¿Cómo incrementar el ahorro y la inversión en Venezuela?
El dorado
Por Douglas Franco Hace muchos años en un lejano país existió un reino muy próspero, tanto que su rey era conocido como el de oro y su reino como El Dorado. Cada persona disfrutaba trabajando para producir sus propios beneficios, los cuales eran disfrutados por los demás, a cambio de monedas, que abundaban en sus [...]
Por Douglas Franco
Hace muchos años en un lejano país existió un reino muy próspero, tanto que su rey era conocido como el de oro y su reino como El Dorado. Cada persona disfrutaba trabajando para producir sus propios beneficios, los cuales eran disfrutados por los demás, a cambio de monedas, que abundaban en sus bolsillos, ya que ellos también hacían lo mismo. Sus habitantes tenían habilidades distintas, por lo que cada quien se dedicaba a aquello que hacia mejor. La producción de alimentos era variada y abundante, tanto que vendían a otros reinos más de la mitad de lo producido y esos productos eran pagados en monedas de oro, las cuales eran usadas para comprar lo que no producían en el Dorado, como piñas, las cuales eran dulces y ayudaban a digerir las carnes, muy abundantes por los inmensos rebaños de los habitantes del reino.
El rey era muy saludable pero, en una cacería de alces, fue herido gravemente y murió, su hijo mayor Boni, inmediatamente fue coronado Rey. Boni, criado bajo la influencia de esclavos, porque su madre había muerto cuando aun era niño, tenía un gran corazón, al punto que al ascender al trono, los habitantes cambiaron el nombre de Dorado, por el de Corazones. Aunque el nuevo rey de corazones era muy joven, se comprometió a hacer cambios profundos en el funcionamiento del reino, para que todos los habitantes vivieran mejor, especialmente los más pobres, muchos de los cuales no accedían a la prosperidad del reino, excluidos de las abundantes cosechas y bienestar, unos por no usar sus talentos, otros por estar pendientes de lo mucho que otros producían y tenían. Boni recorrió cada rincón del reino, para conocer de cerca sus problemas, conmovido por la precaria situación de muchas familias y de las quejas sobre la avaricia de su padre que le vociferaban en su propia cara en los humildes hogares que visitaba, junto a la protesta por las desigualdades entre los habitantes del reino. Boni cambió la baraja, por una apuesta al amor al projimo, dando paso a nuevas combinaciones, confundiendo a los que seguían ligando un ajilei dorado. Después de profundas reflexiones y luego de reunirse con sus consejeros, decidió repartir la inmensa fortuna del reino entre todos sus habitantes por igual, para acabar, de una buena vez, con tantas calamidades e injusticias. El Dorado era ahora de todos, vociferaba la consigna que se escuchaba a lo largo y ancho del inmenso territorio de corazones. Los bancos se vieron atestados de gente abriendo cuentas donde depositaban cuantiosas fortunas. Se inventaron fechas, festejos, desfiles, marchas en adhesión al nuevo rey, el cual aparecía en afiches y estatuas en cada lugar y regalo del reino. Los mensajes de gratitud festejaban a Boni en todas partes, “Gracias por todo, Boni“, coreaban los niños que no salían de su asombro al verse tan ricos, después de haber sido tan pobres. Todos eran ricos, por lo que ya nadie necesitaba trabajar, ya nadie cultivaba la tierra. Sembrar y cosechar bajo el sol inclemente era cosa del pasado, no era oficio digno para los nuevos millonarios del reino de corazones. Los alimentos comenzaron a escasear, pero usaban las monedas de oro, que aun les quedaban, para comprar alimentos desde reinos vecinos, muchos de ellos agradecidos por los abundantes regalos que Boni les había hecho en el pasado. Pronto se acabaron las monedas de oro, ya que las consumían sin producirlas. Todos eran ricos, nadie trabajaba, nadie producía y no había productos. Las monedas del reino de corazones ya nadie las quería, porque con ellas no había nada que comprar, casi todos solo aceptaban las monedas de oro, tal vez por nostalgia del pasado. Muchos murieron de hambre, desesperados en las ciudades donde no podía sembrarse la tierra, por estar repletas de confortables viviendas. Otros emigraron al campo y a reinos vecinos, donde cultivaban la tierra, ante la inutilidad de las monedas del reino de corazones. Meses mas tarde, estallaron enormes revueltas, derribaron las estatuas de Boni, acusándolo, quizás injustamente, de haberlos engañado. El odiado Rey de Oro, comenzó a ser venerado en todo el reino, añorando aquellos años de bonanza, cuando todos trabajaban, producían, comían y eran felices. Lamentablemente, más de la mitad de los habitantes murió de hambre, especialmente los que permanecieron en las ciudades. Todos perdieron, pero los sobrevivientes no perdieron la lección: que la verdadera riqueza es el trabajo productivo, el esfuerzo por procurarse cada quien un mejor futuro, y de esa manera los demás puedan procurarse el suyo, consumiendo lo que cada quien este dispuesto a compartir a cambio de inútiles círculos dorados.
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La historia que acaban de leer corresponde a la contribución de Douglas Franco al debate sobre el ahorro y la inversión que sostenemos en Prodavinci.




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6 de Julio, 2009
Interesante forma de transmitir la idea de la necesidad de producir riqueza en vez de distribuirla.