Conversaciones

Creando ciudadanía en condiciones adversas

Por Prodavinci | 15 de Julio, 2009

2314552230_3eed2405c1_oPor Héctor Torres

Una nación no es un espacio geográfico determinado. Un espacio geográfico determinado con unas reglas de interacción (un pacto de convivencia) comunes, sí constituyen una nación. Esas reglas, que enmarcan nuestras relaciones desde el punto de vista político, social y económico, abarcan al Estado, al capital privado y a los ciudadanos. El ciudadano lo es en tanto comprende que tiene una relación política de deberes y derechos frente al Estado. Aquí cabe, por una parte, subrayar el orden de los enunciados: deberes y derechos, lo cual nos permite observar que sin el cumplimiento de los primeros no parece razonable exigir los segundos, que son consecuencia de aquellos. Por la otra, acotar que estos deberes y derechos políticos, derivan en deberes y derechos económicos.

En este trípode en que se asienta la idea de nación, es el ciudadano el motor del buen funcionamiento de la misma. ¿Por qué sobre el ciudadano, siendo el elemento más pequeño de esa relación, recae la mayor responsabilidad? Por una sencilla razón: la noción de ciudadanía entraña la conciencia de pertenecer a un sistema. La ciudadanía la ejercen los individuos (todos y cada uno); es decir, que todos los engranajes del sistema están operados por individuos, que a su vez son ciudadanos. Por tanto, los ciudadanos son, también, parte integral de los otros dos elementos que complementan el funcionamiento de la nación. Tanto el sector público como el privado están conformados, en sus diferentes niveles, por ciudadanos que realizan funciones específicas (reguladas por normas) y toman a diario decisiones orientadas por su particular sentido de la ética.

En una ocasión Jorge Luis Borges señaló que la ética es “algo que sentimos cada vez que obramos”, añadiendo que “lo importante es juzgar cada acto en sí mismo, no por sus consecuencias, ya que las consecuencias de cada acto son infinitas”, sino habiendo tenido que elegir entre el bien y el mal.

Es por ello que el individuo, con la actitud ética adecuada, tiene una alta responsabilidad en el buen funcionamiento del engranaje del sistema y, ejerciendo su ciudadanía, contribuye a detectar y corregir las desviaciones del mismo. Por ello resulta vital que una sociedad desarrolle una clase media robusta.

Las personas que tienen que luchar por su sobrevivencia en medio de una profunda adversidad cotidiana, no están en condiciones de ejercer la ciudadanía. Ejercer la ciudadanía es un acto que, no por cotidiano, no entraña dificultades y exigencias. Es una tarea dura que requiere de una sólida cultura en torno a ello. Supone entender, como se dijo al principio, que sin el cabal cumplimiento de los deberes, no se puede aspirar a exigir los derechos. Pero aquel cuya vida es una colosal incertidumbre (no sabe qué va a comer mañana, no tiene la mínima razonable seguridad de llegar a su casa a salvo, su vivienda está en condiciones de alto riesgo) agudiza sus instintos más primitivos, porque lo que está permanentemente en juego es la vida y, priorizando, siente que conceptos como democracia, libertad, deberes ciudadanos, son abstracciones ajenas a su contexto.

Aquellos que viven al día, que cada noche compran la cena con lo producido durante la jornada, dificilmente piensan en la nación como un sistema organizado, del cual ellos forman parte. Es por esto que los individuos más formados y con menor nivel de incertidumbre tienen una mayor preparación para entender (y ejercer) su rol dentro del juego social. O así debe ser. No en balde las naciones con mejor funcionamiento son aquellas que poseen una clase media más vigorosa. Pero, que los pobres no estén en las mejores condiciones para ejercer la ciudadanía no supone que vivir una condición económica más o menos estable, con mínimas incertidumbres en su vida cotidiana, produzca ciudadanos activos. Una clase media poco cultivada intelectualmente, volcada a la inmediatez y a la valoración del individuo en función de sus niveles de consumo, no está tampoco capacitada para ejercer la ciudadanía de manera adecuada, ya que está contaminada con un sentido ético pobre y oportunista y una visión histórica casi nula, lo cual ayuda en muy poco a la formación de individuos capaces de contribuir, con su actuación, al desempeño idóneo de ese sistema que, en su conjunto, llamamos nación. Ahora, debido a que no podemos soslayar que en América Latina nuestra clase media es exigua y las clases bajan componen la mayoría de nuestras sociedades, urge dotar a estas últimas de las herramientas que le permitan acceder a una conciencia de ciudadanía.

Esa conciencia de ciudadanía (de pasar de ser un habitante a un ciudadano) pasa por una actitud ética y responsable ante la vida. Y algo que es vital para lograr ese cometido es la comprensión que el uso que le den al dinero que producen genera dos tipos de ciudadanos: los que se vuelcan al consumo desmedido (tras la ilusión de que al comprar los mismos objetos “se acercan” a los que tiene mayores ingresos), quemando sus oportunidades de crecimiento ante la pobre expectativa de hacer “adquisiciones tangibles” con su ingreso; y los que entienden que, por poco que sea el ingreso, siempre se podrá invertir en actividades que le agreguen valor a su condición humana, y por tanto, contribuyan a potenciar sus capacidades intelectuales y su comprensión de la vida.

La ciudad, espacio conformado por complejas interconexiones de toda índole, puede ser vista, dependiendo de la información que se maneje, como el lugar de la concreción o la ausencia de posibilidades de crecimiento. De la comprensión que se adquiera de sus reglas (y esto supone una adecuada lectura cultural de su entorno), dependerá cuál de estas percepciones prevalece en el individuo. Adquiriendo las herramientas adecuadas se puede lograr que cada vez más pobladores de la ciudad entren al juego de la ciudadanía. Asumiendo sus deberes, pero también aprovechando los beneficios que le proporciona el conocimiento de sus derechos.

*******

El anterior artículo es la contribución de Hector Torres a la conversación sobre el ahorro y la inversión en Venezuela que sostenemos en Prodavinci.

Foto: Márcio Cabral de Moura

Prodavinci 

Comentarios (1)

Sonia Duque
21 de Julio, 2009

La ciudadanía en condiciones adversas es un reto para cualquier sistema. ¿Ciudadanos en pobreza extrema? Una contradicción? Este es el reto de un verdadero gobierno inclusivo.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.