Artes
Libre lectura: Ser tigre no es fácil
Por Joaquín Marta Sosa Para todo occidental, India es una tierra muy arraigada en su imaginario. Es la joya del misticismo, la corona del espiritualismo, la meca de toda religiosidad honda. Y a pesar de las frecuentes noticias sobre terrorismo, miserias y expansión del consumismo, persiste inmutable en nosotros como ícono de aquellas idealidades que nos [...]
Por Joaquín Marta Sosa
Para todo occidental, India es una tierra muy arraigada en su imaginario. Es la joya del misticismo, la corona del espiritualismo, la meca de toda religiosidad honda. Y a pesar de las frecuentes noticias sobre terrorismo, miserias y expansión del consumismo, persiste inmutable en nosotros como ícono de aquellas idealidades que nos acercan a la purificación de la naturaleza humana. Bien. Pero llega Aravind Adiga (Chennai, India, 1974) y toca a nuestra puerta con una novela cargada de humor, irónica, satírica hasta el límite, divertidísima y trágica a la vez para decirnos que no, que India carga con “un lado oscuro”, ese otro lado de la luna que no hemos mirado, que no niega la franja luminosa pero que la acompaña y lastra y muchas veces supera.
Esa tradición de espiritualidad sin mácula está siendo reemplazada ahora por otra de reciente fluir, la de una India próspera, desarrollada y en expansión casi sin igual en estos tiempos, arraigada en el centro del nuevo capitalismo y de las tecnologías punteras. Bien. Pero llega Aravind Adiga, toca a nuestra puerta otra vez y nos dice con la historia de Balram Halwai que no, que no es así, pues éste personaje, a pesar de su condición de dalit, la postergada casta de los intocables, si bien alcanza la condición de empresario próspero no lo logra porque ingrese en la modernidad o incorporado a las fuerzas del desarrollo integrador, sino porque, precisamente, se hace fuerte valiéndose de todos los tenebrosos tejidos de atraso, corrupción y caciquismo que se han enquistado en esa sociedad a la manera de una epidemia irremisible.
Pero no se trata sólo de una historia de personaje pues ésta se despliega desde las cavernas y las vetas más peculiares de la vida social, moral, cultural, económica y política de la India. Es algo así como un retrato de país con personaje al fondo, o a la inversa. Igual da. De modo que lo importante resulta esa revelación que atenta contra la pereza de la conciencia occidental, la que se recrea en un conveniente retrato de India, ya sea el tradicional hecho a la medida de occidentales con mala conciencia, o el moderno que el mundo productivo indio impulsa, ávido de riquezas y de que le trasmuten sus rupias en dólares, gracias a las oleadas de destrezas productivas con las que hinchan diariamente el estómago del comercio mundial, sin olvidar que sus más de mil millones de habitantes representan el codiciado mural de un mercado donde se puede rapiña de todo.
Es en el centro de esa nuez donde Aravind Adiga se presenta con su novela Tigre Blanco para que occidentales e indios comprendan que ya ha pasado mucho tiempo como para mantener la verdad en los sótanos, atada con argollas de hierro y amordazada con legiones de espiritualismo y progreso. Y para contener la distorsión, Balram Halwai nos cuenta su historia, que es la de su país. Más bien se la cuenta en siete cartas escritas a lo largo de las madrugadas de una semana entera, a Wen Jibao, primer ministro de China, que está a punto de visitar India y que ha pedido que le “muestren la India verdadera”. Balram sabe que sólo le pasearán por la conveniente y presentable. Y decide mostrarle la inconveniente e impresentable poniendo como prueba su propio testimonio, el de su ascenso social desde intocable, porteador de rickshow, hasta convertirse en un poderoso y peligroso empresario de servicio de transporte selecto, que presta exclusivamente de madrugada, zona propicia como pocas para que las corruptelas y el delito se hagan cargo del libre mercado y de la economía moderna, tal y como él mismo lo ha hecho en sus empleos sucesivos, lanzando a todos sus competidores, incluyendo a familiares, a la cuneta de los maltrechos, sin desdeñar ni siquiera el asesinato. Y para que las cuentas queden claras desde el principio, subraya en esas cartas que “India es el peor país para ser pobre.” ¿Qué más decir? Que el poder inmoral lo domina todo; que el caciquismo es su llave maestra; que el partidismo es una ficción que vive de elecciones cuyos resultados se establecen incluso antes de que se deposite el primer voto; que la corrupción es el ADN absoluto de las tramas de una sociedad que es mucho más que un país, que es un mundo compuesto por mundos muy diversos y hasta opuestos; y, por si algo faltara, que Gandhi no restañó ninguna de esas heridas tremendas.
Así pues, la superpotencia en ciernes y la tierra de la espiritualidad impoluta quedan expuestas bajo una luz desazonante, la misma que proyecta la araña sobre el escritorio donde madrugada a madrugada Balram Halwai escribe sus misivas desde un tono cínico, deslenguado y hasta amoral por momentos, sin abandonar jamás la mordacidad, la irreverencia y el escepticismo propios de quien ya está de vuelta de todo, incluso de su propia meta en la vida, la de ser un “tigre blanco”, es decir, un ejemplar que rompe los estereotipos y códigos de la manada y que emprende su propia aventura, solitario y sin atadura alguna que lo limite.
Novela hilarante como pocas (en ocasiones, entre el drama y la comedia no media distancia alguna), pulcramente desmitificadora, pero de ninguna manera reduccionista. En India, sí, la espiritualidad religiosa y moral tiene un asiento de raíces definitivas, pero esto no es todo. India, sí, es casi una superpotencia. Pero esto tampoco lo es todo. Entre ambas repta una India no menos verdadera y tan potente como ellas, la del poder por encima de cualquier principio y la de los excluidos y la pobreza sin redención. La de los enormes basurales que engendran los ricos y los emporios industriales que le sirven a los pobres para encender fogatas ante el frío o les caliente un poco de agua putrefacta en la que cocer cualquier desecho. Como en Las cenizas de Ángela (1996) de Frank McCourt, en este Tigre Blanco la miseria alcanza tales dimensiones que llorar no es suficiente, y entonces te ríes.
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6 de Julio, 2009
Se ve interesante el libro. Ahora, los datos indican que ha habido un importante crecimiento económico en India. Millones de personas han salido de la pobreza. Eso no implica que siga habiendo problemas importantes como los que refleja el autor. Supongo que alguien siempre puede ver el vaso medio vacío. Saludos y gracias!