Por Oscar Marcano | 8 de Julio, 2009
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Notas al pie de página

uya_libros_monteavilaPor Oscar Marcano

Corría el año de 1984. Se había incumplido la profecía de Orwell y la asechanza de un estado omnipresente y su partido único ya no constituían una amenaza fundada. El uso del adoctrinamiento, la propaganda y el escarnio no se atisbaban en el horizonte más allá de los rezagos feudales de los regímenes colectivistas que pronto comenzarían a desmoronarse. El esquema de la Habitación 101, que se emplearía para demoler en la mente de cada persona aquello que le impidiese idolatrar al Gran Hermano o cauterizar cualquier amor más grande que el profesado al líder, no habría de ser más que un nudo adulterino en 1984, obra cumbre de la trilogía de las antiutopías, junto a Un mundo feliz de Huxley y Fahrenheit 451 de Bradbury. La policía del pensamiento y la neolengua, que borraba por ejemplo la palabra libertad del vocabulario para evitar que la población pensase en ella, quedarían como meras fabulaciones de la así llamada ciencia ficción distópica, en la que un autor preocupado de más nos mostraba la parábola de un mundo proyectado a un futuro que jamás nos alcanzaría.

Por supuesto, pasábamos por alto el movimiento pendular de la historia, según el cual aberraciones del corte de las de Hitler, Stalin o Mussolini podían regresar, germinando en cualquier vivero mesiánico. No obstante, ese año, Wolfgang Gil, entonces bisoño profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central y quien esto escribe, se paseaban orondos por Sabana Grande con un cartapacio amarillo de axila en axila. Habían compuesto a cuatro manos una larga cartilla de aforismos obscenamente influidos por la lúcida malevolencia de Ambrose Bierce y, qué decir: se hallaban ansiosos de mostrarla y publicarla.

Me había correspondido pasar en limpio el manuscrito. Debía entregárselo a Wolfgang, quien esa tarde se lo daría a leer nada menos que a Juan Nuño. Para ello nos encontraríamos en el viejo Tic Tac, donde saborearíamos el humilde pero galante pastel de carne de la Sussy. Aníbal Nazoa había sido el primero en echarle un vistazo y conste que se divirtió mucho con el tono provocador, reaccionario, sexista y vitriólico de aquellos sarcasmos. «Esto es una perrada. ¡Publíquenla!», recomendó.

Nuño aguardó a Wolfgang en su cubículo, quien llegó presto con la flamante carpeta de Manila. Mi amigo, que luego ocupara la dirección de la Escuela de Filosofía de la UCV y luego se fuera a España, ensayó una breve introducción nerviosa, pero el maestro, silente, ya estaba leyendo el manuscrito.

En los cuarenta minutos que duró el examen, sólo se escucharon las dos respiraciones. Una bastante más trabajosa que la otra. De cuando en cuando se alzaba la mirada de Nuño sólo para constatar que, como el dinosaurio, mi amigo todavía estaba ahí. Al concluir la última sentencia, el maestro alzó el rostro, cinceló una leve sonrisa en su rostro y sin mayores demostraciones, profirió: «¡Qué oportuno aire fétido!».

Veintidós años después, advertimos que la ingeniosa frase de Juan Nuño calza en el salto que está dando nuestra narrativa. Si algo llama la atención en los últimos años en Venezuela, es que se está escribiendo. Parece una tontería, pero después del boom petrolero de los setenta, el pozo creativo dejó de bombear. Un delgado hilo apenas daba cuenta de la muy mermada fuente.

No obstante, los esfuerzos de Sísifo comienzan a tomar forma. Ya no son sólo los reportes de cantidad que vienen proliferando desde finales de los noventa los que hablan de un brote palmario. Comienza a espesar la calidad. Es un hecho cierto que los taladros están prendidos, y un magnífico líquido comienza a supurar.

Para muestra dos botones.

Leí Los golpes de la vida el mismo día de su publicación. Tomé el cuento, galardonado en el concurso anual de El Nacional y comencé a paladearlo con un café matinal, escorado, como buen mamífero, en mi viejo sofá. Al concluirlo tenía taquicardia. La voz no me salía y las lágrimas se me agolpaban en los ojos. Estaba en mi decrépito balcón con la mirada perdida exactamente en ninguna parte. «¡Bravo -me dije-, bravo, Rodrigo Blanco Calderón!». Un joven escritor nacido en el ochenta y uno con un libro publicado: Una larga fila de hombres (Monte Ávila, 2006).

Más allá de la hermosísima historia del misérrimo secretario de actas de la República del Este y la experiencia fallida del bienamado Francisco Massiani con Cortázar, más allá del escabroso tráfago de los restaurantes chinos y los siete tipos distintos de semen hallados en los residuos de arroz frito y pollo agridulce, estamos en presencia de un cuento en serio.

Cómo me hubiese gustado escribir así a los veinticinco años.

En un breve intercambio de lucubraciones con Miguel Gomes, exiliado en Connecticut, le hablé del texto, lo buscó en Ficción Breve y me contestó: «He leído de un tirón el cuento de Blanco Calderón y me ha impresionado. No esperaba que lo hiciese tanto, y esto lo digo sólo por la juventud del que lo escribió -¿veintiséis, veintisiete años?-. Los pasajes sobre restaurantes chinos son delirantes, ingeniosos, y el remate de la historia (ese remontarse hacia temas psicológicos expresionistas: la sombra, el doble, más allá del botellazo realista y usual con que otras personas hubiesen acabado la anécdota), me ha parecido magistral».

El segundo ejemplo lo constituye Lucas García París. Autor de una opera prima que cautivó por su frescura y contemporaneidad: Rocanrol (Grijalbo, 2002), ganador del premio local de Mondadori. En la actualidad trabaja en otra novela, La más fiera de las bestias y en un libro de relatos: Un misterioso objeto descubierto en el corazón de una supernova. No hemos tenido acceso a la novela. Sí al libro de relatos. Conocemos en particular dos: Mayo y Nocturno, y con lo que hemos leído confirmamos un notable ascenso sobre su acierto precedente. Sicalíptico también, Lucas García se perfila como un orfebre del diálogo recio y de la anécdota dura, por lo que podemos afirmar, con el orgullo de quienes apuestan al porvenir de una tradición literaria que lucha por corresponderle a sus fundadores, que hay razones para ser auspiciosos.

Rodrigo y Lucas son apenas dos nombres. Dos vivas señas en un mar de fondo que en estos momentos trabaja entre el silencio y la soledad, y que, más temprano que tarde, dará a las letras venezolanas las más sólidas contestaciones.

Oscar Marcano  es un escritor venezolano. Fue galardonado con el Premio Jorge Luis Borges, otorgado en Argentina. Puedes leer más textos de Oscar aquí y seguirlo en twitter en @oscarmarcano

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