¿Cómo incrementar el ahorro y la inversión en Venezuela?
Emilio Alvar: Una reflexión
Emilio Alvar nos presenta sus reflexiones a propósito de la conversación sobre el ahorro y la inversión que llevamos adelante en Prodavinci. Una Reflexión Por Emilio Alvar Al examinar el entorno del hombre contemporáneo, encontramos un sinnúmero de cosas que le son adversas (no nos interesan de momento las que le favorecen) entre ellas está la cantidad de [...]
Emilio Alvar nos presenta sus reflexiones a propósito de la conversación sobre el ahorro y la inversión que llevamos adelante en Prodavinci.
Una Reflexión
Por Emilio Alvar
Al examinar el entorno del hombre contemporáneo, encontramos un sinnúmero de cosas que le son adversas (no nos interesan de momento las que le favorecen) entre ellas está la cantidad de información que recibimos diariamente, realmente ¿estábamos preparados para lo que ha venido siendo la revolución de las telecomunicaciones? Si bien ha significado un gran avance, también ha generado estragos de diversa índole en muchas personas, cuyas vidas en la ciudad ya antes de que apareciesen el celular y la computadora, eran difíciles, quizás por su compulsivo ritmo, su contaminación, sónica y atmosférica, y sus colores tan lejanos del verde. Aparentemente no tenemos otra opción, sino la de convertirnos en eficientes receptores de los múltiples códigos y símbolos que recibimos diariamente en forma de mensajes de texto, e-mails, noticias, es decir, información de la más variada índole, etc.
Nos ha llegado recientemente una mala señal, que ha agregado velocidad al ya acelerado pulso de las principales capitales del mundo, y ésta es la crisis económica. Algunos afirman que se veía venir desde hacía tiempo este período de cambios, pero si hay algo a lo que no es ajeno el hombre es al permanente cambio. Mientras cambia, observa y aprende, une cabos sueltos en la historia. Unamos los nuestros: El 25 de Mayo de 1992 salió en la revista Time, página 51, el artículo denominado “Una conversación con los Gorbachev¨, en la que entre otras cosas, el político ruso dijo que “el mundo entero está en necesidad de cambio y reorientación… Una alternativa entre el capitalismo y el comunismo está en perspectiva”. Situándonos en nuestra realidad nacional tales circunstancias parecieran no importarle demasiado a los que primeramente tienen que ocuparse de ello y del caso específico de la recesión económica. Teniendo a su disposición las herramientas que da el poder político y económico se encuentran más bien ocupados queriendo ir en retroceso y a toda marcha -como cuando un niño se empeña en buscar caprichosamente un juguete con el que soñó- Y la crisis toca a las puertas de nuestra realidad nacional, a las de un país cuyo pulso, a diferencia de muchos otros países de Latinoamérica, está más bien muy lento y débil.
En Venezuela hemos hecho nuestro un “sedentarismo económico” que provino del uso irresponsable e inescrupuloso de nuestra principal riqueza. Ahora, en momentos tan delicados como el que vivimos, confusos y atemorizados, buscamos un norte, pero el clima imperante en el país con innúmeras dificultades en todos los ámbitos, torna aún más difícil la situación. Vemos como otros países del área se hallan mejor dotados para enfrentarla.
Dar el vuelco hacia algo diferente no implica borrar la historia y querer construir una nueva, sino más bien, al tener muy bien aprendida la historia de nuestro país habremos avanzado un trecho importante hacia ese “estar apto para” construir una realidad diferente, de desarrollo y progreso, incluso en la que se cometan errores, siempre y cuando no se repitan los del pasado.
Pero para preocuparse por aprender de esa maestra que es la historia, para ir adquiriendo esa memoria que requerimos con urgencia, y a fin de cuentas, para ir saliendo de ese sedentarismo económico, hace falta madurez, y bien sabemos que es algo que no se gana de la noche a la mañana. Se puede ir obteniendo en la medida en la que como ciudadanos exaltemos nuestros deberes y luchemos por nuestros derechos, y hagamos lo posible, lo que esté a nuestro alcance, porque las cosas a todos los niveles funcionen bien. Sembrar en la conciencia de cada ciudadano la importancia del otro y el rechazo hacia el conformismo. Una de las formas de siembra es dando el ejemplo a toda hora, sin importar lo aturdidos que nos encontremos por nuestros propios problemas, aquellos que van hilando nuestras horas en el tráfico, en la oficina, en las aulas de estudio, en las inacabables gestiones que la burocracia impone a la vida cotidiana, etc. Por eso tiendo a pensar que no son las revoluciones las que hacen hombres nuevos, son los mismos individuos los que después de haber internalizado una serie de axiomas que le son comunes podrán exteriorizar todo aquello y poner en sincronía sus fuerzas, sus voluntades hacia el objetivo claro que se habían trazado, experimentando, sin duda, un cambio en ellos y en su entorno.
Habrá que hacerse de nuevos mecanismos que reclamen la atención de los ciudadanos dentro de la sociedad, prescindiendo del avasallamiento, haciendo uso de un lenguaje claro, directo, sin perversión, cuestionando su rol en la sociedad, preguntando ¿qué hace él por los demás? Tarea difícil es, pues, pero no imposible, convencer a cada ciudadano de que se vea a sí mismo como un agente productivo, generador de bienestar para sí mismo y los demás. Inculcarle que todo aquello que hace o deja de hacer en términos económicos se verá siempre reflejado de alguna manera en la sociedad. Esta concientización de los integrantes de nuestra nación nos hará dar un gigantesco paso cuando percibamos la verdadera utilidad del ahorro y la inversión. Cuando se convenza a sí mismo del éxito alcanzado por otros países -países con mayores problemas que los que enfrentamos nosotros ahora- para salir de la pobreza usando las herramientas que en estos momentos tenemos a nuestra disposición. El ciudadano habrá roto con el sedentarismo económico que lo caracteriza y habrá decidido integrarse al progreso particular y al del país abrazando un nuevo conjunto de paradigmas.
Se desmitificaría por tanto a aquel personaje que por no ser economista o no estar empapado del mundo de las finanzas se deja invadir por el temor que lo lleva a resignarse a vivir endeudado o sin ver los beneficios de la productividad real de su dinero, el individuo que no se atreve a tomar riesgos. El que se conforma con la limitación que le imponen sus menguados ingresos. En el ahorro está la respuesta, siempre y cuando venga de la mano de la inversión. No hay salida viable si vemos al uno sin la otra, sería un contrasentido. El ahorro ha sido siempre la mejor política de un país en todos los órdenes, aunque no sea frecuente ver que el mismo se practique, sobretodo, desde las altas esferas de gobiernos que tienen “la fortuna” de administrar naciones donde sólo hay dos estaciones al año y que, según algunos antropólogos, son naciones muy jóvenes en las que el clima determina ciertas actitudes humanas. Como en nuestro caso, climas benignos, cálidos, donde no creemos que sea necesario planificar, guardar, porque no tenemos invierno, vivimos, en término generales, de la improvisación. Sin embargo, a pesar de esto, la persona crítica tendrá que discernir entre lo bueno posible y lo que no. Tratar de ir modelando su conducta mediante patrones educativos de excelencia para, de esta manera, asegurar un futuro económico positivo para sí mismo y sus descendientes. También será su deber convertirse en multiplicador del aprendizaje que ha obtenido para transmitirlo al mayor número posible de sus allegados. Es decir, habiendo logrado el estatus de ciudadano consciente de sus responsabilidades políticas, sociales y económicas consigo mismo, con los demás y con su país disfrutará de un bienestar que será ejemplo para otros. Por lo tanto, habrá entendido finalmente que vive en un mundo en el que todos sin distinción debemos preocuparnos por manejar de forma adecuada los relativos criterios de escasez y abundancia.
Una de las causas directas e inmediatas de la escasez de alimentos y productos esenciales tiene que ver con la sobrepoblación. En el caso latinoamericano, y específicamente el venezolano, que es el que nos ocupa en este artículo, la tasa de natalidad asciende exponencialmente, y de todos es conocida la lamentable condición en la que nace la mayoría de nuestros connacionales. Ahora, ¿cómo enseñar las claves de la ciudadanía económica (sin olvidar otras materias que también son esenciales) a una sociedad cuyo número poblacional siempre es mayor y más pobre? ¿Y cómo hacer para que los frutos que se logren recoger de la siembra de esa semilla perduren en el tiempo? Estoy convencido de que el análisis de estas interrogantes nos debe llevar a tomar conciencia sobre la urgencia con la que debemos cambiar nuestra manera de enfrentarnos a esta realidad económica, y asumir eficaz y responsablemente este reto que se convierte en una verdadera batalla contra el tiempo.
Quería finalizar estas palabras recordando unas frases del maravilloso cuento Luvina de Juan Rulfo:
“(…) Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ¡Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos ayudará. Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy dentro. ¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno? -Les dije que sí. -También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del gobierno. -Yo les dije que era la patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina…”1
La exigencia en estos tiempos es que no nos detengamos en nuestro afán de mejoramiento aún a pesar de no contar con la ayuda del Estado. En nuestras mentes persiste la idea de un Estado paternalista que todo lo resuelve, es hora de que avancemos y logremos nuestras metas por nosotros mismos. Toda ayuda será bienvenida, pero deshagámonos del lastre, la parálisis, que nos causa el no contar con ella.
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1. Rulfo, Juan El Llano en llamas. Editorial Cátedra (Col. Letras Hispánicas) 16.ª edición, Madrid, 2006. 170 pp





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