¿Cómo incrementar el ahorro y la inversión en Venezuela?
La vida diaria de los números
Por Enza García Arreaza Al ser invitada a participar en esta discusión, miré mi propia perspectiva con desconfianza. ¿Qué puedo saber yo de economía? He ahí el primer síntoma de la equivocación: ¿por qué esa insistencia de ver a la economía como una ciencia abstracta, casi tan abstracta como la epistemología o el ocultismo? De hecho, [...]
Al ser invitada a participar en esta discusión, miré mi propia perspectiva con desconfianza. ¿Qué puedo saber yo de economía? He ahí el primer síntoma de la equivocación: ¿por qué esa insistencia de ver a la economía como una ciencia abstracta, casi tan abstracta como la epistemología o el ocultismo? De hecho, puede que lo sea. Pero nada que atraviese la vida humana puede permanecer realmente ajeno a ella. Sería el colmo de la paradoja, aunque en estos tiempos de revoluciones, las paradojas sobran. De modo que no cabe duda que el dinero y sus alrededores determinan nuestro sistema de vida y es en el ejercicio diario de la vida misma donde vemos los entramados más puros y esenciales de cualquier sistema que se llame económico.
Las ideas de Herman Sifontes en su artículo “Del ciudadano rentista al ciudadano (re-)constructor de un país” me permiten hacer una anclaje con otro asunto que construye la vida humana pero que suele tratarse de soslayo, o peor aún, hasta se ha convertido en un objeto de estudio con un lenguaje tan oscuro como el de la economía misma: la ética, la ciencia del quehacer humano, justo y virtuoso. Las conductas económicas no escapan a ello. Si una estructura social está determinada por el ejercicio económico, por los modos de producción y la administración de un capital, no cabe duda que como todo lo humano, esto sea un ejercicio implícito de las labores morales. Si bien el Estado debe cumplir con una serie de compromisos con los seres que lo conforman, es indudable que cada ser humano persigue la medida más alta de bienestar y felicidad, y que será el mejor Estado aquel que propicie dichas condiciones, pero este bienestar y felicidad deben ser producto inalienable y directo del ejercicio de la virtud individual. Eso no lo puede imponer estado alguno por la fuerza, dado que distinguir entre el bien y el mal es la facultad más personal de todas. Y creo que nos pasa a muchos venezolanos. Culpamos al gobierno, a la contingencia de los otros, antes de evaluar nuestro saldo de vida. Es verdad, las políticas económicas y sociales del régimen actual no provocan las circunstancias más propicias para el ahorro y la inversión, pero tampoco deja de ser cierto que somos en diversas medidas una sociedad consumista y perezosa a la hora de reflexionar sobre nosotros mismos, donde por ejemplo, según datos estadísticos, las mujeres invierten la mitad de su sueldo sólo en cuidados de belleza, independientemente de la clase social o tendencia política. Ni hablar de cuántas personas incapaces de hacer un mercado para todo el mes portan un BlackBerry o gozan de DirecTv sin poder pagar la educación de sus hijos.
“Muchas veces se ven estas actividades en forma equivocada. El ahorro se concibe como si fuera una pequeña cuenta en un banco, destinada a compras mayores al fin del año, y la inversión como una actividad propia de los empresarios establecidos, pero no de las familias comunes y corrientes.” Sifontes advierte la amenaza desde el principio. Nos alejamos del trasfondo más sencillo y humano del asunto. Ahorro e inversión tienen un correlato absoluto con la realidad cotidiana. Ahorro e inversión tienen una energía comparable a la de otros conceptos como mesura, precaución, magnificencia, equidad y sobre todo, justicia. Pues nada es tan justo como la justa retribución: el hombre que trabaja dignamente y recibe a cambio una compensación a la altura de su trabajo, tiene la obligación consigo mismo de dar un uso humano e inteligente al capital que recibe como pago. Suponemos que ninguna persona en su sano juicio persigue situaciones en las que su estatus de vida no esté asegurado en condiciones mínimas de resguardo. Corresponde precisamente a esas familias comunes y corrientes que señala Sifontes, educar el modo en que administramos las pequeñas riquezas que construyen el abstracto que llamamos economía mundial. Sin ánimos de repetir el discurso falso de los socialistas de moda, es necesario fortalecer esa disciplina correctora que nos advierte de los peligros de un consumismo frívolo y en ningún sentido edificante, que sólo contamina el sistema de vida, cada vez más carente de valores fundamentados en aquellos conceptos que señalé antes, emparentados precisamente con esa capacidad de prevención y protección que subyace al ahorro: justicia, mesura, equidad, magnificencia. Sí, repito, magnificencia. Palabra que no debería tomarse como despilfarro, sino como la capacidad de llevar a cabo grandes empresas, la sana ostentación de medios para alcanzar retribuciones cada vez más grandes por el trabajo realizado.
“La carencia de ahorro y, por consiguiente, de recursos para la inversión, deja a los seres humanos inermes frente a la voracidad de los procesos inflacionarios; impide que los habitantes de un país, asediados por las necesidades más elementales, puedan ser ciudadanos en los sentidos político y económico. No son miembros de la “polis” porque no pueden ejercer sus derechos ni disfrutar de las garantías que la Constitución y las leyes les ofrecen. No participan del Mercado, pues no acceden a los bienes y servicios que este ofrece. No tienen ciudadanía política ni ciudadanía económica.” Como evidencia Sifontes en este segundo pasaje, economía y vida pertenecen a un mismo estrato. No se trata de jugar al clasismo ramplón que indica que sólo el que consume pertenece a la selecta clase de los que existen y pueden ser tomados en cuenta como individuos. Se trata de la dignidad sobre la cual se funda cualquier vida humana: formar parte de la polis. ¿Podríamos aspirar a algo mejor que esto? Ya los franceses decían que lo mejor es enemigo de lo bueno, y puede que parezca que el poder ilimitado es mejor posesión que el hecho de pertenecer a la ciudad como un ciudadano más. Pero formar parte de la ciudad en el sentido integral implica el cuidado en todo ámbito de la propia vida, ejercicio, sin duda, relacionado a la manera cómo gastamos el dinero y lo invertimos para que siga produciendo dividendos a nuestro favor. Y más aún, ser ciudadano integral no sólo significa velar por el interés individual, significa resguardar ese pedazo propio de abstracto colectivo que funda la polis. Significa edificar los muros que habrán de proteger la ciudad, no solamente los muros de la casa donde vive cada uno. Mi experiencia con el ahorro tiene todo que ver con mis primeros años de independencia económica. Sufrir en carne propia la decadencia de un estado y sus sistemas económicos me ha hecho tomar conciencia de la necesidad de una educación integral a la hora de dar uso al dinero que recibo por mi trabajo. Cosas tan sencillas que casi daría vergüenza nombrar en un artículo que pretende hablar seriamente sobre la importancia del ahorro, no dejan de ser una verdad que determinan el modo de asumir el resguardo y la justicia: Cobrar un cheque. Distinguir necesidades: ¿voy al supermercado o voy a Zara? ¿Compro pescado para todo el mes o me compro ese libro de Anagrama que tanto quiero? ¿Cuánto invierto en material para mi negocio? ¿Cuánto meto debajo del colchón o en mi cuenta bancaria? Hasta las ciencias más oscuras de todas se componen de preguntas infinitamente sencillas. Dependerá de la disciplina y la entereza de cada quien responder acertadamente a estas interrogantes. No sólo del Estado venezolano quien, gracias a su ineficacia y pedantería, nos hace plantearnos grandes dificultades que deberían transformarnos en ciudadanos más sabios y precavidos.




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