Artes

El señor Marx no está en casa

Por Oscar Marcano | 26 de Julio, 2009
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Notas al pié de página

el-senor-marx-fotoPor Oscar Marcano

Recientemente tuve la alegría de presentar este libro de Ibsen Martínez, que debería haberlo hecho -por la materia con que está acometido-, su gente de la política o la televisión. Alguien como Teodoro, con quien habrá comentado hasta el empacho los miriñaques del gran Marx a lo largo de los veintiséis años en que estuvo espulgando falencias e intimidades para urdir una asintótica obra de teatro con este tema. O nuestro Alberto Barrera, colega de Ibsen en el arte de trasvasar el amor galante y provenzal a la pantalla chica y quien se evoca en la novela con el indescifrable nombre de Beto Barradas.

A diferencia de ellos, a Ibsen y a mí no nos unen ni los recuerdos ni las cavilaciones de la izquierda, la televisión o el teatro.

A Ibsen y a mí nos unen unos aviones obsoletos, mamotretos tan antiguos como el Douglas DC3, el Curtis, el Convair 440 o el Allison 580, armatostes que fundaron la aviación comercial venezolana, y donde pasé mi infancia encaramado a instancias de mi padre, y que hemos revivido en conversaciones episódicas, tras el recuerdo de viejos lobos del aire, como el capitán Harry Gibson, en cuyas piernas y siendo un pelaíto, empuñé por primera vez el timón de una aeronave.

Nos une también la pasión por la vanguardia artística de las primeras décadas del siglo XX, cuando un puñado de inmigrantes y unos pocos franceses pusieron un taco de dinamita a las formas en ese París de pollos en los patios, que era miel para las moscas renegadas del mundo. De allí rescatamos no sólo a Braque, Matisse, Picasso, Modigliani, Soutine et al, sino al inmarcesible (adjetivo que tomo del himno colombiano) Jusep Torres Campalans, genio del cubismo que jamás existió y cuya biografía inventó ese mala conducta, tan caro a Ibsen como a este servidor, que llegó a reunir hasta cuatro nacionalidades: la alemana, la francesa, la española y la mexicana: me refiero por supuesto a Max Aub.

El señor Marx no está en casa es una novela fascinante. Podría decirse que es hija de un reto, de una travesura. La que en 1983 propone Jean Maninat a Ibsen al regalarle el libro de Chushichi Tsuzuki: La vida de Eleanor Marx: una tragedia socialista, con el fin de pergeñar una obra de teatro que, ventilando las debilidades del tótem del materialismo histórico, promoviese el previsible enfado en los ortodoxos que aún se contaban -graneaditos, eso sí- en la flora de la izquierda local.

Pero como eso no es así, es decir, nadie dice: «voy a construir una catedral para echarle una vaina al párroco de al lado», el asunto no prendió. No obstante, la temática se fue sedimentando y, como suele ocurrir en literatura, el tópico se hizo obsesión. De modo que la bibliografía que se inició con un boleto de ida y vuelta a la elegante y compasiva prosa del profesor Tsuzuki en relación a la mecánica cuántica del clan Marx, se fue abultando a lo largo de dos décadas, hasta convertirse en una real investigación. A la manera de Ibsen que, formalmente no querrá admitirlo, pero con los lustros se hizo ducho en Inglaterra victoriana, a partir de la vida privada de Marx y su hija menor, a la sazón, junto a Engels, las personalidades más atractivas, novelísticamente hablando, del grupo familiar.

A un escritor como él, con esa frescura, con esa chispa que le hemos admirado siempre en sus artículos de prensa, en su narrativa, en su dramaturgia y en televisión, no le resultaría difícil hacer recalar el tema en una circunstancia próxima, del aquí y el ahora. Es así como construye los dos planos en que prolifera esta novela. Son dos narraciones, una sesuda y añeja -basada en la investigación-, la de la adolorida Eleanor Marx, hija menor del visionario, y su infausta vida al lado de Edward Aveling, un pérfido y talentoso buscavidas, cuyo martirio la lleva a suicidarse a los 43 años, y otra volátil e invasiva, en tono caribe, una suerte de fresco caraqueño y sabrosón, en el que Guillermo, escribidor de culebrones por veinticinco años, melindroso, inestable y con disfunción eréctil, al llegar a los 58 años quiere merecer y ganarse a una mujer, Gloria. Para ello se afana en volver al teatro a escribir su más grande y enjundiosa obra, la que revelaría, entre otras cosas, los secretos del suicidio de la Tussy Marx, cuyas estribaciones va anticipando a lo largo del libro. Pero al final, frente a lo que viene escalando y convirtiéndose en trabajo hercúleo, dice ¡no joda!, y opta por escribir una telenovela para un canal de Miami, donde con un esfuerzo ostensible pero moderado, recibirá sus buenos 350.000 dólares, los cuales le depararán un exilio dorado con su dama, en cualquier sitio donde haya Viagra e Internet.

El incesto del camarada Marx: la hipótesis abductiva

Hay un punto nodal y es la hipótesis del incesto. Según ésta, Marx habría seducido a su hija en su adolescencia. Para tranquilidad de los seguidores del catecismo rojo, el hombre nuevo y la moral revolucionaria, el libro no intenta probar eso. Ni siquiera constituye su apuesta. La tesis del incesto es una observación de Gloria, a la sazón psicóloga, en referencia a la conducta de una joven que, de no haberse llamado Eleanor Marx, de no haber estado en el front line de las luchas del proletariado y de no haber realizado una de las más desastrosas traducciones de Madame Bovary al inglés según (nada más y nada menos) que Vladimir Nabokov, su suicidio encajaría perfectamente en la reacción propia de una joven abusada sexualmente por su padre. Pero no hay evidencia que sostenga que el sumo pontífice incurriese en la conducta de «agresor sexual intrafamiliar», como se señala en la primera página del libro.

Como hipótesis abductiva (la que te secuestra y te hace escribir la novela) Ibsen se puso en la perspectiva de examinar la conjetura psicológica y consideró los elementos que podrían apuntar a esta tesis, como móvil del suicidio. Llega incluso a establecer el ingenioso Guillermo, su heterónimo en la novela, que de haber ocurrido la seducción, se habría producido, como lo testimonia Edward Aveling, concubino de Eleanor Marx y gran villano de la saga, entre mediados y finales de marzo de 1871, cuando Tussy contaba dieciséis años.

Pero la afirmación como tal nunca deja de ser descabellada en el propio libro, a la luz de su ambigüedad y de las improbables evidencias. La propuesta es una variable operativa. Un señuelo para sí mismo. Un decoy, dirían los gringos. Porque igualmente, en El señor Marx no está en casa, se ventilan otras dos conjeturas: la de Yvonne Krapp, expresada en sus dos tomos biográficos, según la cual «el reflujo revolucionario, el cenit de la socialdemocracia y el gradualismo conservador de la clase obrera inglesa», fueron las causas de su decisión. Y la que parece ser la correcta, la de Bernstein, el dirigente socialista alemán, que establece que Eleanor decidió quitarse la vida harta de las tribulaciones que le producía el bellaco de su marido. Es la conclusión a que llega el lector. Es el desenlace de una vida miserable, tomada por el escándalo, las traiciones y la vergüenza propinadas por su pareja, el dramaturgo, vividor, estafador, conferencista e hijo de puta de Edward Aveling, quien en la enésima crisis de Tussy, tras haberse casado éste con una actricilla, acuerda con ella el suicidio común. Eleanor envía a la mucama a la farmacia por el veneno, pero en el último momento, Aveling se retracta y la abandona, dejándola a solas y presa de la crisis. Cuando regresa ya es cadáver.

Lo que sí remueve la novela es la paternidad de Marx sobre Freddy Demuth en Lenchen, la criada de la casa, y cómo Marx pide a Engels que, para no afrentar a su esposa embarazada y enferma, reconociera ser el padre del bastardo, cosa que hace, asignándolo al nacer a una familia trabajadora inglesa. De modo que sí, el gran Federico Engels, autor del El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, llamado en el clan «el General», asume como propio el desliz de su compadre Karl, llamado en el clan «el Moro».

Pero el bueno del tío Engels no sólo sacaba de apuros al viejo Marx y siempre estaba allí para socorrer. También sufragó a Eleanor el viaje de luna de miel fingida, pues Aveling era casado. Y cuando enviudó, contrajo nupcias con otra, y a su muerte le dejó una herencia que el vividor se encargó de despalillar a la brevedad.

Finale

Sólo para la anécdota: como casi todo el sindicalismo inglés, Freddy Demuth, el hijo no reconocido de Karl Marx no termina afiliado a esa metafísica que llaman marxismo. Termina siendo laborista.

Está claro que esta novela no está escrita, como seguro alguien dirá, para profanar una imagen. Ibsen deploraría que un trabajo que lo ha acompañado por tanto tiempo, sea tomado como un arma ruin para atentar contra figura alguna.

El señor Marx no está en casa comporta no sólo una formidable investigación de personajes reales y circunstancias del círculo familiar del judío de Tréveris. Apunta también a detalles acuciosos, de reconstrucción de época, que hacen de la pieza un inspirado corpus raras veces visto en nuestra literatura.

Es diversa. Podría decirse que a veces ronda la novela negra con sus atmósferas y misterios. Con sus pasajes oscuros muy dignos de Black Mask. Y cuando entra en nuestra naturaleza venezolana, solar e inmediatista, deslumbra en ingenio y actualidad.

Un punto decisivo es el lenguaje. Ibsen alterna la locución culta y la obscena con maestría incontestable. Con tal fuerza y esmero, que parecen guiños. A ello colaboran los planos en que estructuró la obra, con sus nudos y desenlaces, a través de los cuales se aviene a detalles que seducen su mente y, al recrearlos con la perspicacia que le conocemos, los resultados son excepcionales.

A veces, en la historia de Guillermo y Gloria, tenemos la sensación de viajar en alfombra mágica, vale decir, nos sentimos notablemente identificados con los giros, las punzadas y ese humor tan reconocidamente nuestro que pareciera proceder de los huesos.

Para contrariar el pacto mimético, para abonar en obsequio de lo ilógico del mundo, y porque ningún texto es tienda aparte, Ibsen apela a recursos tan contemporáneos como el fragmentarismo, la transtextualidad y la interpretación.

Pero no vamos a ponernos técnicos.

Toda novela es una metáfora de algo. Si conjugamos las vivencias del autor con las proposiciones de la suya, podríamos decir que la metáfora de El señor Marx no está en casa es la resiliencia. Y la conclusión es que no hay nada más parecido a una utopía que una superchería.

Oscar Marcano  es un escritor venezolano. Fue galardonado con el Premio Jorge Luis Borges, otorgado en Argentina. Puedes leer más textos de Oscar aquí y seguirlo en twitter en @oscarmarcano

Comentarios (5)

Manuela Michelena
26 de Julio, 2009

Muchas gracias por esta reseña, realmente me ha motivado a leer la novela. Me parece que es un reto abordar un tema como el tratado por Martínez en esta novela. Espero comentarla luego de leerla.

Luis Guerra
28 de Agosto, 2009

Es una obra interesante, por su tema y por la trayectoria del autor, que escribe con humor y penetración en los aspectos sociales y políticos. La reseña refuerza el deseo de leer la obra.

Moises P. Ramirez
10 de Septiembre, 2009

Aproveché las vacaciones para llevarme el libro de Ibsen. Avancé mucho en la playa, pero en Mérida no lo toqué (sería por respeto a mis hospitalarios amigos con quienes constantemente me sentía endeudado y agradecido?)… En Barquisimeto, en casa de mis padres también leí bastante y, hoy, a un día de mi regreso a Caracas, lo terminé.

A tantos años del Mono Aullador, celebré de inmediato la buena nueva cuando escuché a Ibsen en la radio conversando sobre el polémico tema de su libro referido a un posible Marx incestuoso. De hecho, me anticipé al preguntar el día siguiente en varias librerías por el libro. Pero, justo a tiempo, el día antes de salir, en el Buscón, lo compré.

No he leido al autor que afirmó recientemente en un libro que a Bolívar lo asesinaron, pero luego de leer “El señor Marx…” me quedó la sensación de que quizás un “Bush” podría a partir de ahora nombrar una comisión para que estudie, eso sí asesorada con todo el poder tecnológico-investigativo desplegado en cualquiera de los CSI, si Eleanor tuvo realmente o no relaciones sexuales con su papa… por supuesto con la idea de que esa “verdad” produzca consecuencias para quienes desde el presente jurungan el pasado con la idea de que les produzca beneficios en lo político.

Ibsen sigue escribiendo como él sabe hacerlo y suscribo totalmente lo que reseña Oscar Marcano ampliamente al respecto. Lo que no menciona su reseña es la deconstrucción del Marx heroico, idealizado por tanta propaganda fanática, que Ibsen logra a pulso, desde dentro de la vida del clan familiar y sus amigos cercanos, y donde el incesto le funciona retóricamente como una especie de estocada o jaque mate. Todo eso, sin la comisión y sin CSI.

¿Quién que se considere “marxista” podrá sentir algo distinto a lo que siente un básico creyente de una fé religiosa cualquiera, si después de leer esta novela todavía pretende construir una nueva sociedad a partir de los escritos de un personaje tan de carne y hueso como se presenta en este evangelio de Ibsen?

Los fanáticos deben estar preparándose para replicar que Eleanor era sin duda agente de la CIA y le tendió una trampa a su padre para que en el futuro un tal Ibsen escribiera un libro tan contrarrevolucionario… Dirán que Marx lo sospechaba y que por éso nunca envió las cartas que ella le escribió a Lincoln, pero a la hora de las chiquiticas no pudo resistirse a sus maneras de Mata Hari, entrenada por el M2 británico en Irlanda.

Me gusta como escribe Ibsen. Avanti il prossimo!

Arsenio Ritter
1 de Noviembre, 2009

La mejor reseña que he leído del extraordinario ñibro de Ibsen Martínez aparece en letras LIbres ( oct., 2009; http://www.letraslibres.com/index.php?art=14111), la firma el escritor chileno Carlos Franz y es muy difícil, después de leer la novela de Martínez, no estar de acuerdo con lo que allí afirma Franz: la novela de Ibsen Martínz es un triunfo. Me siento orgulloso de ser lector y compatriota suyo. A. Ritter

bonilla
5 de Noviembre, 2009

La lectura de: El señor Marx no està en casa, es un obra que catalogo como excelente,la estructura de la narraciòn, comparte varias historias tales como: la biografia del autor, la vida tragica y turbulenta de Tussy y el comportamiento patologico social de un ilustre pensador como Marx.Felicito a Ibsen y a Gloria, por su original novela,me ha encantado, y su estilo narrativo esta a la altura de los grandes escritores.Venezolanos(Ibsen y Gloria) con garra y destreza literaria…

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