Artes

Una trilogía enigmática

Por Oscar Marcano | 2 de Julio, 2009
1

Notas al pie de página

typewriter5Por Oscar Marcano

Hay, a mi ver, tres personajes gloriosos en la narrativa norteamericana. El Wakefield de Hawthorne (Twice Told Tales, (1837), el Bartleby de Melville (Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street) y, más recientemente, el Flitcraft de Hammett (The Maltese Falcon, 1930). Los tres tienen un rasgo en común: son pavorosamente enigmáticos.

Sus autores han compuesto historias inauditas vistas desde fuera, pero han conseguido ajustar su verosimilitud interna dando una vuelta de tuerca a la psicología de los personajes, convirtiéndolos en seres peculiarmente extravagantes, lo que ha terminado confiriendo verdad al exabrupto, hasta devolverlo al territorio de lo creíble.

Intachables desde el punto de vista de arquitectura y mobiliario, Wakefield y Flitcraft narran dos deserciones. Bartleby, la negación de aquéllas: un arraigo compulsivo.

Wakefield es el sujeto que parte de viaje, refiriéndole a su mujer que tardará a lo sumo tres o cuatro días, y se aloja, sin que ésta lo sospeche, en una calle vecina a fin de espiarla. Para saber cómo se ve su vida sin él.

Encarna Wakefield el tipo delirante que corre el riesgo de abrir grietas en los sentimientos humanos, «no porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con demasiada rapidez». Declina reanudar su vida hasta que su esposa no esté muerta de miedo. Pero eso no ocurre. De ese modo pasan veinte largos años y un día retorna, cuando la dama lo ha dado por muerto «y sus pesares se han apagado o se han vuelto indispensables». Wakefield reaparece tras haber enfrentado veleidosamente la contingencia de perder para siempre su lugar.

Cada vez que repasé este relato me resultó dura de tragar la cotidianidad de esos veinte años en los que marido y mujer vivieron tan cerca sin que ésta lo notara. ¿Y los vecinos? ¿Y los amigos? ¿Y el casero de Wakefield?, me preguntaba. En un momento hasta se topan cara a cara y la señora Wakefield no reconoce a su marido.

Más triste y dramático, Bartleby resulta igualmente inconcebible. La historia es harto conocida: un abogado de Wall Street obtiene un cargo en la Suprema Corte de Nueva York y contrata un tercer escribiente, al que ubica en su propio despacho. Bartleby, el amanuense en cuestión, al principio copia documentos como ninguno de los antiguos empleados. Pero a los pocos días se niega a revisar los papeles que ha duplicado. Tiene algo que desarma, conmueve y desconcierta. Jamás sale de la oficina. Es el primero que llega y el último que parte. No devuelve la mirada cuando se le habla y sólo articula palabra cuando se ve impelido a contestar.

Cierto domingo, el magistrado resuelve pasar por la oficina antes de asistir a la iglesia. Al introducir la llave en la cerradura descubre a Bartleby residiendo ahí. Una mezcla de repulsión y lástima lo invade y juzga su deber deshacerse del trastornado. Resuelto a despedirlo, observa que el amanuense ya no hace otra cosa que mirar por la ventana. Sorprendido le pregunta por qué no escribe y aquél le responde: «Preferiría no hacerlo». El escribiente se va convirtiendo en una gravosa carga, de modo que su patrón le fija un plazo para que abandone la oficina. Al vencer el lapso, Bartleby continúa instalado, con la vista fija en la ventana. El jurista es motivo de comentarios. Incapaz de confrontar al peculiar individuo, toma la insólita decisión de mudarse. Estrenando oficina, recibe la visita del nuevo inquilino del espacio que ha dejado. También es hombre de leyes y viene a preguntarle acerca de ese sujeto apagado que se rehúsa a desalojar su bufete y que, cuando es conminado, responde maquinalmente: «Preferiría no hacerlo». Ucho más resuelto, y al tanto de que el magistrado no tiene nada que le una al personaje, el nuevo inquilino anuncia que solucionará el asunto a como dé lugar.

Una semana después, el legista recibe la visita del propietario del inmueble donde tuvo sede su escritorio. Le trae la noticia de que el nuevo arrendatario ha echado a Bartleby de la oficina y ahora zangolotea por el edificio. Le pide que interceda. Que hable con el orate. El letrado intenta persuadir al infeliz y en vano agota todas las posibilidades. Entonces resuelve desentenderse, pero días más tarde le comunican que Bartleby ha sido conducido a la cárcel. No ha ofrecido la menor resistencia. Con desazón le dispensa unas cuantas visitas e invariablemente lo encuentra absorto en el jardín, concentrado en el paisaje. Tiempo después fallece. Se negaba a comer. Argüía que no estaba acostumbrado.

Podría decirse que Bartleby anuncia a Kafka, lo cual no añade demasiado. En algún punto recuerda a Akaky Akakievich, el escribiente de Gogol en El capote. Habría que ver. La historia de Bartleby es un tanto más creíble que la de Wakefield, pero ¿qué abogado va a permitir a un pobre diablo tal grado de negligencia y apoltronamiento?

El tercer personaje es Flitcraft, quien desciende de Wakefield. La anécdota la refiere Dashiell Hammett en El halcón maltés. La pone en boca de Sam Spade, quien la relata a la señorita O’Shaughnessy mientras esperan por Cairo. Es la historia de un vendedor de bienes raíces de Tacoma, que sale de su oficina a almorzar y nadie le vuelve a ver. Se esfuma misteriosamente. Poseía una familia dichosa y acomodada. No se le conocían vicios y se sabía que tampoco frecuentaba otra mujer. Desapareció, apunta Hammett en una frase que se constituyó en hito, «como desaparece un puño cuando se abre la mano».

A cinco años del hecho, Spade es requerido para investigar un rumor según el cual, un sujeto con sus señas ha sido visto en Spokane, ciudad también emplazada en el estado de Washington. Spade va tras la pista del sujeto que, en efecto, termina siendo Flitcraft. Usaba el nombre ficticio de Charles Pierce. Se había casado nuevamente y tenía un hijo de menos de un año. Al ser abordado, las razones que alega para reivindicar su desaparición se hacen, dentro de la lógica del cuento, lo más convincente de este mundo. Expone que aquel día iba encaminado por una acera, cuando de las alturas se desprende un andamio. Una pesada viga cae a poca distancia de él. Pudo haberlo matado. El suceso se convierte en revelación. «Como si alguien hubiese levantado la tapa de la vida para mostrarle su mecanismo», ilustra Hammett.

Flitcraft comprende que los hombres mueren por azar y viven sólo mientras éste los respeta. Entonces da con el procedimiento de ajuste. Marcha a Seattle, de allí a San Francisco y luego vuelve al noroeste. Se establece en Spokane y, sin divorciarse, contrae nupcias con una mujer que muestra más coincidencias que diferencias con su predecesora, para llevar una vida tan rutinaria y sosa como aquella de la que ha huido, y a sólo unos pocos kilómetros de distancia.

El nudo flitcraftiano no es resultado de una dolencia psicológica. El personaje dista de ser obsesivo o taciturno. A diferencia de las otras, a su historia la modifica el instante. «Inmortal es quien acepta el instante», sentenció Pavese. Hay en su cauce un punto de fractura, una partición trivial: se ha desprendido un andamio y con éste se ha venido abajo el tinglado de su vida. En lugar de locura, una súbita lucidez da lugar a su extravagancia. A partir de entonces queda facultado para virulentar el orden rígido de las cosas.

El episodio adquiere un tono más enigmático debido a su excepcional inserción en la novela. La saga de Flitcraft es contada sin que se advierta relación alguna con la misma. El testimonio surge de improviso, se narra y se subsume en la fronda a la que ha sido plantada, aunque en perspectiva, la parábola calza como una pieza de relojería en el contexto del pensamiento hammettiano, el cual coloca la ambigüedad como un factor real versus las convenciones de una sociedad fundamentalista como la norteamericana.

Uno observa cómo en los tres relatos sus autores copan la escena con una realidad independiente y nítida, que se autoabastece rompiendo toda dependencia y vínculo con causalidades externas y, por la vía de la hipérbole, consiguen ese punctum mágico que, a fuerza de verismo mitiga y subordina la lógica real.

Son tres historias de deserción. Incluyendo la de Bartleby, el que se aferra al lugar, pues en el personaje de Melville prolifera la fuga más escalofriante, el escape maestro: el del que no se mueve. Renuncia primero al mundo, «esa landa brumosa que engendra monstruos y dioses de excremento y sangre», como dijera Mnemosine a Hesíodo, y luego a su cuerpo, la más firme cadena, el más íntimo lastre, con el fin de sustraerse de la Némesis que es la vida.

Foto: Dave Ward

Oscar Marcano  es un escritor venezolano. Fue galardonado con el Premio Jorge Luis Borges, otorgado en Argentina. Puedes leer más textos de Oscar aquí y seguirlo en twitter en @oscarmarcano

Comentarios (1)

Samuel González
4 de Julio, 2009

Interesantísima aproximación a estos personajes literarios. Sólo conocía al de Melville. Me toca ahora ir por los otros, sobre todo el Wakefield, cuya historia me parece fascinante.

Gracias por esto.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.