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Por Oscar Marcano | 23 de Junio, 2009
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Notas al pie de página

lluviammPor Oscar Marcano

Decimos lluvia, y lo primero que desciende es el relato de Somerset Maugham que transcurre en Samoa y da cuenta de un aislamiento y de las deshonras de la fe. Paladeamos el vocablo y evocamos el alegórico cuento de Uslar Pietri, que refiere los estragos de una sequía.

Aislamiento o sequía, la lluvia es el detonante en la novela homónima de Victoria de Stefano, que sigue dando de qué hablar, tanto por su delicadeza e introspección, como por su arrojo y honestidad al abordar y hacerse parte de una clara voluntad postmimética, en un universo narrativo donde priva el carácter realista de la novela. «El realismo está sólo en el artificio de hacerte palpar de cerca», afirma la autora.

Lluvia (Candaya, 2006) estremece por su particular belleza. Escrita desde el estuario de la soledad, refiere el conmovedor testimonio de una dama acreedora de un suculento mundo interior, que vive confinada a sus nanoestructuras vitales y que trashuma el desencanto de quien hubiese preferido otra vida. Pero su discreción y estoicismo no le permiten expresar tales apremios. Y es esa pugna solapada entre la longanimidad del personaje y su tenue desencanto, la simiente de una tensión que, aunque morigerada, se mantiene constante en el corpus de la obra.

El nombre de la dama es Clarice y vale decir que es escritora. Sus referentes: la narradora ucraniana Clarice Lispector y Clarissa Dalloway, el notable personaje de Virginia Woolf. Clarice recibe noticias del mundo (o de su alteridad) a instancias de José, su jardinero, quien en la primera parte de la novela se refugia de un aguacero en su casa y, en escrupulosos diálogos, le revela su camino de Damasco: la remisión del alcoholismo y el legado de la jardinería que le hiciese su benefactor, un viejo suizo que agoniza en la montaña.

Como Elizabeth Costello en Hombre lento, de Coetzee, José irrumpe en la atmósfera onírica de Clarice «como ese rayo de sol lleno de polvo que en la habitación oscura mira con un ojo vacío».

La segunda parte corresponde a un diario. Y cuando nos adentramos en él, encontramos refugio en el matraz de Flamel, en los mecheros de Miguel Servet, en las formulaciones de Paracelso, porque nacer a sus páginas -fechadas o no- implica trasegar el mecanismo, el sistema de pesas y medidas, la alquimia de la escritura, que constituye uno de los puntales en la obra de Victoria de Stefano.

La primera porción es o simula ser la realidad. Y se supone que el diario contempla lo que Clarice apunta en función de un texto en proceso. Determinados guiños confiesan que algo se está escribiendo, y el lector conjetura que es una novela.

Pero la novela no está.

Para el lector apresurado podría lucir forzada esta juntura de narración y diario. Podría incluso juzgarla como una estructura voluble o caprichosa. Sin embargo, tal articulación conforma un continuum en el cual la autora, con ética inflexible, desoye los patrones de un gallinero que suele demandar facilidad, entertainment y rapidez. Es entonces cuando Victoria es Victoria y nos da una majestuosa lección de arte y autenticidad, moviéndose en su propio tempo y correspondiendo a su taxativa voz.

Como en toda buena novela posmoderna, abundan los elementos metaficcionales expresados en pausas, correlaciones, referencias literarias y profusión de detalles que saturan la realidad y que, a la postre, convierten un argumento mínimo en minucioso. He allí el atractivo que concitan sus giros infinitesimales, los cuales enuncian la coexistencia de múltiples universos en cada detalle suspendido.

También en sus páginas se entrevén especias del nouveau roman, muy caras a su generación. «Pero de Claude Simon -advierte Victoria-. Mucho menos de Sarraute o de Robbe-Grillet, a los cuales leí pero no con la misma pasión con que devoré Le jardin des plantes, Las geórgicas o La ruta de Flandes».

La historia no es el fuerte en Lluvia, sino las complejidades del narrador, proyectadas en el personaje central, las cuales sugieren la pasión represada de quien sufre de hambre de infinito.

Se presiente un dejo virginal en Clarice.

Un dejo que algunos conectarían con Artemisa. «La gracia para los últimos de la fila», apunta en su diario.

La frase es del inolvidable Salvador Garmendia.

Entre sus múltiples lecturas, Lluvia alberga el regusto de un destino imposible de quebrantar. Un destino modesto, sin aspavientos que, en principio, despliega apariencia aleatoria, pero luego asoma su nada casual mapa de conexiones. «Hablamos en términos de contingencia, de azar -refiere Victoria- pero no hay tal azar. En el azar hay deliberación».

Para nosotros, fraternos de la historia, resulta memorable la desoladora escena de P y su mala estrella con las mujeres, en la que habiendo enviudado de dos esposas, con las que franqueó momentos infaustos, vive sus últimos años al amparo de sus evocaciones. Y el lector transige en aceptar ese descanso como una suerte de redención, cuando inopinadamente, del segundo piso se desliza un balde atado con una cuerda, precedido del quejido zoológico de Wanda, la vecina de arriba, una anciana que reclama un cuidado particular, redituando así las cargas que se suponían superadas, pero que, oh, destino, deberá atender hasta la tumba.

Es este pasaje uno de esos perfectos casos de verosimilitud interna, donde todo coincide, se apareja y luce tan sorprendente y convincente, que Vila Matas le jura a Victoria que P es alguien real. «Tiene que serlo», reafirma.

En verdad no lo es.

La lluvia fue, hace apenas diez mil años, el móvil de un invento: la agricultura. Fue, en consecuencia, el fin de la sociedad nómada. La lluvia es, por demás, sagrada, pues fructifica y viene del cielo. Pero en Lluvia adquiere significaciones que recuerdan a Gogol descubriendo en Rusia todo lo que Rusia no es. Como en su hondo párrafo final: «…Si no lanzara mis ojos lejos y a gran altura, si no borrara de mi vista todo lo que es deplorable, ruinoso y feo, si no expulsara de mi mente los desastrosos errores cometidos, las pérdidas, los fracasos, las humillaciones (…) si contra toda esperanza no intentara cortar mis ataduras, si no hiciese mesiánicos esfuerzos por desplegar las alas, ¿hacia dónde podría mirar que no sintiera la muerte en el alma?».

Oscar Marcano  es un escritor venezolano. Fue galardonado con el Premio Jorge Luis Borges, otorgado en Argentina. Puedes leer más textos de Oscar aquí y seguirlo en twitter en @oscarmarcano

Comentarios (6)

Adalberto Caballero
3 de Agosto, 2009

Magnífico texto que da luces sobre nuestros jóvenes escritores. Estaremos atentos.

María Salas
7 de Septiembre, 2009

provoca pedirlo de regalo

benedicta rivero
7 de Septiembre, 2009

todo Prodavinci es magnifico..! me felicito por encontrarle… y me anoto con Maria Salas: provoca pedirlo de regalo.

Francisco Pinzón Bedoya
9 de Noviembre, 2009

No sólo logró hacerme interesar por le libro sino que disfruté cada frase cargada de la innegable muestra de su memoria y de su agrado por la lectura

Garcias por su reseña para ilustrarnos

Nitu
10 de Marzo, 2010

Por lo general ,leo rapidamente ; en este caso, la cosa se puso seria. Gran reseña, gran escrito. Hay que ponerle atención a todo lo que dice la autora y mucho más, má allá.

Mariela Díaz
10 de Marzo, 2010

Sería también interesante decir que el libro está editado por Candaya, una casa editorial española en la que ya han debutado algunos escritores venezolanos, como Ednodio Quintero, por ejemplo. Quizás un indicio de que algunos de nuestros escritores están teniendo cierta proyección internacional. Saludos

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