hasta aquí, y comparten lo que digo, me gustaría insistir entonces que el problema estaría entonces en que hemos sido, por un lado, flojos como lectores (y en eso incluyo no a sólo a los críticos, sino también a los mismos escritores, quienes deberían dar claves sugerentes para leer los libros de otros autores -no lo digo como deber, por cierto- sino como “deuda de amor” para seguir unas palabras de George Steiner); y, por otro lado, hemos sido incapaces de releer de manera abierta, placentera, audaz e ingeniosa las diversas tradiciones que conforman ese heterogéneo abanico que llamamos “literatura venezolana”.

Tercera pregunta: 3)¿No deberíamos también pensar, más que obras o autores, en la lengua literaria misma y lo que estamos haciendo para darle un rango más autónomo? Cuando leo las opiniones de muchos escritores me parece tan triste que caigan en juicios de tendencias, y líneas. Al final estas polémicas parecieran reducirse a eso, pero creo que en el fondo el problema sigue siendo, no de la vecina que no lee literatura venezolana, ni tampoco de los nuevos escritores que quieren escribir como Bolaño, sino de cierta desidia para proporcionar prácticas culturales que nos obliguen a leer de manera más ingeniosa, y que rompan un poco la idea de “literatura venezolana” como un artificio retórico que usamos para criticar a otro escritores. Doy un ejemplo de esto: ¿qué pasó con las traducciones en el país? ¿Por qué tenemos que leer a Coetzee, o Roth o Martis Amis desde traducciones hechas por los españoles? ¿Por qué ya nuestros escritores y críticos no traducen más? Sólo con una conciencia más sutil de los límites y mecanismos de nuestra lengua y sus diversos dialectos, que sólo se dan en la confrontación con otros idiomas, es que podemos crear una lengua literaria de altura. Sin eso seguiremos callendo en el toma y daca de siempre. Pero es no es todo. La lengua literaria necesita abrir puentes, crear otras conecciones, con diversas tradiciones. ¿Por qué no podemos leer, por ejemplo, a Caracas desde Dostoivsky, o a Moscu desde Eugenio Montejo? ¿Arbitrario? No: ser buen lector es poder establecer relaciones que nadie ve, y creo que eso -para finalizar- es lo que debería debatirse aquí.¿Hasta cuando vamos a seguir mirándonos en el ombligo? Hasta que nuestros escritores y críticos no sean buenos lectores caeremos siempre en el mismo problema. Claro, no quiero generalizar: ha habido siempre buenos lectores y críticos en Venezuela. Deberíamos entonces leerlos mejor y seguir su ejemplo desde las demandas que nos pide el presente y nuestra realidad. Bueno espero no haber ofendido a nadie con esto, y me gustaría escuchar sus opiniones.

Rafael Arráiz Lucca
13 de Agosto, 2009

He disfrutado mucho el texto de Chirinos. Le transmitiré a mi vecina, que seguro no leerá jamás estas páginas, las reflexiones de Juan Carlos. Por cierto, esta misma vecina afirma con cara rotunda que el cine venezolano no puede ser peor, pero ese es asunto para otros dolientes. De lo dicho por Chirinos quiero insistir en lo siguiente, fruto de mi ya larga experiencia de editor: un autor se puede parar de cabezas, salir todos los días en los periódicos, contratar el más fenomenal de los aparatos de promoción, colocar sus obras en todas las librerías. Pero,insisto, si sus libros no encuentran lectores de nada valdrán sus peripecias. De nuevo, el caso Suniaga es la mejor demostración de lo que digo.

Juan Carlos Chirinos
15 de Agosto, 2009

O sea, que la vecina de Rafael Arráiz es candela, mano. Habrá que invitarla a que nos hable un rato sobre todo esto, que sé que gozaríamos un puyero (A mí me gustó “Aventurera”). La promoción no convierte un libro en un éxito; pero la no promoción, la inexistencia, menos. A ver cómo me hago con un Suniaga de esos…

Juan Carlos Chirinos
15 de Agosto, 2009

Voy a ensayar unas respuestas a las preguntas del señor emilio (a quien agradecería que se identificara, más que nada por la igualdad de condiciones), porque no quiero seguir callando las ideas que me provocan:

“1)¿No hay una trampa cuando hablamos de “literatura venezolana” y no de autores?”

Si hay alguna trampa, es la que plantea el principio de incertidumbre de Heisenberg: o ves una cosa o la otra. No confundamos el bosque con los árboles. Desde luego que toda categorización es una entelequia porque sólo es el artificio de la mente humana para entender el mundo que le rodea. No existe algo como cabeza-tronco-extremidades en nuestro cuerpo, pero resulta bastante útil a los médicos saber dónde están los pies a la hora de enyesar una pierna con la certeza de que no están escayolando una oreja. No veo complejo alguno al decir “literatura venezolana”, como no hay complejo al decir “poesía”, o “prosa”; o como no hay complejo cuando decimos “épica”, “lírica”, o “dramática”. A lo sumo, hay intento de clasificación. Y el tema de las literaturas nacionales es tan vasto y complejo, que no creo que sea capaza de resumir en una frase la diferencia entre “clasificar” elementos en un grupo determinado y utilizar esa clasificación para la exclusión y el discurso resentido o nacionalista. No veo punto de conexión entre la clasificación de la literatura por géneros, procedencia, tendencias etc., y la apropiación de cualquier fragmento literario bajo la expresión “lo nuestro”, bastante egoísta, por cierto. “Lo nuestro” suena a clan, a unicejismo del que no se reconoce humano por encima de todo. “Lo nuestro” es el camino más corto con que el de ceño fruncido marca las lindes que separan “Altamira” del “El Miedo” (hablo de “Doña Bárbara”, no sea malpensados). Y no hay que olvidar que cuando alguien lee un libro, lo hace al mismo tiempo ajeno a la tradición que lo produjo, y consciente de esa tradición. Si yo leo “Desgracia”, de Coetzee (maravillosa novela por cierto), sé que estoy leyendo sobre asuntos que ocurren a la sombra de otras latitudes, pero al mismo tiempo sé que eso no me excluye, porque como humano puedo entender de qué hablan por esos lados. La clasificación, como los diccionarios, son útiles para ordenar el pensamiento, la búsqueda y la curiosidad; no para enarbolar banderas. Que haya muchas tradiciones: bien; que tengamos la conciencia suficiente para colocar cierto orden en nuestras percepciones: bien; que rehuyamos de aquello que puede ser más cercano o aborrezcamos aquello que sentimos lejano: no tan bien, porque ese es el camino de la discriminación y la barbarie. ¿O es que Dudamel es más director y más venezolano cuando dirige “Pajarillo” que cuando dirige “El crepúsculo de los dioses?

“2) ¿No deberíamos, por otro lado, en vez de hablar de obras hablar más bien de lectores? Me sorprende leer opiniones tan convencionales, pobres, y reductivas de tantos escritores, que sin duda deben ser buenos lectores, pero que parecieran que fueran lectores del siglo XIX, como si nunca hubiesen leído a Borges, Nabokov, o cualquier literatura moderna después de las vanguardias. (Y con esto no quiero decir que uno debe ser experimental; lo que quiero decir, en cambio, es que no hay que subestimar a los lectores venezolanos, y sobre todo a nuestros vecinos que a veces leen cosas más complejas de lo parecen). Todos sabemos que un buen escritor es en cierta forma un buen lector, y que toda obra se debe a una relectura de la tradición; yo no me creo esa trampa del realismo, y de algunos periodistas promulgan, de la pura originalidad. Eso es la mayor de las trampas y hay que tener cuidado en no caer en ella. Si me siguen hasta aquí, y comparten lo que digo, me gustaría insistir entonces que el problema estaría entonces en que hemos sido, por un lado, flojos como lectores (y en eso incluyo no a sólo a los críticos, sino también a los mismos escritores, quienes deberían dar claves sugerentes para leer los libros de otros autores -no lo digo como deber, por cierto- sino como “deuda de amor” para seguir unas palabras de George Steiner); y, por otro lado, hemos sido incapaces de releer de manera abierta, placentera, audaz e ingeniosa las diversas tradiciones que conforman ese heterogéneo abanico que llamamos “literatura venezolana”.

Yo devolvería la pregunta, señor emilio: y a estas alturas, ¿sabemos cuál literatura es realista y cuál no lo es? Yo creo que la maquinaria conceptual que hemos heredado del historicismo del siglo XIX y del, para llamarlo de alguna manera, “textualismo semántico” del XX, se está convirtiendo en un lastre. ¿Cómo seguir utilizando las denominaciones “realismo”, “fantástico”, “regionalista”, “realismo mágico”, etc., a un universo de lecturas como “La naranja mecánica”, “Breviario galante”, “Desgracia”, “Drácula”, “Firmin”, “Percusión”, “Las olas”, “Música para camaleones”, “Los platos del diablo”, “Ulises, “Mariana y los comanches”, “Winesburg, Ohio” y un larguísimo y delicioso etcétera? Y que conste que sólo estoy hablando de libros que yo considero de narrativa y que me parecen que no han perdido ninguna vigencia. Aunque debo aclarar que esa “maquinaria conceptual” es menos eficaz para hablar de la literatura contemporánea que de la que la generó en su momento. ¿No será, me pregunto, que las clasificaciones van rezagadas con respecto a lo que el mundo de la escritura puede dar? Yo no subestimo a los lectores venezolanos; de hecho, a la respetada vecina de Rafael Arráiz yo le doy todo el beneficio de la duda con su pregunta capciosa sobre lo aburrido que puede ser lo escrito (y publicado) en Venezuela; sólo le pido pruebas, como yo se las doy de todo lo contrario: narrativas breve y larga escritas por venezolanos de antaño y hogaño demuestran que la pregunta de la acuciosa vecina no ha lugar.

Quiero señalar una posible contradicción en su pregunta, señor emilio: Dice que no debemos subestimar a los lectores: “(Y con esto no quiero decir que uno debe ser experimental; lo que quiero decir, en cambio, es que no hay que subestimar a los lectores venezolanos, y sobre todo a nuestros vecinos que a veces leen cosas más complejas de lo parecen).”, pero líneas más abajo ejecuta un mea culpa muy curioso: “el problema estaría entonces en que hemos sido, por un lado, flojos como lectores (y en eso incluyo no a sólo a los críticos, sino también a los mismos escritores, quienes deberían dar claves sugerentes para leer los libros de otros autores -no lo digo como deber, por cierto- sino como “deuda de amor” para seguir unas palabras de George Steiner)” Estoy confundido y pido luces, señor emilio: ¿Quiere decir que los mismos escritores y críticos no son lectores venezolanos? ¿O que la flojera es más evidente en quienes se dedican a esto como oficio que a los demás “normales” que solo ejercen de vecinos-que-a-veces-leen-cosas-más-complejas-de-lo-que-parece? ¿O somos lectores-escritores flojos que no hemos dado claves sugerentes a los lectores ocasionales de cosas complejas, como si ese fuera nuestro deber (quizá, sí, de los críticos)? En fin, que me confunde esta pregunta y por eso abro tantas interrogantes.

“3)¿No deberíamos también pensar, más que obras o autores, en la lengua literaria misma y lo que estamos haciendo para darle un rango más autónomo? Cuando leo las opiniones de muchos escritores me parece tan triste que caigan en juicios de tendencias, y líneas. Al final estas polémicas parecieran reducirse a eso, pero creo que en el fondo el problema sigue siendo, no de la vecina que no lee literatura venezolana, ni tampoco de los nuevos escritores que quieren escribir como Bolaño, sino de cierta desidia para proporcionar prácticas culturales que nos obliguen a leer de manera más ingeniosa, y que rompan un poco la idea de “literatura venezolana” como un artificio retórico que usamos para criticar a otro escritores. Doy un ejemplo de esto: ¿qué pasó con las traducciones en el país? ¿Por qué tenemos que leer a Coetzee, o Roth o Martis Amis desde traducciones hechas por los españoles? ¿Por qué ya nuestros escritores y críticos no traducen más? Sólo con una conciencia más sutil de los límites y mecanismos de nuestra lengua y sus diversos dialectos, que sólo se dan en la confrontación con otros idiomas, es que podemos crear una lengua literaria de altura. Sin eso seguiremos callendo en el toma y daca de siempre. Pero es no es todo. La lengua literaria necesita abrir puentes, crear otras conecciones, con diversas tradiciones. ¿Por qué no podemos leer, por ejemplo, a Caracas desde Dostoivsky, o a Moscu desde Eugenio Montejo? ¿Arbitrario? No: ser buen lector es poder establecer relaciones que nadie ve, y creo que eso -para finalizar- es lo que debería debatirse aquí.¿Hasta cuando vamos a seguir mirándonos en el ombligo? Hasta que nuestros escritores y críticos no sean buenos lectores caeremos siempre en el mismo problema. Claro, no quiero generalizar: ha habido siempre buenos lectores y críticos en Venezuela. Deberíamos entonces leerlos mejor y seguir su ejemplo desde las demandas que nos pide el presente y nuestra realidad.”

La verdad, me parece que el escritor venezolano es el que menos se mira el ombligo en el mundo. De hecho, el venezolano es el ciudadano que menos se mira el ombligo en el mundo. Y cuando sale del país, porque lo conoce y lo averigua todo, porque está pendiente de lo que ocurre en cada lugar y sabe pronunciar los nombres de las cosas en inglés, cae en la campurusería de pensar que todos fuera del país saben lo que él sabe de su Venezuela y se indigna: ¿Que la vecina de Valladolid no tiene ni p… idea de quién es nuestra Miss Universo? Pues esa señora es bruta. ¿Que el señor de Madrid apenas sabe que en Venezuela hay petróleo y Maiquetía le suena a palabra para utilizar como insulto? Malditos españoles. A veces me da la paradójica impresión de que la capacidad del venezolano para absorber “superficialmente” modos y costumbres foráneas sigue una progresión geométrica con la incapacidad para entender que “el otro” no lo reconoce como centro del mundo, ni siquiera como periferia. Lamentablemente, cada vez más constato que el mito de la “gran Venezuela” sigue anidando en nosotros como la secreta esperanza de Pío Miranda de conocer a Romain Rolland, y no queremos entender que somos un país más de entre tantos. Uno normal. Con problemas, como todos. Sin una “misión” grande e la vida, salvo la de mantener un PIB dentro de los límites de la decencia -y repartido con justicia. Así que rectifico el rumbo de lo que he dicho al inicio: nos miramos el ombligo de tanto mirar si se parece al de los demás —y descubrimos que no sabemos ni siquiera mirar.

Bien, usted pregunta: “¿No deberíamos también pensar, más que obras o autores, en la lengua literaria misma y lo que estamos haciendo para darle un rango más autónomo?”

Enorme pregunta; es como preguntar por el big bang para entender a las monocotiledóneas. No entiendo lo del “rango más autónomo”, y sólo se me ocurre pensar que quizá usted se refiera a eso que Roman Jakobson llamó la función poética del lenguaje. Yo no suelo pensar en la “lengua literaria misma”; yo leo libros. En los talleres de escritura que doy, le digo a los participantes que no voy a hablar de teoría literaria hasta que no sea estrictamente necesario: esto es, a cada relato de ellos mismos que leemos, le sacamos lo que de teoría literaria pueda haber allí, pues me parece lo más útil si uno quiere comenzar a dominar las estrategias de escritura propias. ¿Para qué saber lo que es una anáfora si no la he puesto a funcionar en mi propia escritura?

(Tiene razón en una cosa: echo de menos las traducciones de Díaz Solís y Cadenas; de Crespo y Carrizales; de Belén Ojeda. Eso es un problema de la industria cultural venezolana. La pregunta en realidad no es por qué leer a los autores extranjeros traducidos por españoles; la verdadera pregunta es más grave: por qué ya no podemos leer a esos autores en sus lenguas maternas como hacían Blanco Fombona, Ramos Sucre, Díaz Rodríguez y Paz Castillo…)

Así pues, los temas siguen abiertos, como todo en literatura; uno sólo puede exponer sus puntos de vista de la manera más honesta posible. Y dale, que el golpe avisa.

Adenda: Callendo: cayendo Conecciones: conexiones

emilio
15 de Agosto, 2009

Agradezco la respuesta de Juan Carlos Chirinos. Para mí es un honor que se haya tomado la molestia de contestarme tan puntualmente. Mi nombre es Emilio Rueda, y soy nada más que un lector venezolano. No se preocupe: no soy un escritor disfrazado, ni nada de eso. Me sorprende que me pida por otro lado identificarme, y no entiendo eso de “igualdad de condiciones”. ¿Es que acaso estamos en una pelea donde tenemos que estar en “igualdad de condiciones”? Acepto ciertos puntos que usted esgrime contra mis argumentos, pero me temo que en otros puntos lo que trata es simplemente de girar la tuerca hacia un lado y volver precisamente a lo que estuve criticando. En ese sentido lamento no estar de acuerdo con usted en algunas ideas, y lamento que mis preguntas en vez de generar reflexión más bien hayan confirmado sus convicciones de antes. Me explico a continuación, siguiendo cada uno de los puntos que he propuesto en mi reflexión inicial que usted tan amablemente se empeña en refutar.

Punto uno: Entiendo lo de la categoría “literatura venezolana”, pero eso no era lo que yo quería expresar. Yo dije de hecho que la categoría sirve si queremos hablar de cosas bien puntuales: promoción editorial, políticas de difusión, fenómenos de mercado. En ese sentido la categoría cabe. Pero lo que se ha hablado aquí no es precisamente de eso. No entiendo, para ser franco, su respuesta a este punto porque al final termina dándome la razón: usted termina mostrando que la entelequia “literatura venezolana” es heterogénea y consiste de varias tradiciones. Sin embargo, hay un punto esencial que no me convence, cuando usted dice:

“Y el tema de las literaturas nacionales es tan vasto y complejo, que no creo que sea capaz de resumir en una frase la diferencia entre “clasificar” elementos en un grupo determinado y utilizar esa clasificación para la exclusión y el discurso resentido o nacionalista”

Yo sí creo que en este aspecto sí puede servir el tema para la exclusión. La mejor muestra es la entrevista de Roberto Echeto que, irónica o no, está excluyendo a aquellos que están escribiendo como Bolaño. Claro, no con la intensidad como otros lo hacen, pero igual hay signos de exclusión y esto me parece muy malo. La culpa no es de Echeto, sino de la pregunta misma. Yo insisto en que el rótulo “literatura venezolana” (una trampa que hacen los periodistas a los escritores) en este tipo de discusiones guarda en sí un poder excluyente. Me parece más enriquecedor hablar, como dije, de autores (de Venezuela). Ser más concreto es mejor, porque así es más fácil destacar los buenos escritores que todos seguimos y leemos con devoción. Insisto en que no entiendo su comentario final a este punto, porque pareciera corroborar lo que digo. Si es así, perfecto.

Punto dos: De nuevo aquí tengo problemas para saber su posición. La primera parte de su respuesta pareciera confirmar uno de los puntos que he dicho. Es decir: es peligroso leer a estas alturas de forma convencional. Que usted considere que esta forma convencional de lectura tiene el lastre del historicismo del siglo XIX y del textualismo del siglo XX está bien: si esas son las etiquetas que quiere darle, de acuerdo (aunque me parecen etiquetas que son muy reductivas, pero igual las acepto). En cuanto a la contradicción creo que usted o no me leyó bien, o yo no fui lo suficientemente explícito. Obviamente prefiero pensar lo segundo, porque de verdad no lo aclaré bien. En todo caso, le aclaro que por un lado que yo estoy hablando de lectores no profesionales (la vecina de Arraiz), y en el otro caso de lectores profesionales (críticos, escritores, incluso lectores asiduos como yo -eso creo- que tienen cierta influencia en algunos círculos). Los primeros se diferencian de los segundos porque sólo leen cuando tienen tiempo y buscan cosas que les guste sin filiaciones de ningún tipo. Los segundos se diferencian de los primeros porque la lectura es una de sus formas de vivir, y porque tienen influencia sobre otros: sus lecturas determinan las lecturas de los primeros. En este sentido, expreso que el segundo grupo sigue siendo “flojo”, y en ellos me ubico. Un signo de flojera, por ejemplo: no hablar de tradiciones y hablar de “literatura venezolana”. Para mí eso, además de ser potencialmente excluyente como dije antes, es signo de pereza mental: ¿porqué pocos hablan de los vínculos de Eugenio Montejo con Ramos Sucre y con cierta tradición de una poesía contenida, de un estilo de corrección? ¿Porqué no podemos hablar en este espacio de la tradición experimental de Salustio Gonzalez Rincones, que sigue un cause bien claro con otros poetas y escritores “venezolanos”? Pero incluso se debería ir más allá: ver esta conexión de esas tradiciones con otras de otras latitudes y ver cómo las recrean. No, es mejor por lo visto hablar de “literatura venezolana” y seguir en esa diatriba interminable de si nos quieren o no, de si nadie nos lee y esas cosas por el estilo.

Punto tres: Una vez más creo que estamos de acuerdo en ciertos puntos, pero pareciera que usted no quiere aceptarlo. Lo digo porque si al principio refuta mi idea de que nos seguimos viendo en el ombligo, después acepta que el venezolano mira el mundo de manera “superficial”. Si mira de manera superficial entonces no mira, sólo simula. Por otro lado, cuando hablo de lengua literaria no hablo de literatura como un concepto general, hablo de prácticas escritas claras: que usted quiere encasillarlas en géneros y libros está bien. Lo que estoy tratando de decir es que no habrá literatura venezolana si no hay literatura en general. Si no podemos aislar lo literario como un espacio propio, que deje de ser un apéndice del estado y las demandas nacionalistas, poco podemos avanzar, y seguiremos en la diatriba que critico: y sí a veces usando el simple e inocente (pedagógico) rótulo “literatura venezolana” caemos en esa trampa. El tema de la traducción es muy importante, porque devela cierto neo-colonialismo linguístico: dependemos de lo que nos digan otros, sobre todo los españoles. Cuando me refiero entonces a la lengua literaria me refiero a la capacidad de crear un espacio verbal, por decirlo de una manera, que tenga nuestro estilo y que represente nuestras prácticas, y que pueda al mismo tiempo apropiarse de otras literaturas. Las obras se mueven dentro de ese universo verbal, y desde allí es que se pueden dar buenos trabajos. El hecho de que no estemos traduciendo y lo veamos casi como una práctica menor es muy revelador de la pereza que vengo hablando. En una época los buenos escritores y críticos eran también buenos traductores. Recientemente se ha ido comprobando que autores como Hemigway le deben mucho al estilo de los traductores de la literatura rusa, incluso más que a la misma literatura rusa (en cuanto estilo). Muchas gracias por su respuesta. Y espero que con estos puntos se pueda aclarar mejor la discusión.

Rafael Arráiz Lucca
15 de Agosto, 2009

A ver, intentemos una caracterización de mi vecina, ya que se ha hecho un personaje. Cuarenta y dos años, amante de la seguridad por encima de todas las cosas, ha ido doscientas veces a Miami y ni una sola vez en su vida a París. Estudió ingeniería, educación pre-escolar o idiomas modernos, no recuerdo con exactitud. No es multimillonaria, pero su marido produce dinero. Detesta a Venezuela, critica todo lo que tiene en su entorno. Lectora de revistas y de John Grisham.Espectadora de Sex and The City; no entiende por qué tenemos que pasar por lo que estamos pasando en Venezuela. No nos lo merecemos, dice. En cualquier reunión con amigos se enfrasca en pocos temas: la relación de los últimos secuestros express, Chávez, el precio de la comida, el colegio de los hijos, Chávez, Aló Ciudadano, el vestuario inimaginable de Carla Angola, Kiko, Vanity Fair, Chávez. Le tengo cariño a mi vecina y cuando quiero saber que piensa el venezolano promedio de la clase media alta opositora, le toco la puerta y le pido azúcar. Mi vecina no para de hablar. Tiene una especial facultad para cambiarle el sentido a las palabras y lo hace con autoridad. Por ejemplo, ella cree que el vocablo vituperio significa peroles o cosas. El otro día me dijo: “Aquí voy cargada de vituperios” Quedé estupefacto, luego entendí que quería decir que iba cargada de bolsas de mercado. Otro día toco la puerta de mi casa y me pidió un alicater, pensé que se trataba de alguna pastilla para el dolor de cabeza, hasta que me hizo con los dedos como una tenaza y entendí. Una tarde la oí cantar el estribillo de Héctor Lavoe que dice “Hoy te dedico, mis mejores pregones”, y ella decía: “Hoy Federico, sus mejores tambores”. Mi vecina es adorable: colaboradora, simpática, extrovertida, una suerte de resumen de lo mejor y lo peor de la venezolanidad urbana. Por allí van los tiros, Juan Carlos.

Andrés Boersner
15 de Agosto, 2009

Espero que finalicen las elucubraciones de Rafael sobre supuestas vecinas y que se retome la discusión inicial. Creo que el tema del escritor detrás de sus lectores y de la literatura aburrida o no merecería más comentarios. Insisto en que los buenos escritores no andan detrás de los lectores (aunque les encantaría tenerlos y se los imaginan) ni cuidándose las espaldas para que no le pillemos tal o cual influencia. Tener un detector de mierda, como decía Hemingway, está bien. Querer enganchar al lector es formidable pero sin apelar a recetarios universales sino tratando de llevar a buen término el impulso y capacidad internas. Y no me refiero a literatura clásica o del siglo XIX, ya que ésa, más que ninguna otra, estuvo a la caza de lectores. Este país tiene suficiente tradición como para que hablemos de literatura venezolana. Tenemos más hijos de los dos Garmendia, de Francisco Massiani o de Renato Rodriguez que de Bolaño y Vila-Matas. Los hijos de la nueva novela francesa gozan todavía de mejor salud que los del chileno o el catalán. No olvidemos que todos ellos tienen sus predecesores. Pero están, por fortuna, los que tratan de llevar a buen término lo que les dicta la loca de la casa, sin prejuicio acerca de sus antepasados. Preferentemente con lectores, pero aún sin ellos.

Julio Alfonzo
16 de Agosto, 2009

Creo que hay que echarle los perros a la vecina de Arraiz. Supongo que con esa facilidad que tiene ella de crear nuevos término y adjudicar significados a palabras existentes, mi fantasioso “l’adultère avec elle” a quedará protegido del escarnio público.

Juan Carlos Chirinos
17 de Agosto, 2009

Bueno, la igualdad de condiciones no solo es necesaria para pelear, que no es el caso, sino también, y fundamentalmente, cuando se asume un espacio como ágora de conversación, señor Emilio. No sólo no lamento que esté en desacuerdo con aspectos de lo que digo, sino que lo celebro. Porque, ¿para qué quiero conversar con alguien que piensa igual que yo? En cuanto a lo de literatura venezolana y sus aledaños, lo que pienso sobre cuál es el territorio que un escritor nacido en Venezuela puede abarcar, me tomo la libertad de invitarlo(s) a leer un texto que leí el año pasado en Ámsterdam y en el que están las ideas mías sobre lo que considero que es el territorio en el que nos movemos. El artículo en cuestión se llama “La frontera líquida” y lo puede(n) encontrar en el número 6 (mayo de 2008) de “La Mancha”, el blog/revista que llevo con otros tres escritores (http://delamanchaliteraria06.blogspot.com/2008/06/la-frontera-lquida.html). El nacionalismo, tanto literario como político, implica de alguna manera exclusión,; pero no siempre se ha utilizado para excluir, sino para “clasificar”, para “categorizar”. No digo que me parezca la mejor manera de asumir una literatura, pero tampoco la demonizo. Dice que quizá la pregunta que se la hace a Roberto Echeto esté mal formulada: yo, repito, creo que aparte de la movida de cocotero que ejecuta su ironía, poco más se le puede pedir, pues no es esa su intención. Estoy seguro de que tanto Roberto Echeto como Rafael Osí Cabrices tiene mucho más que decir (y pregunta) en torno al tema. Desde luego que tiene razón Andrés Boersner cuando dice que Garmendia y Massiani han sido influencias mayores, pero yo quiero colegir que cuando se refiere al bolañismo, lo hace para señalar la moda que siempre va y viene y que muchso escritores, no todos, toman por pura faramallería; no dudo que muchos otros, también, encuentran en Bolaño y Vila-Matas (y Garmendia, y Coetzee, y Corín Tellado) maestros y modelos a seguir. “Literatura venezolana” no es una trampa de periodistas para escritores: la historiografía literaria es la responsable de esta visión del mundo de las letras. La verdad es que renuncio a la responsiablidad de “guiar” las lecturas de los demás; si la gente quiere leer lo que yo leo, es problema de ellos; yo leo sólolo que megusta y no tengo ningún espíritu de responsabilidad al respecto. Es la escuela, la educación, la que forma lectores; yo como escritor, escribo; y leo lo que me da la gana, nunca con cara de prócer que traza un camino para los que viene detrás. Ese no es asunto mío, como escritor. Por eso no me considero “flojo”: yo trabajo 8 horas diarias, como todo el mundo y como lo estipula la ley. Quiero insistir en esto: estoy haciendo estos cmentarios como escritor, no como profesor. Ellos fueron los que me formaron el hábito lector (desde la maestra de primer grado hasta el profesor de doctorado); los escritores nunca han sido mi guía para leer, han sido mi material para leer. Los escritores venezolanos, en general, no son leídos en el mundo, porque no hay ni industria ni promoción suficientes. No creo qye haya razones cualitativas ni de exclusión. Se nos lee en el mundo tanto como a los escritores de Khazasjastán, por poner un ejemplo.

la superficalidad d ela mirada no solo tiene que ver con la banilidad, sino con la persistencia en la forma. Más el parecer que el ser, y esa es una manera de estar en el mundo. Un ejemplo: las últimas películas de Woody Allen, bastantes flojas, porque se ha puesto a viajra por el mindo a dar la impresión de que es cosmopolita cuando en realidad sigue siendo el campuruso neoyorkino de Manhattan de toda la vida.

Me declaro inútil para entender esto: “Por otro lado, cuando hablo de lengua literaria no hablo de literatura como un concepto general, hablo de prácticas escritas claras: que usted quiere encasillarlas en géneros y libros está bien. Lo que estoy tratando de decir es que no habrá literatura venezolana si no hay literatura en general.”

(como escritor me pregunto: ¿Para qué quiero lengua literaria? Para leer libros. “Literatura en general” es para profesores; yo leo libros, insisto.)

Traducciones: otra vez, lo escritores no tiene el deber de estar traduciendo nada a nadie; eso es trabajo de los traductores, y en una industria editorial que funcione (la de Venezuela funcionaba bien hasta hace nada en ese sentido) el traductor vive de hacer traducciones y, en ocasiones, coincide que el traductor también es escritor. Un libro excelente para ver esto es “Decir casi lo mismo” de Eco. La raducción no es una práctica menor, es un trabajo. Y muy bien remunerado, según el nivel y la ocasión. Por mi parte, he de decir que prefiero sobre todo en poesía, las ediciones bilingües que me permitan ensayar un conato de traducción. En todo caso, las bibliotecas de Venezuela, do quiera que estén, seguramente atesoran los trabajos de traducción de tantos buenos traductores que en muchas ocasiones también son escritores.

En todo caso, señor Emilio, no creo que deba temer tanto por el tema de la exclusión, del que ha hablado en varias ocasiones: el devenir de la literatura es una continua exclusión y una continua inclusión: creo que Myrna Solotorevsky habla de eso en “Literatura y paraliteratura”.

Este intercambio de ideas es muy estimulante; me gustaria oír más voces, o por lo menos, si no comentarios, que publiquen “posts” al respecto. Gracias.

post-data literaria: La ya entrañable vecina de Rafael Arráiz es el personaje más entretenido y literario que he encontrado este año. Lo de los vituperios no tiene precio, y te conmino, Rafael, a que sigas desarrollando(nos) ese extraordinario personaje del neo-costumbrismo (¿del siglo XXI?). Creo que el día del paroxismo será cuando le digas que eso que hace todos los días en el ascensor es hablar en prosa. ¡Salud!

Juan Carlos Chirinos
17 de Agosto, 2009

El sábado, en “Babelia”, Antonio Muñoz Molina declaraba esto: que el “Ulises”, de Joyce era divertido. Por fin lo había podido leer y estaba gozando mucho. Es una experincia muy curiosa cuando uno descubre que el “sesudo mamotreto” por excelencia del siglo XX es un vacilón: porque lo es, y si no lo creen hagna la prueba. Aquí en España he hablado con mucha gente que cree que Borges es un autor demasiado culto y serio y se sorprenden cuando les digo que Borges está echando vaina todo el tiempo, que es lo que a mí me parece. Lo que pasa es que Borges echa vaina con la saga islandesa, Lönhnrot y Swedenborg. Pero echa vaina. El tema de la literatura aburrida es de doble sentido: si uno le pone cuidado a un libro acaba entreteniéndose. El problema de la calidad literaria tiene que ver con los ojos que leen: como he leído tantos libros de Ken Follet, ya me aburren cietras estrategias suyas y considero que “Los pilares de la tierra” es uno de los bodrios más exitosos de la historia; pero lo mismo pasa cuando uno se empacha de cuentos de Cortázar, que se aburre de tanta “magicalidad de las cosas”; y con los gordos exasperantes de Botero o los perritos y los burgueses de Vermeer: la monotonía cansa o, mejor, la repetición del estilo. Cabe la posibilidad de que a uno le guste tanto la obra de un autor que no se canse nunca de verla; algo en la intimidad del cerebro de cada uno de nosotros nos empuja hacia ciertas formas: un cromatismo de Bach, una frase de García Márquez, una melodiíta de Perales, una tonalidad negra de Velázquez, un tumbaítio del Sonero Clásico del Caribe, qué sé yo. Andrés Boersner nos señala con razón que “el tema del escritor detrás de sus lectores y de la literatura aburrida o no merecería más comentarios”. Él, que juega con la ventaja del librero que ve qué compran y hacia dónde se inclinan sus clientes, debe de saber más que nosotros sobre las torpezas que los escritores ejecutamos -cuando somos inespontáneos en la escritura, cuando nos vendemos por una segunda edición- con la sola finalidad de que el lector mire hacia nosotros. Y debe de presenciar cómo es el escritor auténtico consigo mismo el que atrae las miradas codiciadas de los lectores, como me parece que es el caso de Suniaga, por lo que he leído aquí. La literatura aburrida existe: no se sabe dónde está, pero existe. Porque el lector aburrido también espera por que lo saquen del letargo. ¿Cómo se hace eso? Ojalá lo supiera…

andrés boersner
17 de Agosto, 2009

Juan Carlos, creo que tu única torpeza es pensar que escribes cosas inespontáneas. Celebro tu autenticidad y que hayas contribuído a mantener el debate. “Si uno le pone cuidado a un libro acaba entreteniéndose. La calidad literaria tiene que ver con los ojos que leen”. Me parece una reflexión feliz. Podemos referirnos a los ojos lectores tanto del escritor como del que leerá su libro. Y la forma de leer. Creo que sobre el “lujo” que exige la lectura ha escrito con agudeza el amigo Steiner. Tampoco debemos desdeñar los momentos de la lectura. A veces nos apresuramos en señalar algún libro “aburrido” porque lo agarramos en el momento menos adecuado. También puede suceder que nos hayamos emocionado más de la cuenta con cierta lectura, que al retomarla nos hace sentir avergonzados. Carpentier decía que no existían libros malos sino malos lectores. Pensemos si eso es válido a la hora de referirnos a libros aburridos cuando más bien debíamos fijarnos en las condiciones de lectura. Estoy de acuerdo en que vale más hablar de literatura a secas. Y lo hice con ése sentido cuando señalaba precursores del patio, no como conotación patriótica. Ese discurso, como decía el Doctor Johnson, puede conducirnos al “último refugio de los canallas”. No quise menospreciar a la supuesta vecina de Rafael, pero el tema parecía irse de las manos. Creo que para este punto la fotografía de Vasco Szinetar a Pilar Quintana ofrece todo un mundo de posibilidades, pero prefiero reprimirme.

Roberto Echeto
17 de Agosto, 2009

Damas y caballeros, no sé qué decirles. Yo cada día me vuelvo más bruto. Les ofrezco disculpas si los he molestado o si llegara a molestarles.

Voy a dividir mi discurso con numeritos como hacen Juan Carlos y Emilio, para ver si logro que lo que escriba se vea tan inteligente como lo que escriben ellos.

1

Decir que tales o cuales libros son aburridos o que tales o cuales libros son entretenidos no tiene mucho interés en un foro como éste. Si quieren lo hacemos, pero en persona y compartiendo, aunque sea, unas cervecitas. Así cada quien dice qué libro le pareció un tostón y cuál lo llevó al estrellato del placer, y todos contentos y felices.

2

Me interesó mucho lo que dijo Emilio sobre el término “literatura venezolana”.

QUizás debamos usar ese término con más cuidado. Los que lo usamos sabemos que tiene mucho de mercadotécnico o de clasificación del tipo libro de Peña Hurtado de Castellano y Litearatura de 5to año de Bachillerato. Tal vez “literatura venezolana” no sea suficiente para encerrar las múltiples preocupaciones políticas, estéticas, literarias, sociales, sexuales y demás de cada uno de nuestros escritores, pero, por los momentos, no hay otro término. Usemos ése, aunque nos cueste reconocernos en él.

QUien habla de literatura venezolana, habla de una literatura que nace de una geografía, de una cultura, de un idioma y de una historia que a su vez se entronca con otras literaturas como la hispanoamericana y la española… Casi nada.

Por cierto: los españoles contemporáneos se hacen los locos con el término “literatura española”. Para ellos “literatura española” es también la que se escribe en catalán, en gallego, en valenciano y en vasco, aunque a los vascos, a los valencianos, a los gallegos y a los catalenes no les guste.

En esto de llamar “literatura venezolana” a lo que escriben los autores con cédula de identidad y pasaporte venezolanos, Emilio, lo mejor es ser guabinoso como Héctor Torres.

3

El tema de ir tras el lector venezolano es un gran tema a ser discutido, conversado, pensado y repensado. ¿Hace falta decir que vivimos en un país alcohólico, polarizado y semianalfabeto que va rumbo al primitivismo más abyecto?

Si Rafael cree que ante este problema la respuesta es “el fenómeno Suniaga”, perfecto. Bien por Rafael y por Suniaga. Los felicito de todo corazón a los dos y a todos los que piensen así.

4

El fenómeno Suniaga.

La otra isla es una maravilla. El pasajero de Truman no. Es mi opinión y no espero que la compartan.

Que me recomienden estudiar el fenómenos Suniaga no me sirve, aunque sea exitoso y estemos hablando de dos estupendos libros.

Suniaga es un gran gran gran narrador que encontró un tema estupendo en la vida de un alemán obnubilado por Margarita y por las peleas de gallos. Bien por Francisco, bien por su escritura y de verdad verdad qué maravilla que un libro tan bueno tenga tanto éxito.

Ahora bien: ¿a qué se refieren cuándo te dicen que estudies el fenómeno Suniaga: a que escribas cuentos con peleas de gallos y alemanes, a que escribas cuentos con Ramón J. Velásquez y Diógenes Escalante como protagonistas, a que veas cómo el boca a oreja hace que los libros se vendan como arroz?

No lo sé. Yo creo que cada quien tiene sus preocupaciones y esas preocupaciones se concretan en ideas y en temas para escribir que se conectan o no con los lectores.

Cómo se conectan con los lectores las ideas que contienen las cosas que escribiste, es un misterio, una vaina esotérica que va más allá de si un libro está bien escrito o no. Hay libros que parecen escritos con las pezuñas y tienen mucho éxito. Verbigracia los libros de Herrera Luque.

Esto que conversamos es la médula de muchos problemas.

Algunos autores logran que sus temas se conecten con los lectores; otros no.

En Venezuela los temas que se conectan con los lectores no son muy variados que digamos. Hay mucha historia, mucho Simón Bolívar, mucho Boves, mucho chávez, mucho fidel castro, mucho Rómulo Betancourt, mucho Marcos Pérez Jiménez, mucha política… Repito: mucha historia, (vease el punto 5).

También hay mucho libro escrito por genios de los medios de comunicación, valga decir: El libro de la salsa, los libros de Iván Loscher, los libros de Eli Bravo, las entrevistas de Leonardo Padrón, el libro de Luis Chataing, el libro de Erika De La Vega, el libro de Daniela Bascopé, el libro de Boris Izaguirre… Hasta Frank QUintero escribe libros ahora… ¡Que Dios nos asista!

También hay mucho reportaje que habla sobre la realidad-real, sobre el momento actual, sobre la vida cruel de nuestra realidad realística real.

También hay muchos libros que hablan de libros o que hablan de personajes conocidos, lo cual no tiene nada de malo, aunque ya pudre que de Unamuno a Luis Sepúlveda y de Cervantes a Bolaño, Cercas, Borges, Vila Matas y Paul Auster, anden en la misma mariquera de escribir sobre la escritura misma. Y lo peor es que sobran los jueces que sentencian que ésa es la verdadera literatura contemporánea.

Cualquier posibilidad que se aleje de estos cuatro o cinco moldes, tendrá que trabajar cuatro, cinco, seis veces más.

Quien escriba ciencia ficción, novelas de misterio con monstruos y hombres lobos, novelas de espionaje o surrealismo tendrá que sudar tinta china.

La razón de este fenómeno es sencilla: venezuela es un país alcohólico, polarizado y semianalfabeto que no tolera las diferencias.

5

El doctor Herrera Luque escribió novelas históricas, ensayos históricos y libretos históricos. Sus libros fueron best sellers y aún hoy se venden muy bien, aunque su escritura deje mucho que desear.

La Criolla Principal, de Inés Quintero, se vende muy bien. ¿O no? (Ese libro está muy muy bien escrito).

Falke es una gran novela que se vendió y se vende muy bien (Federico está escribiendo ahorita una novela sobre el asesinato de Carlos Delgado Chalbaud. Sobra decir que Federico escribe muy bien).

El pasajero de Truman se vende muy bien (yo no lo terminé de leer porque ME ABURRÍ).

Rocanegras, de Fedosy Santaella se vendió muy bien (su escritura es hasta mejor que la propia novela).

Los libros de Manuel Caballero se venden muy bien y eso que Manuel escribe como una piedra.

Los libros de Elías Pino Iturrieta se venden muy bien. (No sé cómo escribe porque no lo he leído).

6

Y podría seguir escribiendo, pero ya está bueno. Besos para todos.

Rafael Arráiz Lucca
17 de Agosto, 2009

Bien por tu intervención, Roberto, hacia falta que comunicaras tus reacciones ante lo dicho; después de todo este río lo desataste tú. Ahora mismo no tengo tiempo para comentar algunos temas que tocastes, pero lo haré después de que mi vecina, que molesta tanto a Andrés, deje de tocar el timbre.

Andrés Boersner
17 de Agosto, 2009

Los frutos de la imaginación no me molestan, siempre y cuando no interfieran con los temas importantes. Echeto nos ha enviado besos a todos (incluído al “guabinoso” de Héctor Torres). Nos ha mostrado su rechazo por estas vías a las listas de libros aburridos y no aburridos, pero ya tenemos su cánon particular de buenos y malos títulos que se venden o no. En otras palabras: no le gusta pero le encanta. “Venezuela es un país alcohólico,polarizado y semi-analfabeto, que no tolera las diferencias”. Tanta belleza en tan poco espacio es difícil de lograr. Tal vez sea hora de que llamemos a Tulio Hernández. Tu intervención, Roberto, que celebro igual que el Doctor Arraiz, dará pié a 26 comentarios más. Las respuestas vendrán numeradas o con guioncitos. Unos cuantos harán gala de ingenio y talento para la polémica. Después de todo el señor Emilio Rueda, desde su posición de lector no especializado, no profesional, ha demostrado un genuino interés por lo que esta discusión tenía de interesante. Se atrevió a decirnos: “no se preocupe: no soy un escritor disfrazado”. Se lo creo, señor Emilio: el disfrazado no es usted.

Clara Freire
17 de Agosto, 2009

Bien Roberto. En este país hace falta gente que levante polvo y, a veces, como tu dices se ponga en una de: “duro contra los malos”. Mi opinión segura esta sesgada por mi aprecio hacia ti, pero hay algo que me enseñaste, uno debe y puede decir y escribir lo que a uno le de la gana, y sobre lo que uno quiera. Ya verán los lectores y aquellos intelectuales del saber que hacen con eso. Por lo pronto, el que se meta a oficio de escritor que escriba, pero con valentía y con el alma. Se escribe porque se lleva en la sangre, porque se necesita, porque no se puede hacer otra cosa que soltar esa verborrea que nos ahoga. Bien, Roberto, nunca me decepcionas.

Rafael Arráiz Lucca
18 de Agosto, 2009

Muchas de las intervenciones en en este sabroso diàlogo cibernético me han parecido inteligentes y, por lo tanto, propiciadoras del arte de pensar. Respaldo varias de las observaciones, ya sean explícitas o que se desprenden de lo dicho:el escritor escribe sin importarle el posible sujeto lector. Si lo escrito encuentra eco, estupendo, sino, pues qué se le va a hacer. De acuerdo. Otra concordancia: se puede escribir muy mal y, sin embargo, contar con el favor de los lectores. Corolario: a muchos lectores les interesa el tema y no la escritura. Otra: se escribe muy bien y a los lectores les interesa el tema (García Márquez, Suniaga, etc) Hago notar que siempre hemos estado hablando de narradores; más aún, hago notar que cuando solemos pensar en escritores, pensamos en narradores. Por aquí hay otro filón reflexivo. Por último: noto cierto desprecio por toda escritura que no se tenga a sí misma como protagonista principal. Esto hay que pensarlo por muchos motivos: para la mayoría de las ciencias que se expresan en trabajos de investigación escritos la escritura es importante, pero en ningún caso superior a lo investigado, a lo aportado. Esto lo digo porque la literatura suele atribuirse una importancia que porcentualmente viene bajando en las Ferias del Libro: En Frankfurt, desde hace treinta años, la literatura ocupa el 10% de la Feria, la mayoría lo ocupa el saber aplicado, las ciencias. Sigo luego, otra vez la vecina.

Rafael Arráiz Lucca
18 de Agosto, 2009

Vuelvo sobre el tema:El papel del escritor en el mundo ha cambiado. Mientras los saberes acadèmicos no se habían extendido los escritores fungieron como una suerte de enciclopedistas a todo trance. De allí que s ehizo costumbre preguntarles de todo, como si el saber en su totalidad fuese su ámbito. Con la especializaciòn, es evidente que si se quiere saber de algo en particular se busca al especialista. Sociólogos, politólogos, economistas, psicoanalistas y un largo etcétera han ido liberando al escritor de responsabilidades públicas. La consulta se ha transferido a otros sujetos. Esto tiene sus aristas: por una parte es magnífico que el escritor como tal quede liberado, pero por otra la liberación puede incidir en que el escritor abandone una formación global y deje de aspirar a contar con una cultura amplia, completa, quizás universal. ¿Es necesario contar con esto para hipnotizar con alguna narrativa? No, para nada. De hecho, nadie exagera si afirma que García Márquez no es un hombre particularmente culto, pero nadie exagera al afirmar que no puede considerársele un intelectual. Y aquí llegamos a otros punto álgido: ¿ los escritores deben ser intelectuales? Vaya tema, me inclino a pensar que sí, que los más interesantes lo son, que la complejidad y riqueza viene de la combinatoria cultural que trama un intelectual, pero cualquiera puede preguntar con razón: ¿qué es un intelectual? Allí el asunto se complejiza todavía más, me atrevo a afirmar que un extraordinario escritor puede no serlo, pero no creo posible que un intelectual de señalada importancia llegue a serlo sin atender a la escritura. En fin, este tema de los intelectuales surge inevitablemente cuando nos preguntamos por los escritores en el mundo de hoy. He escrito algunos ensayitos sobre este tema recientemente, Arturo almandoz también. Me gustaría leer lo que piensan en voz alta sobre el tema. Es determinante y fascinante.

Fedosy Santaella
18 de Agosto, 2009

¿En el arte hay dogma? ¿Podemos decir qué es literatura? ¿Qué es un escritor? ¿Debe ser un intelectual? ¿Está separado el arte de contar una buena historia de la literatura? Yo no necesito jueces del buen gusto literario, amigos, para responder estas preguntas. No obstante, algunas conversaciones que he leído acá parecen el Manual de Carreño de la literatura. Hasta regaños ha habido. A lo que voy: me da la sensación que hay una lucha soterrada por defender acá “verdades absolutas”. Arraiz pareciera decir: literatura es Suniaga. Sí, literatura es Suniaga, y eso está bien, y su novela La otra isla está muy bien. No me atrevo a defender a capa y espada El pasajero de Truman, porque no pude terminar de leerla. El problema, no obstante, no parece ser Suniaga, parece ser el lector de Suniaga (en esto se ha desviado el tema), que cree que al leer su novela está leyendo HISTORIA, y no literatura. Pareciera existir una incapacidad de ciertos lectores venezolanos (mayoría o no, no lo sé) que sienten que están aprendiendo con las novelas históricas. ¿Miedo a la imaginación? ¿Las circunstancias históricas? ¿Hemos retrocedido tanto como nación que ahora estamos en el siglo XIX, y necesitamos al libro como instrumento de aprendizaje académico? ¿Acaso aquellos grandes argumentos civilizadores de la modernidad, las utopías marcadoras de caminos, se alzan sobre nosotros con su dedo índice acusador y juez? ¿Somos incapaces de trascender el engaño de esa modernidad que pretendió grandes argumentos, grandes jueces y grandes filosofías? Se me antoja que pretender al escritor como un “intelectual” (si lo tomamos como un compendio de datos eruditos y como el juez supremo de la alta cultura) es una vanidad absurda. Una vez más: ¿Dónde ha quedado el arte de narrar? Pareciera que hay una necesidad de demostrar conocimientos filosóficos en la narrativa, y no arte de narrar, de contar una buena historia. Jugar a ser Vilas-Mata sin saberlo hacer, o a ser el poeta Bolaños que se metió a narrador. La narración-poética nos ha hecho mucho daño. El juego de los significantes, vacíos de significados. Umberto Eco lo dice así: Joyce jugaba con los significantes, Borges con los significados. ¿Cuánto daño nos ha hecho jugar a ser Joyce, y ahora a Bolaños o a Vilas-Mata o a Carver? Está bien, digo yo, que escriba la gente como quiera. El problema es que los jueces miran lo otro, y lo ignoran: “Esto no es literatura”, parecieran decir, como si ellos tuvieran la única verdad sobre lo que es literatura.

emilio
18 de Agosto, 2009

Por lo visto la discusión sigue, y me parece muy bien. Voy a tratar de contestar algunos puntos de Juan Carlos, que muy amablemente se dignó en responderme, y de Roberto Echeto, a quien también agradezco que me haya mencionado: ya empiezo a sentirme importante. Después quisiera entrar en conversación con doctor Arraiz, y con Andrés Boersner, a quienes estimo profundamente por sus mesurados, profundos e inteligentes comentarios. Para guardar las formas, y él espíritu conciliador de Arraiz, voy a tratar de ser más concreto, y me voy a valer esta vez de “numeritos” para aparentar ser más inteligente.

1) Respuesta a Juan Carlos: Gracias una vez más por tu respuesta. Por un momento pensé que de verdad estábamos en un “ágora”, pero después con el tema de la vecina de Arraiz y la respuesta de Echeto me di cuenta que el ágora es algo muy griego para nosotros, de modo que no me siento mal de no haberme presentado al principio y no haberme introducido en “igualdad de condiciones”. En todo caso, estoy seguro que eso no te molesta: mis credenciales están en lo digo, no en mi cédula de identidad. Oye, por cierto, he tratado de entrar en la página que me diste pero no puedo hacer. ¿Hay otra manera de entrar en el texto? Por otro lado, leía algunos de tus trabajos y me gustaron mucho, cosa que me ha hecho pensar varias cosas. La primera es que la verdad que no entiendo porqué te has tomado tan a título personal mi crítica de la “sociedad anónima escritores venezolanos”. Una sociedad anónima, que no habla paradójicamente de escritores, ni sus estilos ni tradiciones, y sólo sirve de rótulo para restregarles en la cara a los pocos lectores venezolanos que existen en este país -siguiendo a Echeto- de “analfabetos”: “oye, ustedes no me leen”, “ustedes no me quieren”, “ustedes prefieren a los argentinos, a los mexicanos, a los ingleses que a nosotros, que somos chéveres, que podemos decir cosas cómicas, ingeniosas, y hablar de tus panas y de cómo comes arepa o vas a una discoteca”. Yo no veo que tú, ni Echeto, sean parte de esa sociedad, pero no entiendo porqué quieren hacerle el juego. No sé si en el fondo quieren tomar provecho de algunos de esos beneficios: ya sabemos que “llorar” le ha servido mucho a esta revolución, de modo que usar de vez en cuando unas lagrimitas histéricas (como lo hace la sociedad anónima) puede servir de algo: a veces sirve para obtener un viaje para un congreso de escritores venezolanos, o para ir a Monte Avila y sacarse unas fotos para los periódicos. Lo digo,porque si bien están de acuerdo conmigo que hablar de “literatura venezolana” puede ser limitante, me dicen después que no hay otro rótulo. ¿Cómo eso amigos? Sí, pero igual vas preso. ¿No son ustedes lo suficientemente creativos para inventar otros “rotulos”, para usar la nomeclatura que le han puesto? Quizás debería tratar de ser más concreto. Como dije varias veces: se puede usar perfectamente el rótulo en cuestiones bien concretas, como políticas editoriales, culturales, y cosas por el estilo, pero la hora de hablar de literatura, con lectores, críticos, es mejor ser más concreto, y creo que así se hace más provechoso hablar de estilos, y autores, de tradiciones. Ya Echeto nos dió su canon y contra-canon (por cierto si Manuel Caballero es una “piedra” entonces es mejor leer la Gaceta hípica y olvidarnos de estudiar historia, y cualquier saber especializado), pero no deja de ser una vez más bien su procedimiento algo tramposo: una de las zonas que excluye de la producción nacional, la literatura sobre la literatura, no menciona a ningún autor venezolano. Qué curioso. Que es inevitable la exclusión, y que la literatura se trata de un tema de inclusión y exclusión, no lo dudo. Agradezco la cita que me diste y voy a tratar de leer a la autora. Pero a mí me parece, y disculpa mi ignorancia en este tema, que hay exclusiones de exclusiones, y la de Echeto es sumamente sectárea. Yo estoy de acuerdo con él, pero me parece que no ayuda mucho, salvo la de quedarnos expectantes ante la creatividad y el ingenio de Echeto y decir “guao tú si dices las cosas como son”. Pero igual el es escritor y, como dicen por ahí, “altista”, y se puede dar el lujo de decir lo que venga en gana; aunque a veces pienso que ese gesto “subversivo”, “espontáneo” lo he visto tan a menudo en Venezuela que empiezo a pensar lo que me dijo un amigo colombiano, que vivió en Venezuela, hace varios años: “Venezuela es el único país cuyos escritores actúan como si fueran Faulkner con apenas unos dos libros de cuentos y no más de cien lectores”. Ojo: eso no quiere decir que Echeto, o tú, Juan Carlos, sean así. Sólo hablo de un tipo gesto, que pareciera que se repitiera mucho. Ahí está Ibsen Martinez que una vez más lo entrevistaron sobre literatura venezolana y dijo que no leía nada, ni mencionó a su amigo Alberto Barrera Tzyka, ni a otros que están haciendo cosas muy interesantes. ¿Por qué? Porque Ibsen es un “escritor”. No es que esté en contra de Ibsen, a quien admiro y seguramente la pregunta fue un poco infeliz, pero de nuevo el mismo gesto “transgresor”: yo soy “único” nos quiere decir. ¿Cómo no caer en los peligros de la sociedad anónima escritores venezolanos? Pues bien, viendo cómo se utiliza el “rotulo” “escritores venezolanos”. Si yo fuera escritor y alguien me pregunta en una entrevista qué opino yo sobre la literatura venezolana, yo le contestaría con una pregunta: ¿qué autor -o autores-, y qué tradición me hablas? Así obligaría al periodista a tener una discusión más rica y concreta. Ese es un ejemplo contingente. Hay muchos otros. Lo importante es obligar a la gente a tocar el tema con más agudeza, tacto y con más conocimiento. En la escuela, hace ya varios años, cuando me hablaban de “literatura venezolana” ya -como en generación espontánea- me aburría, pero cuando no me mencionaban al autor y me dejaban explorar sus páginas en seguida si el autor era bueno me quedaba prendado. Creo que es lo mismo con el “rótulo”: en seguido cuando lo oímos miles de resistencias aparecen sobre nosotros. Y el “rotulo”, por más pedagógico que queramos ser, sí excluye o margina, y siempre hay que tomar en cuenta cómo entonces lo estamos usando. Eso es lo que pido, o lo que sugerí para reflexionar. Entiendo que todo escritor venezolano tiene una agenda y desea que el “rotulo” de la sociedad anónima escritores venezolanos vaya por una dirección donde mejor se pueda colar su propia obra. Después de todo, en un país petrolero esta sociedad anónima puede recibir beneficios tarde o temprano. Pero no hay que olvidar que hay otros lectores y escritores que o bien quieren también jalar la cuerda para su lado, o bien tienen otros intereses y miradas. Por otro lado, quiero aclara una afirmación que di que resulta ambigua. La cito una vez más:

“Por otro lado, cuando hablo de lengua literaria no hablo de literatura como un concepto general, hablo de prácticas escritas claras: que usted quiere encasillarlas en géneros y libros está bien. Lo que estoy tratando de decir es que no habrá literatura venezolana si no hay literatura en general.” Ahí hablé de lengua literaria incluyendo todos los géneros literarios: poesía, narrativa, etc. La lengua a la que me refiero es el estilo, el modo en que los venezolanos hablamos, que se refleja de un modo u otro en los estilos de los autores. Lo podemos ver desde en Cadenas (poesía) hasta en Ibsen Martinez (narrativa): hay un tono, un ritmo, una cadencia, un léxico, que sólo los que viven en algunas regiones del país lo conocen. Pues bien, esa lengua debería ir más allá de los diccionarios de venezolanismos. Estoy seguro que Leopoldo Bloom del Ulysses se leería mejor con el tono o el acento de un caraqueño medio de Catia, que con el acento español de José María Valverde. Por otro lado, cuando dije literatura general y no literatura venezolana, estoy tratando de decir que es mejor promover la literatura sin apellidos. Dejemos a los profesores, los editores, y las ferias de libro, usar los apellidos pero los escritores, lectores y críticos deberían dejar de una lado el apellido Finalmente, y para terminar esta parte, confieso mi profunda decepción en su manera de entender el arte de la traducción. Por lo visto en Venezuela nunca vamos a tener a un Borges, a un Nabokov, a un Joyce, a un Pessoa, a un Cortazar, a un Javier Marías, a un Cabrera Infante. De pronto ese el signo de los nuevos tiempos, y habrá que conformarnos con lo que los traductores “profesionales” de España nos den, y con ellos sus editoriales y sus políticas editoriales. Hay internet una buena conversación entre Piglia y Bolaño que hablaría de lo contrario, y en cierto modo estarían de acuerdo conmigo, pero por lo visto eso es una literatura vedada para Echeto, así que quizás esté cayéndome a golpes con una roca en esto. Bueno con esto creo que es suficiente para el punto 1, con numerito. El punto 2 lo voy a dejar para otro momento. No puedo seguir ahora porque uno de mis hijos está tocando el timbre de la puerta. Sigo en otro momento para comentar unas ideas de Andrés y Arraiz.

Juan Carlos Chirinos
18 de Agosto, 2009

He leído las nuevas intervenciones, y me pondré más tarde con calma a escrirbir para que esta conversación siga; por ahora, les digo que la dirección es esa tal cual: http://delamanchaliteraria06.blogspot.com/2008/06/la-frontera-lquida.html pero es que un paréntesis al final que se coló en el html da otra dirección. Copien y peguen, que creo que así sí fucniona. suerte! (y gaceta hípica)

Nestor Mendoza
22 de Septiembre, 2009

Excelente contrapunteo literario. Este tipo de enfoques es necesario para entender mas profundamente las patologias y virtudes de la literatura venezolana. O al menos, una parte de sus sintomas. Al final nadie esta equivocado, y con esto no quiero sonar populista y quedar bien con dios y con el diablo. Cada quien argumenta de acuerdo a sus gustos literios y a su formacion como lector, bien sea de forma autodidacta o academica. Solo la pasion podria mover esta clase de comentarios, que, vistos por alguien que no se duela y disfrute de la lectura, le parecia vano y sin importancia. La polemica adereza el plato de la literatura, le da un sabor y un olor especial. Siempre y cuando la siga un ojo critico. Aunque, seamos sinseros, a quien no le gusta la confrontacion con fina ironia?

Conozco el trabajo de Echeto sobre estado actual de la litetura venezolana(Fue publicado en la revista Zona Torrida)y las resonacias que este produjo en otros autores. Muy pocos se preguntan sobre el estado actual de la literatura que se hace aqui. Sin embargo, hay acercamientos muy positivos, como el de los amigos de la revista El Salmon, cuyas entregas sobre poesia venezolana son acertadas y sabrosas, desde mi modo de ver. Y las palabras de echeto, aunque un poco desbordadas, desencadenan esta clase de dialogos electronicos.

La voz que se eleva para anunciar los males y los frutos de una literatura es casi siempre una apreciacion individual. Luego otros las apoyan o las refutan, de alli lo plural de los juicios. De no ser asi, que aburrido seria, no creen ustedes?

Otra cosa, hablar y escribir sobre LA LITERATURA VENEZOLANA como si fuese lo que de forma limitada y sesgada(Por mas erudicion que tenga)ha leido un escritor, me parece arriesgado. Al final quedan marginados los ensayistas, los dramaturgos y hasta los poetas, ya que para muchos la literatura venezolana son solo los novelistas y obras que agradan y satisfacen el gusto del antologo o ensayista. Saludos a todos!!!!

(Nota, omito los acentos porque esta computadora no esta configurada en ingles)

roberto gonzalez
13 de Agosto, 2010

muy interesante la discusion como lector me parece que suniaga es un fenomeno al igual que fedosy, creo que lo que sucede en vzla es que estamos gringolizados.Creemos que los escritores de afuera son mejores que los nuestros.Nunca he leido a arraiz me parece banal.ESTA NUEVA GENERACION DE ESCRITORES DARA MUCHO DE QUE HABLAR EN EL TIEMPO.Estoy de acuerdo con fedosy, esos que solo critican que demuestren su calidad como escritores.gananse solo un premio como el de alfaguara o planeta y despues critiquen y hablen paja

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