Testimonios inmigrantes

A Pedro Grases se le arremolinan los recuerdos

Por Rafael Arráiz Lucca La conversación con Pedro Grases tuvo lugar en su casa de La Castellana, el sábado 14 de junio en la mañana. Esperaba con entusiasmo la entrevista. La habíamos concertado unos días antes, cuando a través de su hija, María Asunción, habíamos convenido en que la mejor fecha era la del sábado matutino. [...]

Por Prodavinci | 17 de Junio, 2009

pedro

Por Rafael Arráiz Lucca

La conversación con Pedro Grases tuvo lugar en su casa de La Castellana, el sábado 14 de junio en la mañana. Esperaba con entusiasmo la entrevista. La habíamos concertado unos días antes, cuando a través de su hija, María Asunción, habíamos convenido en que la mejor fecha era la del sábado matutino. El nombre de esta casa que hace esquina es el del pueblo catalán donde nació Grases: Vilafranca, aunque lo que vendría a ser el apellido no figura en el nombre, porque sería muy largo e inusual llamar a una casa en Caracas: Vilafranca del Penedés.

Durante décadas en esta residencia han tenido lugar las tertulias que Grases ha apadrinado con su buena voluntad y su don de gentes. Allí estuvo, también, la prodigiosa biblioteca que cultivó durante años hasta que la donó a la Universidad Metropolitana. Allí han crecido sus hijos y sus nietos, y el culto de la amistad ha sido tan feraz como las copas de los jabillos que dan sombra en el jardín. Grases se encamina a cumplir 94 años, y tiene en su haber una de las vidas más útiles de las que ha disfrutado Venezuela. La deuda que hemos contraído con él es difícilmente cancelable.

Le cuesta trabajo respirar. Sus pulmones de fumador le obligan a recurrir al oxígeno, pero estas circunstancias no doblegan su ánimo. Vive con emoción estos días de cuerpo cansado que le depara su larga existencia. Durante toda la conversación recibí la asistencia de su hija, que me ayudó a comprender las palabras casi inaudibles que el maestro articulaba.

Comienzo dándole pie al diálogo con una pregunta cuya respuesta intuía.

¿Cuál ha sido su pasión, don Pedro?

Trabajar, da gusto trabajar.

¿Cuáles son sus recuerdos más lejanos de Venezuela, cómo le pareció La Guaira?

Un puerto amable, cariñoso, con gente alegre.

¿Dónde se embarcó?

En Boulogne-Sur-Mer.

María Asunción interviene trayendo del pasado los recuerdos,y le ayuda a recordar, hablándole. Dice:

En el viaje les robaron las pocas maletas que tenían y aquella caja de libros que le dijiste a mamá cuando salió al exilio, «vente, pero no dejes de traerte mi caja de libros», ya que era especial, esa fue la caja que después sacrificaste y vendiste para comprar unos muebles, para poder tener lo mínimo, lo básico.

Al maestro se le hace un nudo en la garganta y se le escapan las lágrimas, luego se recupera y afirma.

Los muebles, eso era para poder vivir un poco decentemente.

¿Sabes por qué escogieron Venezuela?, le pregunto a María Asunción.

Sí, mi madre tenía un tío carnal que había tenido unas aventuras amorosas, era muy buenmozo, y había acabado con una a la que llamaban «La Emperatriz», o algo así, y era venezolana. La había conocido a través de las embajadas y ella se lo trajo para acá y vivían en Maracay y después pasaron muchas cosas, incluso primas hermanas de mi mamá habían vivido aquí, algunas habían nacido aquí y él, el tío, está enterrado en Maracay. Entonces, mi mamá y mi papá le escribían muy a menudo, y él les decía «vénganse, vénganse».

Grases, que no pierde palabra, interviene.

México me tentaba mucho.

¿Y qué fue lo que lo decidió a venir para acá?

Este era el más simpático de todos los países. La información de Venezuela era excepcional. Yo de España pasé a Francia, donde di clases y ahí entré en relación con gente que me explicó que Venezuela tenía perspectivas muy simpáticas. Entonces tomé un barquito, que se llamaba Simón Bolívar, y llegué al puerto de La Guaira. Me ayudaron los amigos, puse todo el dinero que tenía para el viaje, cuando llegué a La Guaira me parecía que el cielo estaba abierto, y la gente simpática. A los pocos días conocí al ministro de Educación y me preguntó: «¿Qué ha hecho usted?». Pues, estudiar y aprender, le respondí. Vi en Venezuela una esperanza, inmediatamente me nombraron profesor en el Instituto Pedagógico, en El Paraíso, que tenía enfrente lo que era el Hipódromo, ahí pasé muchos meses, con una muchachada deseosa de estudiar.

María Asunción interviene en su ayuda:

Los primeros años de estadía aquí fueron muy hermosos para ellos, los exiliados se encontraban con mucha frecuencia. Entonces mi mamá hizo una gran amistad, una amistad fraternal, una cosa increíble, todavía ella dice hoy que lo único que ella siente en la vida es no haber estado todos los días de su vida al lado de Pepi Vallmitjana. Los Vallmitjana y los Grases se fueron a vivir juntos, porque papá, que es el de las grandes ideas, un poco así utópicas, dijo: «¿Por qué si nos queremos tanto no vivimos todos juntos?, y a ustedes -se refería a las mujeres- que no les gusta cocinar, pues busquen un cocinero para ser más felices».

Entonces se reunieron los dos matrimonios, a vivir juntos. Yo nací cinco años después de semejante prueba, que todo el mundo vaticinó que duraría quince días o un año y duró más de diez.

¿Y dónde vivían?

Cuando yo nací vivíamos en Las Palmas, pero ellos vivieron en La Florida, y llevaban una vida maravillosa: montaban entre ellos piezas de teatro, hacían tertulias. En la casa se reunían Juan Liscano, el maestro Calcaño, Juan Bautista Plaza, galeronistas, a mí me sacaron un galerón cuando yo nací. En aquella época Abel Vallmitjana le decía a su mujer «no hace falta tener hijos, ya los Grases tienen hijos por nosotros y todos somos una sola familia». Así vivieron doce años y medio, nunca hubo una discusión, jamás, nunca ¿verdad, papá? Y nosotros crecimos en un ambiente de mucha armonía y felicidad.

¿Ya había nacido Marta Vallmitjana?

Marta ya estaba, y mis hermanos Pedro Juan y José Pablo, que lo llamamos Pepe, los tres existían cuando ellos empezaron la experiencia ésta, que nadie daba un duro por ella. Yo no había nacido, nací cinco años después, Pepe debía tener ocho cuando nací yo…

Interviene Grases, afirmando:

El más útil de mis hijos, ha estado investigando problemas muy importantes.

Dice María Asunción:

Cada día tiene un hijo predilecto.

Háblenos, maestro, de la experiencia que tuvo en los primeros años: ¿cómo era la Caracas de entonces?

Era muy simpática Caracas, muy agradable. Entonces hice grandes amigos, entre ellos el padre Barnola. Yo tengo mucha vida acumulada. La vida se escurre y los recuerdos viejos envejecen más y uno se pierde. Le profeso un gran recuerdo a Augusto Pi Suñer, yo trabajé en España con su hermano Carlos. Entre mis amigos, Ramón J. Velásquez ha sido de los más entrañables. Yo he sido un fiel amigo de Rafael Caldera.

Interviene María Asunción:

Al final de la vida de Arturo Uslar ellos se unieron mucho y él venía a veces a ver a papá y siempre decía que a él le daba pena hablar de libros delante de Pedro Grases, porque decía que su labor era faraónica.

Mariano Picón ha debido ser amigo suyo…

Muy amigo mío, muy amigo mío.

¿Mario Briceño, probablemente?

Mucho, muchísimo.

Interviene María Asunción:

El mejor amigo de papá, del que papá lloró su muerte a más no poder, fue Eugenio Mendoza, ese fue su gran amigo. Cuando murió Eugenio mi papá pensó que todo se acababa para él. Eugenio le decía «desásname, Pedro», y entonces papá le enseñaba cosas y ahí empezó una profunda amistad, y una admiración de Eugenio por los conocimientos y la gracia que tenía papá de transmitirlos y la admiración de mi padre por la habilidad y la generosidad que tenía Eugenio de crear empresas y hacer cosas, ser útil. Entonces, papá le decía: «No te puedes morir sin hacer una institución académica, lo que quieras, una universidad o una escuela técnica».

Yo entonces todavía vivía en España y empezaron los dos a viajar, y papá le dijo: «Si tú haces la universidad, yo te regalo mi biblioteca» y fue papá el gran originador de la idea de la Universidad Metropolitana. Fueron a Harvard y papá le demostró a Eugenio que era muy necesario disponer de una biblioteca humanística, porque el ser humano antes que nada es persona, entonces, él lo vio clarísimo.

Apunta Grases:

Eugenio era un hombre sin conocimientos, sin cultura, pero con un gran corazón. Muy hábil en los negocios, y ayudaba a todo el mundo.

******************

Don Pedro está cansado, los recuerdos se le arremolinan en la mente y pugnan por salir, algunos le anegan los ojos de lágrimas. La emotividad de Grases está a flor de piel. María Asunción anuncia que su madre viene a reunirse con don Pedro. Se sientan uno al lado del otro en poltronas contiguas que ven hacia la ventana que da al jardín. Un enorme jabillo mece sus ramas como si fuese eterno. Los dos ven por la ventana y susurran para sus adentros. Quienes estamos allí comprendemos que dos personas que han pasado la vida juntos, y van camino de los cien años, cuando ven por la ventana están viendo otras cosas: una vida entera pasa por enfrente como un colibrí que extrae el néctar de una cayena.

2004

Fotografía: Ricar-2

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Comentarios(4)

Henkel Garcia
17 de Junio, 2009

Mi postgrado lo realicé en la Universidad Metropolitana y el nombre de Pedro Grases era conocido para mí, pero no su genio y figura. Venezuela está llena de historias como ésta, que deben llenarnos de orgullo y tesón para así construir un país definitivamente mejor al que hoy tenemos

Laura Lancini
5 de Septiembre, 2009

Sr. Rafael Arraíz

Muchas gracias por traernos estos recuerdos de la Venezuela y su gente, si, gente como Don Pedro Grases, que amaron y aman nuestra patria a pesar de todo…

Gente como usted nos reconfortan con la esperanza de un futuro mas venturoso para todos. Los recuerdos deben ser parte de nuestro presente.

Por favor no deje de recordarnos como fuimos y hacia donde debemos ir y que debemos recuperar.

Atentmente,

Laura Lancini

Rafael Arráiz Lucca
5 de Septiembre, 2009

Gracias, Laura, siempre que pueda trabajaré por mantener vivo el fuego de la memoria.

El amor de la palabra
27 de Diciembre, 2009

[...] 17 de junio de este año,  Rafael Arráiz Lucca publicó una entrevista que hiciera al gran maestro. Allí confluyen los nombres de la gente buena, de los grandes hombres. [...]

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