Arte
María Teresa Torras y el arte como destino simultáneo
Por Rafael Arráiz Lucca A la artista la precede una fama de aguerrida que en Venezuela se acentúa particularmente, dada nuestra afición por los eufemismos. Lo que ocurre es que a María Teresa Torras le gusta llamar «al pan, pan y al vino, vino» y eso, entre nosotros, suele ser tenido como algo agresivo. En su [...]

Por Rafael Arráiz Lucca
A la artista la precede una fama de aguerrida que en Venezuela se acentúa particularmente, dada nuestra afición por los eufemismos. Lo que ocurre es que a María Teresa Torras le gusta llamar «al pan, pan y al vino, vino» y eso, entre nosotros, suele ser tenido como algo agresivo. En su España natal su talante sería tenido por natural, y ninguna extrañeza causaría su manera directa de enfrentar la realidad. Como dice el proverbio: «Todo depende del cristal con que se mire».
Lo cierto, lo único cierto es que su obra plástica concita la aceptación y la admiración en el país que asumió como suyo. Expuesta, reconocida y premiada, su obra, en plena efervescencia creadora, forma parte de la historia escultórica nacional. Escuchémosla.
Torras no es mi apellido ¿sabes? Pero como aquí sois un poco bromistas, me hubieran cambiado una letra y hubiera sido un poco feo, yo soy Recoder.
Sí, ya veo por dónde (risas). Pero, cuéntenos su historia.
A mi padre lo habían desheredado, porque la familia de mi abuelo era de banqueros, eran de Matadó ellos, de un pueblo cercano a Barcelona que es muy industrial, sobre todo en tejidos. Entonces mi padre se marchó a la Argentina y después, cuando le dio la gana, regresó casado con dos hijas.
¿Se casó con una argentina?
No, con una madrileña. En la segunda guerra regresó con la mujer a hacer las paces con sus padres, hizo las paces, lo volvieron a heredar, y se murieron al poco tiempo y él decidió retirarse. Dijo que ya no iba a trabajar más, él era loco de profesión, como suele decirse, y se compró una casa muy bonita en Villa Carlos, con desembarcadero propio y todo, y ahí fue donde nací, o sea que mis hermanitas eran argentinas, pero yo no. Y siempre oía a mi madre decir que como la Argentina no hay nada, tú sabes como son ellos ¿no?, y eso que no era argentina. Esa es la historia, por eso es que nací en Menorca.
¿Y se vino por qué, cómo llegó a Venezuela?
Mi suegro era farmacéutico y mi marido también, pero mi marido no estaba metido en la fábrica sino en la parte comercial, pero allí no había papeles y a la hora de la repartidera se formó el zaperocón, mi esposo se deprimió mucho y yo le dije, chico, por qué no nos vamos.
Ah, pero ya estaba casada, era una persona adulta.
Sí, estaba casada y mis hijos nacieron todos allí, vinieron pequeños.
O sea, que se vino como de veinte y tantos años.
Sí señor, veintiséis años.
¿Y por qué escogieron Venezuela?
Porque aquí vivía una hermana mía; pero en realidad hubiéramos podido escoger cualquier otro sitio.
¿Esa hermana sigue viviendo aquí?
Ya murió, me llevaba dieciocho años, y la otra dieciséis.
¿Y cuándo llegaron?
Mira, creo que en el 55.
¿Y llegaron a Caracas?
Sí, sí, a Caracas.
¿Y tenían previsto algo donde vivir?
No, no, pero vinimos con plata, nos situamos en un apartamento en Bello Monte. Y allá Agustín se dedicó a bienes raíces, él vendió toda esta urbanización, él trabajó con Inocente Palacios, había un judío, un catalán y un italiano, y bueno, así fue la historia.
Yo me dediqué a criar niños, tuve cuatro. Murió mi hija que era abogada de la Procuraduría y la otra, que también es abogada, no ejerce porque está casada y los dos varones: uno es arquitecto y el otro es ingeniero agrónomo, pero su especialidad es el agua.
¿Y los tres se han quedado acá?
Sí.
¿Y desde España traía el trabajo de escultora o eso comenzó aquí?
Mira, yo como era muy rebelde estuve interna desde los cuatro años, por eso soy más dura que una piedra.
¿En dónde?
En Mataró, cuando vino la guerra no hubo más remedio que sacarme, después cuando se terminó la guerra nos volvieron a meter, entonces a mí no me gustaba coser ni hacer bordados, ni nada de eso, entonces yo me iba con una monja que era la que enseñaba a pintar y, como era muy tremenda, estaban felices porque no estaba fastidiando a los demás, no quería coser, porque había una hora de costura, y en esa hora yo me iba a hacer lo que me daba la gana, y cuando llegué aquí no hice nada porque tenía que ocuparme de los niños que eran pequeños y cuando ya cada uno más o menos empezó a coger el trote, por mi cuenta me puse a trabajar, a trabajar, y conocí a un catalán que fue Premio Nacional de Joyería, que nadie se acuerda de él, se llamaba José María Galofré, no sé si tú lo has oído nombrar. Él no tenía familia, sólo a su esposa. Entonces él muere de un infarto y la esposa me dice: «María Teresa yo te voy a dar todos los instrumentos de joyería de José María», y como soy una metida me puse a hacer joyas, hice una exposición y animé a la esposa de Perán Erminy para que también hiciera joyas. Hicimos una exposición y se vendió todo, aquello parecía un mercado libre. Pero yo me puse a reflexionar y dije: esto es lo mío.
Me puse a estudiar con un joyero, después de esto monté un taller y seguí haciendo joyas, y tú sabes que esto del arte tiene un defecto, pues llega un momento en que tú no puedes seguir adelante, te repites, y yo digo que repetir no y hasta aquí me quedo y me voy para otro lado.
A la galería donde yo era artista traen un catalán que se llama Grau Garriga, exponiendo tapices, y los veo, y me dije: me gusta eso, voy a hacer tapices y me puse a hacer tapices. No sabía nada, pero nada, la primera cosa que hice parecía un delantal, porque era ancho abajo y estrecho arriba y lo puse con el urdimbre, imagínate tú, el urdimbre que era lo de amarrar las hallacas y yo medio cegata, me iba comiendo los puntos y comenzaba una cosa ancha y terminaba estrecha. Pero tengo una cualidad, creo que es una cualidad, que veo que está mal y lo veo y sigo, no lo abandono, no, no, no, yo sigo, yo sigo.
Cuando vivía mi esposo viajábamos con frecuencia y nos fuimos a la Bienal de Suiza a ver, y fui aprendiendo mucho. Entonces, mi máxima ilusión era entrar en esa Bienal, eso era lo máximo para mí, después ya me podía morir. Me pongo a trabajar y a trabajar, a trabajar, a trabajar y hago esto, me mandan los papeles de Suiza, fui a hacer todo lo que pedían y lo mandé.
Eso ha debido ser en el año 79, 80, ¿entonces empieza a trabajar?
Entonces empiezo a trabajar los tapices y empiezo a trabajar las cosas ésas, que fueron 119, como tú lo habrás visto en el catálogo, en el Museo de Bellas Artes, no sé si habrás visto la exposición.
Sí, claro.
Y yo tejía y tejía y tejía, y seguía y no acababa nunca, porque además, como soy ambiciosa, todo me gusta en cantidades grandes. Un día me traen un muchacho para limpiar vidrios y carros, yo lo miro, tenía un Malibú roñoso, y digo: «No sé qué es lo que va a limpiar, pero carros creo que es difícil». Y él me miraba y me miraba como yo trabajaba, estaba todo el día trabajando, trabajando. Un día le digo: «Jesús, ¿a ti no te gustaría aprender?». Y me dice que sí, y le digo: «Pues, deja el trapo para limpiar vidrios», y lo adopté, le hice estudiar bachillerato y aprendió.
Y en estos cincuenta años que tiene aquí ¿ha ido con mucha frecuencia a España?
Con mucha frecuencia no he ido, hace como dos años que no voy a mi tierra, que dicen que está preciosa.
¿Y ha visto el cambio a lo largo de estos años, de la España que usted dejó a la España de ahora, es otro mundo?
Tú sabes que soy muy amiga de Víctor Guédez y él fue a Barcelona a dar una conferencia, le dije tú vas a los museos que te dé la gana, pero no dejes de ir a la boquería, la boquería es el mercado, eso es un espectáculo, pocos mercados hay en el mundo como el de la boquería, en Barcelona.
(Interviene el Consejero de la Embajada de España en Caracas, Gonzalo Fournier) ¿Cómo ve la escultura española en estos momentos, la conoce, tiene relación con ella, conoce a los artistas, cómo la valora personalmente, por ejemplo, Chillida?
Bueno, ya Chillida ni se nombra porque lamentablemente lo perdimos, extraordinario. Ahora, mundialmente hay muy poca escultura, te voy a ser muy franca, hay muy poca escultura, todo es una cantidad de cosas raras, vamos a ser sinceros.
¿Y ha expuesto algo de su obra en España, en Barcelona?
No, nada, nada, jamás. Mi obra pesa mucho, es muy difícil transportarla y yo me he hecho un puesto aquí, no soy pretenciosa, pero vamos a ser sinceros, me hecho un puesto sola, con mi trabajo, más nada, y si se me mete una cosa en la cabeza la tengo que hacer, si no reviento.
Y la misma pregunta que le hizo Gonzalo en relación con la escultura española se la hago con la escultura venezolana: ¿Qué le interesa?
¿De aquí? Mira, aquí ha habido muy buenos escultores como Narváez, Víctor Valera, me gusta su primera época que es muy buena.
¿Y Harry Abend?
Ya es otra cosa lo de Harry, es otra cosa, me gustan sus murales. Tenemos a Soto, como ése no hay otro en el mundo, porque a pesar de ser una cosa cinética él ha logrado hacer muchas variaciones, si te das cuenta. Y Cruz Diez como colorista me quito el sombrero. ¿Sabes qué obra tiene buena? La que está en Corp Banca. Esa me parece que es la mejor obra que le he visto a él.
La escultora retoma un discurso personal.
Soy autodidacta, y mis esculturas son a base de manías, todas, todas y soy feliz con las manías, toda es a base de manías. Cuando empecé a hacer Los macabeos me pasé un día yendo por todos los talleres de herrería porque los empecé con hierro. Esa es una historia bien bonita, los empecé en metal, tenía que buscar una máquina que me doblara al tamaño exacto los brazos y no la encontraba, iba a un lado, iba al otro, hasta que al final la encontré.
Entonces, yo hago el macabeo, viene una clienta hebrea a comprar unas famosas palmeras, Susana Merenfeld, y yo tenía el primer Macabeo que se había hecho y ella lo ve en la entrada y dice: ¡Qué macabeo! Pero yo no le llamaba macabeo, le llamaba guerreros, ella fue la que le puso el nombre. Entonces, me pongo a estudiar la historia de los macabeos, una maravilla, les cortaban la cabeza, les cortaban las manos, les cortaban los pies. Entonces empecé a animarme, empezaron a salir de metal, de madera, de sisal, de acero, toda la familia completa. Y los macabeos salen de una exposición que hubo en el Museo de Sofía, creo que en la última Bienal que hubo, que mandé tres personajes de sisal que se llamaron el «Gran Jurado».
¿De la cultura española, en sus distintas facetas, qué piensa?
Bueno, tenemos a Gaudí, que ahora están haciendo desastres en la Catedral, desastres, desastres espantosos.
¿Por qué?
Por qué, eso es lo que yo me pregunto, por qué.
¿Por qué opina que son desastres?
Porque no tienen nada que ver con Gaudí, nada, pero nada que ver, yo me quedo horrorizada, los murales que están haciendo, mejor no hubieran hecho nada.
¿Y de los escritores, con cuáles ha convivido a lo largo de sus años, es lectora de Cervantes, de Quevedo, de Alberti?
No, yo he estado muy mal de la vista, pero muy mal. Tengo dos trasplantes de córnea y de paso me estaban dejando ciega, pero por mala suerte, no por ser aquí, porque aquí hay muy buenos médicos. Yo tenía cataratas y el médico quiso primero operar un ojo y seguidamente operar el otro. Total que me opera y resulta que no me podía operar, porque tengo una cosa congénita en las córneas que no me pueden operar y aquello fue un desastre y él no se dio cuenta y me pinchaba el ojo durante dos meses, y yo juraba que ya perdía el ojo, hasta que me dije: no me pinchan, me voy a otro médico y el otro médico fue una maravilla, venezolano también, una maravilla. Total que me operaron, como siempre he tenido mucha dificultad, no he sido una gran lectora, así como mi esposo era lector.
¿Cómo se llamaba su esposo?
Agustín Torras Domenech.
(Interviene Fournier) ¿Y usted nunca ha pensado en volver a España?
No tengo reales para eso, empezando porque esta casa es muy bonita ¿no?, pero no es mía, es de mis hijos, porque como mi esposo me conocía, seguramente pensó que estaría yo en Marruecos o en algún lado, me habría pulido la casa rápidamente y no se equivoca, entonces me fastidió.
¿Se la dejó a los hijos?
Me convenció y ahora estoy más arrepentida de que me convenciera, que no te cuento.
¿Porque estaría dando vueltas por el mundo?
¡Uuuuy!
¿Adónde le gustaría ir que no ha ido?
Si conozco casi todo. Israel no lo conozco.
¿Y se siente española o venezolana o las dos cosas?
Soy española. Y ya te voy a explicar por qué. A mí me meten en una lista para el Premio Nacional de Artes Plásticas, pero después me entero de que me han sacado porque soy española. Así es la cosa, pues al día siguiente me fui a la embajada española a recuperar mi nacionalidad, ahora soy española, no soy venezolana.
¿Y se siente española?
Me dolió mucho lo que me hicieron, me dolió, te digo de verdad, porque cuando he ido a Suiza he representado a Venezuela, no he representado a España, y yo quedé en muy buen papel. Fue injusto.
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La tarde había cedido a la noche. Caracas se veía a la distancia como un lago de luces inquietas. Pocos sitios mejores que este para ver la ciudad. Desde estas alturas la escultora, probablemente, hace el recuento de su vida, y trama sus nuevas creaciones.





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5 de Agosto, 2009
Reconfortante leer las palabras de Maria Teresa. Hace cinco meses falleció