Arte

Arturo Herrera: Tres lugares, tres batallas

Por Jesús Fuenmayor | 25 de Julio, 2009
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Paso por allá

herrera2Por Jesús Fuenmayor

El lugar del artista en el arte contemporáneo (en la historia); el lugar (o los lugares) dónde exponer(se); el lugar de la obra: a esta 500 palabras les voy exigir cubrir este panorama así sea a costa de la justicia que el artista merece.

Arturo Herrera expone por primera vez en Venezuela y esta “vuelta a la patria” coincide con otras de los últimos tiempos: Jaime Gili, Carla Arocha, Meyer Vaisman y Eugenio Espinoza, para mencionar algunas. Coinciden todos, desde ángulos distintos, en la revisión del fracaso o éxito de la modernidad, explorando esa identidad no identidad del cinetismo, lo único con lo que suele reconocerse al arte venezolano allende fronteras. Todos diseccionan al modernismo, aunque algunos lo hagan con escepticismo parcial y otros lo consideren muerto. Por alguna razón, quizás menos extraña de lo que nos parece mirado desde nuestro pequeño patio trasero, esa revisión de la modernidad y sus modernismos, es mucho más crucial en este momento en el que el arte no es ni siquiera digamos un espíritu sino que no llega ni a síntoma de su tiempo. Al arte le queda poco más que mirarse en un espejo, pero ese poco ha venido siendo suficiente para que la industria cultural lo mantenga respirando artificialmente. ¿Para qué hacemos esto? ¿Por qué mantener artificialmente vivo a este cadáver? Resulta que estos emigrantes (y otros tantos) oriundos de estas tierras dignas de las mejores batallas entre civilización y barbarie, parecen estar sosteniendo ésta pregunta en un suspenso infinito. Así lo veo en la obra de Arturo Herrera: descuartizar narrativas para simbolizar el deseo reprimido, es decir, conseguir un lugar para que los grandes relatos del modernismo sigan vivos, ha venido a ser el mejor antídoto para ese aburrido y aburridor caricaturista del arte que cunde ahora por doquier.

No cabía menos que esperar, entonces, que Herrera aterrizara en su vuelta a la patria en medio de una polarización de criterios curatoriales (segundo lugar). Por un lado Lorena González y por el otro Miguel Miguel, nos deleitan con un par de presentaciones de este artista de bien ganada fama internacional. Una en la Galería Odalys y el otro en el TAC, traen al espectador la oportunidad de ver al primer artista venezolano que ha sobrevivido a la muerte del arte (no te olvido Javier Téllez) haciendo justamente lo que muchos artistas nuestros han demostrado que saben hacer mejor que nadie: haciendo que la muerte parezca lo mejor que nos ha pasado. Es verdad que esta batalla entre dos lugares de exposición podría no haber sucedido si nuestros museos estuvieran vivos, pero esto fue lo que nos tocó y lo que a Herrera le ha tocado. Y quizás no sea del todo impertinente: ¿qué mayor elogio a la fragmentación como destino, paradoja central del trabajo de Herrera, que verlo irreconciliablemente dividido? En ambas exposiciones nos quedamos con la sensación de querer ver más, de querer más del espacio, de querer más articulación, más espesura que lo delatara… pero, ¿Acaso no nos pide la obra saber menos? ¿No nos pide escondernos en su juego de deseos y fantasías? Ese corto tramo de la autopista de Prados del Este que separa a las dos exposiciones, ¿contendrá los secretos que la obra se resiste a revelar?

A la obra, ese tercer lugar de esta abrupta reseña, sí le puedo pedir todo. A esa violencia del encuentro entre el dripping y el comic situado en el más allá de la historia, le pido respuestas. Pero las preguntas no se las haré al artista. A Lorena le agradezco que su curadoría me haya hecho notar que Borges está muerto para poder desear que esté vivo, porque las obras de Herrera me empujan a preguntarle si no somos más refractarios a la muerte que a las caricias del fuego. ¿No tendría el forastero que superar más pruebas, Maestro Borges, para demostrar que está muerto? ¿No será que el arte no se consume tan fácilmente? ¿Es posible que siga vivo? ¿Por qué cuándo muestra sus heridas, o como cuándo Arturo Herrera nos hace ver sus llagas, no parece un cadáver?

Imagen: sokref1

Jesús Fuenmayor 

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