Diario de Alejandro Oliveros

Diario: Czeslaw Milosz

Leo en el NEW YORK TIMES que el índice de homicidios en la gran manzana ha aumentado debido al calor. No lo dudo. El bochorno sólo conduce a la desesperación. Y así se entienden mejor locuras como la de Kurz o Almayer. También la soledad se hace más pronunciada en estas latitudes y no [...]

Por Alejandro Oliveros | 19 de Junio, 2009

Leo en el NEW YORK TIMES que el índice de homicidios en la gran manzana ha aumentado debido al calor. No lo dudo. El bochorno sólo conduce a la desesperación. Y así se entienden mejor locuras como la de Kurz o Almayer. También la soledad se hace más pronunciada en estas latitudes y no hay que leerse a Conrad para saberlo. Basta con Gallegos o Díaz Solís. Siempre lo he dicho, en los trópicos, los placeres de la sombra son tan buscados como los de la compañía o el vino.

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SEMANARIO

Creo que fue en mi Diario literario 2005 cuando intenté llevar a cabo el proyecto del “Semanario”. Que consiste en traducir un poema a la semana con su respectivo “comment”. Hasta donde recuerdo, el propósito no pasó de unas siete u ocho versiones. Las traducciones son caprichosas y, tantas veces, tercas y obstinadas. Requieren de toda la paciencia y experiencia. Y, para una empresa como la que describo, que exige regularidad, no es la más recomendable de las escogencias. Uno puede escribir a diario, pero es improbable que podamos traducir a diario, como no sea por vulgar necesidad económica. Animado por amigos tan poco solidarios, como mi librero Andrés Boersner, retomo a partir de hoy la tarea. Una sola limitación, todos los trabajos son realizados a partir del idioma original. Milosz es una excepción porque es, también, responsable de las traducciones al inglés.

czeslaw-milosz-2CZELAW MILOSZ

En una opinión que tomo por irrefutable, Joseph Brodsky llamó a Milosz el poeta más grande de su tiempo. Imagino que se refería a la segunda mitad del veinte, puesto que el vate polaco nació en 1911 y se empezó a conocer cuando, en 1945, dejó la Polonia comunista para refugiarse en París y luego en California. Lo he traducido antes, aunque siempre a partir de las versiones anglosajonas, realizadas por el poeta con la colaboración de Robert Haas. Si existiera algo como la post-modernidad, Milosz sería su más destacado representante. Su lírica es el más lúcido cuestionamiento a la viciosa oscuridad que fue pretendida como virtud por los llamados poetas modernos y sus acólitos en todo el mundo. Milosz puede ser difícil pero nunca oscuro. Tampoco quiso integrar el culto al “hero demens”, extendido como la pólvora en Occidente, por lo menos desde Poe. Con sus oficiantes, ingiriendo antipsicóticos como si de ambrosía se tratara, y asumiendo la depresión como un atributo estético y la manía como una consagración. Viví el crepúsculo de esta falacia fisonómica y me opuse a ella desde mi juventud. Al menos, eso fue lo que me propuse con la creación de la revista POESIA en 1971. En no poco seguí las enseñanzas de mi maestro, el doctor José Solanes, más en su condición de sabio que de psiquiatra. En un poema muy tardío, Milosz señala y canta la distancia que lo separa de Robert Lowell, máximo exponente, en los Estados Unidos, de la poética del “hero demens”:

A ROBERT LOWELL

No tengo derecho a hablarte de esta manera,
Robert. La envidia de un “emigré”
es lo que me debe haber animado a burlarme
de tus largas depresiones, las semanas de terror,
las pretendidas vacaciones en la seguridad del pabellón..
No es que me sintiera orgulloso de mi normalidad.
La locura, lo reconozco, se me aproximó,
como una fina hebra, esperando mi consentimiento
para conducirme a sus turbias regiones.
Pero me mantuve erguido, como un cojo,
para esconder mi pesadumbre.
Tú no tenías que hacerlo, tenías permiso,
yo no, un refugiado en este continente
donde tantos recién llegados desaparecen sin dejar rastro.
Perdóname la equivocación. Tu fuerza de voluntad era inútil
contra un mal que te sostenía como un estigma.
Detrás de mi ira estaba la vanidad injustificable
del humillado. Te escribo un poco tarde
a través de todo lo que nos separa:
gestos, convencionalismos, idiomas, costumbres.


Sólo los que han visto los ojos de la locura saben, como dijera el mismo Lowell, que no se trata de un regalo de las musas. El norteamericano convirtió las visitas a los manicomios en parte de su poética. Pero le estuvo permitido. Al fin y al cabo, era un Lowell de Boston, y no se tiene a un Lowell poeta todos los días. Estuvo en Venezuela en 1967 y nuca se le vio sobrio. Todos hemos tenido problemas con la bebida y Milosz no fue la excepción. No de balde se produce en Polonia el mejor de los vodkas. En un poema memorable se refiere a su alcoholismo.

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